POR SI ACASO
Clara observó a su compañera de trabajo, que no dejaba de llorar, y, sin darle mucha importancia, se volvió hacia el ordenador y comenzó a teclear con rapidez.
Eres bien fría, Clara oyó que le reprochaba Carmen, la jefa del departamento.
¿Yo? ¿Por qué dices eso?
Porque si tu vida personal marcha bien, piensas que la de las demás también. Mira a la pobre chica, destrozada, y tú ni una palabra de consuelo, ni compartir una experiencia, nada. Anda que no tienes motivos
¿De verdad crees que yo debería compartir mi experiencia con ella? replicó Clara. No sé si eso le gustaría a nuestra Nati. Ya lo intenté una vez, hace unos cinco años, cuando venía a trabajar con moratones, supongo que para ver mejor el camino de vuelta a casa. Entonces tú aún no estabas por aquí.
Y no, no era que su hombre le sacudiera, era ella quien tropezaba y se caía, eso decía. Pero cuando él se largó, los moratones desaparecieron del rostro de Natalia. Era ya el tercero que se marchaba.
Intenté apoyarla, en serio, darle algún consejo, ponerme en su lugar. Al final, resulta que la mala fui yo. Ya me lo explicaron después, otras compañeras: que con Natalia todo es inútil, que ella se las sabe todas. Y que cómo me atrevía a meterme en su felicidad En aquella época iba a ver videntes, hacía rituales de amarre. Ahora está modernizada y va a psicólogos. Trata sus traumas.
No se da cuenta de que vive siempre el mismo guion, solo que va cambiando los nombres. Así que, perdona, pero no me dedico a repartir pañuelos ni a sentir lástima.
Aún así, Clara, tampoco está bien esa actitud.
En la comida, sentadas todas a una larga mesa, no se hablaba de otra cosa que del ex de Natalia: un infame, un embustero. Clara comía en silencio, luego se sirvió un café y se fue a un rincón para tomarlo tranquila y despejar la cabeza, hojeando el móvil.
Clara se acercó a ella la alegre y regordeta Rocío, siempre tan positiva, pero hoy con el gesto caído ¿de veras no te da ni un poquito de pena lo de Natalia?
Rocío, ¿y qué queréis que haga?
Déjala, mujer intervino Irene, que pasaba por allí, si siempre es igual. Como tiene a su querido Alejandro, vive como una reina, cómo va a entender lo que es quedarse sola con un crío, sin ayuda, sin nada. ¡Y para colmo, a ver quién le saca la pensión al susodicho padrazo!
Pues tampoco hay que ponerse a tener hijos así, sin saber ni con quién añadió doña Consuelo, la mayor del grupo, conocida cariñosamente como señora Consuelo. Clara tiene razón: siempre está llorando, incluso de embarazada la volvía loca su pareja.
Mientras tanto, las mujeres hacían corro alrededor de la inagotablemente llorosa Natalia, entre consejos y comentarios.
¿Y qué pasó? Que nuestra Natalia, tan fuerte y tan independiente, decidió demostrarlo a lo grande. Se hartó de lágrimas y mandó traer a su madre del pueblo para que le echase una mano con el niño y ese… ingrato. Natalia empezó a reponerse, se puso flequillo, se hizo las cejas, se pegó pestañas postizas, e incluso quiso ponerse un piercing en la nariz, pero ahí la convenció todo el departamento para que no lo hiciera.
Y empezó la transformación.
No te preocupes, Nati, la animaban las chicas, ya verás, él va a llorar ríos por ti.
No va a llorar nada dijo Clara, casi en voz baja, pero lo bastante alto para que las chicas ya animadas por el vino la oyeran. No va a llorar, y no va a arrepentirse. Y Natalia, antes o después, encontrará otro igual
Para ti es fácil hablar, tú tienes a tu Alejandro, él seguro que no es como los demás
Mi Alejandro, el mejor hombre del mundo, no me pega, no bebe, no va detrás de otras. Me adora.
Bah, todos son iguales Ya verás, Clara, te lo levantan a la que menos te lo esperes.
No, no me lo quitan, él no se va.
No estaría yo tan segura
Pues sélo.
Con el vino revolviendo las cabezas, las bromas y los piques entre ellas fueron subiendo de tono.
¿Por qué no vamos a tu casa? A ver si tu Alejandro resiste a tanta belleza junta. Seguro que te da miedo invitarnos, por si alguna se lo lleva
Pues vamos.
¡Vamos, chicas, todas a casa de Clara! A conquistar a Alejandro. ¿Señora Consuelo, viene usted?
No, niñas, que me espera mi Isidro. Id vosotras, pasadlo bien rió la señora Consuelo.
Con el jaleo propio, aterrizaron en el piso de Clara, riendo, trajinando en la cocina.
Venga, chicas, preparamos algo rápido. Alejandro estará fuera, pero llegará en nada y le dejamos la mesa puesta.
