Life Lessons
“הייתי חייבת לקנות מקרר נפרד – מספרת ענת – כי אמא שלי פשוט לוקחת לי את הקניות. המצב לגמרי לא הגיוני, אבל אין לי ברירה אחרת. אין לי בעיה למכור את הדירה ולחלק את הכסף, אבל היא מתנגדת לזה.”
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נאלצתי להביא מקרר נפרד, כדי שאמא לא תיקח לי את הקניות. “זאת הייתה החלטה קשה,” מספרת יעל. “המצב היה פשוט מגוחך, אבל לא מצאתי פתרון אחר.
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Mi querida niña. Relato Marina descubrió que creció en una familia adoptiva. Todavía le costaba creerlo. Pero ya no tenía con quién hablar del tema. Sus padres adoptivos se fueron casi uno tras otro. Primero su padre se rindió. Cayó enfermo y ya no se levantó. Y al poco tiempo, su madre. Marina estaba sentada entonces junto a la cama de su madre, sujetando su mano débil y sin vida. Su madre estaba ya muy mal. De pronto, Marina se dio cuenta de que abría los ojos: —Marinita, hija, nunca conseguimos decírtelo tu padre y yo. No fuimos capaces… Te encontramos. Sí, sí, te encontramos en el bosque, llorabas, te habías perdido. Esperamos que alguien te buscara. Avisamos a la Guardia Civil. Pero nadie te buscó. Quizás ocurrió algo, no lo sé. Y nos dejaron adoptarte. En casa, en el cajón del aparador, donde guardo mis documentos. Hay papeles… Correspondencia, léela. Perdónanos, hija. La madre se cansó, y cerró los ojos. —No digas eso, mamá —sin saber cómo responder, Marina apretó la mano de su madre contra su mejilla—. Mamá, te quiero, y quiero mucho que te mejores. Pero el milagro no ocurrió. Y a los pocos días, su madre falleció. Ojalá no le hubiera dicho nada. Marina nunca contó a su marido ni a sus hijos las últimas palabras de la abuela. Ella misma casi las olvidó, relegando la confesión materna a los rincones de su memoria. Los niños querían mucho a los abuelos. Y a Marina no le apetecía inquietarles con una verdad que no le servía a nadie. Pero un día, movida por un impulso, abrió la carpeta de la que hablaba su madre. Recortes de periódico, cartas, respuestas. Marina empezó a leer, y ya no pudo parar. ¡Queridos, amados padres! La encontraron a ella, a Marina, con año y medio, en el bosque. Ellos ya tenían más de cuarenta. No tenían hijos. Y de repente, una niña pequeña llorando les tendía los brazos. El guardia rural encogía los hombros; nadie había denunciado la desaparición de un niño. Adoptaron a Marina. Pero su madre siguió buscando a sus verdaderos padres. Parece que no para encontrarlos, sino para asegurarse de que nadie reclamaría a su querida hija. Marina cerró la carpeta y la guardó lejos. ¿Para qué servía aquella verdad? Una semana después, llamaron a Marina de recursos humanos: —Mira, Marina Pascual, desde tu antigua empresa preguntan por ti. Junto a la administrativa se sentaba una mujer de la edad de Marina: —Hola, me llamo Esperanza. Necesito hablar contigo —miró a la administrativa—. Es sobre las cartas de Iliana Luisa Fernández. ¿Eres su hija? —Me dijeron que era por trabajo —protestó la administrativa—. ¡Los temas personales en otro momento! —Esperanza, salgamos a hablar —propuso Marina. Y salieron bajo la atenta mirada de la administrativa. —Discúlpame, es una historia rara, pero lo prometí — empezó Esperanza, algo nerviosa. —Hace tres años me reencontré con mi primera maestra. En Villanueva, la primaria la hice con ella. Luego se fue. Muy sola, muy mayor ya. Me invitó a tomar un té y me pidió ayuda con algo. Decía que le desapareció una hija hace muchos años, pequeñita. Y que mantenía correspondencia con tu madre. —Perdona, Esperanza, mi madre ya murió y yo no quiero saber nada —respondió Marina seca, dándose la vuelta. —Perdona, Marina, lo entiendo. Pero verás, la profesora, Doña Vera Velázquez, está muy enferma. Cáncer. Dicen que le queda poco. Y quiere ver a su hija. Toda la vida la ha buscado. Incluso me dio un mechón de pelo para hacer una prueba de ADN. ¿Lo imaginas? Marina iba a acabar la conversación, pero algo la detuvo: —¿Dices que está muy enferma? Esperanza asintió. Marina tomó la bolsita con el mechón de pelo y quedó en hablar. Una semana después fueron juntas al hospital a ver a Doña Vera Velázquez. Entraron en la habitación y Doña Vera trató de distinguir sus rostros, casi ciega: —¡Ay, Esperanza, eres tú! Gracias, hija —sonrió tímida y miró a Marina con esperanza. —Doña Vera, la he encontrado. Es Marina, vino porque quiso —y Esperanza le entregó un sobre. —¿Qué es esto? Ni con gafas lo veo —sus ojos se volvieron indefensos. —El resultado de la prueba —Esperanza sacó el papel—. Aquí dice que sois madre e hija. Marina es tu hija. El rostro de Vera Velázquez se iluminó, rejuveneció. No pudo contener las lágrimas de alegría: —¡Hija mía, qué felicidad! Te he encontrado. Viva, guapa, te pareces a mí de joven. Querida mía, niña, toda la vida me despertaba pensando que llorabas, que me llamabas. No tengo perdón. Viva, viva. Ahora sí estoy en paz. Poco después Esperanza y Marina salieron de la habitación. La profesora, exhausta, dormía ya. —Gracias, Marina, muchas gracias. La has hecho muy feliz, lo ves. Está muy malita. A los pocos días, Doña Vera falleció. Marina rompió todos los papeles de la carpeta de su madre. No quería que nadie supiera esa verdad inútil. Porque realmente, para Marina, ninguna otra madre existió jamás. ¿Y Doña Vera? Sólo una santa mentira. ¿Hizo bien en actuar así? Marina cree que fue la mejor decisión. En cualquier caso, cada uno responde ante Dios por todo aquello que haya hecho en su vida.
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29 de mayo Últimamente, la vida me ha dejado esos vacíos difíciles de llenar. Descubrí, ya siendo adulto, que crecí en una familia de acogida.
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אתה האח הגדול, ולכן אתה חייב לעזור לאחותך הקטנה. יש לך שתי דירות — תן אחת לאחותך!
