¿Quieres librarte de mí? —¿Eso qué llevas puesto? —Elisabetta Pérez recorrió a su hija de arriba ab…

Life Lessons

¿Vas a salir así vestida? Purificación Delgado recorrió a su hija con la mirada de arriba abajo, deteniéndose en la falda. Eso es cortísimo, hija mía. A tu edad ya no deberías ir por ahí como una cría.

Cristina se ajustó instintivamente el dobladillo, aunque la falda le llegaba casi a la rodilla. Una falda lápiz, de las normales para ir a la oficina, comprada el mes pasado en rebajas. En su momento, le pareció un chollo: corte clásico, color neutro.

Mamá, que no tiene nada de raro, intentó decirlo con calma, controlando ese temblor de fastidio. La llevo para trabajar.
Ahí está el problema. Te ven los compañeros y vete tú a saber lo que piensan. A tu edad yo…

Cristina dejó de escuchar. Ese monólogo lo conocía de memoria: modestia, en mi época, así debe vestir una mujer decente. A modo de respuesta, sacó un sobre con el emblema de una agencia de viajes y lo puso sobre la mesa.

Mamá, esto es para ti

Purificación se quedó a medias. Miró el sobre, luego a su hija, luego al sobre otra vez.

¿Qué traes ahora?
Ábrelo.

Cristina llevaba medio año preparando ese momento. Ahorrando cada euro, renunciando a cafés o al último capricho en zapatos. Eso sí: el balneario con columnas, aguas mineromedicinales y todo el glamour que Purificación siempre había soñado. Mejor habitación, pensión completa, todo bien atado.

Purificación sacó el billete y lo leyó por encima. Cristina aguardó no ya un abrazo, pero sí al menos un gracias seco o, como mínimo, una mirada tierna. Pero no. Su madre apretó los labios, apartando el sobre con la punta de los dedos, como si estuviera mugriento.

Ya me lo has vuelto a decidir todo tú.

Cristina sintió el nudo en la garganta.

Mamá ¡si es para el balneario de Mondariz! Tú siempre decías
¿Y quién regará mis violetas, eh? ¿Pensaste en eso? Purificación dio unos golpecitos en la mesa. ¡Tres semanas allí y las pobres se me mueren!
Iré todos los días, te lo prometo.
¡Pero si trabajas! Se te va a pasar, con el ajetreo. Y vamos, seguro que allí dan de comer solo repollo. Leí el otro día que en esos nuevos balnearios recortan de todo.

Cristina la miraba sin saber si su madre bromeaba o no. Medio año sin tomar café por la mañana, sin planes con amigas ni medias nuevas y para esto.

Mamá, hay restaurante con cinco comedores, el menú es a la carta. Masajes, piscina cubierta, rutas al aire libre
Rutas qué moderna te has vuelto, hija. ¿Y se te ocurre preguntarme si me apetece todo esto?

Cristina se tragó el nudo. Había soñado, ni que fuera, con un ole tus narices. Ese qué bien hecho, hija mía, por el que llevaba toda la vida esperando.

Se dejó caer en una silla. De repente, las piernas parecían dos churros blandos. Miraba el sobre apartado en el borde de la mesa sin atreverse a decir nada.

Y el clima de allí Purificación ya paseaba de un lado a otro de la cocina, colocando el mantel con esmero. Esa humedad me va a poner la tensión por las nubes, ¿lo has pensado al menos?

Cristina no respondió. Por primera vez en años, sintió que no tenía ganas de justificarse, que no debía excusarse por todo.

¿Y el viaje? ¿Sabes cuántas horas hay en tren? ¡Un día entero meneándome de lado a lado! ¿Con mi espalda? Purificación se sentó enfrente, brazos cruzados, lista para soltar el gran discurso. Mira la hija de la vecina, la Conchi; anda justita de dineros, el marido un zote, pero no deja sola a su madre. Todos los días la visita, aunque sea a tomar un café.

Cristina observó las arrugas de su madre, la raíz blanca bajo el tinte, esas manos que de niña le peinaban trenzas al colegio, los labios que le cantaban nanas. ¿Adónde se había ido todo eso?

¿Me escuchas? Sí, mamá. No lo parece. Te tengo delante como un pasmarote. ¡Te estoy hablando de cosas importantes!

Purificación siguió enumerando: habitaciones pequeñas, vecinos ruidosos, médicos jovencitos que solo recetan pastillas. Cristina asentía donde tocaba, mientras dentro de ella una especie de vacío crecía a lo bestia.

El reloj marcaba minutos. Media hora. Casi dos. Cada vez más reproches: tardes sola, llamadas escasas, la hija descarriada.

