Salir y decirlo

La verdad es que nunca pensé que darle a un botoncito iba a costarme tanto, pero mira, allí estaba, la mano de Rosario sudando en el ratón del portátil, como si estuviese a punto de estrechar la mano de algún ministro en vez de enviar una solicitud. En el formulario, sin esconderse, puso: «55 años. Experiencia: funciones escolares, leer en reuniones de padres». Y en la parte de objetivo primero puso por mí, lo borró, luego quiero aprender a hablar en público, y solo entonces apretó el botón de enviar.

A los pocos minutos le llegó un correo con la dirección y la hora de la clase de prueba de la escuela de oratoria. Rosario cerró el ordenador, casi como si así pudiera deshacer lo que acababa de hacer, y se fue a la cocina de su piso en Vallecas. Ahí tenía una montaña de platos sin lavar y la olla del cocido ya casi fría en la vitro. Fue a coger la esponja, pero se paró a mitad de camino.

Luego, susurró, y le dio apuro oírse, como si alguien la estuviese espiando.

No se lo contó a nadie: ni en la oficina de contabilidad, que ya bastante conversación hay cada día con cotilleos y lamentos quién dijo qué, quién miró a quién. En casa igual: su hijo, su marido, la madre de él llamando por teléfono, todo rutina, siempre exigiendo atención. Rosario temía que bastara con decir en voz alta me he apuntado a clases de oratoria para que le llovieran las preguntas, bromitas o hasta esos consejos llenos de lástima: ¿Y eso pa qué, mujer?. Durante años, esas cosas se las decía ella misma por dentro.

El día marcado, Rosario salió del Metro en Sol y tardó una eternidad en encontrar la calle, aunque el mapa era claro. Iba despacio, revisando el bolso: DNI, libreta, botella de agua. Al subir la escalera, se cruzó con una señora bajando con un carrito de bebé y tuvo que arrimarse a la pared para dejarla pasar. Le latía el corazón como si fuese a un examen de la EBAU.

La escuela estaba en el primer piso, tras una puerta con un cartel de Taller de Expresión. En el pasillo, unas sillas viejas y carteles de obras pasadas en las paredes. Rosario se quitó el abrigo, lo colgó, se miró en el espejo, y le pareció que tenía demasiadas canas en las sienes; pasó la mano por encima, como si así pudiera disimularlas.

Dentro había unas diez personas. Algunos reían, otros revisaban unos papeles. La profe, una mujer bajita con el pelo corto, se presentó como Carmen Gutiérrez y pidió a todos colocarse en círculo.

Hoy vamos a experimentar la voz. No el volumen, sino la raíz, la base explicó. Respiramos. Nada de disculparse.

El nada de disculparse le dio en el pecho a Rosario. Se dio cuenta de que ya tenía en la punta de la lengua: Yo solo vengo a mirar, no voy a molestar. Pero no, calladita, se quedó en el grupo.

El primer ejercicio era lo más simple del mundo: inspirar, soltar el aire en una ssss larguísima, luego en zzzzz. Rosario intentaba no mirar a los lados, pero igual veía: una chica joven, de veintipico, uñas rojas y una postura de bailarina; más allá, un hombre en chándal, tan seguro de sí mismo que hasta ocupaba más espacio. Rosario terminó sintiéndose una intrusa de boda ajena.

Ahora vamos a decir nuestro nombre y una frase cualquiera, en voz alta, sin susurrar, siguió Carmen Gutiérrez.

Cuando le llegó su turno, se le pegó la lengua al paladar.

Rosario dijo, y enseguida: Perdón, es que

Para la interrumpió la profe, suave pero firme. Esa palabra hoy no la decimos. Otra vez. Solo el nombre.

Rosario tragó saliva.

Rosario.

Y de golpe, escuchó su voz, menos fina de lo que pensaba, ronca pero cálida, y le dio miedo y alivio a la vez.

Al final de la clase, Carmen se acercó.

Deberías venir al curso largo le dijo. Tienes un timbre bonito. Y una costumbre: esconderte. Eso lo vamos a trabajar.

Rosario asintió, como si hablasen de otra persona. En la calle, sacó el móvil para avisar a su marido de que llegaría tarde, y estuvo un buen rato dudando cómo explicarse. Al final escribió: Llegaré tarde, estoy en una actividad. Y no puntualizó más.

La semana siguiente empezaron los ensayos. Rosario imprimió el texto que les dieron para el primer acto: un monólogo corto de una mujer aprendiendo a decir no. Lo ensayaba en la cocina, mientras el agua de los macarrones hervía, y siempre se trababa: olvidaba frases, se comía las terminaciones. Le entraba rabia consigo misma, como si fuese una cría torpe.

