Sí, los perros son leales… ¡pero solo a quienes les aman! A los traidores no les perdonan jamás Els…

Life Lessons

Sí, los perros son muy leales. Pero solo con quienes les aman; a los traidores no los perdonan

Luz corría tras el coche, con la ansiedad trenzada a sus patas. No quería quedarse sola en aquel lugar extraño. No quería bajar al abismo del olvido y la soledad. Iba tras quien quería y en quien confiaba hasta el final. Iba tras un humano imposible de traicionar, no porque no quisiera, sino porque simplemente no sabía traicionar.

Clara, te presento a Luz anunció con sonrisa desbordante Diego, tendiendo la correa hacia una joven de unos veinte años, que en el umbral lucía unos zapatos relucientes con tacones tan altos que la hacían casi una cabeza más alta que él. Es buena y muy obediente, así que seguro que os entenderéis. Bueno, seguro.

Luz giraba feliz en torno a los pies de su dueño, pero miraba a Clara con manifiesto recelo.

Es natural que los perros sean cautos con los desconocidos. Pero aquello era otra cosa. Luz sentía con una certeza afilada que Clara olía a algo detestable, a algo viscoso en lo hondo. No era el empalagoso perfume que rompía convenciones químicas, sino ese olfato prodigioso de los perros que distingue la esencia de las personas.

En el caso de Luz, aquel sexto sentido era tan agudo que guiaba todo su ser, y jamás le había fallado. Cuando en la calle se cruzaba con alguien funesto, intentaba alejarse tanto como podía, arrastrando incluso a Diego, que tiraba de la correa. Porque amaba a su dueño, y lo protegía a su manera.

Pero, ¿a dónde huir en un piso de dos habitaciones? Y él, además, trataba a Clara con dulzura y generosidad: la abrazaba, la besaba.

Al descubrir la mirada oscura de Luz, Clara tomó a Diego de la mano y lo llevó a la cocina, donde cerró la puerta y musitó casi sin voz:

¿Por qué no me contaste que tenías un perro?

No hubo momento susurró Diego. ¿Te molesta?

¡Claro que me molesta! No me gustan los perros y no pienso compartir piso con esa ¿cómo has dicho?

Luz…

Eso. Luz.

¿Dónde voy a dejarla? ¿En la calle? Lleva conmigo cuatro años. O puede que cinco. Ya ni me acuerdo. Pero hace mucho.

Diego Clara lo miró con una determinación terminante. Mientras ese animal esté aquí, yo no me mudo ni habrá boda.

No puedo soportar a los perros, ¿vale? Decídete: o el animal o yo.

…La lluvia caía en Madrid como si todas las Segovias se derritieran en el cielo. Los limpiaparabrisas batían las gotas en el parabrisas con la furia del desencanto, igual que la mueca de Diego, que conducía casi a ciegas por la avenida de la Castellana, con el corazón más gris que la noche.

Y aún así, sentía por dentro como si le hubiesen vertido un cubo de vinagre. Algo sucio, ajeno, le obligaba a hacer lo que no quería.

Pero amaba a Clara y pensaba casarse con ella. O quizá no la amaba, pero esa noche daba igual. Lo urgente era que su padre, un empresario con mano de hierro y promesas ciertas, resolvería todos los problemas del pequeño negocio de Diego. Había prometido ayudarle y las promesas de los hombres como él valen euros y hasta ciudades.

Era la oportunidad de levantar la constructora y dejar de ser el Diego de siempre. Ridículo rechazarla.

En cuanto salió de Madrid, hundió el pie en el acelerador. El aguacero y el furioso viento martillaban el caso y los cristales como miles de uvas pisoteadas en vendimia. ¡Piénsalo!, gritaban las gotas, retumbando en la chapa.

Luz, en el asiento trasero, miraba en silencio las gotas resbalando por el cristal. La premonición no la abandonaba: desde que apareció aquella desconocida, el dueño se transformó en otoño. El trato frío, los silencios. Se volvió ajeno.

Diego se detuvo en el arcén, encendió un cigarrillo; el humo llenó el habitáculo mezclándose con el olor a perro mojado y esperanza vencida. Se colocó la capucha y salió. Luz, quieta, contenía el miedo. Las puertas traseras se abrieron con estrépito junto a la nube de humo y, de pronto, Diego la agarró por el collar y la sacó a la carretera. Luz gimió.

Dos portazos secos sellaron el adiós. El coche se volcó sobre el asfalto y se alejó entre los latigazos del aguacero.

Luz quedó inmóvil bajo la lluvia, mirando al coche que desaparecía. El agua calaba hasta el tuétano de su pelaje; ni un hilo se salvaba de la humedad.

Echó a correr tras el Fiat, no por costumbre, sino porque la fidelidad remonta hasta la cueva más profunda. Iba tras lo que amaba, incapaz de dejar de correr, aunque los pilotos rojos ya fuesen solo un sueño entre las nubes. No podía competir con un coche devorando kilómetros. Ni ser galgo, ni cheetah. Era solo un perro desbordado de lluvia y de pena.

Las luces desaparecieron, pero Luz corría, y el suelo se abría como en las pesadillas, sin que jamás pudiera alcanzarlo.

A veces, la vida te detiene sin preguntar, porque no tiene sentido perseguir el pasado. El chirrido de los frenos cortó la noche y, tras un golpe sordo, un chófer se tapó la cabeza, paralizado.

En el asfalto mojado yacía la perra. Se acercó despacio y se encontró dos ojos que aún creían, aunque de sus pupilas la desesperanza ya brotaba como silencio.

