¿Quién conoce el rumbo insólito que tomará el río del destino?
Durante el último mes, Ignacio caminaba por la casa como si flotara en una niebla, abstraído y taciturno cuando se cruzaba con su esposa, Carmen. Ella lo observaba entre las sombras polvorientas de la tarde y pensaba:
Algo le pasa, seguro que está enfermo. Y a este le van a caer ya los cuarenta y cinco, que quería celebrar el cumpleaños en una taberna de la Gran Vía. Debería arrastrarlo de la mano a la consulta de mi amigo, el Dr. Miguel, para que se haga unos análisis. Por si acaso
Carmen compartía sus cavilaciones con su íntima amiga Pilar, quien de repente soltó, mientras las tazas de café despachaban espirales de humo perezosas:
Mi Julián, cuando se enamoró de otra, iba igual de raro. Como un alma en pena.
Ay, Pilar, ya te vale. No compares a tu Julián con mi Ignacio, atizó Carmen, quitando importancia.
¿Y qué tiene el tuyo de especial frente a mi Julián?
Si acaso, nada destacable. Si tu Julián es un galán de chiste, siempre gastando bromas y ligando, Ignacio siempre callado. Ni sabía invitarme a salir cuando éramos jóvenes, fui yo quien le propuso matrimonio. Si no llego a arrimarme a su piso, todavía estaría solo.
El año pasado, Pilar pilló a Julián en plena aventura con otra mujer. Carmen intentó animarla.
Déjalo estar, mujer, date un respiro, échalo de casa y piensa en ti.
Pero Pilar se lanzó a la noche madrileña con una fuerza desconocida: bares, cafeterías, hombres por doquier y cambio de look, hasta explicó el pelo corto: “cambio de imagen”, le contó a todos. Carmen la miraba atónita; no era eso lo que le había sugerido.
Y, sin embargo, pronto Pilar perdonó a Julián. Carmen no lo comprendía.
Yo nunca podría perdonar a Ignacio si hiciera algo así, pensaba.
Llevaban casi veintiséis años casados. Se conocían al dedillo. Dos hijos criados juntos, y la jubilación asomándose desde el horizonte como una bruma dorada sobre la Sierra de Guadarrama. No eran viejos aún, así que pensó en la fiesta grande para el cumpleaños de Ignacio: ya había consultado con la familia, luego se lo contaría a él.
Se casaron justo antes de acabar la universidad. Se conocieron en una excursión por los Picos de Europa, aunque estudiaban en distintas facultades, descubriendo luego que ambos eran de Salamanca. En cuarto, un viaje de las dos facultades los reunió junto a un fuego chisporroteante y Carmen fue la primera en fijarse en el tímido Ignacio. Él se enganchó el jersey en una rama y ella se lo remendó con mimo. Ignacio, a su vez, le cargaba la mochila. Así, sin prisa, la amistad se volvió cariño y el cariño, amor. Carmen tomó el mando: confesó primero sus sentimientos y luego él, tartamudeando, reconoció:
Creo que también me estoy enamorando de ti.
Entonces nos vamos a vivir juntos y presentamos los papeles en el registro civil. Yo llevo mis cosas a tu casa él no puso reparos.
Así, Carmen se mudó al piso de Ignacio, donde vivía con su abuela Rosario. El más encantado de todos fue el padre de Ignacio; la madre, en cambio, llevaba años sin hablarse con la abuela, delegando en Ignacio los cuidados. Desde que Carmen llegó, se ocupó ella de Rosario.
Ignacito, hija, qué joya has traído a casa decía la abuela. Esta Carmen es un vendaval, todo lo arregla. Cuando os caséis, la casa os la dejo a vosotros. Cuídala, Ignacio.
