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למי אכפת מי טיפל בסבתא! לפי החוק הדירה אמורה להיות שלי! – אמא שלי מתווכחת איתי ומאיימת בתביעה כי הדירה של סבתא עברה לבת שלי, לא אליה ולא אליי, והיא בטוחה שזה עוול.
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“אבל איזה קשר יש, מי טיפל בסבתא! הדירה לפי החוק צריכה להיות שלי!” אמי מתווכחת איתי, קולה רועד מכעס. דממה מתוחה שררה בחדר, כשאימי, האישה שילדה
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La esposa embarazada de mi hermano exigió que les entregáramos nuestro piso, y cuando la rechazamos, nos culpó por perder al bebé
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La esposa de mi hermano, embarazada, exigió que les cediéramos nuestro piso. Llevo diez años casada y vivo con mi marido en un piso de dos habitaciones en Madrid.
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איך גיליתי שבעלי מחזיק בסוד תמיכה כלכלית באמו – בזמן שלי לא היה איך להלביש את הילדה שלנו
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איך הבעל שלי בסתר מפרנס את אמא שלו, ולי אין במה להלביש את הילדה אני ובעלי לא בדיוק מגדלים שקלים על עץ. משתדלים להסתדר, כל אחד עובד במה שהוא מצליח למצוא, אבל השכר?
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אשתו של אבא שלי הפכה לאמא השנייה שלי אמא שלי נפטרה כשהייתי בת שמונה בלבד. אבא השתכר, בבית לעיתים לא היה מה לאכול. התחננתי בבית הספר, התקשתתי בלימודים, התביישתי בבגדים – עד שמערכת החינוך שמה לב. פקחי הרווחה הגיעו אלינו שוב ושוב, ובסוף הציבו לאבא תנאים נוקשים – אי עמידה בהם תשלול ממנו את זכויות ההורות. לשמחתי, אבא התעשת, הפסיק לשתות, ומבדקי הרווחה הבאים עברו כבר בשלום. כעבור זמן מה אבא סיפר לי שהוא רוצה להכיר לי אישה שמוצאת חן בעיניו – הלכנו לדודה מריה. לא התלהבתי להיפגש איתה, הזיכרון מאמא היה עדיין טרי ולא הבנתי את החלטת אבא. אבל בשיחה הראשונה הרגשתי את החום שלה. התחברתי עם הבן שלה, שהיה גדול ממני בשנה, והתחלנו יחד חוג אתלטיקה. אבא שמח שהתקרבתי לבת זוגו החדשה. אחרי חודש עברנו לדירה של דודה מריה והשכרנו את הדירה שלנו למקור הכנסה נוסף. אבא לא הספיק להתחתן עם דודה מריה – הוא נהרג בתאונת דרכים על ידי נהג שיכור. רשמית לא הייתי כלום בשביל דודה מריה והעבירו אותי לבית יתומים. לפני שעזבתי, דודה מריה הבטיחה לי שאחזור הביתה ברגע שזה יתאפשר. היא קיימה את הבטחתה ואחרי חודשיים שבתי לביתה. החודשיים האלה הספיקו לי כדי להבין את הקושי והקור שבית היתומים. הייתי אסירת תודה לדודה מריה על שלא נטשה אותי, על שתפקדה כאמא אמיתית שנייה. היא אישה מדהימה, והבן שלה אח אמיתי. היום אנחנו כבר מבוגרים, כל אחד עם משפחתו, אבל אמא מריה נשארה הקרובה ביותר אליי ואל אחי. פעמיים חמות, אף פעם לא רבנו איתה – לא אני ולא אחי – ואף לא פעם שמעה מאיתנו את המילה ״חמות״. גם בעלי וגם אשת אחי קוראים לה אמא מריה בזכות טוב לבה והאהבה שלה. וכל פעם שמישהו פונה אליה כך, העיניים של מריה מתמלאות בשמחה.
