«¿Quieres a mi marido? ¡Es todo tuyo!» respondió la esposa con una sonrisa dirigida a la desconocida…

Life Lessons

¿Quieres a mi marido? ¡Es todo tuyo! dijo la esposa, sonriendo extrañamente a la mujer desconocida que había aparecido en su puerta, como si la escena fuera tan natural como un elefante bailando flamenco en la Gran Vía.

Espera un momento, Lucía. Alguien está llamando al timbre. Te llamo en cuanto vea quién es y qué quiere murmuró Carmen, con una voz arrastrada y desapegada, colgando la llamada a su amiga de toda la vida. Lucía le había estado contando, entre carcajadas surrealistas y detalles absurdos, cómo la tarta de cumpleaños de la suegra había terminado volando por la terraza como si fuera un OVNI. Carmen reía sin parar, como si formara parte inexplicablemente de un público invisible en un teatro del absurdo madrileño.

Con pasos de plomo, Carmen se acercó a la puerta de su piso en la Calle Mayor, no sin antes mirar por la mirilla con el recelo de una señora mayor en las novelas de Galdós. Esperaba ver a su vecina doña Rosario reclamando sal, pues los desconocidos no tenían cabida en aquel edificio con portero automático, pero al otro lado encontró a una mujer joven de aspecto singular, una especie de duende moderno con bufanda color mostaza. Carmen no la había visto jamás, y en el sueño la sensación de extrañeza flotaba por los pasillos como humo de una chimenea que nadie recordaba haber encendido.

Decidió no abrir. Mejor evitar a los desconocidos, pensó, aunque la lógica onírica le indicara que quizá fuese alguien intentando venderle lotería de Navidad o galletas que cantaban. Carmen siempre había sido escéptica: A los timadores no se les da conversación. Si dices un hola, te venden la Giralda a mitad de precio, razonaba su subconsciente.

Intentó llamar de nuevo a Lucía, pero el timbre resonó en el pasillo como el repiqueteo de unas castañuelas. La mujer insistía, convencida de que había vida tras esa puerta blanca llena de pegatinas de ajos para proteger del mal de ojo.

Carmen estaba sola en su pisito su marido, Emilio, se había marchado a ayudar a su amigo Marcelo con el olivo de la terraza, un trabajo quijotesco. Miró por segunda vez y sintió, como sólo puede sentirse en sueños, que la desconocida era a la vez rara y lastimera, pero inofensiva, tan inofensiva como una cabra pastando en una sala de reuniones.

¿Qué es lo peor que puede pasar si le abro y le digo que se vaya? reflexionó Carmen medio dormida. Seguro que viene a ofrecerme estampitas de santos o se le ha caído una historieta de Mortadelo en mi felpudo.

Resuelta, abrió la puerta. La mujer se enderezó, se tocó el moño como si buscara un teléfono oculto entre los rizos, y habló.

Buenas tardes, ¿usted es Carmen? preguntó jugando con la bufanda, como si tejiera un tapiz en el aire. Bueno, claro que lo es, si no ¿por qué iba a abrirme?

Vaya, esto se pone interesante pensó Carmen, con su lógica en zigzag. Los estafadores de hoy investigan hasta tus partidas de bautismo.

¿Y usted, quién es?, que lleva cinco minutos mareando la perdiz en mi puerta; no la he invitado, así que diga lo que deba decir o márchese atajó Carmen, como quien espanta a las palomas de la plaza.

¿Está Emilio en casa? preguntó la desconocida de pronto, plantando la pregunta como quien siembra tomates en el asfalto.

¡Ajá!, la cosa se pone turbia se dijo Carmen con desconfianza onírica. ¡Encima sabe cómo se llama mi marido! Esta tía viene con el guión memorizado.

¿Viene usted buscando a Emilio? preguntó, cuando en realidad quería sacar la escoba y acabar con la charla de raíz.

No, vengo a hablar con usted. Pero si Emilio estuviera, todo sería más complicado para mí dijo la mujer, con la sinceridad inexplicable de los sueños.

¿Más complicado? ¿Por qué? ¿Qué raro está siendo este sueño? se dijo Carmen, fascinada y asustada.

No está en casa. ¿Qué necesita?

Quizá sería mejor entrar. Estas cosas no se cuentan en el rellano, con las vecinas escuchando detrás de las puertas insinuó la desconocida, más teatrera.

¡Ni hablar! No la conozco y no dejo entrar a extrañas. Deje el show y explique qué quiere, rapidito replicó Carmen.