Poco después se casaron. Al poco murió la abuela, y los hijos vinieron uno tras otro, ahora ya adultos: veintitrés y veintiuno. Carmen y Ignacio vivieron con el ritmo sereno del Guadiana, vacaciones en la Costa Brava o la Sierra de Gredos, siempre juntos, hasta hace poco, cuando Ignacio empezó a desvanecerse entre los días. Y hace nada le dijo:
Parece que la vida se ha pasado y no hemos vivido nada brillante, Carmen Carmen se indignó.
¿Pero qué dices, Ignacio? ¿Olvidaste los veranos en la playa de San Sebastián, la nieve de Granada, el viaje a Lisboa, Turquía, los niños? En casa no nos quedábamos jamás.
No me refiero a eso replicó él con un gesto raro y enmudeció, cruzando su mirada donde Carmen no supo leer el presagio.
Tenía Carmen la cabeza atiborrada de planes.
Oye, Ignacio, ¿llamamos a Maxi y Belén para tu fiesta? Que son amigos de toda la vida, aunque estén en Valencia.
¿Qué fiesta? se sorprendió Ignacio.
Tu cumpleaños, hombre, los cuarenta y cinco, en el mesón de la calle Mayor, ¡qué menos!
¿Sí? No estaba enterado volvió a mirarla extraño.
Ahora Carmen lleva horas inmóvil en el sofá, con la mirada hundida en el suelo. Ni lágrimas le salen.
Jamás pensé que esto me ocurriría musitaba para sí.
Ignacio llegó esa tarde antes de las siete. Desde hace año y medio acababa tardísimo y ella ya ni esperaba nada.
Hola, Carmen dijo sin quitarse la cazadora de ante, sentado en la cocina.
Venga, Ignacio, deja la chaqueta y lávate las manos, que cenamos ya dijo Carmen como cada noche.
Pero Ignacio no se movía, la cabeza baja como si buscase algo invisible en el hule.
Carmen, me voy de casa. Perdóname susurró.
¿Cómo que te vas? Anda, quítate la ropa de la calle, que tienes mala cara, seguro que es lo que sospechaba Vamos juntos al médico
Ignacio levantó la vista, los ojos fijos en ella.
Estoy sano, no es eso, no va por ahí Me he enamorado. Desde hace dos años salgo con una compañera de trabajo.
¿Has encontrado una jovencita? le cortó Carmen, brusca.
No, no es más joven ni hermosa, solo es es una mujer de verdad, de carne y hueso
¿Y yo qué soy, Ignacio? preguntó Carmen con asombro.
¿Tú? movió la cabeza como si espantase moscas. Tú eres quien manda; yo, como tu perro atado. No doy un paso por mí mismo, tú decides siempre por los dos: la ropa, las vacaciones, la comida, el cumpleaños. Hasta prohibirme ir al fútbol porque no hay nada interesante. Y me encanta el fútbol.
Ignacio, lo hago por ti balbuceó ella, pero él la interrumpió.
Te entrego todo mi sueldo; das la paga para tabaco y café. Carmen, ¿te has planteado que es humillante para mí? No puedo ir de cañas ni al bar con los compañeros; ni un euro en el bolsillo hablaba, bajo y calmado.
Carmen se agachó, buscándole los ojos.
Siempre fue así, ¿qué te da por rebelarte ahora? Vale, te daré dinero para las cañas, iremos al fútbol, tú eliges la ropa.
Ignacio la miró, con esa extrañeza de los que se van de un sueño.
No has entendido nada alzó la voz, y Carmen se sobresaltó. Quiero vivir, respirar. Decidir por mí qué como, qué hago, a dónde voy. Carezco de espacio para pensar, solo tengo tus ideas. Te impones y no sé rebelarme. Pero todo tiene un final. Me siento incapaz, como si tú fueses mi tutora.
¿Y ella? ¿No manda sobre ti? Carmen se quebró.
No. Me deja cortejarla, ser quien soy. Ser hombre, ¿me entiendes?
Nunca había visto así a Ignacio. Era otro. Despierto. Comprendió que hablaba en serio. Como aquel primer amor.
