Querido diario:
Todavía me parece increíble todo lo que hemos pasado en estos años. Cuando conocí a mi marido, apenas llevábamos juntos unos meses antes de decidir casarnos. Nunca imaginé entonces que la relación con mi suegra fuese a ser tan complicada, especialmente después del nacimiento de nuestra hija. La pequeña nació a término, después de una gestación algo delicada, y llegó a este mundo siendo rubia como el trigo, con unos ojos azul cielo dignos de un cuadro de Sorolla. En cambio, mi marido y su hermano pequeño siempre han sido morenos, de piel canela y rasgos intensos, muy del sur, de esos que evocan historias de guitarras y patios andaluces.
Recuerdo que estando todavía en la maternidad, en la Clínica de la Concepción en Madrid, mi suegra me llamó por teléfono para felicitarme y anunciar que iba a venir a conocer a su nieta. Yo, ilusionada, esperaba ese momento como una celebración. Pero nada más entrar por la puerta, su expresión se volvió fría y distante. Nos saludó, miró a la bebé en mis brazos y, en mitad del pasillo, con toda la familia alrededor, soltó: ¿No se habrá confundido alguien de niña?
Todos se quedaron boquiabiertos. Yo, nerviosa y sorprendida, apenas pude murmurar que era imposible, que no me había separado de mi hija ni un instante. Pero vi que sus ojos me fulminaban, esperando que titubeara.
Más tarde, ya en casa y mientras yo y mi marido nos peleábamos con pañales y biberones, mi suegra, sin el menor pudor, soltó: Esa niña no es tuya, hijo, ¿es que estás ciego? ¡No se parece a ninguno de los dos! Piensa un poco, ¿por qué será? ¡Será de otro padre!
Vi la cara de mi marido, primero atónito y luego furioso. Por primera vez puso límites a su madre y, con una educación muy suya, la invitó a marcharse del piso. Yo me quedé hecha polvo. Habíamos esperado con tantas ganas esta llegada, y apenas unas horas después, ya estábamos lidiando con el primer drama doméstico. El parto fue difícil, pero nunca olvidaré la cara de la doctora cuando, al oír el llanto desgarrador de mi hija, bromeó diciendo: ¡Menuda soprano has traído al mundo, madre mía, qué pulmones tiene!
Imaginaba esos días en la clínica como una especie de celebración familiar: la alegría de la llegada, la bienvenida en casa… y en su lugar, un conflicto inesperado. Mi suegra, lejos de calmarse con el tiempo, empezó una guerra silenciosa: llamaba a mi marido casi a diario, cada vez que venía a casa lo hacía con la armadura puesta, lanzando pullas envenenadas y negándose a coger a su nieta en brazos. Solo quería estar a solas con su hijo para insistirle, una y otra vez, en hacerle una prueba de paternidad, analizar los ojos de la niña y buscar parecidos donde no los había. Yo, escuchando tras la puerta de la cocina, no daba crédito.
Mi marido intentaba tranquilizarla, asegurando que confiaba en mí y que no había nada que comprobar. Pero mi suegra se lo tomaba a risa y repetía: Pues si tan seguros estáis, hagamos la prueba.
Un día, harta de ese teatrillo, me planté delante de ambos y le dije: Mira, si tanto quieres pruebas, yo misma encargo una bonita marquito, tú eliges si dorado o de madera oscura, y cuando salga que sí es tu nieta, lo cuelgas sobre la cama y lo miras todas las noches para dormir tranquila.
La pobre se quedó muda, con los ojos como platos, sin saber qué responder. Ya ni disimulaba que le molestaba todo. Finalmente, cedimos y se hizo la prueba, gastando un buen dinero más de trescientos euros solo para silenciar cuchicheos. Cuando llegaron los resultados, mi marido ni los quiso leer, tan seguro estaba. Mi suegra, en cambio, leyó el informe, me lo devolvió sin mirarme y yo, sarcástica, le pregunté: ¿Prefieres finalmente el marco en color claro o en oscuro?
Se enfureció: ¡Seguro que esto es cosa de alguien conocido, o habéis pagado para que os hagan el papel! Fíjate en mi cuñado, su hijo sí que parece de la familia, igual que el padre, con esos ojos y ese color.
La verdad es que la prueba no cambió nada en su actitud. Cinco años después, la tensión seguía ahí, atravesando cenas y celebraciones, siempre con ese tema flotando en el ambiente. Tuve mi segundo embarazo casi a la vez que la esposa del hermano de mi marido. Con ellos, el trato era maravilloso, y solo se apartaban de la conversación cuando mi suegra comenzaba de nuevo con sus sospechas y preguntas sobre paternidades.
Cuando nació la segunda sobrina, fui a verlas al hospital. Levanté el faldón del saquito de la niña y estallé en carcajadas: ¡era como si hubieran clonado a mi hija! Todos se me quedaron mirando, y entre risas solté: Venga, reconocedlo, ¿también os habéis juntado con ese supuesto amante mío?
A buenas horas todos entendieron la broma y la situación. Hubo risas y chascarrillos… Menos mi suegra, que se puso roja como un tomate y no dijo palabra. Desde ese día, poco a poco, la hostilidad se fue desvaneciendo. Sin darme cuenta, un día la vi jugando a las muñecas con mi hija grande y en ese momento supe que, aunque la herida seguirá un tiempo, el hielo por fin se había roto.
Ahora mi hija mayor es la debilidad de su abuela: mi princesa, mi niña bonita, mi morena de ojos de mar y un sinfín de regalos y carantoñas tratando de recuperar los años perdidos. Yo he decidido no guardar rencor, aunque, como dice el refrán, aunque la mona se vista de seda…. El poso queda, pero espero que el tiempo acabe diluyéndolo.




