Por favor no me dejes solo otra vez. No esta noche.
Esas fueron las últimas palabras que susurró Tomás Aguilar, antiguo policía de 68 años, antes de desplomarse sobre el parqué pulido de su salón. La única criatura que las escuchó fue quien había sido testigo de cada uno de sus murmullos durante los últimos nueve años: su leal y envejecido perro, el pastor alemán Guerrero.
Dicen que Tomás nunca fue un hombre de sentimientos a flor de piel. Ni siquiera después de jubilarse, ni tras perder a su esposa, dejó que sus luchas internas salieran al exterior. Por el barrio de Chamberí, en Madrid, todos le conocían como el viudo silencioso que paseaba a paso lento con su viejo perro al caer la tarde. Cojeaban igual, como si el tiempo jugase a sujetarles los tobillos para que no se escapasen. A los ojos del vecindario, eran guerreros cansados a los que no parecía faltarles nada ni nadie.
Pero todo cambió aquella gélida noche de noviembre.
Guerrero dormitaba junto al radiador antiguo cuando escuchó el golpe: el cuerpo de Tomás cayendo como un saco sobre el suelo de madera. El viejo pastor levantó el hocico, los sentidos reinstalándose de golpe en la realidad. Olió el miedo al momento. Escuchó la respiración entrecortada. Con articulaciones doloridas y patas rígidas, arrastró el cuerpo por el pasillo, negándose al descanso.
La respiración de Tomás sonaba malirregular, infraleve. Sus dedos se movían buscando algo en el aire. Su voz, rota, intentaba elaborar palabras, que Guerrero no comprendía pero sentía como propias. Temor. Dolor. Adiós.
Guerrero ladró. Una vez. Luego otra. Seca. Desesperada.
Arañó la puerta, tanto que las garras sangraron dejando rayas rojas en la madera. Ladró más alto, con voz de trueno, hasta que los ecos brincaron de portal en portal sobre la acera.
Entonces fue cuando apareció Inés, la joven del piso de al lado que acostumbraba a traerle a Tomás bizcochos de limón envueltos en servilletas de hule. Ella distinguía el llanto del aburrimiento del de la urgencia. Y este se sentía diferente. Como un tambor frenético y sincopado.
Corrió escaleras arriba, agarró el pomo. Cerrado. Se asomó por la ventana y vio el cuerpo inerte de Tomás en el suelo.
¡Tomás! gritó, con el pánico subiéndole por el cuello. Buscó a tientas bajo el felpudo la llave que Tomás escondía ahí por si la vida daba sorpresas.
La llave resbaló entre sus dedos dos veces antes de lograr abrir la puerta. Irrumpió justo cuando los ojos de Tomás viraban al vacío. Guerrero, pegado a él, lamía su cara, lloraba en un gemido ronco que hizo añicos el corazón de Inés. Sacó el móvil, con mano temblorosa.
¡Urgencias, por favor! ¡Es mi vecino! ¡No respira bien!
En cuestión de minutos, el pequeño salón se invadió de un caos ordenado: dos sanitarios de emergencias desplegaron sus instrumentos sobre la alfombra. Guerrero, normalmente tranquilo, se erguía como un león herido entre los sanitarios y su compañero, los ojos inyectados en desafío.
¡Por favor, tenemos que apartar al perro! gritó uno de los técnicos.
Inés intentó apartar suavemente a Guerrero, tirando de su collar viejo, pero el perro no cedía. Las patas le temblaban de artrosis, pero allí permanecía, sin límite, mirando a los sanitarios y volviendo la vista a Tomás, suplicando sin palabras.
El técnico más veteranoRamírezse detuvo a mirar el hocico gris y la chapa con la bandera de España colgando del collar de Guerrero.
No es un perro cualquiera murmuró a su compañero. Es un perro de servicio. Está haciendo su trabajo.
Ramírez se agachó despacio, desviando la mirada a Tomás en vez de enfrentar al perro. Su voz, de pronto, dulce.
Hemos venido a ayudar, muchacho. Déjanos cuidarle.