A nuestra edad, no debería pasar pensaba, mascullando culpa y rabia. ¿Qué dirán? Todos creen que somos la pareja perfecta.
¿Qué importa lo que digan? ¿Qué hay de perfección, Carmen?
Carmen sintió en los huesos que esta era una revolución: Ignacio declaraba la república y desterraba la monarquía del orden doméstico. Nada podía contra eso. Se le escaparon las lágrimas, un milagro en ella.
Carmen, ¿lloras? dijo él, azorado.
Ella lo abrazó. Ignacio se apartó con firmeza, fue a la habitación, metió cuatro cosas en la maleta y desapareció del piso, dejando un vaho frío.
¿Quién iba a pensar que el destino, tan retorcido, me dejaría sola en este Madrid, de esposa confiada a mujer solitaria, con la vejez allá en el horizonte?
Llamó a Pilar, que bajó corriendo, ofreciéndole consuelo.
Anda, Carmen, ¿qué edad tienes? ¿Te acuerdas de los cursos de pintura que me recomendaste? Al final nada de eso me sirvió. Julián volvió porque su aventura era solo un desliz. A él no le queda otra igual. Lo mismo con Ignacio; igual vuelve.
Pero Carmen lo sabía:
No, Pilar, Ignacio nunca vuelve cuando dice adiós. No vuelve. Tienes que conocerlo.
Cuando Pilar se marchó, Carmen pasó la noche mirando la sombra de su propio cuerpo en el suelo: no sabía a quién cuidar, a quién mandar; acostumbrarse a su nueva soledad. ¿Cambiará algo? Quién sabe a qué orilla me empujará el río del destino ahoraA la mañana siguiente, Carmen se despertó con la casa en penumbra y un rumor insólito de silencio. Lo primero que pensó fue: Ya no hay nadie a quien preparar café. La costumbre le llevó a poner las tostadas, pero eran solo para ella. Las mordió lentamente, observando cómo la luz del sol trepaba, perezosa, por la pared del salón.
Durante días, todo le pareció hueco y sin lógica. La cama tan grande, las llaves tintineando en soledad, ese cajón donde Ignacio guardaba sus recuerdos: cartas de sus hijos, una pulsera de la abuela Rosario, entradas de fútbol que Carmen nunca le dejó usar. Incluso halló una foto de ambos, muy jóvenes, cara al viento en aquellos Picos de Europa: la alegría en la mirada de Ignacio, tan distinta de la inquietud de ahora.
El tiempo, implacable, siguió avanzando. Pilar la arrastró a mercadillos, a museos, a algún taller de acuarelas al que acudieron señoras conversadoras. Carmen apenas pintó: prefería escuchar historias ajenas, como ensayando la suya propia. Pronto, los hijos volvieron más a menudo y, tímidamente, empezaron a verla con otros ojos. Su hijo mayor le propuso pasar un fin de semana juntos en la sierra: Mamá, que hace siglos que no vamos los dos. Carmen aceptó.
En medio del bosque, bajo los robles de Gredos, por primera vez en meses no pensó en Ignacio. Se fijó en los líquenes, en la sombra de los pájaros sobre el musgo, en el viento que agitaba su flequillo rebelde. Notó que la risa le salía sola. Su hijo la abrazó y, con la naturalidad de los nuevos tiempos, murmuró: Te quiero, mamá vuelves a ser tú.
Esa noche, tumbada con el alma despeinada, Carmen comprendió que la soledad era otro país, un lugar sin mapas, pero también sin fronteras. Se prometió aprender el arte paciente de dejar ir, de hacerse preguntas nuevas. Quizá no supiera a dónde ir, pero, como el río del destino, podía inventar un cauce distinto. Por primera vez en mucho tiempo, sintió una chispa: tal vez, pensó, la vida no le debía nada brillante pero aún podía brillar. Aunque fuera, al principio, sólo para sí misma.





