12 de diciembre
Hace justo un año que ocurrió todo, y aún no termino de asimilarlo. A veces creo que fue un mal sueño, pero luego lo miro y sé que de milagro ha vuelto conmigo.
Salía anocheciendo para tirar la basura al contenedor de la escalera, cuando le vi ahí mismo, junto a la puerta. Mi León, tan digno, de pelo rojizo y pecho blanco como la cal que pintaba las casas antiguamente, con esa mirada perezosa y socarrona que siempre parece burlarse de todo. Ni se inmutó, a pesar de que hacía apenas unas horas había irrumpido en la cocina y tirado la tapa de la cazuela. Le saludé con la cabeza, impasible.
Al regresar, ya no estaba.
Entonces no me alarmé. Pensé que habría bajado a otro piso, tal vez se tumbó en la puerta de algún vecino, como otras veces. Le llamé. Recorrí los descansillos. Eché un vistazo a los tramos de escalera. Bajé al patio de la comunidad. Nada.
León nunca se iba lejos. Tenía su rutina: portal, banco bajo la parra, el arbusto de hierba gatera junto a la verja y de vuelta a casa. Ni coches, ni palomas ni otros gatos lograban distraerle. Observador, tranquilo. Y de repente, desapareció.
Aquella tarde recorrí todo el patio, le llamé bajito, silbé, hasta agité una de esas bolsas de pienso que a él tanto le volvían loco, aunque sentía que me miraban como si me faltara un tornillo. Nadie respondía. Solo los vecinos mayores me miraban con tristeza:
¿Aún no ha vuelto?
Lleva un día sin aparecer.
Ya sabes cómo son, los gatos… animales libres…
Mentira. Él no era un gato cualquiera. Era de casa, de los míos. Siete años y ni una sola vez se había marchado.
Al tercer día, empecé a pegar carteles. En cada uno, una foto: León durmiendo en el alféizar, León hecho un ovillo, León mirando a la cámara con su eterno aire de enfado. Me llamaban. Preguntaban. Incluso un señor juró haber visto un gato igualito en el mercadillo de Lavapiés. Fui corriendo. Perdí más de una hora. Era un perro pelirrojo, pero no León.
Una semana después, me contaron que últimamente se colaban unos chavales en el portal. Uno incluso preguntó de quién era ese gato tan manso y bonito que merodeaba por el quinto. Según palabras suyas: Muy formal, seguro que de raza y caro…
¿Crees que se lo han llevado?
Tiene toda la pinta, respondí, sin poder evitar que se me humedecieran los ojos.
Pasó un mes. Luego otro. Traté de distraerme, centrarme en el trabajo, en las cosas que me rodeaban, pero cada vez que oía el taconeo en el descansillo, o una puerta que se cerraba, el corazón me daba un vuelco: por si era él. Pero no.
Acabé retirando el comedero del sitio, pero la mantita la dejé. La lavaba, la tendía, la volvía a poner. Por si acaso… quién sabe.
Una tarde, Inés apareció en casa con un gatito pequeño. Gris, chillón y siempre alborotado.
No puedes seguir así, como de luto, me dijo.
Me quedé con el pequeño. Le llamé Pelusa. Era travieso, tierno, divertido. Pero no era León. Cada caricia me recordaba el vacío, no porque el nuevo no me llegase, sino porque el corazón no olvidaba al otro.
Pasó casi un año. Invierno cerrado. Nieve hasta los tobillos, hielos en las calles. Yo volvía de trabajar, el bolso hacía que casi me rompiese la espalda, refunfuñando porque había olvidado comprar té otra vez. Y de repente, escuché un arañazo suave. Apenas audible, como un susurro.
Me quedé quieta. Fui hacia la puerta. Abrí.
Allí estaba.
Sobre el felpudo, León. Esquelético, sucio, las orejas heladas, las patas temblorosas. Pero su mirada… exacta a la de siempre, como diciendo: Y tú, ¿dónde demonios has estado todo este tiempo?
No lo creí. Me agaché, tendí la mano.
¿León…?
No maulló. Simplemente se levantó, lento, y apoyó su frente contra mi palma.
Lloré. Sentada en el portal, con la bolsa, la barra de pan, el abrigo hasta arriba. Las lágrimas salían solas. Él se restregaba contra mí, como si tampoco se creyese haber vuelto.
Le metí en casa. Agua tibia. Baño. Comida. Comió como si nunca hubiese visto comida en su vida. Después, directo al sillón y se quedó dormido, hecho bola.
Más adelante fuimos al veterinario. Cola dañada por el frío, le amputaron la punta. Algunos dientes rotos. El cuerpo, famélico. Cicatrices y moratones. Pero vivo. ¡Vivo!
Está claro que lo han retenido, dijo el veterinario. Es muy dócil y demasiado maltrecho. Seguramente lo robaron. Después lo abandonarían o logró escapar. Pero el camino a casa, lo ha encontrado.
Ha vuelto él solo…
Ocurre pocas veces, pero ocurre. Tienen olfato, memoria. Son mucho más listos de lo que creemos.
Ahora duerme siempre en mi cama. Ni mira la manta de antes. No quiere saber nada de la calle. Al principio gruñía a Pelusa, pero después se resignó. Ahora comen juntos, se lavan uno al otro, como dos hermanos.
A veces pienso: ¿y si aquella noche no hubiera abierto la puerta? ¿Y si hubiese llegado más tarde?
Pero él esperó. Solo. Casi un año después. Débil, pero vivo.
Ahora, cada vez que salgo aunque sea un minuto, siempre compruebo: ¿la puerta cerrada?
Siempre.
Si te ha pasado algo parecido, cuéntamelo. Tu historia también cuenta.