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אתה האח הגדול, לכן אתה חייב לעזור לאחותך הצעירה. יש לך שתי דירות, תן אחת לאחותך! רק לא מזמן חגגנו יום הולדת לאחותו של בעלי. נעמה אף פעם לא הרגישה אליי
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חברים חסכנים הזמינו אותי למסיבת יום הולדת – חזרתי הביתה רעבה
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יומן יום חמישי, תל אביב יש לי כמה חברים שאני תמיד מכנה חסכנים. הם חוסכים כמעט בכל דברבמזון, בבגדים. זה לא שהם חסרי כל; להפך, מצבם הכלכלי דווקא טוב מאוד.
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La vecina incordiante — ¡Ni se te ocurra tocarme las cataratas! —chilló la ex amiga. —¡Ocúpate de tus propios ojos! ¿Te crees que no veo a quién le echas miraditas? —¿Pero qué pasa, que estás celosa? —se asombró Tamara Borísovna. —¡Vaya, mira tú por quién suspiras! Ya sé lo que te voy a regalar por Nochevieja: ¡una máquina para recogerte los morros! —¿Y eso? ¡Déjatela tú, mujer! —no se quedó corta Loli. —¿O es que tus morros ya no se recogen ni con máquina? ¿Te piensas que no me entero? La señora Tamara bajó las piernas de la vieja cama y fue hacia el pequeño altar que tenía en casa, a rezar su oración matutina. No es que fuera muy devota: algo, desde luego, tenía que haber allá arriba, ¡alguien tendría que estar al mando de este tinglado! Pero quién era, ese seguía siendo el gran misterio. A esa fuerza que todo lo regía cada uno le ponía un nombre: el destino, el cosmos, el principio de todos los principios o, claro, ¡el Señor! Sí, ese buen abuelete de barba blanca y aureola, sentado en su nube pensando en todos los habitantes de la Tierra. Además, la edad de la señora Tomasa hacía tiempo que sobrepasó la segunda mitad de la vida y se acercaba peligrosamente a los setenta. Y a esa edad, mejor no andar en malos rollos con lo divino: si al final no existe, los creyentes no pierden nada. Pero como sí exista, los incrédulos lo pierden todo. Cuando acabó sus rezos, la señora Tomasa añadió unas pocas palabras de su cosecha: ¡cómo no! Ritual cumplido, el alma más en paz—tocaba empezar el nuevo día. En la vida de Tamara Borísovna había dos grandes males. Pero no, no eran ni los atascos ni las carreteras, ¡eso es demasiado tópico! Su cruz eran su vecina Loli y sus propios nietos. Con los nietos todo estaba claro: una generación actual que no quiere hacer nada. Pero al menos tienen a sus padres: ¡que se apañen ellos! El problema de Loli no era tan sencillo: se había dedicado a amargarle la existencia a su vecina de libro. En el cine te puede enternecer ver a actrices legendarias tirándose pullas; en la vida real es otra cosa. Especialmente cuando empiezan a buscarte las cosquillas sin venir a cuento. La señora Tomasa, además, tenía un amigo apodado “Pedrito Moped”. El nombre completo quedaba más señor: don Pedro Eufemio Cardenal (así se apellidaba). El mote tenía historia: de joven, el tal Pedro era famoso por pasear a todas horas en su ciclomotor—o “mopedcito”, como le llamaba graciosamente él. Así que lo del apodo fue lógico, con los años se quedó en “Moped”. Ahora el pobre ciclomotor de Pedro llevaba años cogiendo polvo en el cobertizo; el apodo, ¡eso sí que no se lo quitaba nadie! ¡Es lo que tiene vivir en un pueblo! Antes se llevaban bien todos: “Moped” y su mujer Nina, la señora Tomasa y su difunto Luis. Pero los cónyuges de ambos hacían ya tiempo que estaban en el cementerio parroquial. Así que Tomasa seguía tratándose con “Moped” por pura inercia: le conocía de la escuela y era buen amigo. De hecho, en el cole eran una piña: ella, Pedrito y Loli, y la amistad era pura, nada de tonteo. Salían los tres juntos a todos lados: el apuesto Pedrito en medio, las dos chicas del brazo. Eran como una taza con dos asas: ¡imposible que se caiga! Con los años, la amistad se fue tergiversando. Mejor dicho, terminó y dio paso primero a una antipatía por parte de Loli y después… al odio en toda regla. Como en el chiste: últimamente noto que me han cambiado por otra… ¡A la Loli como si la hubieran cambiado! Todo desde que murió su marido. Hasta entonces iba todo razonable. Está claro: con el tiempo la gente cambia. El agarrado, se vuelve tacaño. El hablador, un plomo. El envidioso… bueno, la envidia lo devora. Algo así pasaba con la vecina de Tomasa; ¡cosas de señoras! Y de caballeros también… Y motivos para envidiar, había. Para empezar, Tomasa, a pesar de la edad, seguía siendo delgada. Loli, en cambio, se había convertido en un “buñuelo”: señora, ¿y la cintura, dónde se la ponemos? Quedaba fatal junto a Tomasa. Encima, su amigo de la infancia daba últimamente más coba a la pizpireta Tamara que a Loli: se reían y cuchicheaban, casi rozándose las canas. Con Loli todo eran frases secas y cortas. Y Pedrito pasaba por casa de Tomasa mucho más a menudo: a Loli le costaba Dios y ayuda atraerlo… Pues sí: tal vez no era tan lista como la impertinente Tomasa. ¡Y con el humor tampoco andaba sobrada! Pedrito siempre fue de los de hacer chistes. En castellano hay un verbo genial, “marujear”; lo amaba nuestro Rafael Azcona. Pues eso se puso a hacer Loli, soltando pullas por cualquier nimiedad. Primero fue el retrete: que el de Tomasa estaba mal colocado y apestaba. —¡Tu baño huele fatal! —acusó la señora Loli. —¿Esto qué es? —protestó Tomasa—¡si lleva ahí toda la vida! ¿No te habías dado cuenta hasta ahora? —y no se cortó: —Ah, sí… ¡Que tus cataratas te las pusieron gratis por la Seguridad Social! ¡Y nada bueno dan regalado! —¡Ni se te ocurra tocarme las cataratas! —gritó la ex amiga—¡Ojo con tus propios ojos! ¿Crees que no veo a quién le haces arrumacos? —¿Pero estás celosa o qué? —se extrañó Tamara Borísovna. —¡Mira quién te gusta a ti! Sé lo que te regalaré por Año Nuevo: ¡una máquina para recogerte los labios! —¿Por qué? ¡Quédatela tú! —no se calló Loli. —¿O es que ni esa máquina te sirve ya a ti, guapa? ¿Crees que no lo veo? Y sí que veía, sí, ¡vaya si veía! Fue una pelea tras otra. Y Pedrito, al que la amiga le puso al corriente, le propuso tapar el retrete y poner uno dentro de casa. Los hijos de Tomasa se juntaron y le instalaron un baño interior. El pozo anterior lo tapó Pedro Eufemio, el buen amigo: ¡ya está, Loli! ¡Cámbiate de lío, bonita! Pues