¿Estás segura, hija?
Sofía cubre la mano de su madre sobre la mesa y le dedica una sonrisa serena.
Mamá, le quiero. Y él me quiere a mí. Nos vamos a casar, y todo irá bien. Seremos una familia, ¿lo entiendes?
El padre empuja el plato de cocido madrileño medio terminado y mira sombrío por la ventana. Guarda silencio unos segundos que a Sofía se le hacen eternos.
Solo tienes diecinueve años al fin rompe el silencio. Deberías pensar en estudiar, en tu futuro, en una profesión. No en bodas.
Papá, puedo hacerlo, de verdad. Sofía habla con calma, aunque por dentro le quema la necesidad de convencerles, de que vean lo que ella ve. Diego trabaja, yo estudio. No os pedimos que nos mantengáis. Solo queremos estar juntos. Ser una familia.
Su padre niega despacio con la cabeza, pero no responde de inmediato.
No aprobaban su decisión. Sofía lo notaba en la boca apretada de su padre, en esos gestos tensos de su madre al acomodar la servilleta. Pero al mismo tiempo, tampoco se oponían. Tal vez porque se veían reflejados en ella, en sus propios diecinueve. O porque sabían que los prohibiciones solo logran el efecto contrario.
La boda fue en mayo, sencilla, íntima, pero tan cálida y familiar que Sofía, aún hoy, la recuerda con nostalgia y felicidad. Nada de grandes salones ni coches caros, ni palomas, ni excesos. Pero estaban juntos y eran felices.
La luna de miel la pasaron en Benidorm. Solo una semana, porque Diego no se podía ausentar más del trabajo y tampoco les daba el presupuesto. Pero esos días fueron para Sofía una burbuja mágica, desconectada del mundo. Se despertaban tarde, desayunaban en la terracita del apartamento mirando el mar, paseaban hasta el anochecer por el paseo marítimo, compartían bocadillos de calamares y se besaban libres, como si el mañana no existiera.
Después llegó la vida real. El día a día sin aderezos románticos. Un piso pequeño de alquiler, con ventanas mal aisladas y la lámpara temblando bajo los pasos de los vecinos de arriba. Diego salía a trabajar a las siete; Sofía iba deprisa a la universidad; por la noche se reencontraban cansados, calentaban algo para cenar y caían rendidos en la cama apenas se tumbaban.
Pero aun en ese cansancio había algo correcto, algo auténtico.
A los seis meses, los padres llamaron y pidieron que fueran a visitarlos el domingo. Sofía no dejó de elucubrar excusas: desde cosas terribles hasta tontas. Pero les sentaron a ambos en la cocina, les sirvieron té, y en silencio acercaron un sobre hacia ellos.
Esto es vuestro dijo el padre, mirando a la nada. Para el piso. Aunque sea pequeño, pero propio. Ya está bien de tirar euros en alquiler.
Sofía miraba el sobre sin atreverse a tocarlo. Tenía un nudo en la garganta y las lágrimas asomando sin remedio.
Papá… empezó, pero él le cortó con un gesto.
Cógelo. No empieces. Consideradlo un regalo de boda aunque llegue tarde.
Encontraron el piso en un mes. Veintiocho metros en un edificio de ladrillo visto, tercera planta, ventanas al patio interior, cocina estrechita, baño diminuto. Nada especial para otros; para Sofía, un universo propio que decoraba con una felicidad casi feroz. Eligió los papeles de pared, buscó a los obreros, colgó cortinas y llenó de macetas los alfeizares.
Un año después, estando ya en tercero, Sofía comenzó a notar un malestar extraño. Pensó que sería una intoxicación, o el agotamiento de los exámenes. Compró el test solo para descartar lo obvio. Y las dos rayas aparecieron claras y nítidas, sin margen a dudas.
Sentada en el borde de la bañera, Sofía miraba el trozo de plástico que acababa de girar su vida ciento ochenta grados. En tercero, el título aún distante. Recién asentados. ¿Por qué ahora?
Diego llegó del trabajo y enseguida notó algo raro. Ella le entregó el test sin palabras.
Diego lo estudió largo rato; después la miró y en sus ojos había algo que a Sofía le cortó literalmente la respiración.
Seguimos adelante dijo suave pero firme.
Diego, aún estoy en tercero. ¿Y si?
Seguimos adelante. Volvió a tomarle las manos. Tomas un año de excedencia, yo trabajo. Lo superaremos. Es nuestro hijo, Sofía.
