¿Por qué deberías dejar de invitar a gente a tu casa? Desde mi experiencia personal

Life Lessons

¿Por qué he decidido ya no invitar a nadie a mi casa? Según lo que he vivido, no se trata de escasez de dinero; llevo años viviendo en una vivienda con jardín en el barrio de Salamanca, en Madrid, y siempre he tenido la mesa puesta y los ingredientes a mano.

Ahora bien, quiero explicar los motivos que me han llevado a cerrar la puerta a los visitantes. El tiempo que se destina a cocinar para los invitados y, después, a limpiar, se vuelve una carga imposible de sostener. Sí, sé cocinar y lo hago con maestría, pero no encuentro placer en pasar la mitad del día entre ollas y sartenes. Para mis hijos, Lucas y Sofía, y para mi marido, Antonio, me empeño en crear cosas nuevas, pero para los amigos y la familia que vienen a pasar el rato, no quiero despilfarrar mi energía tratando de complacer a todos.

Cuando llegan familiares, me veo obligada a pasar horas en la cocina mientras ellos se relajan, se ríen y disfrutan sin ofrecer ayuda, pues han venido precisamente para descansar. Y cuando finalmente se marchan, me quedan horas extra para devolver la casa a su estado original.

Durante la visita, intento ordenar sobre la marcha, pero no es cuestión de que dejen basura por el suelo. No se encuentran envoltorios de caramelos esparcidos ni el salón convertido en un depósito de desechos. El problema es el caos que generan: los muebles se desplazan, los juguetes de los niños quedan tirados por toda la casa, la ropa de cama tiene que ser cambiada, y aparecen manchas en el mantel y en las cortinas. Una vez, los niños dejaron caer una maceta de la ventana; tuvimos que recoger la tierra, lavar el suelo y volver a plantar la flor. También se han roto manillas y cerraduras sin intención.

Los niños de los demás no pueden ser vigilados por sus padres, que están ocupados conversando con conocidos. Yo termino no solo cocinando, sino también recogiendo el desastre que ellos dejan.

Los invitados, además, quieren indagar en nuestra vida familiar. Cuando sé que van a venir, evito lavar la ropa, incluso la ropa interior, y guardo todo lo que pueda en los armarios. Pero ellos siempre terminan pidiéndome que abra los cajones y les muestre lo que hay dentro. Algunos se dedican a inspeccionar la cocina como si fuera una exposición, y eso me agobia, porque siento que invaden mi espacio personal. Nuestra vivienda es pequeña, con pocos muebles y muchas flores en macetas colgantes; los visitantes constantemente arrancan ramitas para llevárselas.

A veces pensé que el problema era yo, que tal vez soy una anfitriona poco hospitalaria. Pero tras ver cuántas veces he repetido el mismo ciclo, comprendí que ya no quiero gastar mi fuerza y mi energía en cocinar para otros y luego volver a limpiar todo. Prefiero encontrarnos en una cafetería, dar una vuelta por el Parque del Retiro y volver a casa a encontrarla impecable, sin tener que enfrentarme al drama de una visita que nunca termina.

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