no… Pronto la cosa fue con los nietos —que habían cogido peras del árbol de Loli, con ramas extendidas sobre la parcela de Tamara. —¡Habrá sido sin querer, creyeron que era nuestro! —intentó explicar Tomasa, aunque para ella nadie había tocado peras. —¡Mira, tus gallinas escarban mis lechugas y no digo nada! —¡La gallina es tonta! Un decir: ponedora o broiler, ¡pero tonta! —replicó la vecina— ¡Y a los nietos hay que educarlos, abuela! ¡No estar todo el día de risitas con galanes! Nada, vuelta a lo mismo. Otra vez el lío era por Pedro… Los nietos recibieron tirón de orejas. Y la temporada de peras pasó: ¡descansa, Loli! Pero qué va. Ahora que si las ramas estaban rotas. —¿Dónde? Enséñame —suplicaba Tamara: ¡no había nada roto, jurado! —¡Aquí y aquí! —decía Loli señalando al aire, con esos dedos nudosos; sí, Tomasa tenía hasta las manos más bonitas—largos, rectos los dedos. Y las manos hacen mucho en una mujer. ¡Pueblo sí, pero con imagen propia! Entonces “Moped” sugirió: ¡corta tú las ramas, están en tu parcela! Aquí mandas tú. —¡Chillará! —protestó Tamara. —Te apuesto a que no. No se atreve si estoy yo —prometió Pedro. Así fue; Loli lo vio cortar y calló. El árbol, solucionado. Ahora el problema eran las gallinas de Loli, que ya sí se colaban en las hortalizas de Tomasa. Este año la vecina había comprado una raza nueva; el anterior no hacían eso. Una gallina es lo que es: ¡come y escarba siempre! Así se iban todas las siembras al traste. Las súplicas para que contuviera a sus gallinas solo lograban que Loli sonriera despectiva: a ver, chata, ¿qué me vas a hacer? Una solución sería cazar y asar alguna gallina a la vista, pero Tomasa no se atrevía. Así que el amigo, siempre ingenioso, encontró una solución en internet: repartir huevos por las huertas de noche y recogerlos como si fueran de las gallinas. ¡Funcionó! Mil gracias, madre red… Loli se quedó de piedra viendo a Tomasa recoger huevos en la huerta y metérselos en casa. Después de eso, nunca más cruzaron las gallinas la linde ajena. A ver si así se reconciliaban… Pero nada: ahora le molestaba el humo de la cocina de verano de Tomasa. ¡Justo ayer no, pero hoy sí! Quizá porque me molesta el olor a carne frita, ¡igual soy vegetariana! Y además, ¡el Congreso ya prohibió las barbacoas! —¿Dónde has visto aquí un barbacoa? —intentaba razonar Tamara— ¡Límpiate las gafas, hija mía! Por paciente y educada, a Tomasa ya se le había colmado la paciencia. Porque la vecina ya estaba inaguantable. Solo le quedaba la resignación… —¿Igual la entregamos para experimentar? —sugirió Tomasa medio en broma, mientras tomaba el té con Pedro— ¡Esta mujer me va a devorar viva! Se había adelgazado y agobiado; tanta tensión diaria no era tontería. —¡Pues que se atragante! Pero yo eso no lo permito —aseguró el amigo. —Tengo una idea mejor. A los pocos días, de mañana, Tamara escuchó una canción: —¡Toma, Toma… sal de la zona! En la puerta, Pedrito, feliz, acababa de llegar con su moped reparado por fin: ¡Pedrito sobre el moped! —¿Sabes por qué antes estaba tan depre? —empezó Pedro Eufemio— ¡Porque el ciclomotor estaba roto! Bueno, ¿qué, nos damos una vuelta, guapa? ¡Súbete y revivimos lo de antes! Y Tomasa se subió. ¡Ahora la vejez la han eliminado oficialmente en el Congreso! ¡Todas pensionistas activas 65+! Y se fue—en todos los sentidos—a una nueva vida. Porque al poco, Pedro Eufemio Cardenal le pidió matrimonio… ¡Se completó el puzzle y Tomasa se mudó a casa del marido! Y Loli se quedó sola, gruñona y rechoncha. Anda, ¿no es buen motivo para otra envidia más? Encima, ya no tenía con quién pelea—todo su veneno se lo tragaba. ¡Había que sacarlo de alguna forma! Así que ahora, Tomasa, ¡no salgas de casa! ¡Y lo que te queda! En fin, esto sí que es vivir en un pueblo… Para lo que sirvió tanto lío con el baño…
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10 de marzo ¡No toques mis copas de cristal! gritó mi antigua amiga. ¡Ocúpate de tus propios ojos! ¿Te crees que no veo a quién miras? ¿Pero estás celosa, o qué?
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Cuando la esposa hace las maletas y desaparece: El día en que descubrí que mi hermano había manipulado la vida de su mujer para conseguir un hijo y terminé aliada con mi cuñada para romper el ciclo familiar
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La mujer recogió sus cosas y desapareció en dirección desconocida Deja de hacerte la santa. Todo se arreglará. Ya sabes cómo son las mujeres, se alteran
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אני לא מבינה למה התחתנתי איתו התחתנו לא מזמן. הייתי בטוחה שבעלי אוהב אותי עד אין קץ, ולא היה לי ספק בכך – עד שקרה משהו לא צפוי. וזה אפילו לא בגידה – זה משהו הרבה יותר עמוק, אפשר לומר מוזר. אני חושבת שזה קרה כי הייתי מגלה אליו יותר מדי אכפתיות, מעריצה אותו, אוהבת אותו וסולחת לו על הכול. ברור שבמהרה התרגל לסגנון הזה, הפך יותר בטוח בעצמו, והערך העצמי שלו התעצם. כנראה דמיין שבלחיצת אצבע כל אחת תתרפס לרגליו, למרות שבמעגלים אחרים לא במיוחד מתעניינים בו… מישהי אחרת לא הייתה סובלת את טעויותיו ומאמינה בו בעיוורון. קצת לפני החתונה רצה להיות לבד, לצאת לחופשה ולהתכונן לחיים בזוגיות. אי אפשר היה לשנות זאת, אז קיבלתי זאת ופשוט נתתי לו לצאת לטיול. כפי שסיפר לי אחר כך, החליט להתרחק מהציוויליזציה ולהיות במקום שאין טלפון ואין אינטרנט. נסע לבד להרים כדי להתפעל מהטבע. אני נשארתי בבית, מתגעגעת כל רגע. בכל דקה חיכיתי שיחזור וגעגועי אליו גברו. שבוע לאחר מכן חזר – זה היה היום המאושר בחיי. קיבלתי אותו בחום ואהבה, בישלתי לו את המאכלים הכי טעימים. אבל למחרת התחילו להתרחש דברים מוזרים – הוא החל פתאום לרוץ שוב ושוב לפרוזדור או לחדר השני. אחר כך התחיל לצאת מהבית מספר פעמים ביום בתירוצים שונים. יום אחד כשיצאתי לקניות, גיליתי מכתב בדואר. הוא נראה כמו מכתב רגיל, היה ממוען אליי ממנו ונשלח כשהיה נעדר. אבל מה שכתוב בו זיעזע אותי עמוקות. הוא כתב: “שלום. אני לא רוצה להוליך אותך שולל יותר. את פשוט לא האדם הנכון בשבילי. אני לא רוצה לבלות איתך את שארית חיי. לא יהיה שום חתונה. תסלחי לי, אל תחפשי אותי, ואל תתקשרי אליי. אני לא אשוב אלייך.” מכתב קצר, ישיר ואכזרי… רק עכשיו הבנתי שבמשך כל התקופה הוא רץ לבדוק את תיבת הדואר. בשקט השמדתי את המכתב, לא אמרתי לו דבר, ולא נתתי לו להבין שמשהו קרה. אבל איך אפשר לחיות עם אדם שלא רוצה להיות איתי? למה בכלל התחתן והעמיד פנים שהכול בסדר?