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אמא שלי נפטרה כשהייתי רק בת שמונה. אבא שקע בשתייה, ולפעמים לא היה לנו מה לאכול בבית. הייתי מבקשת אוכל בבית הספר, הלימודים שלי הידרדרו, וגם הביגוד שלי לא
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Conectados: La mañana de Doña Esperanza — entre el té, las noticias en la radio y el teléfono que ya no suena, hasta que la familia y un nuevo móvil llegan para enseñarle a vivir en el chat, enredarse con contraseñas y descubrir que nunca es tarde para compartir fotos de sus tomates en el grupo familiar, sentirse útil y, poco a poco, tejer lazos invisibles donde antes sólo había silencio.
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En contacto Las mañanas de Inés Fernández comenzaban siempre igual. Ponía agua a calentar en la vitrocerámica, añadía dos cucharadas de té a la vieja tetera
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Las reglas del verano Cuando el tren de cercanías se detuvo en el andén del apeadero, doña Pilar ya aguardaba al borde, abrazada a una bolsa de tela. Dentro rodaban manzanas, un tarro de mermelada de cereza y un táper con empanadillas. Todo aquello, en el fondo, no hacía falta: los nietos llegaban bien comidos, desde la ciudad, con las mochilas y las bolsas repletas. Pero aun así, las manos se le iban detrás de la cocina. El convoy se sacudió, las puertas se abrieron y de golpe bajaron tres: el larguirucho Daniel, su hermana pequeña, Leonor, y otra mochila que más bien parecía tener vida propia. —¡Abu! —Leonor la localizó la primera y le agitó la mano, tintineando pulseras. Doña Pilar notó que algo cálido subía hasta la garganta. Dejó la bolsa en el suelo con cuidado de no volcarla y abrió los brazos. —Ay, cuánto habéis… —Iba a decir “crecido”, pero se mordió la lengua. Ya lo sabían ellos. Dani se acercó más despacio, la abrazó con un brazo y sujetó la mochila con el otro. —Hola, abuela. Ya casi le sacaba una cabeza. Barbilla con sombra, muñecas huesudas, los auriculares asomando por debajo de la camiseta. Pilar se descubrió buscando en él al niño que un día correteaba por la huerta en botas de agua, pero solo veía detalles adultos y desconocidos. —El abuelo os espera abajo —anunció—. Vamos, que se me enfrían las croquetas. —Un momento, que hago una foto —Leonor ya tenía el móvil, disparó al andén, al tren y a la abuela—. Para las stories. La palabra “stories” le pasó por el oído como un gorrión. Creía recordar que ya lo había preguntado en invierno, a su hija, pero la explicación se le había esfumado. Lo importante era la sonrisa de la nieta. Bajaron por los escalones de hormigón. Junto al viejo Suzuki, don Vicente les aguardaba. Se levantó, le dio una palmada en el hombro a Dani, abrazó a Leonor, asintió a su mujer. Era más sobrio, pero Pilar sabía que se alegraba tanto como ella. —¿Vacaciones ya? —preguntó. —Vacaciones —contestó Dani arrastrando la palabra, lanzando la mochila al maletero. Durante el viaje hacia casa los chicos iban callados. Por la ventanilla pasaban casitas de campo, huertos, alguna cabra fugaz. Leonor hojeó el móvil un par de veces, Dani soltó una carcajada frente a la pantalla y Pilar se descubrió observando sus manos, esos dedos que nunca soltaban el rectángulo negro. No pasa nada, pensó. Lo importante es que en casa sigamos a nuestra manera. Lo de fuera, ya… que siga el ahora. La casa les recibió con olor a croquetas y eneldo. En la galería, una mesa de madera cubierta con hule de limones. En la cocina, la sartén chisporroteaba y en el