Reeducando a mi marido: una historia sobre segundas oportunidades, infidelidad y el difícil camino p…

Life Lessons

Reeducando al marido

Que sí, Carmen. Fue en aquel último viaje a Salamanca. Todo pasó de manera tonta.

Bebimos después de la presentación y, bueno no supe decir que no, Carmen

¿Y te quedas tan pancho contándomelo? Carmen casi se quedó sin voz del susto. ¡Ramiro, que me acabas de confesar que me has puesto los cuernos!

Ya no podía seguir ocultándolo bajó la cabeza Ramiro. Carmen, perdóname, ¿vale? Te juro que no volverá a pasar. Lo he entendido todo

Carmen dejó la copa con sumo cuidado sobre la mesa. Su vida, de golpe, patas arriba.

***

La mañana empezaba como tantas otras: Carmen, manos en la masa preparando la papilla para el pequeño, a la vez que intentaba hacerle una trenza a la ya sieteañera Lucía.

¡Mamá, me haces daño! chilló Lucía, moviendo la cabeza.

Perdón, hija, es que tenemos prisa ¿Dónde narices está tu padre? ¡Va a llegar tarde otra vez!

Ramiro salió del baño abrochándose la camisa. Con solo verlo, Carmen supo que tenía un humor de perros.

¿Hay café? preguntó, sin mirarle a la cara.

En la cafetera, sírvete, que no tengo manos libres.

Ramiro se sirvió. Tomó el café de pie, mirando por la ventana al típico patio madrileño, donde el portero recogía las hojas como quien no tiene otra cosa mejor que hacer.

Ni un beso en la mejilla, ni “¿qué tal has dormido?” llevaban años ya sintiéndose más compañeros de piso que pareja.

Carmen trabajaba de contable en una gran empresa de distribución. Diez años casados, que se dice pronto.

El piso, un tres habitaciones, eso sí hipotecado, un SUV recién estrenado. Los niños sanos, más o menos, ¿qué más se podía pedir? Pues aire. Le faltaba aire, le faltaba su marido ese de antes, capaz de tirarse a la calle a por un helado a las dos de la mañana sólo porque a ella le apetecía, ese que la abrazaba hasta dejarle las costillas doloridas.

Sobre las dos, vibró el móvil en la mesa.

¿Vamos hoy a cenar fuera? Hace siglos. He pedido a mi hermana Carmen que se quede con los niños, ella los recoge y les da de cenar.

Carmen leyó el mensaje tres veces. El corazón le dio un vuelco, como si tuviera quince años.

¡Ni me lo creo! susurró. ¿Por fin se ha dado cuenta?

El resto del día anduvo entre nubes. Hasta se pidió una hora de permiso, corrió a casa, rebuscó nerviosa en el armario.

Eligió un vestido azul oscuro, de esos que le sientan de escándalo. Se puso un poco más de rimmel, una gota de colonia, lista.

En el espejo se veía una mujer que aún quería gustar a su marido.

El restaurante era acogedor, con velas y música en directo bajita. Él ya estaba sentado, traje impecable, recién afeitado.

Se levantó al verla. Carmen quiso ver en sus ojos admiración. O lástima. O las dos cosas.

Estás estupenda, Carmen dijo él, acercándole la silla.

Gracias Me ha sorprendido tu invitación. ¿Especial motivo?

Ninguno, la verdad He pensado que no hablamos nunca. Vivimos como desconocidos, no me digas que no.

Tal cual suspiró ella, catando el vino. El trabajo, los niños, el dichoso día a día

Yo igual, Ramiro daba vueltas a su cuchillo . Voy sin parar pero ni sé para qué.

Y charlaron largo y tendido. Se acordaron de cómo fue su boda, de cuando vivían en aquél piso de alquiler con goteras y literalmente se partían de risa.

Recordaron el día que Ramiro cambió por primera vez el pañal a la niña y casi se desmaya.

Fue una velada magnífica. Carmen sentía cómo el hielo comenzaba a derretirse.

De esto hay que hacer más, pensó, esperanzada. Si es que estamos agotados, nada más.

¿Nos vamos a casa? propuso Ramiro cuando trajeron la dolorosa Cojo una botella de vino de camino. Los niños no están, podemos relajarnos.

Sin niños ni juguetes tirados, el piso parecía una mansión, silenciosa.

Se acomodaron en la cocina. Ramiro sirvió el vino. El ambiente era cálido, acogedor y entonces, zas.

Carmen, algo tenemos que cambiar dijo él.

Estoy de acuerdo, Ramiro. ¡Nos vamos de viaje los dos! Mira, a Canarias, o a un balneario, lo que sea. Necesitamos desconectar.