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אני לא מצליחה להבין למה הפכתי להיות אשתו לפני זמן קצר התחתנו. הייתי בטוחה שבעלי אוהב אותי בטירוף. ולא היו לי שום חששות עד שאירע משהו מוזרמשהו הרבה יותר
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Una casa que ya no es de nadie Sergio se despertó sin despertador, como siempre, a las seis y media. En el piso reinaba el silencio, solo el murmullo suave del frigorífico llegaba de la cocina. Permaneció un minuto tumbado, escuchando aquel sonido, y alargó la mano hasta el alféizar para coger las gafas. Afuera, la ciudad clareaba, algunos coches deslizaban sus ruedas sobre el asfalto húmedo. Antes, a esa hora, él solía levantarse para ir a trabajar. Se duchaba, se escuchaba tras la pared cómo el vecino ponía la radio. Ahora el vecino seguía encendiendo la radio, pero él se quedaba allí, pensando en qué haría ese día. Oficialmente llevaba ya tres años jubilado, pero por costumbre seguía viviendo según un horario. Se levantó, se puso un chándal, fue a la cocina. Puso la tetera, sacó un pedazo de barra del día anterior de la panera. Mientras hervía el agua, se asomó a la ventana. Séptimo piso, edificio de hormigón, patio con zona de juegos infantil. Debajo, su viejo Lada Niva cubierto por una fina capa de polvo. Pensó automáticamente que debía pasar por el garaje, comprobar que el tejado no hubiera empezado a gotear. El garaje estaba en una cooperativa, a tres paradas de autobús. Antes pasaba allí medio fin de semana, trasteando en el coche, cambiando el aceite, discutiendo con los otros sobre el precio de la gasolina o el fútbol. Después todo se simplificó: taller, cambio de ruedas, supermercado en dos clics. Sin embargo, nunca dejó el garaje. Allí seguían sus herramientas, los neumáticos viejos, cajas con cables, maderas, “cosas de la casa”, como él decía. Y luego la casa de la sierra. Un pequeño refugio de madera en una urbanización de las afueras de Madrid, con un porche estrecho, dos habitaciones y una minúscula cocina. Cuando cerraba los ojos, veía aquellas tablillas, las grietas del suelo, escuchaba cómo la lluvia golpeaba el tejado. La casa se la dejaron los padres de su mujer. Entonces, hacía más de veinte años, casi todos los fines de semana iban allí con los niños. Cavaban en el huerto, freían patatas, ponían el radiocasete encima de un taburete. Ya hace cuatro años que su esposa no está. Los hijos crecieron, se marcharon, formaron familia. Solo la casa y el garaje siguen a su lado. Parecía que mantenían su sentido de orientación: aquí está el piso, ahí la casa, allá el garaje. Todo en su sitio, todo bajo control. El agua hirvió. Sergio preparó el té, se sentó a la mesa. En la silla de enfrente yacía doblado el jersey del día anterior. Mordía el bocadillo mirando el jersey, pensando en la conversación de la víspera. Esa misma tarde vinieron los hijos. El hijo con su mujer y el nietecillo; la hija con su marido. Merendaron, hablaron de las vacaciones de verano, de quién tenía más días libres. Luego el tema habitual: el dinero. El hijo dijo que la hipoteca les asfixiaba, los intereses siempre subiendo. La hija se quejaba de la guardería, caro, y luego las extraescolares, la ropa… Sergio asentía, recordando cuando él mismo hacía malabares hasta la siguiente paga. Entonces no tenía ni casa ni garaje, solo una habitación alquilada y esperanza. Entonces el hijo, incómodo, soltó: —Papá, lo hemos estado hablando… y también con Ana y Caty. Igual deberías vender algo. No sé, la casa, el garaje… Si casi nunca vas. Sergio hizo una broma, cambió de tema. Pero esa noche no concilió el sueño. Le martilleaba el “si casi nunca vas”. Terminó el desayuno, fregó la taza, consultó el reloj: las ocho. Decidió que iría a la casa de la sierra, a ver cómo había pasado el invierno. Y, de paso, demostrarse algo a sí mismo. Se abrigó, cogió las llaves de la casa y del garaje y las guardó en el bolsillo del abrigo. En el pasillo se detuvo ante el espejo: un hombre de sienes grises, mirada algo cansada pero firme. No un anciano. Se colocó el cuello y salió. Pasó por el garaje para pillar unas herramientas. La cerradura chirrió, la puerta requirió empuje. Olor a trapos viejos, gasolina, polvo. En los estantes, botes de tornillos, cajas de cables, una cinta con etiqueta desvaída. Bajo el techo, telarañas. Repasó los estantes: ahí estaba el gato hidráulico que compró para su primer coche. Unas tablas que nunca llegaron a ser banco, aunque estaban listas, esperando. Agarró la caja de herramientas, un par de bidones, cerró y se fue. Tardó cerca de una hora en llegar a la urbanización. A los lados de la carretera quedaba algo de nieve sucia, la tierra asomando. Silencio al llegar, aún no era temporada de veraneantes. La vigilante, bien envuelta, le saludó. La casa le recibió con su habitual inmovilidad entre estaciones. Valla de madera, portilla un tanto ladeada. Abrió, cruzó por la senda de hojas secas hasta el porche. Dentro, olor a madera vieja. Sergio abrió ventanas. Sacudió la colcha, recorrió el diminuto comedor, la ollita esmaltada donde hacían compota; las llaves colgaban de un clavo, también la del cobertizo lleno de herramientas de jardín. Fue recorriendo con la mano las paredes, los pomos. En la habitación de los niños quedaba la litera. Arriba, un oso de peluche manco. Sergio recordó el disgusto de su hijo por eso, él mismo apaño el brazo con cinta. Salió al jardín. La nieve casi fundida, los bancales negros y mojados. En un rincón resistía oxidado el brasero donde asaban carne, él y su esposa sentados bebiendo té, riendo. Se acordaba. Suspiró y se puso a limpiar. Barrer el camino, clavar una tabla suelta, mirar el tejado del cobertizo. De allí sacó una vieja silla de plástico y se sentó. El sol subía. Consultó el móvil: el hijo había llamado la tarde anterior, la hija dejó un mensaje: “Deberíamos hablarlo