horno subía la tarta de repollo. —Menudo banquete —asomó Dani en la cocina. —Banquete no, comida —corrigió Pilar en automático y enseguida se contuvo—. Andando, a lavaros las manos. Allí, en el lavamanos. Leonor ya tenía el móvil otra vez. Mientras Pilar servía la ensalada, el pan y las croquetas, de reojo la veía fotografiar platos, ventana y a Minina, la gata, asomada bajo la silla. —En la mesa no tocamos móviles —soltó al sentarse, fingiendo naturalidad. Dani alzó la cabeza. —¿Cómo? —Como suena —intervino don Vicente—. Se come y luego móvil lo que quieras. Leonor dudó, pero dejó el teléfono boca abajo junto al plato. —Solo era para la foto… —La foto ya está hecha —intervino Pilar, suave—. Ahora comemos y después ya… lo cuelgas. El verbo “colgar” le salió inseguro. No acertaba el término actual, pero ya estaba dicho. Dani, remoloneando, también apartó el móvil. Se le notaba como si le pidieran quitarse el casco en una nave espacial. —Aquí tenemos nuestro horario —continuó Pilar mientras llenaba los vasos de zumo—: comida a la una, cena a las siete. Por la mañana nadie duerme más allá de las nueve. El resto, haced lo que queráis. —¿No más tarde de las nueve…? —Dani dudó—. ¿Y si quiero ver pelis de noche? —Por la noche se duerme —sentenció don Vicente sin levantar la vista. Pilar notó que el aire se tensaba, una hebra fina entre las generaciones. Añadió rápido: —No somos un cuartel, claro. Pero si dormís hasta mediodía, el día se va y ni os enteráis. Aquí hay río, bosque, bicis. —Yo quiero al río —saltó Leonor—. Y montar en bici. Y sesión de fotos en el jardín. “Sesión de fotos” le sonaba ya menos extraño. —Eso es, pero primero, un poco de ayuda. Hay que quitar malas hierbas de las patatas y regar fresas. No venís a un hotel… —Abu, que estamos de vacaciones… —protestó Dani, pero Vicente le cortó: —De vacaciones, no en un balneario. Dani suspiró. Debajo de la mesa, Leonor le tocó con el zapato y asomó una media risa. Después de comer, los chicos subieron a deshacer maletas. Pilar entró media hora después. Leonor colgaba camisetas en la silla, colocaba neceser y cargador; junto a la ventana, una hilera de botes de colores. Dani, sentado en la cama, pasaba el dedo por la pantalla del móvil. —He cambiado la ropa de cama. Si algo no os gusta, avisadme. —Todo guay, abu —respondió Dani sin apartar la vista del teléfono. Aquel “guay” le pinchó, pero solo asintió. —Esta noche barbacoa —anunció—. Y cuando descanséis, nos vemos en el huerto, un rato de trabajo. —Va —musitó Dani. Salió, cerró la puerta y se quedó un segundo en el pasillo. De la habitación le llegaba la risa remota de Leonor, hablando por videollamada. Pilar se sintió anciana, no por la espalda, sino como una distancia: la vida de los jóvenes discurría en otro plano invisible. No pasa nada, pensó. Ya aprenderemos. Lo importante, no ser pesada. Esa tarde, cuando el sol ya bajaba, los tres estaban juntos en el huerto. La tierra tibiaba, la hierba seca crujía bajo los pies. Vicente iba señalando dónde tirar la mala hierba y dónde dejar la zanahoria. —Esto fuera, esto se queda —explicaba a Leonor. —¿Y si me equivoco? —Leonor se agachó, haciendo muecas. —No pasa nada —intervino Pilar—. Aquí no somos profesionales. Si nos confundimos, no es grave. Dani estaba de pie, apoyado en la azada, mirando la casa. En su ventana parpadeaba la luz azul del monitor. —¿No te olvidas el móvil? —preguntó Vicente. —Lo he dejado en la habitación —gruñó Dani. Por algún motivo, aquella confesión alegró a Pilar más de lo