Quiérete a ti mismo y todo irá bien

Quiérete un poco, mujer, y todo se arreglará

Fuera llovía a cántaros, un viento helado retorcía los árboles y esa misma ventisca parecía sentirse en el alma de Carmen. Sentada en su butaca favorita, en el centro de un chalé enorme en las afueras de Valladolid, Carmen lo tenía todo menos compañía. Marido, claro que sí: Julián, pero él siempre con su tengo cosas que hacer y de nuevo había salido por la noche. Carmen no es tonta, sabe perfectamente de qué tipo de cosas se tratan.

Los hijos ya hace años que volaron del nido. El mayor, Pablo, está casado y vive en Salamanca con su familia; la hija, Blanca, se marchó a Madrid, terminó la universidad, se casó con un madrileño y ahora crían juntos a una niña preciosa.

Hoy, justo, Carmen había hablado por teléfono con Blanca.

Mamá, tienes una vocecilla rara, ¿qué te pasa? insistía Blanca. ¿Ha pasado algo?

No, hija, nada, de verdad. Todo bien. ¿Qué tal estáis vosotros? ¿Y mi tesorito de nieta?

Todo genial, mamá. A Nacho le tienen explotado en el hospital, de cirujano siempre hay faena, pero le encanta, dice que es su vocación. Y nuestra Laurita ya casi va a la guardería. Aquí somos todos felices, vamos.

Me alegro, hija, de corazón. Que sigáis siempre así respondió Carmen, con una voz más cansada que un lunes a las ocho de la mañana.

Mamá, no me gusta ese tonillo…, ¿y papá, dónde anda?

Tu padre… por aquí, en el garaje, que hoy hace un frío de esos que te dejan tiesa y dice que va a calentar el coche mintió Carmen, para no preocupar a la chiquilla.

Desde hace más de medio año, Carmen vive con la angustia y el runrún. No lo ha contado a nadie. ¿Para qué? Unos la compadecerían y otros, igual, hasta se alegrarían de su desgracia. Todo empezó aquel verano, cuando estaba en el jardín removiendo la tierra junto a la ventana abierta. Pensaba en sus cosas cuando de pronto escuchó la voz de Julián hablando con una ternura que a ella, en años, ni por asomo. Él pensaba estar solo en casa, y vaya si se permitió hablar alto.

Cariño, hoy no puedo pasarme…, yo también te echo de menos…, claro que te quiero…, venga, no te pongas así que mañana voy seguro… Ya sabes que cuando prometo, cumplo…

O colgó o salió de la habitación. Carmen se sintió como si le hubieran caído encima todas las piedras de la catedral. Julián, su Julián, el de toda la vida, resultaba ser otro más. Imposible olvidar las palabras de su hermana, que una vez le contó lo desgraciada que se sentía cuando su marido se lió con otra. Por entonces, Carmen pensó: Eso no me pasa a mí, ni de broma.

Pero toma, que sí. Y aquí está, metida en el papel de hermana sufridora, sin saber si llorar, montar un drama o tirar a Julián a la calle. Se sentó junto al cobertizo y rompió a llorar como si fuera la banda sonora de una película de Pedro Almodóvar.

Vaya chapuza, Julián. Con lo que confío en ti y vas tú y te dejas tentar. Los hombres debéis tener un demonio dentro…

Julián, cuarenta y siete años, un señor resuelto. Carmen, dedicada y cariñosa. Los hijos, criados y fuera. Viven en un pueblo grande, con el negocio familiar: un molino de harina y una fábrica de piensos que abastecen toda la comarca. Buen nivel de vida, sí. Pero la cabeza de Carmen hecha una peonza.

Durante meses, Carmen investigó a hurtadillas. Una noche, mientras Julián roncaba como un terremoto, ella cotilleó su móvil. La otra resultó ser Toñi, una prima lejana de conocidos comunes, de esas que vienen a las cenas y miran más de la cuenta. Vivía en La Paloma, que es como llaman allí a los bloques de pisos de cinco alturas que hay en el barrio. Carmen, de tapadillo, fue hilando hasta averiguar la dirección.

Esa Toñi nuestra es un caso le dijo su amiga Consuelo. Mira que es guapa, pero tiene una fama… digamos, alegre. Treinta y cinco años y ni ha estado casada ni tiene hijos. A su manera es maja, pero muy echada palante. Dice que así no hay quien tenga estabilidad, y que lo de criar sola no le apetece lo más mínimo.

Carmen tragó saliva, puso cara de póker y no dijo ni pío. Aguantó hasta llegar a casa, y allí la tristeza la arrolló como un camión.

Pasó el tiempo, y hace dos meses, incapaz de más, Carmen se plantó en casa de Toñi. Ella abrió la puerta y pasó de morena a blanca como la nieve de Sierra Nevada.

Hola dijo Carmen, sentándose en el sofá sin pedir permiso y echando un vistazo, a ver si la decoración tenía rayos de cuernos en los cojines.

Toñi estaba de piedra, seguramente pensando que Carmen venía a darle una tunda de las que salen en los informativos. Pero Carmen solo soltó, con la mala leche contenida de una madre castellana:

¿No te da vergüenza? Meterte con un hombre casado, ¡que hay mucho soltero por ahí! El karma existe, Toñi, que lo sepas.