con calma, papá. Nadie está en contra de la casa, pero pensemos con sensatez”. Sensatez. Palabra repetida últimamente. Sensatez era que el dinero no se amontonase sin uso. Sensato: un mayor no debe sobrecargarse con terrenos y garajes. Sensato: ayudar a los hijos mientras está vivo. Les comprendía. De verdad. Pero sentado ahí, oyendo ladrar un perro lejos y las gotas descolgarse del tejado, la sensatez perdía peso. Aquello no era cuestión de cuentas. Dio otra vuelta por el terreno, cerró la casa, candado pesado. Volvió al coche y a Madrid. Antes de comer ya estaba en casa, dejó las herramientas y fue a la cocina. En la mesa había una nota: “Papá, pasamos esta noche, hablamos. S.” Se sentó. Así que era hoy. Hoy hablarían en serio. Vinieron los tres, hijo, nuera e hija. El nieto se quedó con la suegra. Se saludaron, colgaron los abrigos — igual que en la infancia. Se sentaron a la mesa. Té, dulces, pero nadie los probó. Charlaron de banalidades: el trabajo, el tráfico, el nieto. Luego la hija miró al hermano, este asintió, y ella dijo: —Papá, tenemos que hablar de verdad. No queremos presionarte, pero… tenemos que decidir las cosas. Sergio sintió un nudo. Asintió: —Decid lo que penséis. El hijo empezó: —Tienes este piso, la casa y el garaje. El piso es sagrado, nadie dice nada. Pero la casa… Dices tú mismo que no puedes con todo: huerto, tejado, valla. Cada año más gasto. —He estado hoy. Todo bien —murmuó Sergio. —Hoy sí —intervino la nuera—, ¿pero mañana? ¿En cinco, en diez años? No serás eterno. Perdón, pero es la realidad. Bajó la mirada. Decirle que no sería eterno le dolió, aunque quizá no era la intención. La hija tomó el relevo, en tono suave: —No decimos que abandones nada. Pero podrías vender la casa y el garaje, repartir el dinero… Algo para que vivas cómodo, el resto para Sasha y para mí. Así podríamos aliviar la hipoteca. Tú mismo dijiste que querías ayudarnos. Así lo había dicho, hace años, cuando empezó a jubilarse pero aún trabajaba. Creía que aguantaría mucho, siempre podría ayudar un poco más. —Ya ayudo —replicó—. Me llevo al niño, os hago la compra… El hijo sonrió, tenso: —Eso no es suficiente. Necesitamos un empujón. Lo ves, nos asfixian los intereses. No te pedimos que lo des todo. Pero son bienes que ya no usas. La palabra “bienes” sonó ajena en su cocina. Sergio sintió entre ellos una columna invisible de cifras y gráficos. Bebió té frío. —Para vosotros es un bien —dijo—. Para mí son… Buscó la palabra, sin querer sonar grandilocuente. —Son trozos de vida. Ese garaje lo construí con mi padre, cuando aún vivía. Arrastramos ladrillos los dos. Y en esa casa… ahí crecisteis vosotros. Bajaron la cabeza. El hijo estuvo un rato callado y contestó más suave: —Lo sabemos. Pero apenas vas. Está parado. Solo no puedes. —Hoy he estado ahí. Está bien —repitió. —Hoy —insistió el hijo—. ¿Y antes? ¿En otoño? Seamos serios, papá… Silencio. Sergio oía el tictac en la otra habitación. Se vio a sí mismo allí, todos juntos, debatiendo su vejez como si fuera un proyecto: optimizar gastos, reformar la herencia. —Está bien —dijo—. ¿Qué proponéis? El hijo ya lo tenía hablado: —Hemos contactado con una inmobiliaria, nos han dicho que la casa tiene buen valor. El garaje igual. Nos encargamos nosotros de todo: enseñar, papeles, trámites. Solo necesitas dar un poder. —¿Y el piso? —preguntó. —Eso ni tocarlo —saltó la hija—. Es tu casa. La palabra “casa” sonó distinta: ¿solo estas paredes eran su casa? ¿O la otra también? ¿Y el garaje? Allí se había sentido útil tantas veces… Se levantó y fue a la ventana. En el patio, las farolas encendidas. Igual que veinte años antes. Solo otras matrículas, niños con móviles. —¿Y si no quiero vender? —dijo sin girarse. Silencio. Al cabo, la hija, con cuidado: —Papá, es tuyo. Nadie te obliga. Solo… nos preocupa verte así. Tú mismo dices que te faltan fuerzas. —Menos fuerzas, sí. Pero aún decido yo a qué dedicarme. El hijo suspiró: —No queremos discutir. Pero es como si tú te aferras a cosas y nosotros vamos justos. Nos preocupa que cualquier día enfermes y tener que encargarnos de todo… Se sintió culpable. Lo había pensado más de una vez: si le pasaba algo de repente, ellos acabarían entre papeles, herencias, repartos de casa y garaje. Sería un lío, de verdad. Volvió a la mesa. —¿Y si… —empezó, dudando— …ponemos la casa a vuestro nombre pero dejo que siga yendo, hasta que pueda? Hija e hijo cruzaron miradas. La nuera frunció el ceño. —Papá —saltó ella—, pero seguiría siendo una carga. No podemos ir tanto como tú. Tenemos trabajo, hijos. —No pido que vayáis. Yo solo. Mientras pueda. Luego, ya decidís. Era un compromiso: para él, conservar ese lugar que para él era más que un jardín; para ellos, asegurarse de que, llegado el momento, todo estaría atado. La hija pensó: —Puede ser… Pero siendo sinceros, no viviremos allí. Nosotros queremos ir a otra ciudad, donde la vida es más barata, hay más trabajo. A Sergio le sobresaltó: no lo sabía. El hijo frunció el ceño, sorprendido. —No me lo habías dicho —dijo al hermano. —Solo lo estamos pensando —zanjó ella—. En cualquier caso, para nosotros la casa no significa lo que para ti. No la vemos en nuestro futuro. Captó ese término: futuro. Para sus hijos, el futuro estaba en otros sitios, otras casas, otras ciudades. Para él, el futuro era aquellas coordenadas: piso, garaje, casa. Lugares suyos. La conversación siguió en círculo, ellos con cifras y argumentos, él con nostalgia y miedo a la inactividad. Hasta que el hijo, cansado, cortó: —Papá, tienes que entender que llegará un momento en que no puedas cargar con palas, que dejarás de ir y todo se perderá. ¿Prefieres llegar al derrumbe? Sintió rabia: —¿Derrumbe dices? —replicó—. Corrías tú por allí de niño, entre esas “ruinas”. —De niño —respondió el hijo—. Ahora tengo otras prioridades. La hija intentó calmar: —Sasha, basta… Pero