razonable. Los primeros días se mantuvo el equilibrio. Por la mañana, Pilar golpeaba la puerta, protestaban, se giraban, pero a las nueve y media aparecían en la cocina. Desayunaban, echaban una mano en tareas ligeras y cada quien a lo suyo: Leonor hacía sesiones con Minina y las fresas para Instagram, Dani leía, escuchaba música o se iba en bici. Las reglas se sostenían en los pequeños detalles. Los móviles fuera de la mesa. Silencio nocturno. Solo una noche, a la tercera, Pilar despertó por una risa baja tras la pared. Miró el reloj: la una y media. ¿Aguanto, o me levanto?, pensó en la oscuridad. La risa volvió, luego el sonido de un audio de WhatsApp. Resignada, se levantó y llamó suave. —Dani, ¿no duermes? La risa cesó. —Un segundo —susurró. Abrió la puerta. Ojos rojos, pelo revuelto, el móvil en la mano. —¿No duermes? —Estoy viendo una peli. —¿A la una de la mañana? —Quedé con los colegas a verla juntos y comentar… La abuela se imaginó a otros chavales, repartidos por la ciudad, detrás de sus móviles, chateando de madrugada sobre una película. —Mira, hagamos un trato —propuso—. No me molesta que veas pelis. Pero si te desvelas, por la mañana no hay quien te saque al campo. Hasta las doce, vale. Pasada la medianoche, a dormir. Dani puso mala cara. —Pero ellos… —Ellos están en su casa, tú aquí. Aquí, esto. No te pido acostarte a las nueve. Dudó él, se rascó la cabeza. —Vale —aceptó al fin—. Hasta las doce. —Y la puerta cerrada, que entra la luz. Y el volumen bajo. Volviendo a la cama, Pilar pensó que quizá fue demasiado blanda. Con su hija, hace años, era más dura. Pero los tiempos cambian. Los roces brotaban de pequeños gestos. Un día caluroso, Pilar pidió a Dani ayudar a Vicente a mover unas tablas al gallinero. —Ahora voy —dijo sin mirar del móvil. Diez minutos después, seguía en la galería y las tablas igual. —Dani, el abuelo ya está llevándolas solo —advirtió ella, con tono firme. —Estoy terminando —respondió él, irritado. —¿Siempre “terminando”? —le salió a Pilar—. ¿Que se acaba el mundo si dejas el móvil un momento? Él se defendió airado. —Es importante. Estamos en torneo. —¿Torneo de qué? —En el juego. Por equipos. Si me voy, perdemos. A punto estuvo Pilar de comentar que había cosas más relevantes, pero se fijó en su gesto tenso, el labio apretado. —¿Cuánto te falta? —Veinte minutos. —Vale. Veinte minutos y ayudas. ¿Trato? Dani asintió y volvió al móvil. Veinte minutos después, ella salió y ya se estaba poniendo las zapatillas. —Que sí, que ya voy —le atajó el chico. Aquellos pequeños pactos le daban esperanza: quizá aún tenían margen de maniobra. Hasta que un día todo estalló. A mitad de julio, tenían previsto ir al mercado a por plantas y comida. Vicente pedía ayuda: las bolsas pesaban y el coche no debía quedarse solo. —Dani, mañana vas con el abuelo —dijo Pilar durante la cena—. Leonor y yo haremos la mermelada. —No puedo —saltó él. —¿Cómo que no? —He quedado en ir al festival con los amigos. Hay música, puestos de comida… Ya os lo dije. Ella no recordaba que lo hubiera dicho. O quizá se le pasó; últimamente hablaban de mil cosas. —¿A qué ciudad? —frunció Vicente. —La nuestra, en tren. Está al lado de la estación. Ese “al lado” no le gustó un pelo al abuelo. —¿Sabes ir y volver? —Sí, van todos. Y ya tengo dieciséis. Ese “dieciséis” sonó como argumento apabullante. —Tu padre y yo dijimos que solo no ibas a ningún lado —sentenció Vicente. —No voy solo. Voy con amigos. —Aun así. El ambiente se cargaba, como si el aire espesara. Leonor apuró el plato y