Rumbo a una nueva vida
Mamá, ¿hasta cuándo vamos a quedarnos en este pueblo perdido? Ni siquiera estamos en una provincia, estamos en la provincia de la provincia entonó su canción favorita Lucía, tras volver de la cafetería.
Lucía, cariño, te lo he repetido mil veces: aquí está nuestra casa, nuestras raíces. Yo de aquí no me muevo respondió la madre, tumbada en el sofá con las piernas adormecidas sobre un cojín. Siempre decía que esa era su pose de Lenin-gimnasta.
Siempre lo mismo, mamá: raíces, raíces… Como sigamos así diez años más, terminarás mustia y se te pegará otro “bicho raro” que querrás que llame papá.
La madre dejó el sofá ofendida y fue directa al espejo empotrado del armario.
Qué tonterías dices, si estoy perfectamente…
Por ahora sí, pero como sigamos, acabarás como una calabaza, un nabo o un boniato; elige el que más te guste, tú que eres la chef.
Mira, hija, si tanto lo deseas, márchate tú. Que tienes edad de hacer lo que quieras y no te meterías en problemas con la Guardia Civil. ¿Para qué me necesitas a mí?
Por conciencia, mamá. Si yo me voy a la buena vida, ¿quién va a cuidar de ti aquí?
La Seguridad Social, el sueldo fijo, Internet… Y seguro que aparece algún “bicho”, como tú dices. Para ti esto de mudarte es fácil, eres joven, moderna, te entiendes con la vida y los adolescentes aún no te irritan. Yo, en cambio… ya voy camino del Valhalla.
¡Pero si tienes cuarenta años! No digas tonterías
¿Es que querías fastidiarme el día diciéndome mi edad en voz alta?
Mira, si lo convierto en años de gato, solo tienes cinco se apresuró a matizar Lucía.
Te lo paso.
Mamá, aún estamos a tiempo, vámonos y punto. Aquí ya no nos retiene nada.
Hace un mes conseguí que escribieran bien nuestro apellido en la factura de la luz. Y tenemos el ambulatorio al lado le replicó la madre, jugando sus últimas cartas.
El médico te atendería en cualquier sitio con la tarjeta, y la casa no es necesario venderla ahora… Si no va bien, siempre podemos volver. Yo haré que te adaptes y disfrutes.
Ya me avisó el médico en la eco: Su hija no le dejará en paz. Pensé que era broma, pero mira, ya he visto que no. Venga, vamos, pero si la cosa va mal, prométeme que me dejas volver sin dramas ni gritos.
Palabra.
El mismo trato que me prometió tu padre en el registro civil. ¡Si es que encima tenéis el mismo RH!
***
Lucía y su madre no se conformaron con la capital de provincia y apuntaron directamente a Madrid. Sacaron todos los ahorros de tres años y se instalaron por todo lo alto en un estudio en un barrio periférico, entre el mercado y la estación de autobuses, y pagaron cuatro meses de alquiler por adelantado. El dinero ya casi se había acabado antes de empezar a gastarlo.
Lucía estaba llena de energía. Sin perder tiempo en desempacar ni en amueblar el modesto hogar, enseguida se lanzó a la movida de la ciudad a su vida creativa, social y nocturna. Lucía se integraba enseguida: hacía amigos rápidamente, conocía los sitios más famosos; aprendía a hablar y vestirse como una madrileña de toda la vida, como si nunca hubiese pisado la España profunda y directamente hubiera surgido del aire sobrado de la Gran Vía y de puro esnobismo concentrado.
Mientras, la madre vivía a base de infusión relajante mañana y pastilla para dormir por la noche. El primer día pese a las insistencias de su hija para salir a pasear se lanzó a buscar ofertas de trabajo activamente. Madrid ofrecía empleos y sueldos por completo incompatibles, con muchos pero escondidos. Haciendo unos cálculos sencillos y sin ayuda de videntes de la tele, la madre predijo: medio año como mucho, y de vuelta a casa.
Resistiéndose a las críticas modernas de su hija, fue a lo seguro y consiguió un puesto de cocinera en una escuela privada; por las noches lavaba platos en el bar de la esquina.
Mamá, ¿otra vez entre fogones las veinticuatro horas? ¡Para eso nos podías haber quedado en el pueblo! Así jamás entenderás lo bueno de la gran ciudad. Podrías haberte formado de algo: diseñadora, sumiller, o a malas, esteticista de cejas. Viajar en metro, tomar café, adaptarte, disfrutar
Hija, no tengo ganas ni cabeza para aprender otra cosa ahora No te preocupes por mí, que yo me espabilo, ya verás. Tú céntrate en buscarte la vida y disfrutar, que es lo que querías.
Mientras Lucía suspiraba por la mentalidad poco moderna de su madre, ella se las apañaba. Se acomodaba en los bares donde la invitaban otros jóvenes llegados de fuera; conectaba espiritualmente con la ciudad, siguiendo los consejos de su coach de confianza una influencer de runas; se integraba en grupos donde el éxito y el dinero eran tema central. Pero trabajar, lo que se dice trabajar en serio, ni hablar: ella y la ciudad debían acostumbrarse la una a la otra antes.