ya estaba dicho. Sergio comprendió que hablaban lenguajes diferentes. Para él, aquel lugar era vida en marcha. Para ellos, un pasado tierno pero innecesario. Se levantó. —Vale —dijo—. Déjame pensarlo. No hoy. No mañana. Necesito tiempo. —Papá —empezó la hija—, tampoco podemos esperar mucho. Tenemos pagos el mes próximo… —Lo sé —cortó él—. Pero esto no es como vender un armario. Se callaron. Se pusieron los zapatos en la entrada. La hija lo abrazó antes de irse: —De verdad no estamos en contra de la casa. Solo tememos por ti. Asintió, sin abrir la boca. Cerró la puerta y la casa se volvió aún más silenciosa. Fue a la cocina. Las tazas sin terminar, el plato con galletas. Al mirarlas sintió un enorme cansancio. Pasó mucho tiempo sentado a oscuras. Fuera anochecía y las luces se encendían en los bloques. Al fin se levantó, fue al dormitorio y sacó la carpeta de papeles: el DNI, los títulos de propiedad, los planos. Pasó el dedo por el dibujo: una minúscula parcela repartida en huertos. Siguió el trazo como por aquellas sendas reales. Al día siguiente fue al garaje. Necesitaba estar ocupado. Abrió bien para que entrara la luz, ordenó sus herramientas, empezó a tirar trastos: piezas rotas, tornillos oxidados, cables “por si acaso”. El vecino se asomó: —¿Tirando cacharros? —Ordenando —dijo—. Revisando qué me sobra. —Bien hecho —asintió el vecino—. Yo vendí el mío. El hijo necesitaba dinero para coche. Ahora sin garaje, pero el crío tan contento. Sergio calló. Cuando el vecino se fue, se quedó meditando. Lo vendes, el hijo feliz. Así de simple, como si se tratase de una chaqueta vieja. Levantó una llave inglesa, antigua, gastada. La probó; recordó cuando su hijo, pequeño, pedía atornillar él también. Entonces creía que siempre estarían juntos, que garage, campo y coche serían su idioma común. Y ahora ese idioma le era ajeno. Esa noche sacó otra vez los papeles. Después, llamó a su hija: —He decidido. La casa pasa a vuestro nombre, a partes iguales. Pero no la vendemos ahora. Iré mientras pueda. Luego, ya decidís. Silencio al otro lado. —¿Seguro, papá? —Seguro —respondió, aunque dudaba; sentía que se arrancaba algo importante pero era lo que tocaba. —De acuerdo. Mañana hablamos cómo hacerlo. Colgó. Silencio. Notó no solo cansancio, también cierto alivio: al fin había decidido lo inevitable. Una semana después fueron al notario. Firmó el traspaso con la mano algo trémula. El notario dictaba dónde, qué llevarse. Los hijos le daban las gracias: —Papá, nos salvas… Asentía, pero sabía que no era solo él quien les salvaba; ellos también a él, quitándole la carga de pensar en “después”. El “después” ya estaba rubricado. Con el garaje fue diferente: ese sí quiso conservarlo. Los hijos sugerían vender, él se negó. Explicó que lo necesita, para no quedarse en casa viendo la tele. Eso sí lo respetaron. La vida siguió igual en apariencia: mismo piso, en ocasiones la casa, pero ya como invitado. La llave seguía en su bolsillo. La primera vez que volvió tras el cambio fue aquel abril luminoso. Camino del campo pensaba: ya no es mía, es una propiedad ajena. Pero al abrir la valla y oír el crujido, el extraño desapareció. Entró. Colgó el abrigo, el mismo clavo. Las habitaciones iguales, el oso de peluche arriba. Se sentó junto a la ventana, la luz iluminaba el polvo en el alféizar. Deslizó la mano por la madera. Pensó en los hijos: sus pisos, sus cuotas, sus planes. Pensó en lo suyo: sus planes cada vez acotan más en el tiempo, de primavera en primavera, de tarea en tarea. Sabía que llegaría el día de vender la casa, quizá en un año, quizá más. Tendrían razón, tendría lógica. Mientras tanto, la casa permanecía en pie. Las palas esperaban. En los bancales brotaban retoños. Salió y dio la vuelta: vio vecinos plantando, colada tendida. La vida seguía. Comprendió su miedo: no era la casa ni el garaje; era temor de volverse innecesario, ni para sus hijos ni para sí mismo. Aquellos lugares le demostraban que aún contaba. Que podía reparar, pintar, cavar. Ahora esa prueba era frágil. Los papeles decían una cosa, las costumbres otra. Sentado en el porche supo que eso no lo deciden las escrituras. Sacó el termo, una taza, un sorbo de té. Por dentro había un poso amargo, pero ya menos punzante. Decisión tomada, precio calculado. Había cedido lo suyo, pero ganaba algo único: el derecho a estar allí, no por ley, sino por memoria. Miró la puerta, el candado, la llave en la mano. Llave vieja, gastada. La giró, la apretó. Un día acabaría en manos del hijo o la hija. Quizá más tarde en desconocidos. Ellos usarían la llave sin saber cuánto significaba ese gesto. Pensando en ello, sintió una tristeza serena. El mundo gira, las cosas pasan de mano en mano. Lo importante es vivir los propios lugares, sentirlos tuyos mientras puedas. Terminó el té, se puso en pie. Fue al cobertizo por la pala; debía al menos voltear una franja de tierra. Por sí mismo. No por los próximos dueños, ni por hijos ya pensando en vender. Solo por él, por sentir la tierra firme bajo los pies y las manos. Hundió la pala, pisó. La tierra cedió. El primer terrón asomó su negrura húmeda. Inspiró hondo, se inclinó. Avanzó despacio, le dolía la espalda, los brazos flojeaban. Pero cada golpe aliviaba algo dentro, como si removiera no solo tierra, también temores. Al caer la tarde, descansó en el porche, se secó el sudor. Bajo un cielo rosado, los bancales mostraban camellones recién abiertos. Una bandada de pájaros chilló en los huertos cercanos. Miró el refugio, sus huellas, la pala apoyada. Pensó en el mañana, en el año próximo, en el futuro. No tenía respuesta. Pero sí la certeza de que, al menos por ahora, estaba en su lugar. Entró, apagó luces, cerró puertas. En el porche se detuvo, oyó la quietud. Cerró con llave. Metió la llave en el bolsillo y regresó al coche, evitando las hileras de tierra recién removida.