¿Qué mascullas? le preguntó su hijo asomándose.

Rosario pegó un salto y escondió la hoja.

Nada. Es del trabajo.

Trabajo, siempre su paraguas. Se sintió fatal por ocultarse de su propio hijo, pero admitirlo le daba más terror.

En el taller, Carmen los ponía a todos por turnos frente al micrófono. Uno de pie, con el cable rojo y la voz temblando. Rosario le tenía casi tanto miedo al micro como a la gente. Se imaginaba avanzando y cómo su voz saldría, amplificada, temblorosa.

No os acerquéis al micro. Que venga él a vosotros decía Carmen. Erguidos. Respirad en la espalda.

Al principio, fatal: los hombros se le subían, el aire irregular. Escuchaba a la chica joven hablar durante su turno como si charlase con una amiga. Rosario pensaba: Es tarde para mí. Qué ridícula. Y a la vez, se justificaba mentalmente.

Tras un ensayo, se le acercó una mujer de su edad, con jersey gris y una coleta impecable.

Qué bien aguantas las pausas le dijo. Soy Pilar. Yo también tenía pánico al micro. Pensaba que me desenmascaraba.

Rosario sonrió por primera vez esa noche.

Lo hace, respondió en voz baja.

Sí dijo Pilar. Pero no como a veces imaginamos.

Salieron juntas, hasta la parada del bus. Pilar le contó que trabajaba en un centro de salud y que llevaba un año malo, sintiéndose como de algodón por dentro. Rosario la escuchaba y sentía algo descongelándose, no era de golpe amistad, pero sí la puerta para no sentirse sola.

A los pocos días, pasó lo inevitable: un comentario de esos que pican. Rosario se atascó en mitad de su fragmento, en una palabra que en casa se sabía de memoria, y se quedó en silencio. Se hizo una pausa.

La memoria ya no es lo que era, soltó el del chándal, bajo pero con intención.

A Rosario se le subieron los colores. Intentó contestar algo cortante, pero de pronto sonrió, su gesto automátrico de siempre.

Eso nos pasa a todos, zanjó Carmen. Da igual la edad. Aquí no se comenta eso. Aquí venimos a trabajar.

El hombre se encogió de hombros, como si nada. Rosario, en cambio, pensó que esa costumbre de sonreír por sistema a los puyazos de la vida era también parte de su voz. O mejor dicho, de su silencio.

En casa, esa noche, volvió a leer su texto mientras el marido veía el informativo.

¿Estás con poesías ahora? le preguntó él.

Rosario se quedó clavada, sin voz.

Eh No. Es que me he apuntado a un curso. Habrá actuación.

Él dejó el mando y la miró, serio.

¿Actuación? repitió, sin burla.

Ella esperaba el cachondeo típico, pero él solo asintió.

Pues si te apetece, adelante. Solo no te agobies.

No dijo qué campeona, ni me siento orgulloso, simplemente era permiso para no tener que justificarse todo el rato. Y eso, para Rosario, fue suficiente.

Preparándose, empezaba a poner el despertador antes para practicar respirar con las costillas abiertas, bien temprano. A veces toser, a veces reírse de sí misma. En la libreta apuntaba: no tensar la mandíbula, pausa después de no, mirar al público, no al suelo.

Un día, Carmen les pidió imaginar al público, identificar a alguien concreto en la primera fila para decirle el texto.

Rosario vio de inmediato a su suegra. Rápido también a su jefa. Pero, sobre todo, se imaginó a ella misma, con esa sonrisa de trinchera. Eso le tembló las manos.

No hace falta todos dijo la profe, viéndola. Elige a uno y háblale.

Rosario eligió hablarse a sí misma. Sonaba raro, daba miedo, como si por primera vez aceptase que también ella merecía sentarse ahí, al frente.

El día del estreno llegó volando. Rosario apenas pudo dormir, notando un hueco frío en el estómago. Se levantó flojita, fue a la cocina, bebió unos sorbos de agua el texto doblado sobre la mesa, lo abrió y se dio cuenta de que no recordaba la mitad. No toda, pero casi.

Se sentó, se tapó las sienes con las manos.

Hoy no salgo, pensó. Y esa idea tenía hasta dulzura: decir que está mala, que ha surgido algo urgente Nadie moriría.

En eso, entra el marido, medio dormido.

¿Qué haces tan pronto en pie? preguntó.

Rosario lo miró y fue absolutamente sincera.

Estoy asustada. Me da miedo quedarme en blanco.

Él se rascó la cabeza, cogió el papel.

Venga, léemelo. Tal cual salga.

Ella pensó en negarse, pero ya estaba de pie recitando, bajito, titubeando. Él callado, solo en un momento, cuando volvió a salir el perdona, arqueó una ceja.