lo apartó de manera tímida. —Propongo algo —trató de mediar Pilar—. ¿Vais hoy al mercado y mañana él con los amigos? —Solo hay mercado mañana —cortó Vicente—. Y necesito ayuda. No puedo solo. —Yo puedo —saltó Leonor. —Tú te quedas con Pilar —le nació la respuesta. —Puedo ir sola —dijo Pilar—. La mermelada espera. Que Leonor vaya contigo. Vicente la miró, sorprendido y agradecido a la vez, con algo de orgullo terco. —¿Y el otro, siempre libre? —miró a Dani. —Que yo… —¿No entiendes que esto no es la ciudad? —alzó el tono Vicente—. Aquí la cosa es otra. Somos responsables de ti. —¡Siempre alguien es responsable de mí! ¿Puedo decidir por mí mismo alguna vez? Silencio. Pilar sintió un nudo. Quiso decirle que le comprende, que ella también quiso “ser autónoma” de joven, pero solo se oyó a sí misma, seca y distante: —Mientras estés aquí, se siguen nuestras normas. Dani empujó la silla bruscamente. —Pues entonces, no voy. Salió y cerró la puerta de golpe. Un minuto después, arriba, se oyó un golpe sordo: mochila al suelo o salto a la cama. El resto de la tarde, todo fue tenso. Leonor intentó bromear, hablando de una influencer, pero la risa era forzada. Vicente mascullaba, centrado en su plato. Pilar fregaba y no dejaba de darle vueltas a lo dicho. Las palabras “nuestras normas” resonaban como cucharas en el cristal. De madrugada, un silencio extraño en la casa. Normalmente, el crujido de las tablas, algún ratón, pasaba un coche. Ahora, nada. Pilar escuchó bien. Ninguna luz bajo la puerta de Dani. Quizá al menos dormirá, se dijo, dándose la vuelta. A la mañana siguiente, al bajar a la cocina, vio a Leonor bostezando. Vicente leía el diario. —¿Y Dani? —Dormirá —respondió Leonor. Pilar subió, llamó. —Dani, arriba. Nada. Abrió la puerta. La cama medio hecha, la sudadera sobre la silla, el cargador en la mesa. Pero Dani no. Supo al instante que algo iba mal. —No está —bajó. —¿Cómo que no? —La cama vacía, sin móvil. —Igual está fuera —sugirió Leonor. Dieron una vuelta: ni en el corral, ni en el huerto, la bici en su sitio. —El tren sale a las ocho cuarenta —murmuró Vicente mirando hacia el camino. A Pilar se le helaron las manos. —Igual está en el parque… —¿Con qué amigos? Aquí no conoce a nadie. Leonor sacó el móvil. —Le escribo. Tecleó rápido. A los minutos, negó con la cabeza. —Nada, solo una marca. “Una marca”, sin significado para Pilar, pero la cara de su nieta no prometía nada bueno. —¿Qué hacemos? —preguntó ella a Vicente. Él dudó, luego decidió: —Voy a la estación, por si alguien lo ha visto. —¿Y si no hace falta? —Pilar intentó—. Quizá vuelve… —Se ha marchado sin decir palabra —la cortó él—. Esto ya no es un juego. Se vistió, cogió las llaves. —Tú quédate —Pilar—. Por si aparece. Leonor, si te escribe, avísanos. En cuanto el coche cruzó la verja, Pilar se sentó en la galería, apretando la bayeta en la mano. Le venían mil imágenes: Dani en el andén, subiendo al tren, empujado entre la gente, perdiendo el móvil… Se obligó al sosiego. Tranquila. No es pequeño. No es tonto. Pasó una hora, luego otra. Leonor revisaba el móvil, negaba. —Nada, ni en línea. A las once, regresó Vicente. Cara cansada. —Nadie lo ha visto. Ni en la estación. No terminó. Pilar entendió lo que eso significaba. —Igual ha ido a su festival ese —susurró. —¿Sin dinero ni nada? —En la tarjeta sí tiene —Leonor—. Y también en el móvil. Se miraron. Para los adultos, el dinero iba en la billetera; para los jóvenes estaba en el aire digital. —¿Avisamos a su padre? —propuso Pilar. —Llama —asintió