Sí, sí Pero la cosa no es sólo esa. Yo llevo tiempo fatal. Entre nosotros ni nos comunicamos

Tú con los niños, yo con el trabajo. Llego y o estás dormida o cabreadísima.

No hay ni pizca de cercanía, y no hablo sólo de lo físico lo otro, ya sabes, ese entendimiento sin palabras.

Carmen tensó el gesto.

¿A dónde vas, Ramiro? preguntó ella, bajito.

A que he metido la pata.

Y fue entonces cuando soltó la bomba. Salamanca, la compañera, la infidelidad.

Solo escuchaba, Carmen empezó a atropellarse Ramiro . Hemos ido mil veces a congresos los dos, ella es simpática, se interesa de verdad

No me estoy excusando, sé que he sido un canalla. Me costó, te lo juro que me resistí un montón.

Pero esa noche todos juntos, copas de más, luego solos en el bar del hotel

Carmen callaba. Sentía una bomba explotando en su pecho, trocitos de metralla rebanándole el alma.

Perdóname, si puedes siguió él Me quiero morir de la vergüenza. Llevo dos semanas fatal.

No puedo mirar a los ojos a nadie en casa. No quiero perderos. Eres todo para mí, tú y los críos. Haré lo que sea.

¿Lo que sea, eh? repitió ella, irónica.

Lo que sea. Ya he hablado con el jefe. Le he pedido cambio de departamento para no verla más. Julián, ese del bigote, me dice que la semana que viene me lo confirma.

He pedido vacaciones. Vámonos, los dos solos. Mañana mismo te compro los billetes. Empezamos desde cero.

Él intentó cogerle la mano. Carmen la retiró.

¿Empezar de cero, dices? Sonrió amarga. ¿Sabes lo que has hecho?

No te has acostado con una cualquiera. ¡Me has destrozado!

Yo aquí, ilusionada al leer tu mensaje, eligiendo vestido Pensaba que me quieres, que querías arreglarlo.

¡Te quiero! gritó casi Ramiro . Por eso te lo cuento. No podía más con la mentira.

Si me hubieras querido, no habrías acabado en su cama Muy atenta, sí, tu colega. Qué bien. Y yo, la bruja, claro.

No era eso

Ramiro se acercó, quiso abrazarla por los hombros.

Carmen, por favor

¡No me toques! lo apartó Me das asco.

Salió corriendo a la habitación, cerró con llave y se derrumbó en la cama.

Lloró a moco tendido. Ramiro, al otro lado, insistió, suplicó, hasta que se rindió y se acomodó en el sofá del salón.

***

Por la mañana, Carmen apareció en la cocina con ojos hinchados. Ramiro seguía en el sofá, la ropa del día anterior. En la mesa, el café intacto.

No me fui esta noche sólo porque no tengo dónde llevarme a los niños, soltó ella, seca.

Carmen

Calla. No quiero oírte hablar de tus sentimientos. Me da igual lo que sientas ahora.

Lo entiendo.

Mencionaste las vacaciones. ¿A dónde pensabas ir?

Algún lugar con calma. Senderismo, paseos

Bien, se giró hacia la ventana. Iremos, pero no te hagas ilusiones: no vamos a volver a lo de antes ahí. Voy a ver si puedo mirarte sin vomitar.

Ramiro asintió, resignado.

Lo reservo todo. Hoy mismo.

Y otra cosa, añadió Carmen volviéndose El cambio de departamento. Quiero ver el papel, sellado y firmado. Y tu móvil Desde hoy, sin clave.

Por supuesto, como tú quieras.

Él le tendió el teléfono. Carmen ni lo tocó, con cara de asco.

Luego. Ahora vete a duchar. Necesito aclararme antes de recoger a los críos donde Carmen. No quiero que nos vean así.

Cuando la puerta del baño se cerró, Carmen se dejó caer en la silla. Irse, abandonar a quien hasta ayer adoraba le apetecía muchísimo. Pero no podía. Por los niños, aunque sólo fuese

***

Los días hasta el viaje pasaron eternos. Hablaban solo lo imprescindible.

¿Ya has comprado los billetes?

Sí, para el sábado.

Recoge a Lucía del cole.

Vale.

Los niños percibían algo raro. Lucía estaba calladita cuando sus padres coincidían y el pequeño se volvía más llorón.

Mamá, ¿por qué papá duerme en el salón? preguntó Lucía una noche, acurrucada en la cama.

Carmen tragó saliva, arropándola.

Papá tiene mucho lío en el trabajo, y le duele la espalda del sillón de la oficina. El sofá le viene mejor.

¿Os habéis peleado?

Estamos cansados, cielo. Todo irá bien, pronto nos vamos al mar, ¿te acuerdas?

Lucía asintió, pero sus ojillos estaban llenos de dudas. Es lo que hay: a los niños no se les engaña.

