— ¿Pero tú te escuchas, Javi? ¿Quieres que yo me quede embarazada a los cuarenta para enmendar tus e…

Life Lessons

¿Te escuchas a ti mismo, Álvaro? ¿Pretendes que, a los cuarenta años, tenga que volver a quedarme embarazada solo para reparar los errores de tu juventud?

¿Y por qué tengo yo que cargar con las consecuencias de que para ti fuera más interesante estar en tu taller que pasar tiempo con nuestro hijo? preguntaba Carmen, con una extraña serenidad que solo reflejaba cansancio.

¡Carmen, basta ya con lo mismo! insistía Álvaro, cada vez más crispado. Era un inútil, sí, no supe valorarlo, no entendía lo que perdía. ¡Pero ahora ya lo he perdido todo, Rodrigo ni siquiera me acepta como padre!

¿Y en qué se equivoca? Carmen sonrió con una tristeza amarga. Diecisiete años viviendo con un compañero de piso, no con su padre. ¿Pensabas que un hijo se puede encender y apagar como la televisión según te apetezca hacer de papá?

La expresión de Álvaro se endureció, su ceño se frunció y en su mirada brilló ese mismo fastidio de siempre, ese que Carmen conocía tan bien cuando llegaba la hora de hablar de sus responsabilidades como padre.

Carmen, ya está bien. Eso es pasado. Dame otra oportunidad, pidió, testarudo.

¿Para que vuelvas a hacer lo mismo y la nueva criatura termine creciendo sin padre? replicó ella, cruzándose de brazos. Con una vez he tenido bastante. No, Álvaro, se acabó el tema.

El rostro de él se deformó en una mueca de despecho y rabia. Al no encontrar respuesta, bufó y se sumergió en su móvil.

El conflicto había terminado. Por ahora. El problema, no obstante, seguía sin resolverse. Carmen sentía una pesadez en el pecho que no se deshacía, y no tanto por las absurdas exigencias de Álvaro como por el dolor que sentía por su hijo, Rodrigo.

Carmen tenía veintitrés años cuando nació Rodrigo. Aún recordaba cómo, agotada y eufórica, esperaba a la puerta del hospital con aquel diminuto bultito enfundado en una manta blanca.

Álvaro revoloteaba a su lado como un halcón, sin perderse ni un detalle, desbordando felicidad, acomodando la manta, besando la frente de Carmen, a veces sosteniendo a su hijo en brazos con extrema devoción.

¡Es igual que yo! ¡Mira el hoyuelo en la barbilla! repetía Álvaro, los ojos chispeantes. Carmen, ¡ya soy padre!

Empiezo a darme cuenta ahora. Se lo daré todo, estaré siempre con él: paseos, pañales, enseñarle a jugar al fútbol… Voy a ser el mejor padre del mundo, ya lo verás.

Y ella, ilusionada, le creía cada palabra. Imaginaba una familia perfecta, colmada de cariño, cuidados y pequeñas felicidades del día a día.

Pero, como suele ocurrir, la realidad fue más cruda y prosaica…

…Noche cerrada. Carmen, con ojeras profundas, pasea de un lado a otro la habitación, intentando calmar el llanto de su hijo, retorcido de cólicos, por tercera vez esa noche. Álvaro, molesto, se revuelve en la cama y se tapa la cabeza con la sábana.

¡A ver si le apagas de una vez! susurra, furioso Que mañana madrugo para ir al trabajo.

En esos momentos, Carmen no tenía más remedio que marcharse al salón, lágrimas de impotencia resbalando por sus mejillas. Rodrigo lloraba más fuerte, pero a ella no le quedaba otra. Cerraba la puerta y durante horas acunaba al bebé, dándole a Álvaro la tranquilidad que necesitaba para dormir.

Llegaba el sábado. Ella, extenuada tras toda la semana sin dormir, se atrevía a pedir:

Álvaro, ¿puedes sacarlo a dar un paseo un par de horas? No aguanto más, necesito dormir.

Carmen, ¿puede ser después? Ahora tengo cosas. Los chicos me han dejado un Seat Panda para arreglar.

Pero es que no puedo ya

Carmen, eres fuerte, seguro que puedes. Luego vengo y te ayudo.

La puerta cerraba en sus narices y ella se quedaba sola, con su fortaleza y con ser madre las veinticuatro horas. Y luego nunca llegaba.

El tiempo pasaba, Rodrigo crecía. Carmen trataba de acercar a padre e hijo. Un día, lo intenta mientras Álvaro, espacido en el sofá, ve un partido. Ella le acerca al niño, sonrosado, con los bracitos extendidos.

Juega un momento con él, le pide, ya sin esperar descanso sino por mantener la familia unida.

Álvaro lo toma a desgana, sosteniéndolo como si le hubieran dado un paquete sospechoso, sin apretarlo hacia sí, mirando el televisor por encima de su cabeza. A los pocos minutos, lo deja sobre la alfombra y vuelve a su fútbol.

Rodrigo cumple cinco años. Lo ves en la alfombra del salón, construyendo un castillo de bloques. Álvaro pasa de largo, camino del sofá. Ni le mira; el niño tampoco a él. Ya se ha resignado a no tener padre.