Ella rompió a llorar, con la cabeza en el hombro de Diego, por miedo, por lo incierto, por las hormonas. Y por una felicidad que se abría paso, terca, entre todo el caos.
La excedencia se tramitó sin obstáculos.
Miguelito nació en marzo; fuera aún quedaba algo de nieve negra entre los adoquines, aunque ya olía a primavera próxima. Tres kilos doscientos, cincuenta y un centímetros.
Sofía miraba el pequeño bulto en brazos, la carita arrugada y rojiza, y no lograba creerse que eso era real. Que ese era su hijo. Suyo y de Diego.
La felicidad era tan grande que a ratos temía no caber en el pecho.
Pero los cambios fueron llegando, poco a poco, como el relente por las mañanas. Ayer hacía sol; hoy tu aliento se hace humo.
Diego comenzó a volver cada vez más tarde; al principio media hora, luego una más; después Sofía dejó de contar. Al llegar, dejaba la chaqueta y pasaba de largo la cuna. Antes, lo primero era coger a Miguel, besarlo en la cabeza, balbucearle en la barriga. Ahora, como si el niño ni existiera.
Al menos podrías saludar a tu hijo le soltó Sofía un día.
Diego frunció el ceño, casi con desagrado.
Está dormido. ¿Para qué le voy a molestar?
Miguel no dormía. Miraba con ojos grandes, igualitos a los de Diego, pero él ni se paraba a verlo.
Pronto llegaron los comentarios. Al principio como quien no quiere la cosa, y Sofía se convencía de que exageraba, que no era para tanto.
¿Así vas a salir hoy? preguntó Diego cierta mañana, con la mirada de arriba a abajo.
Sofía se miró: unos vaqueros, un jersey, nada especial.
¿Qué falta?
Nada, déjalo. No terminó la frase, pero la mueca lo decía todo.
Cada día iba a peor. Ya no disimulaba.
¿Tú te ves al espejo siquiera? le soltó una noche, mientras ella se cambiaba para dormir. Te has puesto como una foca, de verdad te lo digo. Ni parece que tengas veintidós, más bien parece cincuenta.
Sentía las palabras como una patada, el aire escapándose de los pulmones. Quedó quieta en mitad del cuarto, en camisón antiguo, sin saber respirar. Sí, había engordado tras el parto… ¿Pero eso justificaba decirle eso?
Hace un año que diste a luz, Sofía. ¡Un año! Si otras a los tres meses están estupendas, ¿y tú?
Él se fue al salón, dando el tema por zanjado. Miguel lloró, despertado por los gritos.
¡Calla al niño! gritó Diego desde la cocina. ¡No hay quien duerma con ese crío siempre berreando!
Sofía cogió a su hijo, lo abrazó fuerte, pegando la cara a su pelito suave. Lloraba ahí, ya sin esconder las lágrimas. Miguel se calmó poco a poco, y ella siguió de pie, en la penumbra, acunando a su hijo y a sí misma.
No tenía con quién desahogarse. Bueno, sí: sus padres. Pero cada vez que arrancaba a llamar, veía la cara de su padre: Con diecinueve años, deberías pensar en estudiar. Se lo advirtieron, y ella no quiso escuchar. Ella, que creyó que el amor lo arreglaría todo.
¿Y ahora? Ir a casa de sus padres, confesar que habían tenido razón, que ella había sido una cría ingenua y arruinado su vida… Veía la escena: lágrimas de su madre, silencio de su padre. Y posponía la llamada. Asumía que era su error. Ella lo cocinó, ella debía tragárselo.
Aquel día salió con Miguel al parque, como siempre. Dio una vuelta al barrio y se sentó en un banco bajo los plátanos ya medio pelados. Buscando toallitas en el bolso, se dio cuenta de que se había olvidado la merienda del niño.
Tuvo que volver corriendo a casa.
Entró deprisa, pensando coger el yogur y marcharse. Pero en el recibidor había unos zapatos de tacón ajenos: rojos, charolados, muy llamativos.
Sin pensar, Sofía caminó hasta el dormitorio, incapaz de frenarse aunque la intuición le gritara que se girara y se fuera.
La puerta del dormitorio estaba entreabierta.
Vio lo suficiente. Más que suficiente. Otra mujer, en su cama, sobre sus sábanas. Y Diego, que ni siquiera fingió sorpresa ni vergüenza.
