Promesa Denis conducía con calma y seguridad por la autopista, junto a él viajaba su amigo Kirill, regresaban de una ciudad cercana, el jefe los había enviado de trabajo durante dos días. —Kir, qué bien que resolvimos todo, el contrato es enorme, el jefe quedará encantado —sonreía Denis alegremente. —Sí, nos ha salido redondo —confirmó Kirill, amigo y compañero de oficina. —Volver a casa cuando te esperan es genial —decía Denis—. Mi Arisha está embarazada y se queja del malestar. Me da mucha pena, pero deseábamos tanto ser padres que ella siempre dice que aguantará todo por nuestro bebé. —Tener un hijo está bien, pero a nosotros con Marina no nos sale; no consigue llevar el embarazo a término. Ahora vamos a intentar la segunda FIV, la primera salió mal —compartía Kirill; él y Marina llevaban siete años esperando, pero… Denis se casó tarde, con treinta y dos años; tuvo sus historias, pero nunca perdió la cabeza por nadie. Cuando conoció a Arina, se enamoró de tal manera que ya no veía a ninguna otra. Kirill conoció a Arina porque Denis se la presentó. Incluso le acompañó de testigo en la boda, y sintió una pizca de envidia; Arina era guapa, dulce, entendía por qué Denis se había enamorado tan perdidamente. Fuera caía una lluvia fina de otoño, el parabrisas la apartaba de vez en cuando, los amigos charlaban animados. Sonó el móvil de Denis, respondió. —Hola, Arisha, sí, vamos en camino, en un par de horas llegamos. ¿Tú cómo? ¿Igual? No levantes pesos, yo lo haré todo al llegar. Un beso, hasta pronto, cariño. Kirill escuchaba e imaginaba a Arina esperando, preocupada; pensó: “Marina nunca me llama, no se preocupa por mí, piensa que estoy atado a ella. No es como la Arina de Denis, lo suyo es trabajo y casa”. De repente Denis giró bruscamente el volante: una “furgoneta” se les venía encima. El choque era inevitable, pero a último momento, el coche se estrelló contra una farola por el lado de Denis y salió de la carretera. Kirill recuperó la conciencia: dolor de cabeza, sangre en el brazo, el coche sobre las ruedas, la puerta de su lado abierta. Miró a Denis, que no se movía. Gente llegó corriendo, los coches paraban. Kirill dolorido, tumbado en la hierba mojada, esperaban la ambulancia. Sacaron a Denis y lo pusieron en una camilla; Kirill se inclinó y Denis susurró: —Ayuda a Arisha… Los llevaron al hospital: Kirill tenía el brazo roto y una fuerte conmoción, pero estaba consciente. Preguntaba a los médicos: —¿Denis, mi amigo, cómo está? Una enfermera le dio la noticia: —Denis ha fallecido… Kirill quedó hundido. No pudo ir al funeral. Marina fue y contó que la esposa de Denis lloraba desconsolada, incapaz de creerlo, apenas de pie junto al ataúd. Al salir del hospital, Kirill fue con Marina al cementerio; ante la tumba de Denis prometió: —No te preocupes, amigo, cuidaré de tu esposa, cumplo tu petición… A los pocos días fue a casa de Arina, tocó el timbre. Al verle, ella rompió a llorar. —¿Cómo vivir sin él? No puedo aceptar que Dena ya no esté —dijo. —Arisha, tu marido me pidió que te ayudara. Lo afrontaremos juntos. Llámame para lo que necesites, te visitaré. El tiempo pasó. Arina estaba algo mejor, temía que el embarazo pudiera truncarse por el disgusto; el médico también se lo advirtió. Kirill la visitaba dos veces por semana, traía la compra y vitaminas, la llevaba a la clínica cuando hacía falta. Arina no abusaba, pedía ayuda sólo cuando era necesario. —Me da apuro que me dediques tu tiempo —le decía ella. —No es ningún esfuerzo, lo prometí a Denis. Kirill tenía sentimientos encontradísimos por Arina. Era su mujer ideal, pero se sentía en conflicto. Mientras Arina sobrellevaba el embarazo, Kirill y Marina volvían a médicos, pruebas, horarios, otra decepción… Su dolor por no tener hijos se había vuelto rutina. Marina no sabía nada de Arina; él la tenía guardada como “Caridad” en el móvil, por si ella veía la llamada. No lograron el segundo embarazo y la relación se tensó. Marina pensaba que Kirill era el culpable; él ya no