Por más que le he pedido a mi suegra que no haga visitas inesperadas tarde, no me ha hecho caso.

Life Lessons

Como le he suplicado a mi suegra, la señora Carmen, que no nos visite de madrugada, ella nunca me ha escuchado.

Por alguna razón que no entiendo, Carmen cree que tiene derecho a aparecer sin avisar en nuestra casa. Nuestro hijo, Alonso, tiene apenas un año. Le he acostumbrado a una rutina muy clara: si no se duerme a las 20:00, prefiero no acostarlo, pues después vienen dos horas de auténtico infierno.

Discutir con mi suegra no sirve de nada. Por mucho que le pida que no venga tan tarde, ella no me hace caso. No comprende que no es buena idea que su nieto de un año la visite cuando ya es hora de acostarse.

Yo trabajo hasta tarde dice ella. Llega, se queda media hora, juega con el bebé, lo hace reír, lo agita, y después paso la mitad de la noche intentando que se quede en la cuna. Más tarde se pone inquieto y llora.

¿Y ahora qué hago?

Esta noche he empezado la rutina de acostar a Alonso como siempre. Mi marido, José, y yo habíamos escogido una película para ver después. Cuando sonó el timbre, José abrió la puerta y allí estaba su madre.

Me costó describir lo que sentía. Estaba furiosa. Alonso estaba en plena fase de dentición y se revolcaba sin descanso, así que apreciábamos cualquier minuto de silencio. Traté de mantener la calma; después de todo, se trata de la madre de mi marido.

Fingí un dolor de cabeza, me llevé la mano a la mejilla y, con voz exagerada, exclamé:

¡Llegas en el peor momento! Me duele la muela, no puedo soportarlo, no quiero ir al dentista sola. Quédate un rato con el bebé y luego nos iremos.

José no entendió nada, se vistió de prisa y nos marchamos.

¿Qué espectáculo estás montando? le preguntó él.

Al menos podremos ir a algún sitio solos. Y no te olvides de apagar el móvil le respondí.

Llegamos a casa pasada la medianoche. Carmen tuvo que coger un taxi para volver. Alonso dormía en su camita, y por toda la habitación había pañales sucios, ropa manchada, juguetes, mordedores y sonajeros: un verdadero caos artístico. La suegra aparecía exhausta, el maquillaje corrido y el vestido manchado de caca.

Desde entonces viene menos seguido y, sobre todo, ya no llega tan tarde.

Al final he aprendido que, aunque el amor familiar puede ser un torbellino, es indispensable poner límites claros para preservar la tranquilidad del hogar. Sólo respetando esos límites todos podemos vivir en armonía.

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