Oye, no te imaginas la que me pasó el otro día. Resulta que mis familiares del pueblo se plantan con toda la troupe, cinco personas, para quedarse una semanita de visita en nuestro piso de 33 metros. Vamos, que ni un alfiler más cabía. Y yo, encima, recibiéndolos toda llena de puntitos verdes, haciendo el paripé de que tengo la varicela.
El sábado empezó fuerte, nada de despertarse con café, sino con la llamada de tía Encarnita. Mira, en la pantalla leo: Tía Encarnita (familia).
¡Carlita, prepárate que llegamos! me suelta con esa voz de marcha militar, que ni el despertador podría igualar. ¡Ya estamos en camino y mañana estamos en Madrid! Queríamos daros una sorpresa: pasear por la capital y de paso veros, ¡que para algo somos familia!
Me senté en la cama, intentando procesar el susto. Lo que más miedo me daba era ese somos.
Pero, tía Encarna, ¿quiénes sois nosotros? pregunto con cuidado, mientras le meto un codazo a Sergio, mi marido, medio dormido, para que despertara urgentemente.
¡Pues quién va a ser! Yo, tu tío Juanito, Estrella con su marido y nuestro nieto. Que no te preocupes, hija, que somos de poco pedir, solo dormir, lo demás nos apañamos paseando todo el día.
Cinco. Más nosotros dos. Vamos, que en nuestro pisito de una habitación que cabe justo el felpudo y el pasillo estrecho entre el sofá y la tele, no sé cómo íbamos a meterlos.
Colgué la llamada y miré a Sergio. Pobre, tenía cara de querer emigrar del país o por lo menos salir a por pan y no volver en siete días.
Te lo juro, la sencillez a veces es peor que un ladrón. Solo de pensar en la última vez que vinieron, hace tres años, se me ponía la piel de gallina. Entonces solo eran tres y aún lo tengo entre mis pesadillas. Mi tío Juanito fumando en la terraza, tirando la ceniza en mis plantas: pero si esto es abono. Tía Encarna enseñándome a hacer cocido a empujones en mi minúscula cocina: Déjame a mí, que tú no sabes cortar bien nada. Nosotros acabábamos en el colchón hinchable aquel que siempre se desinflaba y amanecíamos casi en el suelo, mientras los invitados dormían a pierna suelta en nuestro sofá como reyes.
Y ahora eran cinco. Estrella y su marido, que no hay quien los calle, y el peque, Dani, un terremoto de siete años para el que no significa hazlo ya.
Hay que decirles que no pueden venir dice serio Sergio mirando el techo.
¿Cómo? Si ya están de camino en el tren. ¿Qué hago, les digo que se vuelvan? Si sabes cómo es tía Encarna Nos soltaría el rollo de los lazos familiares, de cómo me cuidó de pequeña y que Madrid me ha cambiado, que soy una desagradecida y blablabla. Seguro que luego mi madre se entera y anda tomándose valeriana del disgusto.
Nos sentamos en la cocina, bebiendo café, pensando alternativas cada cual más cutre. Buscarles alojamiento, ni de broma: después de arreglar el coche, la última nómina lleva ecos. Irnos nosotros y dejarles el piso, derrota total, ¿y quién nos acoge a nosotros una semana? ¿No abrirles? Vamos, que acabarían montando ruido en el portal hasta llamar a la policía.
De repente me vino la inspiración. Hacía falta una razón de esas que echan para atrás, un motivo inapelable.
Varicela susurré.
¿Qué? Sergio me mira flipando.
Varicela, cuarentena. Para los adultos es chungo: fiebre, manchas, dejan marcas
Me mira dudoso.
¿Y si ya la han pasado?
Seguro que tía Encarna y Juanito no, me lo contó mi madre. De Estrella no sé, pero con el niño seguro que ni se acercan.
Me fui corriendo al botiquín a sacar el clásico bote de mercromina.
Ponte bien, sin miedo le decía mientras me pintarrajeaba la cara, la frente, los cachetes, el cuello, las manos. Cuanto más exagerado, mejor.
Sergio casi se muere de risa haciéndome puntos verdes. Me miré al espejo y parecía salida de un libro para pintar. Encima me puse la bata más vieja, una bufanda al cuello y el pelo todo despeluchado.
¿Y a mí qué? preguntó Sergio.
Tú eres contacto estrecho, andante infectado. Peor aún, el portador silencioso.
Nos inventamos toda una historia: que me empecé a poner mala ayer, fiebre casi a 40, el médico vino urgente y ordenó cuarentena total. Dijo que hay una cepa rara que deja secuelas.
Toc, toc. Llaman a la puerta, puntuales. Escucho arrastrar maletas, voces y el niño protestando. Cojo el papel de moribunda y Sergio abre solo un poco, bloqueando el paso.
¡Sergio! ¿Por qué no vinisteis a la estación? ya intentaba colarse tío Juanito.
¡Quietos! Sergio pega un grito. No entréis, tenemos un problema gordo.
Me acerqué arrastrando las zapatillas, apoyada en la pared y respirando fatal.
Buenas logré decir con voz de ultratumba. Lo siento. Tengo varicela, muy fuerte. El médico dice que es súper contagiosa.
Silencio absoluto en el rellano. Todos mirándome los puntazos verdes.
¿Varicela? Estrella da un paso atrás y protege a Dani ¿Con treinta años?
El sistema inmune susurré Fiebre complicaciones
Veía la pelea en la cabeza de tía Encarna entre pasar la semana gratis y pillar virus.
Juan, ¿y tú la pasaste?
Creo que no mi tío ya iba reculando hacia el ascensor.
¡Yo tampoco! saltó Estrella. Mamá, a un hotel pero ya.
¿Y Sergio? tía Encarna miró con ojos de rayos láser.
Yo soy el siguiente dijo mi santo marido resignado. Dormimos juntos. Es cuestión de horas.
Con eso bastó. La idea de compartir piso con contagiosos fue una ducha de realidad.
Bueno, que te mejores gruñó el tío Juan mientras pulsaba el ascensor y agarraba bolsas.
Las maletas y los botes de conservas se fueron con ellos. Nuestra paz también. No me duró ni cinco minutos el teatro, cerramos la puerta y Sergio se derrumbó de la risa. Y yo igual, al ver mi careto en el espejo.
Encontraron hotel rápido. Tenían dinero, claro si te lo puedes ahorrar viviendo en casa ajena, ¿para qué gastar el tuyo?
Al par de días, llama mi madre:
Carlita, ¿qué te pasa? Que dice tía Encarna que estás verde y a punto de morirte.
Ya voy mejor, mamá, milagros de la medicina contesté tan feliz.
Para qué contar la verdad. Mejor que me vean delicada de salud a que me piensen mala gente.
La mercromina se va con agua y jabón, y nosotros pasamos el finde en paz, pidiendo pizza y abrazando cada rinconcito libre del piso.





