— ¿Qué haces, abuelo, aquí? ¿Te apetece pasear? ¡Con tu edad yo me quedaría en casa!

Life Lessons

¿Qué haces aquí, abuelo? ¿Te apetece dar la vuelta? ¡A tu edad yo me quedaría en casa!

Antonio García endereza la espalda lo más que puede y se vuelve a colocar la boina más arriba. El viento frío le corta las mejillas, pero no se inmuta en su sitio. Está allí, al borde de la carretera de la N234, con la cesta de mimbre colgando pesada en una mano y la otra alzada, lista para detener cualquier coche que se detenga en su camino.

No es la primera vez que recorre esa ruta. Desde que su mujer, Eulalia, ingresó en el hospital, se ha habituado al polvo, a la impaciencia, a la espera. Pero hoy el latido de su corazón suena distinto.

Eulalia se ha despertado más débil que nunca cuando la enfermera le llama. Le han dicho que no está bien y que sería bueno que él la visitara, que le hiciera compañía. Cuando alguien te dice sería bueno que vinieras, sientes que el suelo se te escapa bajo los pies.

Sale de casa sin pensarlo dos veces. Toma la cesta en la que ha guardado una camisa limpia, una toalla, unas manzanas y una botella de compota de ciruelas que Eulalia preparó años atrás, diciendo: para cuando esté enferma, Antonio.

Ahora esa compota es su forma de decirle que no la ha olvidado, que recuerda cada cuidado, cada tarro colocado con manos temblorosas en la despensa.

Los coches pasan de vez en cuando, pero ninguno se detiene. Algunos lo miran como si fuera un árbol seco al borde del camino, otros con la vista pegada al móvil, otros charlando y riendo, apresurados hacia vidas sin tiempo para detenerse a observar a un anciano con una cesta.

En un momento, un coche frena. Antonio siente que el corazón se le aprieta. Ya, me ha cogido, piensa. Da un paso adelante, abrazando la cesta contra el pecho. El cristal baja y aparece una cara joven, ligeramente divertida, justo frente a sus ojos.

¿Qué haces aquí, abuelo? ¿Te apetece dar la vuelta? ¡A tu edad yo me quedaría en casa!

El tono es bromista, pero la cuchilla de la broma corta profundo.

Antonio abre la boca para decir: No estoy paseando, voy a ver a mi mujer enferma, pero el joven ya ha subido la ventanilla y pisado el acelerador. El coche se aleja, dejando tras de sí una nube de polvo y un silencio denso.

Durante unos segundos, el anciano siente que todo el camino le ha golpeado en el pecho. Mira sus manos nudosas, sus botas gastadas, la cesta vieja.

Tal vez parezco alguien que ya no tiene nada que hacer en la carretera, se dice con un nudo en la garganta.

Pero entonces recuerda los ojos de Eulalia, la manera en que le buscaba la mirada en el pasillo del hospital, cada vez que entraba preguntando: ¿Has venido? ¿Estás aquí?. Más allá de arrugas, años y pesares, en sus ojos sigue el joven de la feria que conoció una vez, hace mucho tiempo.

Su amor no cuenta kilómetros ni arrugas, solo latidos.

Se queda plantado. No me voy, Eulalia, se dice. Te esperabas a mí. ¿Cómo no ir?.

El tiempo avanza lentamente. Las nubes se acumulan en el cielo, tiñéndolo de un azul sucio. El viento se intensifica. Antonio aprieta su abrigo contra el cuerpo, sintiendo los huesos crujir por el frío y los años, sin moverse.

A veces, algún coche pasa con los faros encendidos, iluminándole la cara cansada por un segundo, para luego volver a tragarse la oscuridad.

Piensa en todas las veces que Eulalia cuidó de él: cuando llegaba cansado del campo y la encontraba con la mesa puesta, con las manos perfumadas a pan recién horneado; cuando él se enfermó y ella no dormía, preparando infusiones y colocando compresas en su frente; cuando él se quejaba de no preocuparse y ella le respondía con una sonrisa: Deja, anciano, que nada me va a tumbar.