pensaba nada. Marina notaba que él estaba raro, distraído, a veces irritable, salía por cosas misteriosas. No creía que fuera infiel; en lo suyo seguían bien. Kirill sabía que en lo privado todo iba mal, pero el trabajo iba de maravilla. Consiguió rematar el proyecto que había iniciado con Denis y firmaron un contrato muy exitoso. Arina, a medida que avanzaba el embarazo, se sentía más incapaz. Sus padres estaban lejos, en Siberia, no tenía familia cerca. Sufría dolores de cabeza y los pies hinchados, pero apenas se quejaba a Kirill. Un día la encontró subida a una escalera poniendo cortinas nuevas. —He lavado la ventana y estaba colgando las cortinas —dijo Arina. —Baja ya —ordenó Kirill mirando su enorme barriga—, si te caes… podrías perder al bebé, no son cosas para tomarse a broma. La ayudó a bajar, quedaron frente a frente, Kirill sintió hasta un escalofrío. —Gracias, Kir —le dijo ella, pero enseguida corrió al baño: las náuseas insistían. Kirill suspiró, se secó el sudor y pensó: “¿Verá Denis desde donde está? Quiso que la ayudara, nadie le obligó…”. Algunas semanas después, Arina le pidió: —Kirill, ¿me ayudas a montar el cuarto del bebé? Cuando nazca no tendré tiempo. He visto unos papeles pintados preciosos. Kirill se puso manos a la obra con el cuarto del bebé; no toleraba que Arina, embarazada, trabajara sola. Hicieron el arreglo juntos: ella apoyaba y animaba, él reparaba. Terminó el cuarto, y Kirill andaba entre dos fuegos: Marina hundida por el último fracaso y Arina cada día más cerca de dar a luz. Marina, guiada por la intuición, decidió volcarse en el trabajo para salvar el matrimonio. Escribía artículos y un famoso revista le propuso llevar una columna; aceptó encantada, necesitaba distraerse. Cobró un buen adelanto. Volvió feliz a casa con la compra y un par de botellas de vino. —¿Qué tal? ¿Tenemos algo que celebrar? —se sorprendió Kirill al llegar. —Sí, he cobrado una buena suma, hay que celebrarlo. Llevaba mucho esperando este contrato. Encendieron la tele con su película favorita, descorcharon vino y prepararon la mesa con todo lo comprado. De repente, sonó el móvil de Kirill. Marina leyó “Caridad” en la pantalla mientras él salía a la cocina. —¿Qué pasa? —preguntó él bajito. —Kir, perdona, pero creo que me he puesto de parto… Ya he llamado la ambulancia. —¿Tan pronto? —Siete meses… puede pasar —decía ella, aguantando el dolor. —Vale, voy al hospital. Kirill se vistió a toda prisa; Marina le miraba ansiosa. —¿Te vas? —Sí —mintió improvisando. —¿Quién era? —El jefe. Me llamó tarde, quiere contarme algo sobre lo de Caridad… Ya te lo explico luego, créeme, debo ir. Pero Marina no le creyó. —¿Qué caridad, ni qué jefe? No me cuentes historias, Kirill. Kirill salió disparado y condujo hasta el hospital. Arina ya había llegado. Esperó dos horas y la enfermera le dijo: “Arina ha tenido un niño”. Suspiró aliviado y volvió a casa destrozado, pensando: “Gracias a Dios, todo salió bien. Estaba muy preocupado”. Marina no dormía y le miró con insistencia; vio que estaba agotado y demacrado. —Tu caridad te tiene frito —dijo venenosa. Kirill se sentó en el sofá, sin quitarse el abrigo. —Sí, Marina, sí… Arina acaba de tener un hijo. Le prometí a Denis ayudarla. Está completamente sola —confesó con sinceridad. —Ya lo entiendo todo… —dijo despacio Marina—, y ahora tienes que ayudar a Arina con el bebé, ¿verdad? —Así es —respondió Kirill. —Pues… ya me conoces: no toleraré que dediques tiempo a otro niño, y menos si nosotros jamás podremos tener uno. Voy a pedir el divorcio, haz lo que quieras. Quizá conozca a otro y consiga ser madre. Kirill la miró sorprendido, entendió que ella siempre le ha culpado de no tener hijos. —Es tu decisión, no pienso justificarme. Debo ayudar a Arina con el niño. Pasó el tiempo. Marina se divorció y Kirill se fue con Arina, ayudó con el pequeño Dani. Más tarde se casaron y, dos años después, tuvieron una hija. Gracias por leer, por suscribirte y por tu apoyo. ¡Te deseo mucha suerte en la vida!