Allí te enseñan a no decirlo, ¿no?

Rosario medio se rió.

Sí, pero fíjate, ni estando en casa me sale no decirlo.

Saldrá le contestó y le devolvió la hoja. Y tú vas a salir. Ya lo sé.

En el camerino, antes del acto, había agobio: bolsas, disfraces, nervios a flor de piel. Rosario sujetaba su texto dentro de la carpeta, los dedos helados pese al calor.

Pilar apareció con una botella de agua.

Bebe. Y ya no leas más, le dijo. Eso ahora ya no sirve. Ahora, respira.

Rosario asintió y guardó la carpeta. Puso el bolso junto a la pared, cerró la cremallera: necesitaba saber que tenía un lugar al que volver.

En la sala había unas cincuenta personas. El escenario pequeño, cortinas negras, dos focos. El micro en medio. Rosario salió hasta un lado, miró el público y se arrepintió: apenas distinguía algunos rostros, pero entre ellos sorpresa, su marido y su hijo, este último que no le había dicho nada de que vendría. Se le removió todo.

No puedo, musitó a Pilar.

Claro que puedes,le susurró la otra desde el lateral. Si quieres, mírame a mí. Yo estaré aquí.

Carmen se acercó, le puso la mano sobre el hombro.

No hay que ser perfecta, le susurró. Solo estar viva. Sal, respira, di la primera frase. Luego el texto sale solo.

Rosario cerró los ojos. La boca seca. Inspiró, como le habían enseñado, sin levantar los hombros. El aire llegó justo hasta debajo de las costillas. No era magia, era física, y eso la mantuvo en pie.

La anunciaron. Rosario salió. El suelo firme, un poco resbaladizo. Se situó frente al micro, a distancia de un palmo. El haz de luz la cegaba, el público era una sombra, y eso incluso le ayudó: menos gente, menos miedo.

Abrió la boca y por un instante no salían las palabras. Un vacío luminoso en la cabeza. Vio en la primera fila a su marido, tranquilo, manos juntas; a su hijo también mirándola, sin móvil. Y entonces sintió que no esperaban una Rosario sin mancha. Solo estaban allí.

Siempre hablo bajito, fue su primera frase. Titubeó, pero sonó.

Y ahí fue rodando. No recitó palabra a palabra como había memorizado, pero una frase traía otra, y otra. Se lió en un punto, falló el orden, un latigazo de pánico. Pero hizo una pausa, respiró y siguió improvisando por donde podía. Nadie se escandalizó. El silencio de la sala la arropaba.

Llegó al no, y puso la pausa que había practicado. Por primera vez, no lo dijo sonriendo para suavizar. Lo dijo.

Acabó, dio un paso atrás, el micro quieto, las manos abiertas. Temblaban, pero no las escondió. Saludó breve.

No fue una ovación de estadio, pero el aplauso fue cálido, real. Hasta alguien le dio las gracias en voz alta, tan claro que pareció solo para ella.

Detrás, se apoyó en la pared, las piernas como de escalera larga. Pilar la abrazó un segundo.

Has salido, le dijo.

Rosario asintió. Quería llorar, pero no había lágrimas. Era otra cosa: notar que por fin ocupaba un sitio que siempre dejaba vacío.

Luego estuvieron recogiendo, fotos, disimulo. Rosario fue al asiento en la entrada, miró que el bolso seguía cerrado, sacó la carpeta. El texto arrugado. Lo tocó con los dedos y decidió guardarlo, como recordatorio de aquello real.

Su marido y su hijo fueron a buscarla.

No ha estado mal, dijo el hijo, fingiendo desdén pero con los ojos brillantes. Hasta mola.

Has sonado diferente. No como en la cocina, dijo el marido.

Rosario se rió.

En la cocina siempre voy corriendo, soltó. Y antes de dudarlo, añadió: Quiero seguir.

Salieron a la calle. Rosario se abotonó el abrigo, ajustó la bufanda. Dentro, aún temblaba, pero ya no era miedo, era el escalofrío de haber cruzado un umbral.

Al día siguiente, llegó antes de hora a la escuela. El pasillo vacío. Fue al mostrador, rellenó la solicitud para el siguiente nivel. Esta vez, en objetivo, no le dio mil vueltas. Escribió: Hablar.

Cuando Carmen salió de la oficina, Rosario levantó la vista.

Me quedo, le dijo.

Perfecto, respondió ella. Elige texto nuevo.

Rosario cogió la carpeta, apretándola contra el pecho. Y saliendo al aula, sonrió: no había soltado ninguna excusa. Era un cambio pequeñito, pero dentro de ella sonaba más fuerte que mil aplausos.

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