Ahora ella es quien está abatida. Y él, con toda la impotencia de la edad, solo quiere estar allí, tomar su mano. No tiene medicinas, ni estudios, ni fuerza; solo lleva amor. A veces, el amor es el único remedio que queda.

Al anochecer, una ambulancia se detiene. Los faros lo deslumbran un instante. La puerta se abre y baja una silueta con bata blanca y chaqueta encima.

¿Señor Antonio?

La voz le resulta familiar.

Sí yo responde el anciano, vacilante.

El doctor Pérez, el médico que cuida a Eulalia, lo mira con una mezcla de asombro y tristeza.

¿Qué hace aquí, con este frío?

Voy a ver a Eulalia hoy no ha venido nadie a llevarme y ya no tengo paciencia

El doctor suspira profundamente. Lo ha visto tantas veces en los pasillos del Hospital de Soria, con su cesta de mimbre, sentado en una silla, con la mirada fija en la puerta del salón. Lo vio apretar las manos cuando la condición de Eulalia empeoraba, y sonreír al oír a la enfermera decir hoy está un poco mejor.

Suba, por favor. No lo dejo aquí.

El doctor le quita la cesta con respeto, como si fuera el objeto más valioso, y abre la puerta del coche.

Antonio se queda un segundo paralizado.

¿Yo?

A usted, señor Antonio. Yo también voy al hospital. Lo llevo.

Al subir al coche, siente el calor envolverle como un abrazo. Por primera vez ese día, deja que las lágrimas fluyan en silencio, mirando por la ventanilla.

El doctor no dice nada más. No le pregunta por qué no tomó el autobús, por qué esperó tantas horas al frío. Sabe que a veces las preguntas duelen más que el viento.

Doctor

Diga.

Que Eulalia habla de usted. Dice que tiene buenas manos

El doctor esboza una leve sonrisa.

Tiene buen corazón, por eso ve la bondad en todo.

El resto del trayecto transcurre en silencio. Antonio abraza la cesta contra el pecho y, de vez en cuando, se limpia una lágrima con el puño de la chaqueta. Piensa que tal vez Dios no lo ha olvidado. Que, entre todos los coches que pasaron sin verlo, el que se detuvo era el que llevaba al hombre que cuida de Eulalia.

Al llegar al hospital, al entrar en el largo pasillo luminoso con la cesta en mano y pasos cortos, Antonio deja de ser solo un anciano abandonado al borde de la carretera. Se siente un marido que cumple su promesa: Voy a ti, pase lo que pase.

Cuando entra en el salón, Eulalia lo ve de inmediato. Sus ojos cansados se iluminan, como cuando él volvía del campo y ella lo esperaba.

Has venido susurra.

He venido, mujer ¿cómo no hacerlo?

Le coloca la cesta a sus pies y saca de ella la compota de ciruelas que había guardado tantos años.

Te traje la compota de guindas, ¿recuerdas? La que guardé para cuando esté enferma, Antonio. Ahora tú estás enferma, pero nos curamos juntos.

Ella esboza una débil sonrisa y una lágrima brilla en el ángulo de su ojo, no de dolor sino de gratitud.

En ese instante, todo el frío de la carretera, todas las negativas, todas las burlas del joven conductor dejan de importar.

Porque Antonio ha comprendido algo: el mundo está lleno de gente que pasa sin verte, pero basta con una sola persona buena para sentir que Dios no te ha dejado al borde del camino.

Y su amor por Eulalia no hace autostop. Ella encuentra su propio camino, entre el frío, la fatiga y el tiempo, y siempre llega a donde debe: a su cama de hospital, a su mirada cansada y a su corazón que aún late por él.

La próxima vez que veas a un anciano con la mano extendida al borde de la carretera, recuerda que podrías ser tú o tus padres. Sé tú el coche que se detiene, no el que levanta el polvo.

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