Mira, tengo dos hijos y cada uno es de un marido distinto. Mi primera hija es mi niña, mi Lucía, que ya tiene 16 años. Su padre siempre ha estado presente, paga la pensión y la llama a menudo. Aunque mi exmarido se volvió a casar y tiene otros dos hijos con su nueva mujer, nunca se olvida de Lucía.
Pero mi hijo pequeño, Pablo, que tiene cinco años, no ha tenido tanta suerte. Hace dos años, mi segundo marido cayó enfermo de repente y en tres días falleció en el hospital. Ha pasado tiempo pero aún se me hace un nudo en la garganta cada vez que pienso que no va a volver. Hay días que estoy convencida de que va a aparecer por la puerta, sonreírme y desearme un buen día, y entonces no puedo parar de llorar.
He tenido muchísimo apoyo por parte de la madre de mi difunto marido, Carmen. Para ella también fue devastador, porque Pablo era su único hijo. Al principio nos mantuvimos muy unidas, compartíamos el dolor y nos acompañábamos. Nos llamábamos mucho, nos visitábamos, y no parábamos de hablar de él.
Hubo una época que hasta pensamos vivir juntas, pero al final Carmen prefirió no hacerlo. Nuestra relación siempre fue estupenda, casi como amigas. Recuerdo todavía el día que me quedé embarazada: Carmen, que siempre ha sido muy de ver programas de televisión, sacó el tema de la prueba de paternidad. Decía que había visto un caso en el que un hombre criaba a un hijo que luego no era suyo. Yo le dije muy clara que esos temas me parecían incómodos.
Si un hombre duda de su hijo, lo mejor es que se divorcie y haga de padre de domingo le solté en su día.
Carmen dijo que confiaba en mí y que estaba segura de que Pablo era hijo de su hijo. Y la verdad, nunca más volvió a mencionar la dichosa prueba, así que pensé que ya estaba olvidado el asunto.
Pero este verano, Carmen empeoró mucho de salud. Así que decidimos buscarle un piso cerca de mi casa. Nos pusimos en contacto con una inmobiliaria para que Carmen pudiera estar más cerca de Pablo y de mí. En ese proceso, Carmen volvió a ingresar en el hospital y necesitábamos un certificado de defunción para el papeleo de la inmobiliaria. Como ella no podía salir, fui yo a su casa a buscar el dichoso documento.
Al rebuscar entre sus papeles encontré, sin querer, otra cosa. Era un sobre con una prueba de paternidad. Resulta que, cuando Pablo tenía sólo dos meses, Carmen mandó a hacer la prueba por su cuenta, y comprobó que efectivamente Pablo era su nieto.
Me indigné muchísimo, tía, sentí una rabia ¡Después de tantos años, resulta que no se había fiado de mí! En cuanto la vi, no pude callarme y se lo dije todo a Carmen. Ella ahora me pide perdón y me dice que se arrepiente, pero a mí me sabe fatal. Es como si me hubiese engañado, porque guardó el secreto todos estos años.
Ahora mismo no me apetece nada ayudarla, porque me duele la traición. Pero también sé que está sola y nadie más puede cuidar de ella. No quiero apartar a Pablo de su abuela, así que seguiré ayudando a Carmen. Eso sí, la confianza y el cariño que había entre nosotras eso ya sé que no volverá a ser lo mismo.




