Saltando por el mundo como una cabra

Saltando por el mundo, como una cabra
Ya verás, Eugenia, vamos a montar unos negocios increíbles decía Leonor, agitando las manos y sentada en el alféizar del dormitorio de la residencia universitaria. Tú, en consultoría; yo, en marketing; y luego ¡zas!, abrimos nuestra propia agencia. Tenemos todo por delante, ya lo verás.
Eugenia levantó la mirada de sus apuntes, se rió y echó hacia atrás su larga trenza.
Leonor, la semana que viene tenemos exámenes, y tú ya construyendo imperios.
¿Y qué? ¿No se puede soñar un poco? Leonor saltó del alféizar y se dejó caer junto a Eugenia en la gastada cama. De verdad, Eugenia, no somos como esas gallinas de nuestra clase. Nosotras somos listas. Vamos a triunfar, seguro.
Eugenia dejó el bolígrafo y miró a su amiga: despeinada, con una camiseta descolorida pero con los ojos llenos de fuego. Y, por alguna razón, en ese instante le creyó sin reservas.
Claro que lo lograremos, Leonor murmuró.
Diez años pasaron como un suspiro…
…Eugenia se fue abriendo paso a mordiscos por esos años. Prácticas en una multinacional, noches en vela redactando informes, inglés de negocios por las mañanas y chino los fines de semana. Congresos, enlaces, nuevos contactos. Trepaba cuesta arriba, con los codos y las rodillas llenos de rasguños, pero nunca se detenía. A los treinta vestía trajes de lana italiana, volaba a Tokio de reunión en reunión y no recordaba la última vez que lloró de cansancio, simplemente porque ya no tenía tiempo.
…Leonor conoció a Mateo en tercer año. Él era mecánico, olía a gasolina y la miraba como si fuese la única mujer en el mundo. En cuarto curso Leonor se quedó embarazada, en quinto abandonó la universidad. Lo de la agencia de marketing se esfumó entre los primeros dientes de su hija y el segundo embarazo. Su imperio se redujo a un piso de tres habitaciones en un barrio residencial, donde gobernaba cacerolas, rabietas infantiles y un grifo perpetuamente averiado.
A veces seguían viéndose, aunque cada vez menos.
Eugenia traía regalos de sus viajes: un pañuelo de seda de Milán, un lote de té de Yunnan. Sacaba fotos de templos de Kioto, contaba cómo eran las negociaciones con los socios japoneses.
Allí nunca dicen nada directamente, imagínate. Todo son indirectas, matices. Estuve tres meses estudiando su etiqueta para no meter la pata en la primera reunión.
Leonor asentía, giraba entre las manos una bolsita de té y callaba. Luego suspiraba pesadamente.
Qué bien te va. Yo, en cambio, otra vez el pequeño trajo un virus del cole, Mateo se pasa el día en el taller, no hay manera de llegar a fin de mes…
Eugenia no sabía qué responder. Era como si creciera una pared entre las dos, hecha de vidas distintas, palabras distintas, olores diferentes su perfume de doscientos euros versus el detergente infantil de Leonor.
…En el cumpleaños de Leonor, Eugenia llegó directamente desde el aeropuerto. Traje azul oscuro, tacones, peinado hecho en la sala VIP. Se integró enseguida, reía, hablaba del nuevo proyecto, capturaba miradas de interés de los hombres y de respeto entre las mujeres.
Leonor se quedaba en su rincón…
Su vestido era antiguo, el mismo que llevó al evento de Mateo hacía tres años. El pelo recogido en una coleta sencilla, porque por la mañana ni siquiera tuvo tiempo para secador el pequeño se puso a llorar otra vez. Observaba a Eugenia brillar en el centro de la sala, cómo todos la escuchaban con la boca abierta, y dentro, poco a poco, algo oscuro, amargo y pegajoso iba creciendo.
No era envidia.
Era algo peor…
Eugenia fue a la cocina a por agua y se detuvo en el umbral. Leonor estaba en la ventana, agarrando una copa de vino y mirando a través del cristal, sin ver realmente.
¿Qué haces aquí sola, Leonor? Eugenia se acercó, tocando el hombro de su amiga. Ven, que están sacando la tarta.
Leonor apartó el hombro, quitándose la mano de Eugenia.
Ve tú. Seguro que te esperan.
Eugenia se frunció el ceño pero no se rindió. Se echó agua, dio un sorbo y empezó con cautela:
Llevo tiempo queriendo decírtelo… Sé que echas de menos trabajar. En mi empresa hay una vacante, principiante pero con recorrido. Puedo hablar con Recursos Humanos, te cogerían como becaria y después…
La copa chocó contra la encimera y el vino se derramó en una mancha roja.
¿Becaria? ¿A mí? ¿Becaria?
