Se fue… y menos mal — ¿Cómo que “el usuario no está disponible”? ¡Pero si hace cinco minutos estaba…

Life Lessons

¿Cómo que el usuario no está disponible? ¡Si hace cinco minutos estaba hablando con alguien! Leticia se quedó plantada en medio del recibidor, pegando el auricular al oído.

Echó un vistazo a la cómoda.

La cajita de sus joyas seguía ahí, pero algo no cuadraba: la tapa estaba medio abierta.

¡Román! gritó hacia el fondo del piso ¿Estás en el baño?

Leticia se acercó despacio. Notó un escalofrío cuando tocó la madera pulida: la cajita estaba vacía. Completamente.

Ni el recibito del Corte Inglés que siempre usaba de marcapáginas quedaba.

Se habían esfumado tanto las joyas como el dinero. Aunque, confesémoslo, ese se lo había dado ella

Madre mía suspiró, dejándose caer al suelo ¿Pero por qué? ¡Si ayer discutíamos por el papel de la pared! ¡Habías prometido que en agosto nos iríamos a la playa…!

Pero la historia empezó como las buenas series de sobremesa. El junio pasado, el motorcito de su viejo Seat Panda se atascó.

En el taller le pidieron un dineral y, mosqueada, Leticia acabó en el grupo Ayuda Motor Castellana.

Chicos, ¿sabéis si puedo arreglar un pistón atascado yo sola? escribió añadiendo una foto de la rueda, negra de mugre.

Saltaron respuestas como churros: uno le decía no te metas en líos, guapa, otro sugería cambiar la pieza entera.

Y entonces llegó el mensaje de un tal Roman85:

No les hagas caso. Compra 1 spray de WD-40 y un kit de reparación por 20 euros.

Quita la rueda, aprieta el pistón pisando el freno (pero sin pasarte).

Límpialo bien y úntalo.

Si el cilindro está en condiciones, tu coche irá como nuevo.

Leticia levantó la ceja: el consejo sonaba profesional, sin aires de listillo.

¿Y si el cilindro está picado? replicó.

Entonces tienes que cambiarlo. Pero viendo tu foto, tu coche está mimado, seguro que no es para tanto. Si tienes dudas, pregúntame por privado.

Pues así empezaron.

Román resultó saber mogollón de mecánica.

En una semana la asesoró en el cambio de aceite, bujías y hasta qué anticongelante no poner nunca.

Leticia, que al principio sólo quería arreglar el coche, esperaba noticias suyas ilusionada.

Romi, eres mi salvador, acabó escribiendo en julio ¿Te animas a un café? Invito yo. O algo más fuerte, que me he ahorrado una pasta gracias a ti

La respuesta tardó lo suyo. Tres horas después, vibraba el móvil:

Leti, me encantaría. De verdad. Pero ahora estoy de viaje por trabajo. Muy largo. Y, bueno, incluso fuera del país.

¿Tan lejos? flipó ella.

Lejos de narices. Mira, no quiero engañarte. Me caes genial. Pero no estoy de viaje. Estoy cumpliendo condena. Soto del Real, por si te suena.

Leticia dejó el móvil caer al sofá, boquiabierta.

¿Un preso? ¿Ella, una señora formal, contable en una empresa gorda, llevándose medio mes chateando con un chorizo?

¿Y por qué? tecleó ella, temblorosa.

Por fraude. Hice una tontería, la lié con gente y mira. Me queda menos de un año. Si quieres, borra el chat, lo entiendo.

Leticia no respondió. Simplemente, lo bloqueó. Se pasó tres días como alma en pena por la oficina, las compañeras no sabían si era gripe o mar de amores.

¿Por qué? ¿Por qué el único hombre decente, hábil, que sabe de coches y va y me toca en la cárcel? se lamentaba.

Pasó una semana. Revisando el correo, le saltó un aviso: Román había pedido su dirección. No lo eliminó, simplemente ignoró el chat.

Leti, no me enfado, de verdad. Me lo esperaba. Tú eres buena, no te mereces alguien como yo.

Sólo quería darte las gracias. Estas dos semanas han sido lo mejor de estos tres años. Ojalá seas feliz. Adiós.

Eso leyó Leticia en la cocina, y de golpe se puso a llorar: por él, por ella, por lo injusta que era la vida.

¿Por qué a todas les toca tipos normales y a mí casados, niñatos, y el primero decente entre rejas? se preguntaba sola.

Y, obvio, no respondió nada.

***

Leticia intentó salir con otros: uno le habló horas sobre su colección de sellos, otro apareció con las uñas negras y le hizo pagar a medias la caña.

El día de sus 35, especialmente, se sentía sola.

Por la mañana, notificación:

¡Feliz cumpleaños, Leticia! escribió Román Sé que no debería, pero no me puedo aguantar. Ojalá todo te vaya bien.

Eres de las que merecen que la lleven en volandas.

Aquí, con pan de molde y alambre, he fabricado una cosilla Si pudiera, te la regalaba.

Sólo quiero que sepas que, desde algún rincón de Castilla, hoy alguien brinda por ti con un café horroroso.

Gracias, Román no pudo evitar contestar.

¡Has respondido! la emoción saltaba del móvil ¿Y tú, cómo va la coliflor? ¿Arrancó este invierno?

Y vuelta a empezar.

Ya hablaban cada día. Román llamaba desde donde fuera.

Tenía una voz grave, de esas que suenan bien hasta armando la compra.