Vicente—. Mejor enterarse ya. La llamada fue dura. El hijo respondió callado, luego soltó un taco y preguntó por qué no vigilaban. Pilar sintió agotamiento. Terminada la llamada, se sentó apesadumbrada. —Abu —Leonor, suave—, no es que esté perdido. Está enfadado. —Enfadado y se va, como si fuésemos enemigos. El día se hizo eterno. Intentaron ocuparse: Leonor ayudó con la mermelada, Vicente trajinaba en el cobertizo, pero todo les salía a medias. El móvil seguía mudo. Al caer el sol, crujió la galería. Pilar, con la taza de té, dio un respingo. La verja se abrió rechinando. Y allí, Dani. Misma camiseta, vaqueros polvorientos, mochila al hombro, cara cansada pero entero. —Hola —dijo bajito. Pilar se levantó. Estuvo por abalanzarse y abrazarlo, pero se contuvo. Solo preguntó: —¿Dónde estabas? —En el festival, en la ciudad. —¿Solo? —Con unos amigos del pueblo al lado. Les escribí yo. Vicente salió, secándose las manos. —¿Sabes cómo lo hemos pasado…? —empezó, pero se le quebró la voz. —He mandado mensajes —se apresuró Dani—. Pero me quedé sin cobertura, y luego sin batería. Me olvidé la de repuesto. Leonor ya estaba a su lado, el móvil en la mano. —Te escribí —le dijo—. Siempre solo una marca. —No era aposta —miró a todos—. Solo… Pensé que si lo pedía no me dejaríais ir, y ya había quedado. Así que… Se calló. —Decidiste no preguntar —completó Vicente. De nuevo, silencio. Esta vez, mezcla de cansancio y alivio. —Pasa, come algo —ordenó Pilar. Siguió a la cocina, se sentó. Ella le sirvió sopa, pan, zumo. Comió con hambre atrasada. —Allí todo carísimo. Esos “foodtrucks” vuestros… —murmuró. Ese “vuestros” sonó raro, pero Pilar no le jugó nada. Al terminar, salieron a la galería, ya fresca. —Vamos a ver —inició Vicente—. Tú quieres libertad. Pero nosotros respondemos por ti. Aquí, no podemos ignorar dónde andas. Dani agachó la cabeza. —Si quieres ir a algún sitio, avísas con tiempo. Planificamos juntos: cómo, cuándo, con quién. Si se puede, vas. Si no, no. Pero desaparecer, no. —¿Y si decís que no? —Entonces te fastidias y te vienes al mercado —intervino Pilar. Él la miró. Tenía de todo la mirada: ofensa, cansancio, confusión. —No era para preocuparos —susurró—. Solo quería decidir yo. —Decidir, sí. Pero también implica pensar en los que se quedan preocupados. Le sorprendieron sus palabras, más constata que sermón. Dani asintió, resignado. —Otra cosa —añadió Vicente—. Si te quedas sin batería, busca cómo cargar. En bar, estación, donde sea. Y avisa lo primero, aunque pensemos regañarte. —De acuerdo. Se quedaron tranquilos un rato. Ladró un perro lejos, Minina maulló en la huerta. —¿Y el festival, qué tal? —preguntó Leonor. —Bien, la música floja, pero había cosas ricas. —¿Fotos tienes? —Sin batería. —Pues vaya, ni prueba ni contenido. Sonrió él, cansado pero genuino. Tras aquel día la casa pareció reajustarse. Las normas seguían, pero más suaves, más flexibles. Pilar y Vicente, tras la cena, pasaron a limpio en un papel lo importante: levantarse antes de las diez, ayudar al menos dos horas, avisar si se iba uno, fuera móviles en la mesa. Colgaron la hoja en la nevera. —Esto parece colonias —rió Dani. —Colonia familiar —respondió Pilar. Leonor aportó sus reglas: —Vosotros no llaméis cada cinco minutos si estoy en el río y llamad antes de entrar en mi habitación. —Pero si no entramos… —se sorprendió Pilar. —Igual, ponedlo —insistió Dani. Añadieron dos líneas más. Vicente refunfuñó, pero firmó. Surgieron tareas comunes que ya no eran imposiciones. Una noche, Leonor rescató