¡Papá! Ven a ver el espectáculo. Un escoba ha traído a su familia a casa…

Papá, ven a ver el espectáculo. Venancio ha traído a su familia a casa

Hoy he vivido una escena tan insólita que aún me tiemblan las manos al escribir. Venancio, nuestro gato, de pelaje “marqués” clásico, luce una espalda azulada que brilla como terciopelo, del mismo tono en sus orejas y cola, mientras la pechera, las mejillas, los elegantes calcetines en sus patas, el vientre, el extremo de la cola y el triángulo blanco en la frente parecen relucir todavía más con la luz de la cocina. Cuando camina, su agilidad me recuerda ese dicho tan castizo: gracioso como un piano de cola. Sus ojos verdes, profundos y soñadores, parecen los de un maestro de serenatas felinas bajo las ventanas de Madrid.

Venancio es un gato educadísimo; jamás sube a la mesa ni estropea los muebles con las uñas, como si se contuviera de hacer experimentos al estilo de Newton, tirando objetos para estudiar la gravedad. Cómo fue de cachorro solo puedo imaginarlo: quizás trepaba las cortinas o derribaba el Belén, pero cuando llegó a nuestro piso ya era un adulto, maduro como personalidad felina. Venía de vivir en el almacén de una cooperativa pesquera, al otro lado del Manzanares.

El destino de Venancio cambió cuando asumió el cargo un jefe nuevo, fanático de los perros y enemigo de los gatos. Mi cuñado, que trabajaba allí como soldador, nos lo trajo preocupado:

Si lo dejáis allí, los mastines del jefe lo destrozan. ¿Podéis adoptarlo? me preguntó, casi suplicando.

Aceptamos, claro, y nuestro Venancio, como buen galán, empezó a mejorar la genética de todos los gatos del barrio. No me juzguéis ahora por el tema del autocuidado y los riesgos: era finales de los ochenta, en la periferia de Alcalá de Henares. Por entonces ni la gente sabía casi nada de veterinarios, y mucho menos de castración. Habría que ver la cara de nuestro veterinario rural si alguien se lo planteaba en el mejor de los casos, te tacharía de loco.

A pesar de sus escapadas románticas, no mostraba preferencia por ninguna gata hasta que apareció ella: Micaela.

Ese día, yo volvía de una guardia nocturna y, tras una ducha reparadora, caí rendido en la cama. A mediodía, mi hija Alba me despabiló suavemente al regresar del instituto.

Papá, tienes que verlo. Venancio ha traído la familia

Me levanté casi a rastras, entré en la cocina y me quedé paralizado. Venancio, sentado solemnemente, con la espalda arqueada, las patas recogidas y el rabo abrazando sus extremidades, las orejas y bigotes atentos frente a él, tres gatitos jugueteaban en el suelo, idénticos a él: espaldas azules, calcetines blancos, pecheras luminosas y puntitas de cola marcadas.

Di otro paso, y entonces vi algo aún más sorprendente. De la cuenco de Venancio, devorando comida de pescado mezclado con arrozpobre y famélicauna gata tabby gris, de orejas mordidas y mirada huidiza. Al levantar la cabeza, descubrí que solo tenía un ojo.

Cuando me acerqué a la puerta explicó Alba, justificándose estaban todos en el felpudo, Venancio delante. Quise echarlos, pero vi que la gata tenía problemas de visión

Hiciste bien en dejarla entrar, le respondí rotundo.

Intenté acariciarla, pero se encogió y bufó; era evidente que no confiaba en humanos. Ha debido pasar lo suyo, pensé, y temblé solo de imaginar lo que podría haberle pasado si la hubieran encontrado los mastines del barrio. Solo el hecho de ser tuerta ya contaba mucho de su historia.

Y así, nos quedamos con toda la familia. El giro, inesperadamente, fue que Venancio se volvió ejemplarmente casero. Dejó de pelearse por gatas y solo luchaba por su territorio. Apaleado tras los duelos, siempre regresaba a casa, a su compañera tuerta.

En las noches, se acurrucaban en su refugio bajo la mesa de la cocina, una caja grande que era su nido, y Venancio lamía a Micaela con ternura, concentrándose especialmente en el área de su ojo herido.

Con esfuerzo y muchos ruegos, logré que el especialista local la atendiera. No fue fácil: tuve que invitarle a un Rioja y sobornarlo con jamón, en pleno Ley seca de aquellos días.

Los gatitos encontraron casa rápidamente: los pescadores de la cooperativa, enterados de que eran hijos de Venancio, se los llevaron en un santiamén, como si fueran descendientes de un gato de pura raza. Los demás esperaban impacientes que Micaela volviese a tener camada.

Así fue: la gata gris parió dos veces más. Luego, una tarde de primavera, desapareció. Y ya sabíamos que no era una compañera fiel: nunca regresó.

La buscamos durante días, llamando bajo las ventanas, recorriendo patios, rastreando las ruinas y los arbustos de la zona. Fue en vano. Por suerte, los últimos gatitos de ambos, tan diferentes y parecidos a Venancio, ya habían crecido y todos los adoptaron pronto.

Venancio se quedó apesadumbrado. A veces, pasaba horas inmóvil en el alféizar, mirando la calle; otras, vagaba por el patio y se peleaba con otros gatos, pero las nuevas conquistas no le alegraban. Nunca trajo otra gata a la puerta.

Solo los mininos de pelaje marqués que aparecían cada primavera u otoño confirmaban que Venancio, aunque viejo, mantenía su fama; eran la prueba viva de su antiguo vigor.

Hacia 1998 empezó su jubilación: dejó de salir, dormía dieciocho o diecinueve horas al día, comía poco. Envejecía no solo de cuerpo, también de alma.

Pero en julio de 1999 ocurrió algo extraño: comenzó a maullar lastimosamente frente a la puerta, rascar el bajo y pedir salir con insistencia. Entendí que no era un capricho, así que lo seguí, aunque temía por los peligros.

Bajaba de nuestro tercer piso renqueante, como un anciano cansado, tropezando en cada escalón. Rodeó el edificio y se dirigió a la colina empinada junto a la casa. Intenté ayudarle, pero Venancio se resistía ferozmente, mostrando que debía hacerlo solo.

Al llegar a la cima, se detuvo ante un recodo con pequeños huecos y zanjas. Me miró, directo a los ojos, como queriendo decirme algo o grabarme para siempre. Esos ojos verdes parecían hablarme hasta el fondo del alma. Después, se lanzó ágilmente en uno de los túneles bajo el barranco y desapareció.

Le esperé, le llamé por su nombre, escuché cada ruido. Intenté entrar detrás, pero solo conseguí embarrarme y asustar algún animal. Nada. Volví a casa resignado.

Me limpié, tomé una linterna y una bolsa de pienso de los que ya se vendían en el Mercadona y regresé, pero Venancio nunca apareció ni respondió. Volví sabiendo que quizás había sido nuestra última despedida.

Nunca regresó. No es mentira eso de que los gatos viejos se marchan lejos a morir. Solo nos quedó esperar o al menos desear que aquel rosal silvestre de flores púrpura que brotó el verano siguiente a la orilla del barranco sea algo más que una planta; que sea nuestro Venancio, vuelto a la vida en su más hermoso esplendor.

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