Contaba de su infancia, de su hermano criando sobrinos, de cómo soñaba con empezar de cero.

No vuelvo a mi ciudad, Leti le decía mientras ella removía un caldo Demasiados fantasmas. Quiero ir donde nadie me conozca. Trabajar en una obra, en un taller donde me dejen las manos.

¿Dónde te gustaría? preguntaba ella aguantando la respiración.

A tu ciudad. Alquilo cualquier pisito. Sólo por estar cerca de ti, respirar tu mismo aire.

Pero no quiero agobiarte, que conste

En mayo, Leticia estaba hasta las trancas.

Se sabía cuándo tenía requisa, cuándo lavaba ropa, cuándo trabajaba en los talleres.

Le mandaba paquetes: té, chocolatinas, calcetines de lana, piezas para sus inventos.

Román, sólo te pido que te portes bien, nada de líos raros.

Por ti, mi reina, me vuelvo monje bromeaba En abril soy libre.

Te espero, Román.

***

En abril, Leticia fue hasta la puerta del penal. Le compró chaqueta, vaqueros, deportivas nuevas.

El corazón casi se le sale por la boca.

Salió Román: bajito, recio, ese pelo pinchudo y blanco Nada que ver con la foto.

Pero al sonreírle y soltar:

¡Hola, jefa! Leticia se le colgó del cuello.

Ay dios, estás vivo, susurró contra su barbilla rascosa.

Y dónde iba a estar, la apretó fuerte Qué bien hueles, a colonia de flores de mercado.

Fueron a casa.

La primera semana, como en un culebrón. Él arregló el grifo, la cerradura, todo.

Por las noches, cenita, vino peleón, él contaba anécdotas de antes, saltándose los marrones.

Oye, Román, dijo ella al décimo día Decías de buscar piso

¿Y si no hace falta? Aquí sobra sitio, nos reímos más juntos.

Y ahorras. Que tienes que comprar herramientas, estar cómodo.

Leti, no es lo justo frunció el ceño Soy un hombre, yo debería pagar el techo.

Estoy aquí viviendo de prestado

¡Anda ya! le puso la mano encima Ya te pondrás en marcha. Encontrarás trabajo, todo saldrá rodado.

Mi hermano ha llamado soltó él, desviando los ojos El crío está enfermo, necesitan una operación privada.

Me pide prestado y yo mira mis bolsillos, ni telarañas. Me muero de vergüenza.

¿Mucho dinero? murmuró ella.

Un buen pico cinco mil euros. Algo tienen, pero falta bastante.

Pensaba ir a Madrid a currar, una obra, bien pagada. Consigo rápido.

Leticia calló. Los cinco mil euros dormían en su cajita. Años ahorrando para reformar el baño y poner esa ducha japonesa

Yo tengo ese dinero dijo bajito.

Román levantó la vista, como si le pincharan.

¡Ni se te ocurra! Son tus ahorros. Yo no puedo.

Pero es por tu sobrino, tu familia. Lo devuelves cuando puedas. Además, estamos juntos.

Dos días mareando la perdiz, serio, fumando en el balcón (había prometido dejarlo).

Al final, Leticia abrió la caja y puso los billetes sobre la mesa:

Toma. Ve y dáselo, o haz una transferencia.

Prefiero entregárselo en mano la abrazó Y de paso preguntarles por curro. Vuelvo en dos días. Palabra.

***

Leticia llevaba una hora sentada en el suelo del recibidor. Ni sentía las piernas.

Recordaba la noche anterior: mirando una comedia cutre, él riendo, ella feliz.

Quizá pasado mañana me voy temprano dijo él antes de dormir.

Pero se largó antes sin avisar. Ella ni lo oyó vestirse.

Quizá soñó el portazo, pensó que eran los vecinos.

A las dos de la tarde marcó el número del hermano, ese por si acaso que él le dio.

¿Hola? contestó una voz tosca ¿Quién es?

Buenos días, soy amiga de Román. ¿Ha ido hoy a verle?

Silencio tenso. Después, un resoplido.

¿Román? ¿Mi hermano? Mi hermano se llama distinto, y aún está en la cárcel hasta octubre.

Leticia se quedó sin aire.

¿Cómo octubre? Si salió en abril, fui yo a recogerle en Soto.

Mire, señorita, mi hermano, Álex, está en Alcalá-Meco.

Ese tal Román era mi antiguo compi de celda. Salió hace dos meses, robó mi móvil y copió todos los contactos.

Usted debe ser otra enamorada por carta que ha caído. Es muy bueno con el verbo, tiene carrera.

Leticia dejó caer el móvil. Recordó cuando él le enseñó a cambiar bujías.

Lo importante es no apretar demasiado decía Si no, rompes la rosca y adiós.

Pues la rompí, susurró Leticia Menuda rosca me he cargado. Me lo busqué.

En ese momento comprendió que no tenía ni idea de quién era realmente Román. Ni pasaporte, ni papel de la cárcel, nunca vio nada.

¿Y si ni se llamaba Román?

***
Leticia, por supuesto, fue a la policía y denunció. Enseñó la foto y aprendió mucho de su novio.

Resulta que sí se llamaba Román única verdad que contó.

Lo demás: delitos aquí, media vida entre rejas, la había conocido cumpliendo su tercera condena.

Leticia se persignó, cambió cerraduras y se consoló pensando que, comparado con sus anteriores enamoradas, había salido hasta bien parada.

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