Álvaro no era un hombre totalmente inútil. Traía euros a casa, ayudaba a Carmen con la cena o el fregado. Pero la infancia de su hijo la dejó pasar. ¿Sorprende entonces que Rodrigo, ya mayor, no lo vea como a un padre?

Rodrigo, ¿qué tal el colegio? preguntó Álvaro, un día cualquiera, intentando empezar algo.

Eh bien, todo bien, responde el chico, incómodo.

¿Las notas están bien, no? Si necesitas ayuda, dímelo. La educación es importante. No quiero a mi hijo de barrendero, ¿eh?

No, papá, gracias. Todo está bien, dice Rodrigo, escapando rápidamente a su cuarto.

Oye, si quieres, el finde vamos de pesca. le grita Álvaro.

Rodrigo ya no contesta. Solo Carmen sabe que esa noche hay discoteca en el colegio, que su hijo invitó a una chica y que ella le dijo que no. Que la pesca ni le interesa.

Era evidente; el tren había pasado. Rodrigo ya no era el niño pequeño que necesitaba padre. La infancia que Álvaro ansiaba recuperar ya era historia.

Cuando por fin lo asumió, se obsesionó con la idea de empezar bien con otro hijo. Pero Carmen, con cada noche sin dormir grabada en la memoria, se negó rotundamente.

Pronto, los problemas de la familia trascendieron. La madre de Carmen intervino:

Hija, lo sé todo, Álvaro me ha contado. Hazme caso, anímate a tener otro. Álvaro ha madurado, ya no es el de antes. No le prives de una segunda oportunidad. ¡Tener otro hijo es una bendición!

La suegra tampoco se quedó atrás:

Carmen, si no te animas, podrías perderlo, advirtió. Mi hijo sueña con ser padre otra vez. Si tú no quieres, alguna otra lo hará. Ya te conviene: el primero pronto se irá de casa y el segundo os uniría, te cuidaría en la vejez.

Escuchar eso, sobre todo de otra mujer, le corroía. Como si su vida y su cuerpo fueran simplemente objeto de negociación.

Todos la veían como madre y esposa, no como la mujer agotada que ya había pasado por eso y sabía muy bien cómo acababa.

En su desesperación, a Carmen se le ocurrió un plan tan absurdo como elocuente. Encontró en el trastero la vieja caja con cosas de Rodrigo y, entre ellas, un tamagotchi que aún funcionaba.

Cuando Álvaro volvió del trabajo, ella le puso el huevo de plástico gris en las manos.

¿Esto qué es? preguntó él, extrañado.

Tu periodo de prueba. Intenta cuidar esto al menos una décima parte comparado con lo que supone un hijo. Hay que alimentarlo, jugar, limpiar… y si fallas, pita con insistencia. Si en un año sigue vivo, igual me convences de tener otro hijo.

Álvaro la miró extrañado y luego soltó una carcajada, seguro de que era una broma. Pero, viendo que Carmen no sonreía, la risa dio paso al enfado.

¿Vas en serio? ¿Comparas un hijo con esto?

Empieza por algo así. Si con esto no puedes, ¿cómo vas a cuidar a un hijo?

Él sonrió con arrogancia, guardando el tamagotchi en el bolsillo como si nada. Las primeras noches se levantó, cumplía con el juguete. Al quinto día ya se frustraba, pero seguía. A la semana se quejaba de falta de sueño. Al octavo día, arrojó la máquina al salón, donde la pantallita mostraba una cruz; había fallado.

Se me olvidó darle de comer, tenía un lío en la oficina, murmuró, evitando el mirar a Carmen.

Desde ese momento, el tema de los hijos se apagó, aunque las discusiones y el rencor persistían. Álvaro dejó de insistir con vehemencia; entre los dos, creció el silencio.

Tres años después, la vida puso todo en su lugar. Rodrigo, ya en la universidad, llegó a casa con su novia, y no tardaron en anunciar que esperaban un bebé.

Álvaro empezó a ilusionarse de nuevo. De golpe, rejuveneció, soñando con su segunda oportunidad, esta vez como abuelo. Regalaba cochecitos modernos, pagados con los ahorros de años, compraba ropa y juguetes equivocados y prometía a todos que sería el mejor abuelo del mundo. Que saldría a pasear a su nieto, lo cuidaría, lo ayudaría…

Carmen, desde la distancia, solo podía mirar todo con escepticismo.

Cuando nació el nieto, la historia se repitió. Al principio Álvaro colaboró, hacía fotos, se emocionaba. Pero pronto, pasado el entusiasmo, su ayuda se volvió esporádica. Cuando el niño lloraba, buscaba rápido alguna excusa: una llamada, una visita urgente, la casa del pueblo de su madre.

Era Carmen quien acudía en socorro, que miraba a su hijo y a su nuera agotada y comprendía: había hecho lo correcto.

Rodrigo creció recto, responsable, sin dejar sola a su pareja. Y Álvaro nunca cambió. Le gustaba solo la idea de la paternidad, no lo que ello significa de verdad.

¿Tú qué piensas? ¿Actuó bien Carmen? Comparte tu opinión y dale al me gusta.

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