Mira, te cuento cómo empezó todo. El primer día de clases conocí a Carmen, y desde entonces nos hicimos inseparables. Hacia final de curso se unió a nuestro grupo Pablo. Se notaba desde el principio que Pablo sentía algo especial por Carmen. Incluso, fíjate lo atrevido, le pidió matrimonio en Nochevieja. Pero Carmen, muy centrada en sus estudios, le dijo que no estaba lista para tener una relación.
Pablo no perdió la esperanza y se mantuvo como amigo fiel de Carmen. Al acabar el segundo semestre volvió a intentarlo, pero ella le rechazó con cariño, diciéndole que era mejor que siguieran siendo amigos. Luego Carmen me confesó que le gustaban los chicos deportistas y con estabilidad económica.
Aunque Carmen dijera aquello, yo siempre supe que Pablo era buena gente, muy amable, aunque no tuviera mucho dinero. Más adelante, Carmen se casó con un hombre que cumplía sus requisitos y nos invitó a la boda. Por desgracia, yo no pude ir porque me puse enferma, y Pablo tampoco quiso acudir, porque se sintió herido por toda la situación.
Ese día Pablo vino a buscar consuelo en mí, compartiéndome lo triste que estaba porque la chica que amaba se casaba con otro. Después de la boda de Carmen, empezamos a pasar más tiempo juntos y nuestra amistad se hizo más profunda. En ese periodo mi abuela enfermó y mi madre tuvo que ocuparse de ella, fue un momento complicado. Pablo me confesó cuánto me había echado de menos y, al final, nuestra amistad se transformó en algo más.
Un año después nos casamos y comenzamos a construir nuestra vida juntos. Nuestra felicidad se vio interrumpida cuando apareció Carmen, que ya tenía niños después de tres años de casada. Se había quedado viuda porque su esposo, que era el alcalde de Valladolid, falleció. Carmen nos preguntó si podía quedarse en nuestra casa hasta encontrar un nuevo sitio donde vivir.