Algo cambió en el rostro de Guerrero. Con un último esfuerzo, se apartó pero sin despegarse ni un centímetro de las piernas de Tomás.
Mientras subían a Tomás a la camilla, el monitor cardiaco disparó alarmas. Su mano colgaba, lánguida, sobre la lona.
Guerrero aulló entonces. Un lamento tan grave y profundo que el tiempo pareció congelarse en la sala.
Trataron de meter a Tomás en la ambulancia, pero cuando Guerrero intentó saltar, las patas traseras se negaron y él cayó de costado, excavando desesperado contra las baldosas del portal.
No podemos subir al perro insistió el conductor. El protocolo no lo permite.
Entonces Tomás, apenas consciente, murmuró al aire frío:
Guerrero
Ramírez miró al hombre casi agonizante, luego al perro aferrado al asfalto.
Que le den al protocolo masculló. Subidle.
Así los dos sanitarios alzaron al pastor alemán y lo colocaron junto a Tomás, sobre el suelo de la ambulancia. En cuanto Guerrero apoyó el hocico sobre su compañero, el monitor recuperó su pulsoel suficiente para devolver la esperanza al hospital.
Cuatro horas después.
La habitación de la Fundación Jiménez Díaz titilaba al ritmo de los pitidos de las máquinas. Tomás abrió los ojos, perdido. La luz tenue, el oxígeno, ese olor a lejía y cobretodo parecía un espejismo.
Ya está a salvo, don Tomás susurró la enfermera. Nos dio un buen susto.
Tragó saliva. ¿Dónde está mi perro?
Ella apartó la mirada, luego corrió la cortina.
Guerrero dormía enrollado en una manta, el pecho subiendo y bajando lento y agotado.
Ramírez le había explicado al médico que las constantes vitales de Tomás descendían cada vez que alejaban a su perro. Y por primera vez, el médico decidió conceder una Excepción por Cuidados Compasivos.
Guerrero llamó Tomás.
El pastor levantó la cabeza. Al verle despierto, fue hasta la cama, apoyó el morro en la mano de su dueño y se dejó acariciar, mientras Tomás se ahogaba en lágrimas de puro alivio.
Creí que te dejaba atrás susurró. Creí que esta noche era la última.
Guerrero, fiel hasta el alma, lamió las lágrimas con su lengua áspera, su cola repiqueteando débil contra la sábana.
La enfermera, observando desde la puerta, secó sus propias lágrimas.
No solo le ha salvado la vida, don Tomás dijo. Creo que usted también le ha salvado la suya.
Aquella noche, Tomás no le temió a la oscuridad. Su mano colgaba del colchón, se entrelazaba con la zarpa de Guerrerodos viejos compañeros, luchando juntos contra el tiempo, prometiendo que nunca más ninguno volvería a quedarse solo.
Ojalá este sueño llegue al corazón de quien más lo necesite. El alba, tímida, fue colándose por las rendijas de la persiana, proyectando líneas doradas sobre el rostro de Tomás. Ese instante, suspendido entre la vigilia y el sueño, fue apenas un suspiro: tiempo suficiente para recordar todo lo perdido, y todo lo que aún quedaba.
Mientras Guerrero dormía, Tomás sintió cómo el pecho ya no pesaba tanto. El miedo, por fin, cedía terreno a la calma. Desde el pasillo, la enfermera dejó una nota escrita con letra menuda sobre la mesilla: En esta vida, la auténtica valentía se mide por el amor que no abandona.
Esa mañana, Chamberí despertó como cualquier otra; pero los vecinos, al ver a Tomás y a Guerrero paseando despaciocomo siempre, sí, pero ahora sonrientessupieron que algo había cambiado: que incluso las más largas noches llegan a su fin cuando alguien permanece a tu lado.
Y aunque los pasos de ambos fueran todavía torpes, y el futuro incierto, aquel día Madrid fue testigo de una promesa silenciosa: que mientras existan la lealtad y la compañía, nadie tendrá que temerle nunca más a la soledad.