La miró con fastidio, como si fuese una mosca molesta que aparece en mal momento.
¿Y qué esperabas? dijo. Te has abandonado. ¿Qué quieres, que aguante esto? Tengo veinticinco años, estoy en mi mejor momento, y en casa solo hay una mujer a la que ni se puede mirar sin pena.
Sofía se sujetó al marco de la puerta para no caer. La otra, en la cama, evitaba su mirada, tapándose con la sábana como si aquello no fuera con ella.
Vete. Su voz sonaba desconocida, ronca, áspera. Fuera de mi casa. Ya.
La otra se apresuró, recogió la ropa de cualquier modo y salió rápido. Diego contemplaba la escena esbozando una mueca sarcástica.
No montes el numerito añadió, cuando se cerró la puerta. Tampoco es para tanto. Le pasa a todo el mundo y siguen juntos. Esto es lo normal.
¿Normal?
Venga ya. ¿Tú crees que tu abuelo no engañó a tu abuela? Todos lo hacen. Y las mujeres lo saben. Y lo aguantan, sobre todo si tienen hijos. Se vistió despacio. ¿Quién te va a querer a ti, Sofía, y encima con un crío? Así que deja el drama. Gritaste, ya está.
No recordaba cómo pasó del dormitorio al recibidor, ni cómo abotonó el abrigo de Miguel, ni cómo pidió un taxi y se dio la dirección de sus padres. Viajó todo el trayecto mirando por la ventanilla, acariciando inconscientemente la espalda de su hijo, con un vacío abrasador por dentro.
Abrió la puerta su madre. Al ver su cara, lo entendió todo sin palabras. La abrazó fuerte, como cuando era niña y regresaba con las rodillas rozadas y los ojos llorosos.
Mamá, yo… empezó Sofía, pero su madre negó con la cabeza.
Anda, hija, entra. Ya hablaremos luego.
El padre salió de la cocina al escuchar ruido. Miró a Sofía y al nieto. Su rostro se tensó.
¿Qué ha pasado?
Sofía lo contó, entre sollozos y frases confusas, hablando de los desprecios, del frío, de los zapatos rojos en el hall. Del ¿quién te va a querer con un hijo?. Su padre la escuchó serio, sin interrumpir. Después, se puso la cazadora.
Vamos.
¿A dónde? preguntó Sofía.
A casa de ese.
Papá, no hace falta, yo
Deja a Miguel con tu madre. Vamos.
Diego abrió la puerta como quien no espera nada inesperado. El padre de Sofía entró, miró alrededor y habló bajo, tan sereno que a Sofía le dio miedo.
Esto es sencillo. Ahora vas a recoger tus cosas y te marchas. De la casa de mi hija, que compramos nosotros para ella. Aquí ya no pintas nada.
Diego intentó hablar de bienes compartidos y derechos, pero su suegro no le dejó.
¿Derechos? ¿Hablamos de derechos? ¿Hablamos de cómo has tratado a mi hija? ¿De traer desconocidas a su casa? Se acercó un paso, y Diego retrocedió. Si en media hora sigues aquí, llamo a la policía. Y tengo dinero suficiente para pagar a los mejores abogados y hacer de tu vida un infierno. Lárgate.
Diego se fue. Recogió una maleta, cerró la puerta tras de sí, y Sofía le vio marcharse desde el pasillo.
¿Por qué no viniste antes? preguntó su padre cuando quedaron solos.
Pensé que… que me diríais que era mi culpa, papá. Que me lo advertisteis.
El padre la miró, y en sus ojos Sofía vio algo que le atravesó.
Eres mi hija. Mi niña. ¿Lo entiendes? Siempre puedes volver a casa. Siempre. Pase lo que pase.
Sofía se dejó caer en sus brazos, igual que de niña, y lloró largo, mucho, dejando atrás toda la pena de esos meses.
Dos años después, Sofía se sienta en el suelo de aquel piso y observa cómo Miguel construye una torre de piezas de colores. El título universitario obtenido a distancia y con matrícula de honor descansa cerca. Acaba de llegar una notificación del juzgado: la pensión mensual ha sido ingresada.
Miguel la mira y sonríe, igual que su padre, pero ya no le hace daño.
¡Mira, mamá!
Veo la torre, hijo. ¡Es preciosa!
Por la ventana entra la luz cálida del atardecer. Sofía mira a su hijo y sonríe. Al final, todo ha salido bien. No como había soñado, pero bien.