***

El viernes, antes de irse, Ramiro volvió a casa temprano con papel en mano.

Aquí está, dejó el documento en la mesa Cambio de departamento. A partir de lunes próximo, tras las vacaciones, me incorporo a análisis.

Ni un viaje fuera ni nada. Y aquella se queda en compras. En distintos edificios.

Carmen echó un ojo al sello.

Bien.

Carmen dudó él, en la puerta de la cocina . Lo siento cada minuto. Me siento un imbécil.

Basta, Ramiro. Tú elegiste en Salamanca. Ahora decido yo si me quedo o no contigo.

Ella no le contó que anoche, mientras él roncaba en el sofá, cogió su móvil.

Se sentía sucia, le temblaban las manos, pero tenía que hacerlo. No había borrado los mensajes, y lo último era de él:

“Se acabó. Ha sido un error descomunal. No me escribas más ni te acerques.”

Y la respuesta: “Lo que tú digas. Suerte.”

¿Le alivió? No, qué va. Pero al menos había intentado cortar.

***

El sábado amaneció con una lluviecita gris. Cargaron las maletas en el maletero en silencio.

Ramiro estaba en modo marido ejemplar: llevaba todo, cerraba ventanas, le compró a Carmen su café favorito en la gasolinera. Y ella, como si eso hiciera las cosas peores.

En Barajas, en la sala de embarque, él se sentó a su lado, mientras los niños pegaban la nariz a los cristales viendo aviones.

¿Te acuerdas del primer verano juntos? murmuró, mirando también al exterior . Aquel en Denia, con la tienda de campaña. ¿Recuerdas la tormenta?

Carmen sonrió, sin querer.

Sí, tú sujetando los vientos de la tienda toda la noche y yo metida bajo el chubasquero.

Pensaba entonces que no había nadie mejor que tú. Y ahora igual lo pienso, Carmen. Pero me perdí. Perdón.

Nos hemos perdido los dos, Ramiro por vez primera en varios días le miró a los ojos.

Él cogió su mano. Esta vez no la retiró, pero tampoco la apretó de vuelta. Ni ella misma estaba segura de nada.

Claro que al final, con toda probabilidad, lo perdonará. Al menos, por no romperle el corazón a los niños.

Pero antes del perdón, le espera una buena temporada de escarmiento. Para que, la próxima vez, ni se le ocurra mirar a otra mujer.

La reeducación comenzará en vacacionesEl avión despegó entre nubes y, en ese momento, Carmen se permitió llorar en silencio, de puro cansancio, al sentir el tirón del suelo alejándose. Ramiro la miró de reojo y sacó con torpeza un pañuelo de papel, dejándolo entre sus manos.

Durante el vuelo, entre libros infantiles y zumos derramados, Carmen sintió cómo la distancia con su marido se transformaba. Ya no era solo ira, ya no era solo miedo a perderse; era esa extraña mezcla entre la sensación de estar al borde de un abismo y el deseo infantil irracional de confiar otra vez.

Llegaron al hotel. Dos camas separadas; Ramiro no protestó. Pasearon por la orilla con los niños, aún tensos pero con la esperanza revoloteando baja. El tiempo fue diluyendo la herida, apenas perceptible, como arena arrastrada por las olas.

Cuando una tarde, en una terraza frente al mar, Lucía estalló en risas ante alguna broma tonta de Ramiro, Carmen lo miró y se dio cuenta: algo en él sí había cambiado. No era el mismo hombre de antes; tampoco ella era la misma mujer.

Una noche, sentados solos en la playa, Carmen habló por fin:

No sé si podré volver a quererte igual. Pero quiero intentarlo. Por mí por mí, no por los niños ni por el qué dirán. Me debes verdad, Ramiro. No promesas, no gestos para quedar bien. Quiero a alguien que se atreva a mirarme de frente, aunque duela.

Él le sostuvo la mirada, sin apartar los ojos.

Lo haré. Cada día. No por miedo, sino porque te elijo, Carmen. Y porque aprendí, a la muy mala, lo que es perderte.

Ella asintió, sin decir nada más. Se pusieron de pie, dejando que la espuma helada les mojara los tobillos. Caminando juntos no cogidos de la mano, pero tampoco lejos, Carmen sintió, al fin, un pequeño hueco de paz.

No era perdón todavía; era, quizá, esperanza. Que por ese camino, con paso firme y sin atajos, tal vez algún día con cicatriz y todo pudieran volver a encontrarse.

Y entre risas infantiles y el salitre en los labios, Carmen supo que, pese a la herida, aún quedaban historias por escribir en familia.

A veces, empezar de cero no es volver al principio, sino elegir quedarse y aprender a amar, otra vez, desde otro lugar.

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