Poco a poco fuimos llevando agua a la casa de mi tía, y finalmente también gas. Más tarde, instalamos todas las comodidades necesarias en la vivienda. Fue entonces cuando, navegando por una página web de inmobiliarias, encontré la casa de mi tía.
Mi tía Elvira, de setenta y ocho años, tiene dos hermanas. Una de ellas es mi madre. La tía Elvira estuvo casada al menos diez veces. Su último esposo falleció hace diez años y nunca tuvo hijos propios. Vivía con él en una antigua casa en la provincia de Ávila, una casa que jamás había conocido comodidades. La casa contaba solo con dos habitaciones y la tía tenía un retrete fuera, en el patio.
El marido de la tía era de los que dejan huella, un hombre con carácter, bien conocido por los vecinos del pueblo. Íbamos a visitarlos con frecuencia. La hermana menor de mi tía vive en Suecia. Las tres hermanas se comunicaban a través de largas llamadas telefónicas, entre risas y alguna que otra lágrima.
Tras la muerte de su marido, tuvimos que ir a verla más seguido. Con nuestro propio dinero, le comprábamos carbón y leña para pasar el invierno. También le echábamos una mano en el huerto, plantando y limpiando. Jamás le pedimos nada a cambio. Muchas veces le ofrecimos mudarse a nuestra casa en Madrid, pero siempre decía que la vida urbana no era para ella.
Con el tiempo, conseguimos instalarle agua corriente y después gas natural. Le pusimos calefacción, reformamos el baño y cambiamos el tejado, todo para que tuviera una vida más cómoda en el pueblo. En agradecimiento, la tía Elvira nos juró que, cuando ella faltara, la casa sería para nuestros hijos.
No importaba la hora ni el día, íbamos cada vez que ella necesitaba algo. Con el tiempo, sucedió algo inesperado: la tía se marchó a Suecia para vivir con la hermana menor. Qué curioso, pensé, que después de años de no entenderse bien, brotó de pronto esa ternura entre hermanas. ¿Y la casa? nos dijo que, por ahora, la dejáramos como estaba.
Pensaba que, pasara lo que pasara entre ellas, la tía Elvira acabaría volviendo. Su hermana sueca tiene su propia familia un marido y una hija adulta. Todos viven bajo el mismo techo.
Nosotros teníamos todavía las llaves de la casa de la tía, y decidimos ir el próximo fin de semana a comprobar si todo marchaba bien. Pero nuestro llavín no entraba en la cerradura, el bombín lo habían cambiado; y en la verja, en enormes letras blancas pintadas con brocha, se leía: “SE VENDE”.
Al regresar a casa, busqué la vivienda en internet y, efectivamente, ahí estaba, en una web de compra-venta. Llamé al número del agente inmobiliario. Descubrí que la casa de mi tía se había vendido por casi doscientos mil euros. No llamé a la tía. Estaba demasiado dolida y enfadada como para enfrentar esa conversación.
Sin todo el dinero y trabajo que invertimos allí, la casa no habría valido nada. A las pocas semanas, la tía Elvira me llamó. Me confesó que vendió la casa, y que el dinero lo entregó a su sobrina, la hija de su hermana de Suecia. Ahora no sé cómo mirar a mi marido a la cara, porque ambos pusimos parte de nuestros ahorros en aquella casa de mi tía.