Ni os molestéis, come poco y además, es delicado con la comida. Pero sí, ya llega enseguida.
Poco a poco se tranquilizaron, bajó la euforia, y empezaron a acordarse de sus obligaciones. Se despidieron y se marcharon a casa, quedando solo Natalia, Carmen y Rocío. Sentadas en la cocina de Clara, charlaban mientras tomaban un té, algo incómodas esperando al desconocido Alejandro. Ya iban preparándose para irse discretamente, cuando oyeron que alguien llegaba.
Alejandro, mi niño bonito dijo Clare entre risas al ir a recibirle.
Las mujeres se pusieron tiesas, incómodas, hasta que entró en la sala un joven muy guapo y alto.
¡Ah, ahí estaba el misterio! El marido de Clara era bastante más joven que ella.
Chicas, os presento a Denis.
¿Denis? ¿Cómo que Denis? ¿Qué Denis?, se leía en la cara de las compañeras.
Mi hijo, Denis. ¿Qué tal se ha portado Alejandro? ¿Bien?
Sí, mamá, solo necesita reposo. Mañana o pasado ya estará correteando de nuevo. Eso sí, que no le dejes lamerse ahí
Las chicas enrojecieron.
Nosotras mejor nos vamos.
Alto, no os habéis presentado aún a Alejandro. Eso sí, silencio: está recién operado. Denis y Elena lo llevaron a castrar, ahora que marcaba hasta las cortinas… Venid a verle.
Allí dormía plácidamente Alejandro, un gato enorme y peludo.
Las mujeres salieron de la habitación aguantando la risa.
¡Clara, si es un gato!
Claro que es un gato, ¿qué pensabais? ¿O queríais que os enseñara a mi marido?
Pero ¿y el marido?
Ay, no tengo. Eso de Alejandro os lo inventasteis vosotras. Un día mencioné que en mi vida tengo un hombre estupendo, Alejandro, y no me dejasteis acabar la frase. Ya os montasteis la película
Me casé muy joven, enamoradísima, dejé los estudios, nació Denis. Tres años y nos separamos. Mis padres me ayudaron muchísimo. Me volví a casar casi con los treinta. Un buen hombre, visionario, tenía planes, hijos, herencia pero Denis sobraba y me mandó con el niño a casa de mi madre.
No lo entendía, su madre me declaró la guerra: Los hijos de otros, nadie los quiere. Curioso, porque ella se casó en segundas nupcias y crió a su hijo con el padrastro, pero claro, las cosas cambian.
Viví con Denis años, hasta que me lancé otra vez a la piscina porque, ya sabes, a ciertas edades pero el tercero, de tanto amor, llegó hasta a darme un puñetazo. Denis hacía kárate, yo entrenaba con él y algo aprendí: respondí y el Otelo salió volando. Desde entonces, decidí que ya estaba bien.
Denis se casó, me aburría, así que acogí a Alejandro, mi gato. Aquí estamos, tranquilos. Si quiero ir al cine tengo compañía, si viajo, lo dejo bien atendido, y nadie le da la tabarra a nadie.
Denis al principio no lo entendía, quería saber por qué no vivíamos juntos, pero somos adultos, cada uno a su aire. Otra cosa sería si desde jóvenes lo hubiésemos hecho juntos como mi hermano o mis padres. Pero no fue así, y no voy a simular para que todo el mundo vea que estoy casada. Vivimos bien, Alejandro y yo.
¿Ves, guapo? le decía al gato Ya te lo advertí, si seguías marcando territorio, se acababa el adorno.
Se marcharon las chicas, pensativas, sobre todo Natalia.
Pero Natalia no pudo hacer lo mismo que Clara. Al mes ya hablaba entusiasmada de su nuevo amor, llegando a la oficina con ramos de flores.
Clara y doña Consuelo sonreían discretamente.
¿Qué tal, Consuelo? ¿Y tu Isidro?
Bien, hija, en el paseo se pinchó en la pata, pero todo bien, que Dios me lo cuide, como los perros Llegaron los nietos y me dicen que lo lleve de exposición ¡anda ya! Bastante bien vivimos Natalia, veo que todo te va viento en popa.
Sí, Consuelo, hay quien prefiere animales y quien prefiere maridos
Eso es, cada uno lo suyo. A ver si tiene suerte esta vez.
¡Ojalá!
¿De qué cuchicheáis?
De ti, Natalia, eso, a ver si esta vez tienes suerte.
Chicas, entiendo que esto no es lo ideal, pero no sé vivir sola.
Cada uno vive a su manera, deja de justificarte dijo Clara.
Clara la paró Natalia cuando iba al aparcamiento, si necesito consejo con gatos, ¿me dirás? ¿Qué es mejor, gato o gata?
Anda, vete, que te esperan Si necesitas algo, ya veremos rió Clara.
Solo era por si acaso.







