¡Qué clase de madres permite la tierra! Una mujer entrega a su hijo de 4 años a un orfanato porque no quiere ocuparse de su tratamiento médico.

Life Lessons

¡Cómo puede haber madres así bajo el sol de esta tierra! Mandó a su propio hijo a un orfanato, porque no quiso luchar por su salud, y el chiquillo apenas tenía cuatro años…

Tengo una amiga de toda la vida. Se llama Lucía. Nos conocemos desde hace casi treinta años. Lucía es una mujer formidable y sería una madre excepcional si el destino y Dios no le hubieran negado ese regalo a ella y a su marido. Pase lo que pase, nunca se separaron; su amor siempre fue más fuerte que cualquier adversidad.

Yo, en cambio, tuve suerte y tengo dos hijas maravillosas. Lucía es su madrina, por supuesto. Es mi mejor amiga y vive en la misma calle, ¿cómo no iba a serlo? Poco a poco, las niñas crecieron jugando con la tía Lucía, que tantas veces se quedó con ellas cuando la rutina me sobrepasaba. Recuerdo las noches de charlas en mi cocina, cuando las dos llorábamos en silencio, preguntándonos por qué la vida no le concedió hijos propios.

Hasta que un día la llamada de unos familiares lo cambió todo. Resultó que una parienta lejana de la rama paterna había decidido entregar a su hijo, con solo cuatro años, en un centro de acogida en Valencia. El diagnóstico de los médicos era desolador y a la familia no le llegaban los euros ni para costear las medicinas, mucho menos los tratamientos. Su madre, siempre metida en líos, con la cabeza en otros asuntos, jamás perdió el sueño por aquel pequeño.

Lucía me contó la noticia entre susurros. Sentía que debía conocer a ese niño de inmediato, como si una fuerza interior la empujase a hacerlo. Y así, sin pensarlo, una tarde tomó el tren junto a su marido hacia la ciudad. Tiempo después me confesó que, al ver al niño y esos ojos llenos de tristeza, supo en el acto que debía llevárselo a casa. Su marido, sin dudar, apoyó su decisión.

Fue un proceso muy duro. Más de un año de hospitales y consultas, de levantar cada euro posible para cubrir las terapias. El niño estaba dentro del espectro autista, y el camino parecía interminable. Pero Lucía no se rindió jamás. Sacaron fuerzas de donde no las había, y juntos abrieron puertas que parecían cerradas.

No os lo creeríais Hoy en día, ÁLVARO así lo llamaron tiene veinticuatro años. Es un joven alegre y sano, ha terminado su carrera universitaria en Salamanca, colecciona medallas deportivas y amigos auténticos.

Ayer mismo regresé de su boda en Granada. El salón rebosaba emoción, el brillo en los ojos de Lucía lo decía todo. Mi corazón se llenó de orgullo, gratitud y una inmensa ternura. Porque el amor, cuando es de verdad, lo puede todo.

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