¿De verdad quiere que discutamos los detalles íntimos de mi relación con Emilio aquí, delante de la mirilla de la señora Maruja? sonrió la otra, entre cínica y divertida.

¿Mande? ¿Qué relación? exclamó Carmen, más alto de lo que pretendía, como si hablara por un megáfono invisible.

¿Carmen, pasa algo? ¿Por qué gritas? preguntó doña Rosario, la vecina cotilla, saliendo del ascensor con una bolsa de naranjas y muchos oídos.

¡Ay, buenas tardes, doña Rosario! Todo en orden. ¿No le parece que Madrid huele últimamente a churros fritos? intentó desviar Carmen, imaginando a la vecina oliendo el aire como un sabueso.

Pues sí, parece que va a llover contestó la mujer, pero se quedó en el umbral, esperando el desenlace.

Pase entonces, venga cedió Carmen, a regañadientes, haciéndole un gesto a la visitante.

Al entrar, la mujer recorrió el piso con los ojos, posándolos en un abanico colgado y una figurita de Don Quijote montado sobre un jamón.

Tiene cinco minutos. Hable dijo Carmen, interponiéndose como una portera de fútbol sala. No está en el Museo del Prado, tranquila.

Me llamo Alba dijo quitándose el abrigo y la bufanda, dejando que las palabras flotaran como globos. Emilio y yo estamos enamorados.

Por favor, qué cliché. No tiene algo más original para contarme?le interrumpió Carmen, con una sonrisa sardónica de cabra montesa.

¿Cliché? Hay personas que se enamoran, qué le vamos a hacer. No es usted la primera mujer a la que su marido deja respondió Alba, con un aplomo desparramado.

¿Y está usted segura de que Emilio ya no me quiere y que se ha prendado de usted? inquirió Carmen, divertida.

¡Por supuesto! De lo contrario, ¿qué sentido tendría mi visita? replicó Alba, segura como quien juega al mus.

El problema, señora mía, es que mi marido no quiere a nadie. No sabe querer. Así que se equivoca usted de tragicomedia respondió Carmen, como si recitara un verso de Lorca.

Alba intentó decir algo más, pero en ese instante la puerta se abrió y Emilio apareció

apareció con cara de haber visto bailar un oso en la Plaza Mayor, sorprendido ante la extraña en el pasillo.

¿Alba? ¿Y tú qué haces aquí, un sábado cualquiera? ¿Ha pasado algo en la oficina? preguntó, flotando en la confusión de la duermevela.

No, Emilio, ha venido por ti dijo Carmen, disfrutando de la extrañeza.

¿Por mí? ¿Qué quieres decir? ¿Ha habido algún problema en la agencia? preguntó Emilio, más despistado que un burro en las Fallas.

No, cariño. Ha venido a rescatarte. A llevarte lejos. Así, de una, sin rodeos contestó Carmen, con una sonrisa que parecía pintada en carboncillo.

Alba, lívida, recogió rápidamente su abrigo y comenzó a retroceder hacia la puerta como si hubiera visto a la Guardia Civil.

¿Ya te vas? Pero, ¿qué pasa con Emilio? ¿No venías a llevártelo? Te lo digo en serio: por mí, encantada ironizó Carmen, casi riendo.

Pero Alba ya había desaparecido en el pasillo, perdiéndose como un espectro en una tarde lluviosa de noviembre.

¿Y todo esto a qué viene? preguntó Emilio, perplejo, buscando sentido en las baldosas hidráulicas.

¡Eso pregúntatelo tú! ¿Por qué ha venido esta valiente a por un divorcio, jurando que te mudarás con ella? increpó Carmen, cruzada de brazos.

¿Tú me estás hablando en serio? No tengo ni idea de a qué venía nada de esto. Empezó a mostrarse rara en la oficina, pero te juro que no le he dado motivos. Estoy harto. Tú lo sabes, ¿verdad? respondió Emilio, sinceramente confundido.

Por eso mismo, Emilio. Yo no tolero estas farsas. Pero de verdad, hoy día hay mujeres que harían cualquier cosa por meter orden en sus vidas caóticas sentenció Carmen, negando con la cabeza ante tanta locura.

Emilio se quitó los zapatos y fue a la cocina, mientras Carmen se quedó, por un momento, sola en el pasillo, dudando si todo esto no sería un sueño de esos de siesta de domingo. Decidió no permitir que cosas tan absurdas alteraran la paz de su hogar. Sin querer, sonrió, pensando en lo torcido y absurdo del “plan” de Alba.

En el fondo, pensó Carmen, nadie podría romper su matrimonio ni siquiera con la lógica fragmentada y mágica de los sueños madrileños.

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