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La casa de nadie Recuerdo cómo Adolfo se despertaba sin ayuda del despertador, como siempre, a las seis y media de la mañana. En aquel piso de Madrid reinaba
Life Lessons
אחרי שאמרתי לאשתי שהבת שלה היא לא הבעיה שלי, האמת על המשפחה שלנו נחשפה
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27 בסיוון תשפ”ד היום אני מרגיש צורך לכתוב ולפרוק הכל, אולי כך אצליח לעשות לעצמי סדר בראש. בשנים האחרונות הייתי רווק. אפילו אחי הצעיר התחתן והביא
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את בכלל לא מבינה כמה מזלך בידיים שלך – חצי מיליון? – קרינה קראה את ההודעה בטלפון שלה שלוש פעמים לפני שהמספרים קיבלו משמעות. – לקחת הלוואה של חצי מיליון שקל? דמיטרי ישב על הספה, נעוץ במסך הסמארטפון שלו, בלי להרים ראש. – אה, כן… שטויות, לאמא שלי לשיפוצים. את הרי יודעת, הצינורות דולפים, הפרקט התנפח, הטפטים מתקלפים מהלחות… – רגע. – קרינה התיישבה בקצה הכורסה, הרגליים לא החזיקו אותה. – לקחת הלוואה. של חצי מיליון. ונתת הכל לאמא שלך. ולא אמרת לי מילה? דמיטרי סוף סוף הרים את הראש. על הפנים שלו הייתה תמימות מוחלטת, כאילו היא שואלת משהו מובן מאליו. – קרינה, זה אמא שלי. היא גרה לבד, הפנסיה שלה קטנה. מי יעזור לה אם לא אני? – ומה עם להתייעץ איתי? – קרינה הרימה את קולה, אבל לא הצליחה לעצור. – לשאול מה דעתי? לפחות להודיע לי? – היית מתחילה להתווכח, – דמיטרי משך כתפיים. – ואמא הייתה צריכה את הכסף בדחיפות. ארבע שנים. ארבע שנים שהיא סובלת את אמא שלו, שמתקשרת כל ערב לוודא מה דימה אכל. שמגיעה ללא התרעה ומבקרת את הניקיון בדירה. שמסדרת את האורחים בכל ארוחה משפחתית כך שקרינה תמצא את עצמה בקצה. – אל תעשה מזה סיפור, – דמיטרי המשיך בטון רגוע. – נסתדר. נחזיר את ההלוואה מהר, זה סכום קטן. משפחה זה משפחה. הדמעות יצאו בלי שליטה – חמות, כועסות. קרינה ניגבה אותן ביד, מריחה את המסקרה על הפנים. – משפחה? ואני – משפחה? או שאני רק תוסף? זוכר איך אמא שלך החליטה שצריך להחליף רכב ומכרת את שלנו בלי לשאול אותי? איך זרקה את הדברים שלי מחדר האורחים כי “לא נוח לה לישון עם זבל זר”? איך ביום ההולדת שלי נסעת איתה לבחור לה מקרר חדש? – אלו רק שטויות, – נופף דמיטרי בידו. – את פשוט עייפה, תני לעצמך לנוח. קרינה הסתכלה על הגבר שלה – גבוה, פנים רכות, גומות בלחיים שפעם חשבה שהן חמודות. עכשיו ראתה רק ילד בן שלושים שלא מצליח להשתחרר מאמא. – נסתדר, – הוא חזר כמו מנטרה. – אהבה מתגברת על הכל. קרינה קמה ויצאה לחדר השינה. שתי תיקי ספורט גדולים חיכו על המדף – בדיוק אלו שהביאה איתה כשעברה לדירה. היא השליכה אותם על המיטה והתחילה לפתוח את הארונות. דמיטרי הופיע בדלת אחרי עשרים דקות, כשהתיק הראשון כבר היה מלא. – מה את עושה? קרינה, זה מגוחך. את לא רצינית… היא לא ענתה. סידרה סוודרים, ג’ינסים, תחתונים. הורידה מהמדף קופסה של תכשיטים – מתנות מההורים ומהחברות. ממנו לא לקחה כלום. – לאן תלכי? לאמא שלך? היא בכלל בבאר שבע! היא סגרה את הרוכסן בתיק השני. בדקה את התיק הקטן – דרכון, כרטיס אשראי, מפתחות לדירה של אמא, ששמרה תמיד למקרה הצורך. – קרינה, תגידי משהו! את לא יכולה לעזוב אותי. אני אוהב אותך! היא הסתכלה עליו בעיניים ארוכות, לקחה את התיקים ויצאה מהדירה. …בבוקר למחרת קרינה עמדה בתור ברבנות, טפסי גירושין ביד. בחוץ טפטף גשם, עננים אפורים נמוכים, אבל בתוכה היה שלווה מוזרה. ההחלטה התקבלה. הטלפון הראשון הגיע בשלוש בלילה. קרינה קפצה על הספה אצל החברה לנה, לא זיהתה איפה היא. – חייבים לדבר, – דמיטרי נשם בכבדות, דיבר מבולבל. – הכל ברור לי, אני אשתנה. תני לי הזדמנות. היא ניתקה. עשרים דקות אחרי זה שוב טלפון. – קרינה, אני לא יכול בלעדיך. את כל החיים שלי. עד הבוקר היו ארבעים ושלוש הודעות. כל אחת ארוכה, מלאה בכעס, וידוי, הבטחות, איומים. “אם לא תחזרי, איני יודע מה אעשה”. “אמא אומרת שאת סתם עושה הצגות”. “אני אחכה לך תמיד”. שבוע אחרי זה התחיל להופיע מחוץ למשרד שלה. קרינה יצאה להפסקה – והוא עמד ליד הקיוסק של השווארמה. בדרכה לרכבת – ראית אותו מעבר לרחוב. – במקרה עברתי, – חייך דמיטרי כשהתעמתה איתו. – פשוט רציתי לראות אותך. ערב אחד הוא הגיע לדירה של לנה. קרינה פתחה, ציפתה לשליח פיצה. בדלת עמד דמיטרי עם זר ורדים אדומים. – רק הזדמנות אחת, – לחש. – לא מבקש יותר. קרינה סגרה את הדלת בשקט. הוא נשאר שם שעתיים, עד שהשכנים איימו להזמין משטרה. היא למדה לחיות עם זה – כאילו לומדים לחיות עם כאב כרוני. לא לקרוא הודעות, לא לענות לשיחות מזוהות, לא להסתובב