Toñi, de pronto, se puso a llorar como una magdalena.

No sé qué me ha pasado, pero estoy enamorada de Julián, no puedo vivir sin él.

Ahí Carmen perdió la compostura y zas, una bofetada de las que quitan el hipo. Toñi se llevó la mano a la cara, pidiendo perdón entre sollozos.

Perdóname, Carmen, de verdad… Ha sido como una maldición…

Y entre pucheros, las dos acabaron llorando juntas, que esto es lo que tiene la vida y las telenovelas. Cuando pararon, Carmen advirtió:

Ni media a Julián de que he venido… Pero como me entere de que sigues haciendo el papel de refugio, no respondo. ¿Estamos?

Toñi no dijo ni mu a Julián, y Carmen tampoco. Así siguieron, aguantando el chaparrón. Si él salía por trabajo, Carmen ya sabía a qué trabajito se refería, pero lo llevaba callado. Y ahora, sentada otra noche con vestido de estar por casa y calcetines de lana hasta las rodillas, rumiando.

No sé qué hago. Mi Julián es mi vida, no sé estar sin él, es la mitad de mí. Y eso de divorciarse, empezar a dividir la casa, las cuatro cosillas… ¡Uf, no quiero ni pensarlo! Prefiero no removerlo… suspiró mirando cómo la lluvia golpeaba las ventanas al anochecer.

¿Y si me quedo yo con este casoplón qué hago, sola como una seta? Que la casa pide mano siempre, siempre hay algo roto, nunca tienes las cosas en paz. Y los niños… ¿cómo les digo que su padre anda con una más joven? ¡Me muero solo de pensarlo! Eso les destrozaría.

Carmen lo llevaba todo por dentro, sabiendo que si lo contara, media España la tacharía de boba, la otra mitad de víctima, y todos le recetarían el típico quiérete, mujer, di que sí y mándalo a freír espárragos. Pero Carmen… Carmen quiere a Julián. Y aún le espera. Piensa que igual la fiebre le dura poco, con toda la esperanza del mundo.

A lo mejor, esto de la chiquilla le dura lo que un cucurucho en la playa. Si no ha cambiado conmigo, sigue igual de amable, no discutimos se decía mientras buscaba consuelo en la taza de café. A lo mejor es verdad ese cuento de quiérete tú y todo irá bien. Igual debería pensar más en mí…

A Carmen le costaba horrores tratar a Julián con naturalidad, y peor era tener la imagen de Toñi revoloteando por la cabeza. Ahora, por raro que pareciera, hasta se había acostumbrado al hecho de compartir marido. Cosas más raras se han visto.

¿Y si me busco yo otro? Tampoco me faltan piropos, que me cuido y tengo mi punto… pensó, aunque se dio un pequeño tortazo mental. Qué va, ni sabría. Julián, con sus cosas, sigue siendo el mejor. No hay manual para recuperar a un marido distraído. Los hombres piensan distinto, o eso dicen…

Recordó sus años jóvenes y le salió una media sonrisa, triste pero al fin sonrisa.

Cuando éramos unas ratillas y tan felices… Aquellos años en la habitación compartida de estudiantes, tirando de euros hasta fin de mes. A veces preferíamos ir al cine que a cenar. Qué rápido pasa la vida. Ahora lo tenemos todo, pero estoy más sola que nunca.

Un día, todo cambió.

Carmen seguía con su autoflagelo mental, cuando oyó el ruido del coche, luces iluminando el porche. Julián bajó, se quitó la bufanda y entró con ese paso suyo tan de castellano bragado.

Carmen, ¿dónde andas? ¿Pero cómo tienes la casa en penumbra? encendió la luz, y ella ni se había dado cuenta de la oscuridad.

Aquí, dándole vueltas a la cabeza, que hace un frío de narices contestó ella, con aire ausente.

¡Ni que lo digas! Casi no llego, vaya nevada. He pasado más miedo que un funcionario el viernes. Anda, sírveme algo, que vengo de morros vacíos.

Carmen apañó la cena. Mientras comían, Julián soltó, sin perder la sonrisa:

Oye, que ya mismo es Nochevieja, ¿no? Pues te voy a dar una sorpresa.

Carmen, con la risa congelada, no era amiga últimamente de las sorpresas.

¿Y eso?

Julián se hizo el interesante; después, volvió con dos sobres.

Traigo dos billetes. ¡Nos vamos los dos a la playa! Este año, Nochevieja en Málaga, bajo las palmeras. ¿Qué me dices?

A Carmen se le vino abajo el muro de amarguras como si le quitasen cien kilos de encima.

¡Julián, eres el mismo de siempre, no cambias! ¡Claro que sí! Ni lo soñaba, yo. Imagínate, turrón y palmeras… Qué locura, ¡me encanta!

Fue idea de Pablo, pero que sepas que yo también llevaba pensándolo. Nos tenemos que dar un cambio de aires, mujer.

Y así fue. Semana en Málaga, uvas frente al mar, vuelta a casa con otro ánimo. Carmen lo notó; Julián volvía antes, la miraba distinto, y si se retrasaba siempre avisaba. Como quien dice, a veces, bajando un poco el volumen de tus penas y dándote un capricho, la vida también se pone de tu parte.

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