Relaciones familiares
Abuelita, ¿puedo quedarme a vivir contigo un tiempo? sollozó Inés. No aguanto más vivir con él.
Por supuesto, hija, aquí tienes tu casa para lo que necesites respondió cariñosamente Carmen Fernández mientras abrazaba a su nieta. ¿Otra vez te ha hecho daño?
Me trata mal suspiró Inés. Pero mamá no me deja irme de casa, porque no quiere pelearse con sus padres. Yo ya no tengo fuerzas para soportarlo más.
A Carmen Fernández nunca le cayó bien su nuera, Aurora. Siempre fue fría y calculadora, siempre pendiente del qué dirán y de sus propios intereses, antes que los sentimientos de los demás. Incluso obligó a Inés a casarse con Pablo solo porque su padre era un alto cargo en la administración.
¿Pablo te pega? le preguntó Carmen, preocupada.
Sí rompió a llorar Inés.
¿Y tus padres lo saben? insistió en voz baja la abuela.
Sí, lo saben respondió Inés entre lágrimas.
¿Y aún así te prohíben marcharte? Carmen no daba crédito.
Así es dijo Inés. Dicen que si me voy los dejaré en ridículo delante de sus amigos. Que todo es culpa mía, que debo ser más sumisa. Pero ¿cómo voy a ser sumisa si él es cruel y malo? No puedo, abuela.
Si no puedes, no tienes por qué seguir la consoló Carmen, acariciándole el pelo. Quédate conmigo el tiempo que quieras, y ya hablaré yo con tus padres.
¿¡Cómo que se ha ido de casa!? chilló Aurora cuando Carmen le llamó para avisar. ¡Que vuelva de inmediato!
Deja de gritar la cortó secamente Carmen. Inés no va a volver.
¿Pero sabes el dineral que nos costó la boda? siguió Aurora, toda dramatismo. Tuvo la suerte de casarse con una familia respetada, y ahora nos deja en vergüenza.
La vergüenza la das tú, y aun así te aguantamos zanjó Carmen. No pienso seguir perdiendo el tiempo hablando contigo, ya te lo he dicho todo.
Carmen colgó el teléfono y Aurora, ciega de ira, lo estampó contra la pared y maldijo a su suegra con las peores palabras. Carmen no tardó en llamar a su propio hijo.
¿Sabías que ese imbécil de Pablo le pega a Inés? le preguntó con severidad a Jacobo.
Bueno… He oído algo, pero no sé, igual Inés exagera respondió Jacobo, evasivo.
¿Hablas en serio o es que eres tonto? alzó la voz Carmen. Tu hija sufre malos tratos y aquí estás, balbuceando sin moverte del sillón.
¿Y qué quieres que haga? alegó Jacobo. Es su marido.
¡Pues ir a partirle la cara a ese desgraciado! ¡Que aprenda a no volver a ponerle una mano encima a mi nieta! Tiene que saber que Inés tiene familia que la defiende.
No te metas, que ellos sabrán solucionarlo contestó Jacobo, molesto.
Ya veo, ya… bufó Carmen, llena de rabia. Habéis vendido la felicidad de vuestra hija al mejor postor.
Dos días después, en casa de Carmen se presentó toda la familia: Jacobo, Aurora, y los padres de Pablo.
¡Inés tiene que volver a casa con Pablo ahora mismo! ordenó Aurora nada más entrar.
Inés no tiene ninguna obligación le replicó Carmen. No sé cómo podéis tratar así a vuestra propia hija, parecéis extraños. Vergüenza debería daros.
Esto es por tu pésima influencia acusó Aurora. Yo no pienso arruinar nuestra relación con don Gregorio.
Que don Gregorio empiece por enseñar a su hijo a no levantar la mano a una chica indefensa mirando fijamente a Pablo, Carmen zanjó la conversación.
Pablo bajó los ojos y Aurora saltó en su defensa:
Tampoco fue para tanto, mujer. Además, en las parejas siempre hay discusiones.
¿Jacobo, tú también piensas así? preguntó Carmen.
Mamá, que lo arreglen entre ellos, no es para tanto. Inés es muy sentida y debería cambiar.
Carmen, ni corta ni perezosa, le dio una bofetada a Jacobo, otra a Aurora y otra a Pablo. Los tres se quedaron de piedra y Carmen les soltó:
Esto lo hago por cariño, una simple discusión familiar. ¿No os gusta? ¿Habéis sentido mal? Pues es que sois muy susceptibles. Así que marchad y aprended a mejorar vuestro carácter.
Carmen abrió la puerta y fue echando a toda la delegación fuera:
Venga, fuera de mi casa, y llevad con vosotros al niñato ese. Y dile a su padre que sería mejor que educase bien a su hijo. Y tú, Aurora, si tanto te interesa, cásate tú misma con Pablo, a ver qué tal.
¡No pienso volver nunca más a tu casa! gritó Aurora desde las escaleras.
¡Mejor para todos! replicó Carmen. Como nuera has sido mediocre, y como madre aún peor.
Cerrada la puerta, Carmen se frotó las manos y le dijo a su nieta, que había estado escuchando toda la bronca desde su cuarto:
Mira, Inés, tienes que aprender a defender tus derechos. En la vida siempre habrá quien intente pisotearte. Y vivir para contentar a los demás es tirar tu vida a la basura. Nadie lo agradecerá jamás.
Haz lo que quieras, pero tienes que conseguir que tu madre deje de meterse en nuestra vida le gritaba Aurora a Jacobo. ¿Qué pensará la gente ahora? El matrimonio de Inés era nuestra entrada a la crema, y si se divorcia, ¡se acabó todo!
¿Y para qué quieres estar en la crema? le contestó Jacobo, cansado. ¿No tienes bastante?