Gracias a Dios, está viva… pensó Rafael.

Abrió la puerta, tendió su cazadora sobre el asiento y depositó a Luz sobre su improvisado lecho. Era tan tarde que solo la clínica veterinaria veinticuatro horas de la calle Toledo permanecía abierta.

De vez en cuando, Rafael miraba por el retrovisor; Luz movía las patas traseras, corriendo en sueños. El veterinario les recibió sin cobrar revisión urgente, escuchó la explicación confusa de Rafael y sólo tuvo que constatar lo evidente: aquella perra era, para su desgracia, una más entre las víctimas de la traición.

Por fortuna, nada grave. Golpes, magulladuras. Recetó una pomada y frío para bajar la hinchazón.

Rafael la llevó a su piso en Lavapiés, dejó la chaqueta en el suelo y encima tumbó a la perra.

Esto es temporal susurró. Diez días después, Luz empezó a mejorar. Caminaba ya, aunque cojeaba con una ternura nueva.

¿Te dejaron en la calle, eh? le hablaba Rafael desde la cama, compartiendo la soledad tras años de desengaños: amigos que le robaron a la novia, que le arruinaron el negocio, que le metieron en líos, hasta dejarle sin pasado.

Reinventándose, Rafael había huido a Madrid y todo lo relativo a perros lo aprendía a golpe de llamadas al veterinario, que le ofreció su tarjeta y sus consejos.

Gracias al médico, logró lavar a Luz sin pelea, consultó sobre comida, la llevó dos veces a revisión para asegurarse de no arrastrar traumas. El ánimo de Luz era lo que más le preocupaba: apenas comía, pasaba largo rato tumbada, ignorándole.

Es normal dijo el veterinario. Sáquela a pasear muy a menudo. No le pida nada. Verá cómo se acostumbra. Puede que hasta lleguéis a ser amigos.

Y así fue. Las heridas las de dentro y las de fuera sanaron, y a los seis meses ya eran compañeros inseparables. Quizá no mejores amigos aún, pero la perra le confiaba su nuevo mundo. Incluso comía mejor. Ya no era Luz, sino Vega. Nueva vida, nuevo nombre. Y esa palabra se le pegó rápidamente, acaso porque sonaba parecido, o porque el recuerdo cansaba ya.

Paseaban cada día, ajenos a la tormenta y a la multitud. Solo cuando llovía, los ojos de Vega se nublaban y el agua no era sólo de lluvia, sino de memoria.

Olvidar era imposible. Los perros no son humanos, pero sienten lo que sienten los hombres. Quien diga lo contrario, no ha convivido jamás con uno.

Un día, paseando por El Retiro, Vega salió corriendo tras una gata que ronroneaba sobre las hojas secas. Rafael pedía un café calentito en el quiosco, y al girarse, no la vio.

Vega, traviesa, ladraba a la gata encaramada en un plátano. De repente, se detuvo junto a ella un todoterreno negro. Salió Diego.

Iba directo al supermercado del barrio, pero se paró, helado:

¡Luz!

Al principio Vega no entendió que la llamaban a ella. Solo cuando oyó otra vez, ese tono tan suyo, se giró y le miró. Diego se agachó:

¡Luz, ven aquí! la llamaba con sonrisa que ocultaba el remordimiento.

A Vega le tentaba lanzarse a sus brazos, pero un peso extraño se lo impedía. ¿Qué pensaría un perro en tales momentos? Nadie lo sabe, pero pensar, piensan. ¿Aquello era traición? ¿Estaba equivocada? ¿Y si la buscó durante semanas y la encontró al fin?

La cola oscilaba, no se sabía si de euforia o tensión. Diego, ansioso, saltó la verja y fue hacia ella, tendiéndole la mano.

¡Luz, pequeña! ¡Por fin! Ven, anda

La acariciaba, le apretaba con fuerza. Vega se quedaba quieta. No movía la cola de dicha, ni correteaba alrededor. Algo la frenaba.

En ese instante, Rafael apareció, viendo a un hombre arrastrando de la correa a Vega:

¿Qué haces? ¡Es mi perra!

A su voz, Diego se giró de golpe:

¿Que qué hago? Mi perra es.

¿De qué vas? ¡Vega, ven!

Ella dio un paso, pero Diego la sujetó aún más fuerte.

Vega no. Es Luz. La he criado desde cachorra y luego…

¿Luego qué? preguntó Rafael, atisbando la verdad.

¡No es de tu incumbencia! Es mi perra, me la llevo.

No lo entiendes, es mía, y punto. No insistas.

Ojos rojos, puños apretados, Diego se lanzaba sobre Rafael, pero en ese momento, Vega que hasta entonces solo miraba, indiferente gruñó con fiereza, miró a Diego, mostró los dientes y se libró del collar, refugiándose al lado de Rafael.

Diego se quedó helado. Jamás Luz le gruñó así. Jamás le sostuvo la mirada como quien está dispuesto a morder si hace falta. Bajó la mano y retrocedió.

Vega, vámonos murmuró Rafael.

Su perra le tocó con el hocico, inclinó la cabeza para que le pusiera la correa, y caminaron por el paseo alfombrado de hojas, sin mirar atrás. Diego los vio alejarse, con impotencia rabiosa.

Con Clara nada fue bien. No hubo boda, ni ayuda paterna, ni rescate del negocio. Se vio obligado a vender la empresa y apenas sobrevivió a la vergüenza. Jamás pudo perdonarse lo de aquella noche. Y ya no podía cambiarlo.

Sí, los perros son leales, pero sólo a quienes los aman. Jamás a los traidores.

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