Podéis vivir con nosotros, ¿para qué os vais a meter en una hipoteca? ¡El piso os lo damos nosotros! soltó mi suegra, muy convencida.
Mi suegra lleva meses intentando disuadirnos de sacarnos una hipoteca. Nos insiste en que vivamos con ellos, que total, el piso acabará en manos de mi marido porque es el heredero único. Ella tiene solo cuarenta y cinco años, y mi suegro cuarenta y siete. Que lo de “herencia inminente” suena a ciencia ficción.
Mi marido y yo tenemos veinticinco años, y aunque ninguno va para magnate, ambos curramos, nos llega para alquilar un pisito y, la verdad, no me apetece terminar enemistada con sus parientes por cosas del día a día.
Los padres de mi marido siguen emperrados con lo de la convivencia familiar. Los míos tienen un piso con tres dormitorios y sitio de sobra, pero vivir en “territorio ajeno” no me convence: sé que me sentiría una invitada permanente. Y tampoco me seduce la idea de instalarme en casa de los suegros y convertirme en la hija adoptiva de la señora del visillo.
Después de que empezara la dichosa cuarentena, la casera de nuestro piso nos invitó amablemente, con poca cortesía y mucha prisa, a hacer las maletas porque necesitaba alojar a su sobrina y familia. Sin tiempo para escoger, acabamos recalando en casa de los padres de mi marido, donde la bienvenida fue cálida, cortés y generosa. Para ser sincera, mi suegra nunca me gritó ni nada, pero desde el minuto uno me repetía: esa tortilla la haces fatal, no se bate así el gazpacho, y similares consejos. En eso era distinta a mi madre, que para estas cosas tiene menos paciencia que el paso del AVE por Cuenca.
Antes ya habíamos valorado lo de la hipoteca, pero con el COVID acechando y el drama de quedarse sin techo, nos convencimos: era el momento de ahorrar. Yo, sinceramente, calculaba los días para emanciparme de los suegros, pero tenía claro que pasarme al alquiler nos obligaría a ahorrar durante años.
Aunque mis suegros se vendían como neutrales, en la práctica tenían sus rituales y costumbres, tan diferentes a los nuestros que adaptarse era como participar en una yincana. Nada grave, pero sí un pelín incómodo: su casa, sus normas, y nosotros adaptándonos con el entusiasmo de un gato en la ducha.
Desde el primer día, mi suegra me prohibió acercarme a la cocina. Con dulzura, me explicó: Este es mi reino, aquí no entra ni el apuntador. Solo que tiene afición excesiva por el ajo y la cebolla, y mis digestiones eran más novela de terror que comedia española.
Puede parecer una bobada, pero el primer día que intenté prepararme mi propia cena, su cara fue la de quien descubre que le han robado la corona de la reina Sofía. Se lo tomó como un ataque personal y la gota de que soy una pésima invitada.
El viernes es el día de limpieza general. Mi suegra se pone el delantal militar y arrasa con todo. Cuando llegamos agotados de trabajar, solo queremos tirarnos en la cama, pero ella se enfada: ¡Todo lo tengo que hacer yo! Al preguntarle por qué no limpia en fin de semana, respondió muy seria: Los españoles descansan en el finde. Así que toca currar en viernes.
Y así, pequeños detalles en bucle. Lo que más me consolaba era pensar que la señora del visillo no me criticaba a mala leche; solo era su forma de ser, y todo esto era temporal.
Mi marido y yo decidimos no contarles que estábamos ahorrando para el piso propio. Pagábamos la mitad de los gastos de luz, dábamos algo de dinero para la compra y el resto iba al cerdito hucha. Un día, hablando sobre el coche nuevo de su primo, mi suegro nos animó a comprar uno nosotros. Mi marido soltó que prefería ahorrar para el piso.
¿Cuántos años vais a estar ahorrando para comprar casa? preguntó mi suegro.
Mi marido le dijo que no ahorrábamos para comprar piso, sino para el pago inicial de la hipoteca.
Vivir con nosotros os libra de todo ese lío. ¡Os damos el piso! insistió mi suegra.
Intentamos explicar que queríamos independencia, nuestro espacio. Pero los suegros nos miraban como si tuviésemos una tortilla sin huevos entre manos: Es absurdo. Aquí con nosotros, solo pagáis el pan y poco más.
Al ver que no colaba, mi suegra se puso en modo mamá gallina: Antes de hipotecaros, tenéis que pensar en los niños. Cada día soltaba una teoría nueva a favor del piso compartido. Yo ponía oreja sorda, pero mi marido empezó a dejarse seducir por sus discursos y un día me soltó:
Mi madre tiene razón. No necesitamos hipoteca. Aquí vivimos genial, sin dramas. Al final, será nuestro piso.
En cincuenta años será nuestro, sí. ironicé.
A partir de ahí mi marido empezó a decirme que, total, sus padres eran ya mayores, y podría tocar cuidarles pronto; que meternos en deuda sería nuestra condena, y cuando yo esté de baja maternal, más difícil sería todavía.
Pero yo quiero ejercer ya como señora de mi propio hogar y no estar esperando a heredar el título de marquesa de la cebolla…