Life Lessons

Promesa

Javier sostenía el volante con calma, guiando el coche con seguridad por la autovía de regreso a Madrid después de una breve misión laboral en Valencia. A su lado, Luis, su inseparable amigo y colega de oficina, contemplaba los kilómetros que dejaban atrás la ciudad.

Luis, hemos cerrado un trato enorme, ¡nuestro jefe va a estar más que satisfecho! sonrió Javier, con un brillo ilusionado en los ojos.

Desde luego, vaya suerte la nuestra respondió Luis, asintiendo. Habían trabajado codo con codo desde siempre.

Es hermoso volver a casa cuando te esperan continuó Javier. Almudena está embarazada, los mareos no la dejan en paz. Me da mucha pena, pero lo deseábamos tanto que ella misma dice que aguantará lo que haga falta por nuestro pequeño.

Tener hijos es una bendición A nosotros con Celia nos cuesta tanto. Ya hemos pasado por una FIV, estamos preparando la segunda, pero tampoco saldrá fácil confesó Luis, con pesadumbre. Celia y él llevaban siete años casados, soñando con un bebé que no llegaba.

Javier había alcanzado la madurez tardía; se casó a los treinta y dos. Mujeres no le faltaron, pero ninguna le revolvió el alma como Almudena. En cuanto la conoció, el resto del mundo dejó de existir para él.

El día de la boda, cuando Luis la vio, le asaltó la envidia: Almudena era dulce, radiante, fácil de amar.

La llovizna otoñal acariciaba el cristal, y los limpiaparabrisas salpicaban la charla cómplice. De repente, Javier atendió el móvil:

¿Almudena? Sí, estamos de camino en dos horas llego. ¿Todo bien? Nada de esfuerzos, ¿eh? Yo hago lo que haga falta cuando llegue. Un beso, mi vida

Luis se quedaba callado, recreando la imagen de Almudena, inquieta y expectante por Javier; pensaba en Celia, que nunca llamaba, segura de tenerlo atado. No era como Almudena, todo en su vida era orden: trabajo, casa, rutina.

Apenas terminar la frase, Javier giró bruscamente el volante ante un furgón que venía directo a ellos. No era posible evitar el choque, pero por instinto Javier estampó el coche contra el poste de su lado y salieron disparados al arcén. Luis perdió el conocimiento: cuando despertó, tenía la cabeza ensangrentada y la mano herida. El coche, milagrosamente, permanecía en pie; la puerta del copiloto abierta. Javier seguía inmóvil.

Algunos automovilistas se detuvieron, corrieron hacia ellos. Luis apenas reaccionaba. Lo tendieron en la hierba húmeda, aguardando la ambulancia. Sacaron a Javier del coche, lo acomodaron en una camilla. Justo antes de ser llevado, Javier musitó con un hilillo de voz:

Ayuda a Almudena

Ambos fueron trasladados al hospital. A Luis le diagnosticaron fractura y una conmoción cerebral. No dejaba de preguntar:

¿Y Javier? ¿Mi amigo está bien?

Al cabo, una enfermera le apresó el alma:

Javier ha fallecido

Luis quedó anegado de angustia. No pudo estar en el entierro. Celia le contó después que Almudena no dejaba de llorar ante el ataúd, incapaz de aceptar la ausencia de su esposo.

Ya recuperado, Luis visitó el cementerio con Celia y prometió a Javier, frente a su tumba:

Tranquilo, amigo, cuidaré de Almudena, como me pediste

Días después, fue a casa de Almudena, tocó el timbre. Al abrir, ella rompió en llanto.

¿Cómo vivir sin él? No lo acepto No puedo, Javier no está

Almudena, a tu marido le hice una promesa: voy a ayudarte. Llámame para lo que necesites. Te visitaré a menudo.

El tiempo pasaba. Almudena empezaba a reconstruirse poco a poco, temía perder el embarazo por el dolor, la doctora le aconsejaba cuidar el ánimo. Luis la visitaba dos veces por semana, traía alimentos, vitaminas, la llevaba al ambulatorio o donde hiciera falta. Pero Almudena nunca abusó de su generosidad, sólo le pedía ayuda cuando era indispensable.

Luis, me da tanta cosa hacerte perder tiempo.

No es un esfuerzo, además se lo prometí a Javier.

Luis sentía por Almudena algo que nunca había experimentado: era la mujer de sus sueños, y, sin embargo, la situación lo desarmaba.

Mientras Almudena batallaba con las náuseas, Luis y Celia volvían a rondar hospitales, análisis, frustraciones La infertilidad era su cotidiana herida. Celia no tenía idea de que Luis auxiliaba a Almudena. Él había guardado su número bajo el nombre de Solidaridad, temeroso de que su esposa viera a quién llamaba.

La segunda tentativa de embarazo fue otro fracaso, y la tensión comenzó a ahogar su relación. Celia culpaba a Luis, que ya ni tenía fuerzas para discutir.

