Salieron juntos del hospital, los dos, bajo el cielo inconstante de Madrid. Nadie los esperaba, nadie filmaba su llegada ni les entregaba flores; habría resultado extraño ver a un hombre con un ramo de lirios
La madre de la pequeña seguía viva, estaba bien. Bueno, salvo porque la niña no le importó en absoluto. Se lo dijo a su marido sin rodeos ni secretos. Pero él insistió, suplicó, incluso dejó entrever amenazas dulces, veladas.
Porque Ernesto rozaba ya los cuarenta, y no tenía hijos. ¿Y si aquella niña era su única oportunidad de dejar huella? Negociaron Aurora dio a luz, firmaron el divorcio en la primera semana, y ella no tuvo reparos en aceptar pagarle una pensión alimenticia.
Él, por orgullo, quiso rechazar el dinero al principio. Pero la exesposa fue tajante:
La vida es larga. Todo puede pasar. Ya no eres un chiquillo, y yo te saco años de ventaja. No me interesa la niña, pero es mía, y al menos tendrás una red de seguridad para el futuro
Y empezaron así los días de inquietud, de biberones y noches en vela. Pero Ernesto no se vino abajo. ¡Cuántas madres solteras había en su barrio! ¿Iba a ser él menos capaz? Y de esos niños de probeta estaba lleno el mundo Total, no entendía por qué la felicidad de una criatura dependería de manos femeninas. No, la pequeña Carmen Ernestina crecía sana, encantadora, era un bebé risueño y robusto.
Pero cuando Carmencita creció un poco, empezaron las preguntas, insistentes, sobre su madre. ¿Cómo explicarle a una niña que su madre no la quería? Ernesto improvisó como pudo:
Te encontré en un sótano, cariño
¿En cuál?
En el de la casa de enfrente.
Desde aquel día, el sótano ejercía sobre Carmencita una atracción magnética. En los paseos, cuando Ernesto despistaba un segundo, la niña se asomaba a las rejillas, susurrando bajito: “¡Mamá, mamá!”, esperando respuesta, pero sólo hallaba el eco del silencio.
Hasta aquel día Carmen oyó algo. El corazón se le detuvo y luego latió con una fuerza desbocada, que no pudo oír nada más, sólo el bombeo en su pecho.
La puerta del portal estaba entreabierta, y Carmencita bajó al sótano. Al principio, la tiniebla la envolvía, pero los ojos se le adaptaron rápido. Avanzó, llamando, pero la voz se le quebró en un hilo ahogado de lágrimas:
Mamá mamita, ¿estás aquí? ¡Soy Carmen! ¡He venido a buscarte!
Pero nadie contestaba. Carmen sollozó y trató de escuchar. Un crujido leve en la esquina llamó su atención. Se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano mugrienta y caminó hacia el ruido.
Pensaba que mamá estaría muy enferma, que por eso no había salido a buscarla. Pero, se decía, ahora la encontraría, la abrazaría y todo iría bien.
Iba Carmencita acercándose, entre lágrimas y una sonrisa, segura de que por fin tendría lo que todas sus amigas: una madre. Pero en la esquina, sobre un montón de trapos, sólo le esperaba una gata amarilla, que la miraba recelosa, cubriendo con su cuerpo un pequeño minino.
¿Mamá?
La decepción casi la partió en dos, las fuerzas se le fueron de las piernas y se sentó en el suelo. Levantó la cabeza y miró a la gata
A los cinco años, las ideas son otras. La lógica se transforma y, a veces, es más verdadera que la de los adultos.
Carmen recordó a Nerea, de la guardería, presumiendo de melena y diciendo que su papá era un centauro, y a Pablo asegurando que el suyo era un alienígena. ¿Por qué no iba a ser la suya una gata?
La gata sintió una confianza extraña en esa niña bajita y triste, se acercó con pasos suaves y rozó su cabecita contra la mano diminuta.
¿Entonces de verdad eres mi mamá?
Carmen preguntó con una esperanza tal que ella misma creyó en su sueño y lo habría defendido a capa y espada ante cualquiera. Rodeó a la gata con los brazos, y la gata la abrazó también
Ernesto tardó en darse cuenta de la ausencia de su hija. Cuando por fin lo notó, la buscó a voces por el parque, asomándose bajo los bancos, mirando entre los setos.
¡Carmeeen! ¡Carminha, sal ahora mismo! ¡Cariño, ¿dónde estás?!
Pasaron unos minutos eternos, minutos que le robaron canas a Ernesto, hasta que del sótano emergió Carmen, andando despacio, apretando contra el pecho a la gata y al cachorrito. Al padre, que corrió hacia ella desbordado, le soltó:
He encontrado a mamá. Y creo que ésta es mi hermana Estaban en el sótano, donde tú me recogiste.
Ernesto se quedó de piedra. ¿Contarle la verdad? ¿Cómo? No pudo. Asintió y, con voz quebrada, preguntó:
¿Y cómo has sabido que era ella?
Carmen se encogió de hombros.
Lo he sentido Me miraba así ¡Papá, vamos a casa! Mamá está cansada.
Carmencita rebosaba felicidad. Tenía madre. Y daba igual que la hermana resultase ser un hermano gato: mejor, así podría jugar a cosas de chicos, y por las noches mamá les ronronearía cuentos.
En el cole, la apoyaron. ¿Y qué si su madre era una gata? Si el padre de Tomás era un avión ¡y hasta llevaba foto!
Ernesto, tiempo después, aún se preguntaba cómo explicarle a su hija que eso no era posible. Pero viendo a Carmen tan radiante, desistió. El tiempo lo arreglaría todo
Desde entonces, la casa fue una fiesta constante. Carmen, la gata y el gatito lo revolvían todo jugando, saltando por muebles y alfombras. La gata, tan joven aún, no ponía freno.
¡Me vais a volver loco! gruñía Ernesto, recolocando cojines y figuritas.
Carmen, con un cordel en la mano, el cachorrito y la gata en guardia, se miraron entre sí, encogieron los hombros y salieron a seguir desordenando ¿Por qué? Porque mamá les había dado permiso.