ברחוב. עברה לעבוד מהבית בחברה אחרת, עברה לשכונה מרוחקת שדמיטרי בוודאות לא יגיע אליה במקרה. את הגירושים סיימו אחרי שלושה חודשים. קרינה יצאה מבית המשפט עם מסמך רשמי ביד ובכתה על המדרגות – לא מעצב, מהקלה. החודשים הראשונים של החופש הפחידו אותה. תמיד הייתה מתייעצת עם מישהו, גם אם בסוף אותו מישהו היה עושה כרצונו. עכשיו יכלה לקנות כל יוגורט שבא לה, בלי לחשוב אם זה מתאים לאמא של דמיטרי. לראות איזה סרט שהיא רוצה, בלי לשמוע מה נשים “נורמליות” אמורות לראות. פשוט לנשום. התחילה ללמוד אנגלית – חלום ישן שדמיטרי דחה כ”בזבוז כסף”. הלכה ליוגה בבקרים, כשהעיר מתעוררת. טסה לסוף שבוע לבד בירושלים, סתם הסתובבה ברחובות ואכלה כנאפה. אחרי חצי שנה הוא הפסיק להתקשר ולשלוח הודעות. קרינה ציפתה לשוב, חיכתה עוד חודש, ואז הבינה שהיא באמת חופשיה. מצאה עבודה בסוכנות שיווק – משרד צבעוני, צוות צעיר, פרויקטים מעניינים. החיים הסתדרו. …את אנדריי היא פגשה באירוע חברה, לשם משכה אותה מאשה מהעבודה. – הוא ראש צוות הפיתוח שלנו, – הציגה אותה מאשה לבחור גבוה עם משקפיים. – אנדריי, זו קרינה מהשיווק. הוא לחץ לה את היד – חזק, אבל בעדינות. חייך – פשוט, בלי להתאמץ להרשים. – גם את בורחת מהקריוקי? – הוא קרץ, כשהמנכ”ל מזייף את “דם חבורות” על הבמה. – שומרת על העצבים שלי, – ענתה קרינה. הם דיברו עד סוף הערב – על ספרים, טיולים, מוזרות של החיים. אנדריי הקשיב הרבה, שאל שאלות ונתן לה לענות. לא תיקן אותה, לא הסביר איך לחיות. When he heard she was divorced, he just nodded and changed the subject. …אחרי חצי שנה הם עברו לגור יחד, בדירה במרכז תל אביב. קטנה, מוארת, תקרה גבוהה ונוף לחצר שקטה. – את בטוחה שאת אוהבת את הדירה הזו? – קרינה שאלה כשבדקו אותה לפני חתימה. – אולי נחפש עוד אופציות? – ואת אוהבת אותה? – אנדריי פנה אליה. – כן. מאוד. – אז זו שלנו. הדברים הקטנים – הזכות לדעה שמקבלים אותה – הפכו ליותר חשובים מכל ההצהרות על אהבה. הוא הציע נישואין על גג הבניין, כשהשמש יורדת והשמיים ורודים וזהובים. הוציא קופסה קטנה עם טבעת יהלום ונצנוץ. – אני לא טוב בנאומים, – אמר אנדריי. – אבל אני רוצה להתעורר לידך כל יום, אם תסכימי לסבול את הנחירות שלי ואת אהבתי לקפה זול. קרינה צחקה בדמעות והסכימה… …הערב ההוא במאי התחיל רגיל. אנדריי נשאר מאוחר בעבודה – דד-ליין, תקלה דחופה בקוד. קרינה הכינה פסטה, זימרה יחד עם הרדיו, עד שצלצול חד בדלת קטע אותה. היא הציצה בעינית – נרתעה. על המדרגות עמד דמיטרי. חיוור, עיגולים שחורים בעיניים, חולצה מקומטת. שנתיים. שנתיים של שקט – ועכשיו הוא כאן. – קרינה, תפתחי! – הוא דפק על הדלת. – אני יודע שאת בבית! חייבים לדבר! היא לקחה טלפון והתקשרה לאנדריי. תפוס. – אנחנו אוהבים אחד את השני! – דמיטרי צעק. – את לא יכולה להיות עם אחר! זה לא נכון! הדלת רעדה – הוא ניסה לפרוץ בכוח. קרינה הדביקה את הגב לדלת, הרגליים נעוצות ברצפה. – תלך מפה! – צרחה. – אני מתקשרת למשטרה! – את אשתי! – קולו נשבר. – היית שלי ותהיי! שנתיים חיכיתי שתתעוררי! שנתיים! – אנחנו גרושים! הכל נגמר! – שום דבר לא נגמר! – הוא דחף שוב את הדלת, והיא הצליחה להחזיק אותה. – אני השתניתי! אמא שלי אומרת שאת פשוט לא מבינה מה טוב לך! תפתחי, נדבר! בעינית ראתה את פניו – מעוותים, אובססיביים. זה לא האדם שאתו חיית אי פעם. קרינה חייגה 100. – דימה! לחיצה אחת – והמשטרה כאן. תסתלק. עכשיו. דמיטרי השתתק. כמה שניות עמד דומם. אז הסתובב במהירות וירד במדרגות. דלת הבניין רועמת. קרינה נשמטה לרצפה, באוזניים רעש. רק אחרי חצי שעה התאוששה והתקשרה לאנדריי. במשטרה הגישה תלונה למחרת. השוטר – גבר מבוגר עם שפם – רשם הכל, הביט בה, הנהן. – נטפל בזה. נדבר איתו. מה אמר לדמיטרי, קרינה לא ידעה. מאז לא ראתה אותו. לא טלפון, לא הודעה, לא ברחוב. …החתונה נערכה ביוני, במסעדה קטנה בצפון – עשרים אורחים, רק חברים קרובים. בלי שטויות, בלי קרובי משפחה של החתן שתובעים מסורת. קרינה עמדה מול אנדריי בשמלה לבנה פשוטה, ידיה בתוך ידיו החמות. בחוץ לילך ברוח, ריח פרחים ודשא קצור כולם. – האם את מסכימה… – פתח המנחה. – מסכימה, – קטעה אותו בקריצה, והאורחים צחקו. אנדריי העניק לה טבעת זהב דקה, חרוט בפנים: “לעד איתך”. קרינה הרימה מבט אל האיש שיהיה בעלה. לא בן של אמא, לא רודף אובססיבי. סתם גבר שיודע להקשיב, לכבד, לאהוב. ולפני כולם – חיים שבהם הדעות שלה באמת נספרות…
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את פשוט לא יודעת מה טוב לך חצי מיליון? יעל עברה על ההודעה שעל המסך של הטלפון שלוש פעמים לפני שהמספרים קיבלו משמעות. לקחת הלוואה של חצי מיליון שקלים?