Ella notaba a su marido distraído, más irritable, ausente por razones evasivas. No sospechaba de infidelidad; en lo demás, todo funcionaba entre ellos.

En el trabajo, sin embargo, a Luis le iba excelente. Retomó el proyecto que empezó con Javier y cerró un contrato brillante.

Con el avance del embarazo, Almudena se volvía cada vez más dependiente. Sus padres, desde Burgos, no podían ayudarla; en Madrid no tenía familia. Le dolía la cabeza, se le hinchaban las piernas, pero nunca se quejaba de más.

Un día, Luis llegó con la compra y la sorprendió subida a una escalera intentando colgar unas cortinas.

He lavado la ventana dijo sonriente. Estoy colocando las cortinas nuevas.

¡Baja ahora mismo! ordenó Luis, serio, mirando su vientre abultado. ¿Y si caes? ¡Acuérdate del bebé!

Luis la ayudó a bajar. Por un instante, estuvieron cerca, tanto que Luis sintió un escalofrío por todo el cuerpo.

Gracias, Luis repuso, apresurándose al baño por culpa del mareo del embarazo.

Luis suspiró, se secó el sudor de la frente, pensando:

¿Estará Javier mirándonos? Esto es culpa suya, me lo pidió

Más adelante, Almudena le pidió:

Luis, ¿me ayudas a montar la habitación del niño? Después no tendré fuerzas He visto unos papeles pintados preciosos.

Luis no pudo negarse. Ella le cuidaba la moral y la logística, y juntos terminaron las reformas. Luis se debatía entre dos mundos: la esposa, hundida por la infertilidad, y Almudena, a punto de dar a luz.

Celia presentía que para salvar su matrimonio debía volcarse en el trabajo. Escribía artículos; un renombrado revista le pidió hacerse cargo de una columna y, feliz, aceptó. El primer pago fue generoso, en euros, y llegó a casa con bolsas de delicatessen y un par de botellas de vino.

¿Qué celebramos? preguntó Luis, llegando del trabajo.

He recibido un buen ingreso por el nuevo contrato. Tenemos que brindar.

Encendieron la televisión y pusieron su película favorita. Entre tablas de embutidos y copas de vino soñaban recuperar aquella complicidad perdida.

De repente, Luis recibió una llamada. Celia vio en la pantalla Solidaridad y disimulando, él fue a la cocina.

¿Qué ocurre? preguntó en voz baja.

Luis, discúlpame creo que empiezo a tener contracciones. He llamado a la ambulancia.

Pero es muy pronto

Apenas siete meses Puede pasar respondió Almudena, luchando contra el dolor.

Iré enseguida al hospital.

Luis se preparó rápido. Celia lo miraba con recelo.

¿Te marchas? le reclamó.

Sí El jefe quiere hablar urgente sobre la fundación benéfica. Te lo cuento después, confía en mí

Celia no se lo creyó.

¿Solidaridad, jefe, qué historias me estás contando, Luis?

Luis salió disparado, conduciendo hasta el hospital. Almudena ya había sido ingresada. Esperó dos horas, hasta que la enfermera apareció:

Almudena ha dado a luz un niño.

Luis soltó un suspiro de alivio y se marchó a casa, agotado, pensando:

Bendito sea, salió bien. Qué angustia.

Celia, despierta y vigilante, lo interrogó con la mirada, notando el cansancio y la tensión de Luis.

Tu solidaridad te tiene al límite, ¿eh? dijo con sarcasmo.

Luis se hundió en el sofá, sin quitarse ni el abrigo.

Sí, Celia Almudena ha tenido un hijo. Se lo prometí a Javier. Está completamente sola.

Ahora lo entiendo todo susurró ella. Y el próximo paso es ayudarle con el niño, ¿verdad?

Así es respondió Luis, sincero.

Pues lo siento. No voy a tolerar que dediques tu vida al hijo de otro, menos cuando ni siquiera hemos logrado tener el nuestro. Voy a pedir el divorcio. Haz lo que quieras. Quizá aún esté a tiempo de encontrar otro hombre y tener mi propio hijo.

Luis la miró sorprendido. Supo que ella lo culpaba por su dolor.

Es tu decisión, Celia. Ya no tengo excusas: debo cumplir mi promesa con Almudena y el niño.

El tiempo pasó. Celia pidió el divorcio. Luis se instaló con Almudena, cuidando al pequeño Daniel. Al poco tiempo, se casaron. Dos años después, nació su hija.

Gracias por leer, por suscribiros y por vuestro apoyo. ¡Que os vaya bien en la vida!

Rate article
Add a comment

1 + sixteen =