Todos mis amigas tienen madres que cuidan a sus nietos con facilidad, como si fuera lo más natural del mundo. Pero para mi madre, quedarse con su nieta es algo imposible. Me repite una y otra vez la misma cantinela: Es tu hija, yo ya crié a la mía. Mi niña, Leocadia, tiene cinco años y va a la escuela infantil. Hace dos años, tras mi baja por maternidad, tuve que regresar a mi trabajo de maestra en primaria; desafortunadamente, mis días libres suelen escaparse como agua entre los dedos. En esos momentos me gustaría que mi madre viviera a la vuelta de la esquina.
Sin embargo, durante los inviernos, cuando el pueblo entero parece envuelto en un sueño blanco y frío y nadie tiene casas de campo adonde huir, yo tengo la paradoja de tener mucho tiempo libre y, a la vez, tan poca libertad. Mi madre pasa los días en su piso de Alcalá de Henares entre concursos televisivos y larguísimas charlas al teléfono con sus amigas, envuelta en una bata de lunares que parece flotar sobre el suelo. Nada más hace. La semana pasada, tras una visita surrealista al oftalmólogo donde los relojes goteaban, me dijeron que Leocadia debía acudir a la clínica durante diez días. Todo está cerca: la escuela, la clínica, la casa de mi madre, pero parecen dimensiones separadas por una niebla densa.
Leocadia es una niña tranquila, casi invisible a veces, y mamá lo sabe. No hace ruido, ni deja rastros de su paso, y come lo que se le pone. A pesar de todo, siento que a mi madre le crece una sombra de desagrado cuando ve a la niña, como si fuera la protagonista de un cuadro de Dalí. Un día necesité ayuda urgente; tanto mi marido, Federico, como yo debíamos ir a trabajar temprano, y pensé que quizá mi madre podría venir al rescate, como hacen las abuelas en los cuentos.
Sería un lujo maravilloso que mi madre pudiera venir unos días y ayudar, pero no: ni piruetas en el reloj, ni milagros. Por suerte, tengo familia cerca; mi abuela Rufina, que parece ya parte del mobiliario del bloque, nunca sale, y sería lo lógico que cuidara a Leocadia en nuestra ausencia, ya que solo hay que cruzar el rellano y el universo se acorta. Nada nos costaría, y Federico y yo podríamos dejar de desdoblarnos en ansiedad.
Desde que mi madre se jubiló, la ayudo con euros y desvelos. Le paso dinero siempre que puedo y pago el alquiler de su piso dos veces al mes. Cuando salimos a hacer la compra los sábados, la llevamos con nosotros y suele pagar ella misma, con gesto solemne, la compra entera. Por cada fiesta, le hago regalos preciosos y caros, envueltos en papeles relucientes como espejismos. Y aún así, mi madre lo ve todo como algo que le corresponde, como si el banco central dependiera de mis manos, porque soy su hija y es mi deber alimentarla y pagarle la casa. Pero yo no entiendo este teatro onírico. Mi hija es mi asunto, no una carga para depositar.
Parece que en el mundo de los sueños las abuelas no tienen ninguna obligación de ayudar a sus hijas. Y aun así, muchas lo hacen. ¿Crees que esto es justo? Me duele, me atraviesa, porque me esfuerzo tanto por mi madre y ella no lo valora. La escena termina; las caras se difuminan y solo queda una mezcla de tiempo, tristeza y la sensación de que soy la única en un sueño que se repite una y otra vez.






