Siempre había visitas en casa. Las visitas eran casi permanentes: todos bebiendo, montones de botell…

Life Lessons

En casa había visita. Básicamente, siempre había alguien en casa.
Todos beben, beben y hay botellas por todas partes, pero de comida nada. Ni un mísero trozo de pan se ve en la mesa Solo colillas y una lata vacía de sardinas, Matías repasó una vez más el contenido de la mesa, nada.
Bueno, mamá, me voy dijo el niño mientras tardaba lo máximo posible en calzarse sus destartalados botines.
Todavía tenía la esperanza de que su madre le parase, que le dijera:
¿Adónde vas, hijo mío, sin comer nada y con este frío que hace fuera? Quédate en casa. Ahora mismo hago unas gachas, echo a estos pesados y paso la fregona.
Él esperaba una palabra dulce de su madre, pero a ella no se le daban bien esas cosas. Sus palabras eran más bien como erizos: a Matías le daban ganas de encogerse y desaparecer.
Esta vez, Matías tomó la decisión: se iría para siempre. Tenía seis años y creía firmemente que ya era todo un hombrecito. Para empezar, pensó en ganar algo de dinero y comprarse una barra de pan, o incluso dos, que su tripa rugía como un oso.
No tenía ni idea de cómo conseguir dinero, pero al pasar por unos quioscos vio una botella vacía medio enterrada en la nieve. La guardó en el bolsillo, luego recogió una bolsa de plástico tirada y pasó medio día recolectando botellas.
Ya tenía unas cuantas, que tintineaban alegremente en la bolsa. Matías se imaginaba comprando un bollo tierno y perfumado, relleno de chocolate, de pasas o, si encontraba suficiente, con azúcar glas. Bueno, tal vez para el glas no llegaba y decidió buscar alguna más por si acaso.
Se acercó a la estación de cercanías, donde los señores consumían cerveza mientras esperaban el tren. Matías dejó su pesada bolsa junto a un quiosco y fue corriendo tras una botella recién abandonada. Mientras tanto, apareció un tipo malhumorado y mugriento. Le quitó las botellas y le miró tan amenazante que Matías no tuvo otra que darse la vuelta y marcharse.
El sueño del bollo se desvaneció como la niebla sobre la sierra.
Recoger botellas también es un trabajo duro pensó, y echó a andar por las calles empapadas.
La nieve, aguada y pegajosa, le calaba los calcetines. Los pies se le quedaron helados, y la noche fue cayendo rápidamente. No recordaba cómo acabó metido en un portal cualquiera, ni cómo se acurrucó en el rellano junto al radiador, donde cayó en un sueño plácido y cálido.
Despertó convencido de que seguía soñando: todo era cálido, tranquilo y olía de maravilla, de auténtico escándalo.
Entró una mujer de sonrisa resplandeciente.
¿Qué tal, chiquitín? preguntó con cariño. ¿Calentito? ¿Has descansado? Vamos, ven a desayunar. Te vi anoche durmiendo como un cachorrillo en el portal. No pude dejarte allí, así que te traje a casa.
¿Esto es ya mi casa? preguntó Matías, con la felicidad atragantada en la garganta.
Si no tienes otra, puedes considerarla tuya respondió la mujer.
A partir de ahí todo fue como de cuento. Aquella desconocida lo cuidó, le dio de comer, le compró ropa nueva. Poco a poco, Matías se atrevió a contarle cómo era su vida con su madre.
La tía buena se llamaba Alba, un nombre que a Matías, recién llegado a este mundo, le sonaba a magia de hada. Solo una verdadera hada podía tener un nombre tan bonito.
¿Quieres que sea tu madre? preguntó ella un día, apretándole fuerte contra el pecho, como hacen las madres de verdad.
Por supuesto que quería, pero la felicidad nunca dura mucho. A la semana apareció la madre de Matías.
Venía casi sobria y gritando como una loca a la mujer que le había dado casa a su hijo: De momento no me han quitado la custodia, tengo todo el derecho del mundo.
Cuando su madre se lo llevó, nevaba suavemente. Matías echó una última mirada a esa casa, que le parecía un castillo de mármol blanco donde vivía un hada de verdad.
Lo que vino después fue feo. La madre seguía bebiendo y él se escapaba cada dos por tres. Dormía en estaciones, recogía botellas y compraba pan para sobrevivir. No hablaba con nadie, ni pedía nada.
Al final, a su madre sí le quitaron la custodia. A Matías lo mandaron a un centro de acogida.
Pero lo que más le dolía era que no recordaba dónde estaba ese castillo blanco, ni la dirección de la buena de Alba.
Pasaron tres años.
Matías seguía en el centro. No hablaba mucho, siempre apartado; lo que más le gustaba era dibujar a solas. Y siempre dibujaba lo mismo: una casa blanca y copos de nieve cayendo.
Un día llegó una periodista al centro. La educadora la fue presentando a todos los niños. Cuando llegaron a Matías, le explicó:
Matías es un chico simpático, pero tiene problemas de adaptación, incluso después de tres años aquí. Estamos buscando una familia para él y le sonrió a la periodista.
Encantada, me llamo Alba se presentó ella.
Matías se animó de repente. Empezó a hablar sin parar, contando historias sobre la otra buena tía, Alba; era como si su corazón se descongelara con cada palabra. Los ojos le brillaban, las mejillas rojas por la emoción. La educadora observaba sorprendida la transformación.
El nombre de Alba era, resultó, la llave de oro del corazón de Matías.
La periodista Alba no pudo contener las lágrimas escuchando su historia y le prometió publicar su caso en el periódico local. Quizá aquella mujer buena lo leyera y supiese que Matías la esperaba.
Y cumplió su promesa. Ocurrió el milagro.
La señora Alba no compraba el diario, pero por su cumpleaños, unas compañeras le regalaron flores, bien envueltas en papel de periódico. Al llegar a casa, desenvolviendo el ramo, Alba leyó el titular de una columna diminuta: Querida Alba, te busca un niño llamado Matías. Por favor, contáctanos.
Reconoció enseguida la historia: era el mismo niño que una noche se llevó del portal con intención de adoptarlo.
Matías la reconoció al instante. Fue corriendo hacia ella, la abrazó. Lloraron: él, Alba y hasta los educadores presentes.
Te he esperado tanto le susurró Matías.
No fue fácil convencerle de que Alba tenía que irse a casa. Tampoco podía llevárselo en ese instante; había todo un papeleo para la adopción. Pero ella iba a verle cada día.
P.D.
Ahora Matías es feliz. Ya tiene 26 años. Terminó estudios en el instituto tecnológico, se casa con una chica estupenda, es sociable, divertido y adora a su madre, Alba, a la que debe todo.
Ya más mayor, Alba le confesó que su marido la dejó porque no podían tener hijos. Se sintió sola y vacía. Y fue justo entonces cuando encontró a Matías en aquel portal y le dio calor con su amor.
Después, cuando la madre biológica se lo llevó, Alba pensó con pesar: Será que no estaba destinado.
Y fue inmensamente feliz cuando lo reencontró en el centro.
Matías trató de averiguar qué había sido de su madre biológica. Descubrió que siempre vivieron de alquiler y que ella desapareció hace años con un hombre recién salido de la cárcel. Más allá, no quiso investigar. ¿Para qué?

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