A los cuatro meses, la madre pagó el alquiler con su propio sueldo, dejó el fregadero de platos y empezó a cocinar para otra sede de la escuela. Lucía, mientras, abandonaba varios cursos, se presentó a pruebas en la radio, participó en una peli de estudiantes donde la pagaron en macarrones con chorizo, y salió fugazmente con dos músicos, uno que resultó un auténtico burro y el otro un gato con mucha vida a cuestas y nada de ganas de sentar cabeza.
***
Mamá, ¿quieres hacer algo hoy? ¿Pedimos pizza y vemos una peli? Estoy agotada bostezaba Lucía, tumbada como si fuera Lenin-gimnasta, mientras la madre se arreglaba frente al espejo.
Pide la pizza, te hago un Bizum y no me dejes nada, dudo que tenga hambre al volver.
¿Cómo que al volver? ¿De dónde vuelves? Lucía se incorporó, poniendo los ojos como platos.
Me han invitado a cenar contestó la madre, avergonzada y sonriente como una adolescente.
¿Quién es? A Lucía no se le escapó la incomodidad.
Esta semana tuvimos una inspección en la escuela. Les hice albóndigas, esas que te encantan desde pequeña, y el jefe del equipo me pidió conocer a la chef. Nos reímos, porque eso de chef en una escuela es curioso. Tomamos un café, como me aconsejaste. Y esta noche me invita a cenar a su casa.
¡¿Pero tú te oyes?! ¡A casa de un desconocido a cenar!
¿Y? Tengo cuarenta años, no estoy casada, él tiene cuarenta y cinco, es atractivo e inteligente y está soltero. Todo lo que espere de mí me parece bien.
Hablas como una pueblerina desesperada, como si no tuvieras opciones.
¿No eras tú la que me trajiste para vivir, no solo existir?
Frente a esto, poco podía decir. Lucía sintió de pronto que los papeles se habían invertido, y eso ya era demasiado. Encargó la pizza más grande del local y pasó la noche castigándose a base de atracón. Eso duró hasta medianoche, justo cuando la madre volvió, iluminando el hall con su sonrisa.
¿Qué tal? preguntó Lucía, aún mohína.
Este bicho es bien majo, nada de americano ni extranjero, muy del barrio le guiñó la madre y se metió en la ducha.
Desde entonces, la madre salía más: fue al teatro, a un monólogo, a un concierto de jazz, sacó carné de biblioteca, se apuntó a una tertulia de té y ya estaba empadronada en el centro de salud. Medio año después, empezó un curso de especialización, consiguió certificados y aprendió a preparar platos sofisticados.
Lucía tampoco perdió el tiempo: aunque no quería vivir del trabajo de su madre, intentó meterse en empresas punteras, pero aquellos puestos la tumbaban una y otra vez. Sin nuevo empleo ni amigos dispuestos ya a pagar siempre, aceptó un trabajo de barista; dos meses después, pasó a ser camarera de noche.
La rutina la envolvía, le pintaba ojeras y le robaba el tiempo. Su vida personal tampoco despegaba: los parroquianos del bar le lanzaban miradas borrosas y comentarios aún peores, muy lejos del significado de amor puro. Todo le resultaba cada vez más insoportable.
Mamá, tenías razón, no merece la pena quedarse. Perdona por arrastrarte hasta aquí, mejor volvámonos dijo Lucía al volver de un turno especialmente duro.
¿Volver? ¿A dónde? contestó la madre, metiendo cosas en una maleta.
¡A casa! Al sitio donde escriben bien el apellido, donde el centro de salud está a dos pasos. Tenías razón desde el principio.
Yo ya estoy empadronada aquí y no quiero irme la madre miraba los ojos rojos de su hija para entender qué pasaba.
¡Pues yo sí! Necesito volver a casa. Aquí no soporto el metro, el café en vaso cuesta un riñón, en el bar nadie sonríe Allí tengo amigos, piso propio, aquí nada me retiene. Y encima te veo con la maleta
Es que me voy a vivir con Manuel dijo la madre de golpe.
¿Cómo que te vas con Manuel?
Bueno, pensé que ya estabas asentada y podías pagar el piso tú sola. Lucía, te hago un favor. Eres adulta, guapa y con trabajo, y encima vives en Madrid. Aquí tienes oportunidades a raudales la madre ni asomo de ironía. Gracias por traerme. Sin ti seguiría marchitándome en el pueblo. Aquí, la vida de verdad estalla. ¡Gracias! besó a Lucía en ambas mejillas, pero la hija no se animaba.
¿Y yo, mamá? ¿Quién me cuida ahora? ya con lágrimas, preguntó Lucía.
La Seguridad Social, el sueldo fijo, Internet… Y seguro que aparece algún bicho, citó, riendo.
¿Así que me dejas así, sin más?
No te dejo sola, pero prométeme recordar que ibas a dejarme tranquila, ¿eh?
Lo recuerdo Dame las llaves del pueblo, anda.
Están en mi bolso. Solo te pido una cosa.
¿Qué?
La abuela también ha decidido mudarse. Ya lo tengo todo hablado por teléfono. Pásate por su casa y ayúdala con las maletas.
¿La abuela se viene a Madrid?
Sí, le he contado lo de la buena vida, los bichos y los pueblos; además, hace falta gente en correos y ya sabes que la abuela lleva cuarenta años en ello. Puede enviar cualquier carta, incluso al Polo Norte sin sello, y seguro llega Así que que se arriesgue antes de que se le marquen las arrugas del todo.