¡No! ¡No! Aurora chillaba fuera de sí. Me faltan dinero, estatus, posición. Quiero que me envidien, quiero estar por encima de la vulgaridad.
Jacobo se derrumbó, le sonaban los oídos de tanto grito y solo quería esconderse. Su mujer llevaba semanas desatada, y él tenía ganas de gritarle ¡Cállate ya!, pero solo dijo:
Tranquilízate, hablaré con mi madre.
Hablaré con mi madre, dice le imitó Aurora. ¡Vaya blandengue!
Jacobo se fue a otra habitación. Odiaba los conflictos y las discusiones, prefería siempre ceder antes que defender su postura.
Al día siguiente, Jacobo volvió a casa de su madre.
Ni se te ocurra pedírmelo le advirtió Carmen nada más verle pasar el umbral.
No vengo a eso respondió él con calma.
Entonces, ¿a qué vienes?
¿Puedo quedarme a vivir aquí un tiempo? dijo Jacobo.
¿Aurora te ha llevado al límite? le miró Carmen comprensiva.
No soporto más tanto escándalo suspiró él. Está fuera de sí.
Tú te lo has buscado le dijo Carmen. Hay que saber poner límites y defender tus derechos. Si desde el principio lo hubieses dejado claro, no serías ahora el pelele de la casa.
Jacobo asintió, e Inés se sentó a su lado y apoyó su cabeza en su hombro. Sabía bien que su madre siempre había aplastado a su padre, y que él, tan tranquilo y educado, nunca supo resistirla.
Menos mal que Inés salió a tiempo de un matrimonio así comentó Carmen, con cariño, mirando a su nieta. Sois responsables de vuestra vida, debéis tomar vuestras propias decisiones. Solo de eso dependerá vuestra felicidad, ¿vale?
Inés y Jacobo asintieron, y Carmen añadió:
Todavía os queda mucho que aprender.
Ese mismo día Jacobo recogió sus cosas y le dijo a Aurora que la dejaba. Ella reaccionó como siempre: con gritos, rotura de platos y lanzándole objetos encima.
Pablo empezó a llamar cada día a Inés, primero suplicando que volviese, luego exigiéndolo y al final, amenazando. Pero Inés fue firme; no quería volver a aquella vida. Además, tenía nuevos planes de futuro.
Una semana después, se presentó en casa Gregorio, el padre de Pablo, echando en cara a los fugados:
¿Qué pasa aquí, os habéis vuelto todos locos? Una deja al marido, el otro a la mujer… ¡¿Pero qué os pasa?! Volved a vuestras casas ahora mismo. Y tú, Carmen, deja de incentivar estas tonterías.
Inés y Jacobo ni tiempo tuvieron de responder, porque Carmen, con las manos en la cintura, contestó:
¿Y tú quién eres para decirme a mí cómo vivir? Anda, ve y dile a tu hijo cómo comportarse.
Ya he hablado con él Gregorio aflojó el tono. No volverá a hacerlo.
Ya podríais haber hablado antes, así no hubiéramos llegado a esto le respondió Carmen.
No hay que dramatizar tanto ni arruinarle la vida a la chica propuso Gregorio, entornando los ojos. Nuestro Pablo la quiere y no volverá a pasar. No vayáis ahora con el divorcio a dejarnos mal delante de todos, que si quiero también puedo hablar mal de vuestra Inés; puedo decir que la dejó Pablo porque es una cualquiera, o una dejada, qué sé yo.
Tranquilo, Gregorio, a mí no me asustas respondió Carmen, impasible. Que igual yo cuento que de pequeño en el colegio te hacías pis y que me lo decías a mí llorando. ¿Qué crees que le interesará más a la prensa, que tu hijo es un hombre tan nefasto que lo abandonan, o que tú, siendo todo un señor, fuiste un niño meón?
Gregorio se puso blanco y preguntó, turbado:
¿Usted no haría eso, verdad?
Carmen había sido su primera maestra, y todos la creerían si quisiera inventar algo. Hasta que lograsen aclarar la verdad, la comidilla seguiría.
No lo sé, eso dependerá de tu comportamiento respondió Carmen, seria.
Gregorio, incómodo, pero inteligente, dijo:
He entendido el mensaje.
¡Eso está mejor! respondió Carmen, animada. Y ahora, nos compras unas vacaciones para Inés y para mí, para curar heridas del alma. Ya de paso le cuentas a todos que Inés se fue a cuidar a su abuela.
Gregorio reflexionó. Pese a su alto rango, Carmen seguía siendo su maestra, imbatible tanto con dulzura como con amenaza y chantaje sutil si hacía falta.
De acuerdo, os conseguiré el mejor balneario de toda España aceptó Gregorio. Perdónanos, nos equivocamos. Y perdona también a mi hijo, no hemos sabido enseñarle.
Pues sí convino Carmen. Ahora vete y siguen educando. Y un consejo, Gregorio: vive como te dicte la conciencia y no por lo que diga la gente. La justicia es la mejor reputación.
Gregorio asintió y se marchó. Cumplió con el viaje prometido, e incluso mantenía intacto el respeto hacia Carmen, que siempre consideró una gran mujer. Además, Inés le caía realmente bien y lamentaba de veras que su hijo no hubiese sabido cuidar su matrimonio.
El divorcio de Inés y Pablo no llegó hasta un año después. Para entonces, ambos tenían nuevas parejas y todo transcurrió con calma y sin drama. Inés se volvió a casar y vive feliz con su marido y sus dos hijos. A su abuela Carmen se la llevó con ella, igual que Carmen hizo una vez.
En cuanto a Jacobo, no llegó a divorciarse, pero seguía viviendo en casa de su madre.