¿Tú sabes lo que es estar aquí sola? alzando la barbilla. ¡Quieres largarme lejos para quedarte a tu aire!
Mamá, es un regalo.
¡Regalo! Purificación se llevó las manos a la cabeza teatralmente. Los regalos deben ilusionar, ¡esto lo compraste para quedarte tranquila! Así puedes mandarme lejos y vivir tú tan ricamente, ¿vale?

Cristina se puso en pie. Las piernas protestaban, pero agarró el sobre con fuerza.

Tienes razón, mamá. Allí estarías incómoda. Lo devuelvo y ya está.

Purificación enmudeció. Por un momento su cara mostraba la confusión de quien iba a guerrear y el contrincante se rinde de golpe.

¿Cómo que lo devuelves?
Eso. Reclamo el dinero. No lo pensé bien.
Cristina, deja el sobre ahí.
¿Para qué? Si no quieres ir.
¡No he dicho que no quiera! ¡Digo que podrías haberme preguntado antes! Y la cara se le encendió como un semáforo. Siempre igual, vas a tu bola y luego te extrañas de que me dé el disgusto.

Cristina, con el sobre apretado contra el pecho, se fue hacia el pasillo. El corazón latiéndole en la garganta pero, ahora sí, los pasos firmes.

¡¿Dónde vas?! ¡Cristina! ¡Que estoy hablando contigo!
Estoy cansada, mamá.
¡¿Que estás cansada?! Purificación salió tras ella, agarrándola del brazo. ¡La vida me la he dejado por ti! ¡Te crié sola mientras tu padre se largaba y así lo pagas!

Cristina se dio la vuelta. La miró: los labios temblones de ira y la cara más blanca que la leche.

Has dicho que no quieres.
¡He dicho que podrías haber preguntado!
Bien, te pregunto. ¿Quieres ir a Mondariz, mamá?

Purificación dejó escapar un bufido de indignación.

¡Te estás cachondeando! ¡Eso es lo que haces! ¡Eres una máquina sin corazón, Cristina! Deja el sobre ahí, que ya veré qué hago.

Cristina soltó despacio el codo de la garra materna, sin aflojar el sobre.

Te llamo mañana, mamá.

Y cerró la puerta antes de que Purificación tuviese tiempo de decir otra palabra. Detrás, llovieron los reproches por la escalera: que no tiene vergüenza, que le ha robado la juventud, que ya se arrepentirá. Cristina solo bajó peldaños, esquivando el buzón descascarillado, a un par de vecinos a los que ni miró.

En la calle lloviznaba. Cristina se detuvo y dejó que las gotas le calaran la cara, respirando el aroma del asfalto húmedo. Algunos transeúntes la sortearon, uno le lanzó una mirada de ¡anda ya!, pero a ella le daba igual. El sobre seguía en su mano y le asaltó la idea de irse ella misma a Mondariz: columnas, aguas termales y, por las mañanas, silencio.

Caminó al azar hasta pararse frente a la cristalería de una pequeña cafetería en la esquina. Luz cálida, manteles blancos, floreros, y gente cenando despacio. Cristina entró.

Buenas noches, el camarero la saludó con una sonrisa real. ¿Mesa para una?
Sí, le sorprendió lo fácil que le salió decirlo.

Eligió una mesa apartada y desenrolló una servilleta con gesto sereno. Abrió la carta. Sus ojos fueron directos al postre más caro: tarta de pera con caramelo y sal. Y una copa de Rioja, buen vino, de los que dan alegría.

Su madre llamaría a eso locura. Dinero tirado. Cristina casi pudo imaginarse la cara de desaprobación, el famoso en mis tiempos y pidió sin titubear.

El vino era denso, con un deje ácido que picaba el paladar. Cristina saboreó un trago, apoyando la espalda en la silla. La sensación era extraña: ligereza donde antes pesaba todo. Recordó el miedo de niña a sacar un aprobado raspado, eligiendo económicas en vez de filología porque eso no sirve para nada. Tres años con Carlos, al que dejó porque su madre decía que era un desastre sin futuro.

La tarta era suave y dulce. Cristina se sorprendió de lo mucho que le gustaba hacer, por fin, algo porque sí. No por la aprobación de Purificación, no por merecer un escueto bien hecho, sino por puro placer.

El móvil vibró en el bolso. Otra vez. Y otra. Miró: siete llamadas perdidas de mamá, tres audios eternos. Lo apagó sin pensárselo más.

Terminó el vino, remató la tarta y pidió la cuenta. Dejó una propina generosa porque le apetecía y se largó al fresco de la noche. Ya no llovía, y entre las nubes se veían brillar las primeras estrellas.

Por un momento, Cristina supo que el primer paso el más difícil de todos ya lo había dado. Se permitió, por fin, ser más importante que las expectativas ajenas.

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