Leonor, quería ayudarte…
¿Ayudarme? Leonor se echó a reír, pero no era un buen humor; era roto y venenoso. ¡Vaya caridad la tuya! ¿Te escuchas? La gran Eugenia Fernández, rebajándose a la pobrecita amiga, dándome el favor de su gracia. Muchas gracias.
No era eso… Eugenia intentó mantener la calma. Te veo mal, veo que quieres algo más, y pensé en darte una oportunidad.
¿Te lo he pedido? Leonor se acercó, y Eugenia retrocedió sin pensar. Has cambiado, Eugenia. Antes eras normal. Ahora… ahora vas de altiva, miras a todos por encima del hombro, con tus trajes y tus aviones a Tokio.
No es justo.
¿No es justo? Leonor gritó, la gente asomó desde el salón pero desapareció de nuevo. ¿Y es justo que vayas exhibiendo tu vida perfecta? Cada día en Instagram que si avión, que si conferencia, que si mi zumo detox de quinientos euros. ¿Tú crees que da gusto ver eso?
Eugenia se quedó sin respiración por la sorpresa…
Comparto alegría, Leonor. Es lo normal.
¿Alegría? Leonor gruñó. Tú lo que haces es presumir. Presumes de éxito, mientras nosotras somos fracasadas. Las mujeres de treinta años ya tienen familia y críos, y tú… Saltando por el mundo como una cabra, sin marido ni hijos. ¡Sin fruto!
Aquella palabra le perforó lo más hondo.
He trabajado la voz de Eugenia temblaba. He currado noches enteras mientras tú veías series. He estudiado idiomas mientras tú hacías pucheros. Ha sido mi elección y tengo derecho.
¡Anda ya! ¡Tuviste que pisotear a otros! ¿Crees que no sé cómo moviste ficha para quitar a Marina de aquel puesto? Egoísta. Siempre solo pensando en ti.
Eugenia guardó silencio, mirando a su amiga de otros tiempos. Los labios temblorosos, las manchas rojas en las mejillas, el rencor acumulado durante años por fin brotando.
Y de repente, todo quedó claro. Espantosamente, dolorosamente claro.
No me odias a mí, Leonor dijo Eugenia despacio. Te odias a ti misma. Por no haber tenido valor, por rendirte. Es más fácil pensar que yo soy mala que reconocer que tú simplemente te acobardaste.
Leonor quedó pálida.
Vete.
Ya me voy Eugenia dejó el vaso y se dirigió a la puerta. Adiós, Leonor. Y buena suerte en tu mundo acogedor.
Cogió el bolso y empujó la puerta. La lluvia fría la empapó, pero ni se inmutó, dando un paso hacia la cortina gris.
Tacones repiqueteando en el asfalto mojado. El caro traje pegado a la espalda, la máscara de pestañas deslizándose por las mejillas, pero ¿qué más daba? Eugenia caminaba hacia el metro y, con cada paso, era más fácil respirar.
Esperaba dolor. Nostalgia por quince años de amistad, por aquella chica con los ojos encendidos en el alféizar, por sueños y proyectos compartidos. Pero en lugar de eso, solo sintió alivio, un alivio sordo y algo vergonzoso.
Su amistad no murió ese día. Se apagó poco a poco, año tras año, conversación tras conversación. Cada vez que Eugenia compartía una alegría y recibía una mueca. Cada vez que hablaba de futuros, y Leonor ponía los ojos en blanco. Cada vez que intentaba sacar a su amiga del fango, y esta la arrastraba hacia abajo.
Eugenia bajó al metro, se sentó en un asiento vacío sin preocuparse por las marcas de lluvia que dejaba. Sacó un espejito, miró su reflejo: máscara corrida, pelo desordenado, ojos rojos. Sonrió y guardó el espejo.
Mañana se levantará a las seis, se peinará, vestirá otro traje y volverá al trabajo. La vida no se termina por la envidia ajena…
Un mes después, el director general la llamó a su despacho. Eugenia entró preparada para todo nuevo proyecto, crítica, otro maratón de reuniones. Pero don Santiago le tendió una carpeta y Eugenia leyó la primera página:
Nombramiento como directora regional del área asiática.
Contrato anual en Singapur.
Se lo ha ganado, Eugenia Fernández el director se acomodó en la silla. El consejo ha votado por unanimidad. El vuelo es en tres semanas. ¿Le da tiempo a prepararse?
Eugenia levantó la cabeza y asintió.
Sí, claro.
Salió del despacho, apretando la carpeta contra el pecho, permitiéndose unos segundos en el pasillo vacío. Tras la ventana, el sol de noviembre se despedía, pintando el cielo de oro y carmesí. En algún barrio residencial, Leonor seguramente preparaba la cena y se lamentaba a Mateo de la injusticia del mundo.
Y Eugenia hacía las maletas para Singapur.
Nunca, ni una sola vez en toda su vida, se arrepintió de su elección. Como se dice aquí cada uno recoge según lo que siembra.

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