un viejo juego de mesa. —Jugamos todos después de cenar. —Jugaba de niño —se animó Dani. Vicente fingía que tenía faena, pero acabó uniéndose. Resultó que recordaba mejor las reglas que nadie. Hubo risas, piques, y los móviles olvidados a un lado. La cocina también fue terreno de conciliación. Una tarde, Pilar se hartó del “¿qué hay de cena?”: —El sábado, cocináis vosotros. Yo solo os indico dónde se guardan las cosas. —¿Nosotros? —dijeron Dani y Leonor al unísono. —Vosotros. Lo que sea, pero comestible. Ellos lo tomaron en serio. Leonor buscó una receta moderna en el móvil, Dani peló verduras, discutían el mejor método. Olía a cebolla frita y especias, la pila llena de platos, pero flotaba alegría. —Si luego hay cola en el baño no os quejéis —bufó Vicente, pero se lo zampó todo. En el huerto pactaron: Pilar asignó “parcelas personales”. —Esta línea de fresas, tuya —a Leonor—. Esta otra de zanahorias, de Dani. Os hacéis cargo. Si no, no habrá cosecha. —Experimento científico —dijo Dani. —Grupo de control y experimental —rió Leonor. Leonor cuidaba y fotografiaba sus fresas. Dani regó dos veces y lo olvidó. Al final del verano, ella llena la cesta, él solo un par de zanahorias tristes. —¿Aprendido algo? —Sí. Lo mío no es lo rural. Se rieron juntos, sin tensión. Cuando el verano acabó, la casa tenía su ritmo. Desayunaban juntos, cada cual a lo suyo y a la tarde otra vez la mesa. Dani alguna noche se retrasaba al móvil, pero a las doce apagaba la luz, y Pilar, al pasar, solo oía su respiración. Leonor iba al río con amigas, pero siempre avisaba. A veces aún discutían: por la música, la sal de la sopa, si fregar al momento o luego. Pero ya no era guerra generacional. Solo convivencia bajo el mismo techo. La última noche antes de marcharse, Pilar horneó una tarta de manzana. La casa olía dulce, la galería fresca. Sobre la mesa, mochilas preparadas y ropa doblada. —Vamos a hacernos una foto —propuso Leonor cuando se repartió la tarta. —¿Otra vez para…? —empezó Vicente, luego calló. —Solo para nosotros —aclaró ella. Bajaron al jardín. El sol se ponía entre los manzanos. Leonor puso el móvil sobre un cubo, activó el temporizador y corrió. —Abuela al centro, abuelo a la derecha, Dani a la izquierda. Se ordenaron torpemente, hombro con hombro. Dani le tocó un poco el codo a Pilar. Vicente se acercó. Leonor rodeó sus cinturas. —Todos una sonrisa. El obturador sonó. Dos veces. —Listo —Leonor revisó y sonrió—. Genial. —Enséñame —pidió Pilar. En la pantalla se veían graciosos: ella con el delantal aún puesto, Vicente en su camisa vieja, Dani despeinado, Leonor en camiseta llamativa. Pero había algo cálido, de familia. —¿Me la podrías imprimir? —Claro, te la envío. —¿Y cómo la imprimo si está en el móvil? —Yo te ayudo —intervino Dani—. Vente a vernos y la sacamos. O la traigo en otoño. Pilar asintió. Sintió calma, no porque ahora se entendieran con una mirada, sino porque intuía que entre sus normas y su libertad se había abierto un sendero de ida y vuelta. Esa noche, ya acostados los nietos, Pilar salió a la galería. El cielo negro, alguna estrella. En casa, silencio. Vicente se sentó a su lado. —Mañana se van. —Se van. Guardaron silencio. —Mira que al final… se superó. —Se superó —asintió Pilar—. Incluso, puede ser que hasta hayamos aprendido algo. —¿Quién a quién? Ella sonrió. En la ventana de Dani, oscuridad. En la de Leonor también. Quizá el móvil, por fin, cargando en silencio para el día siguiente. Pilar cerró la puerta, y antes de subir, miró el papel de las normas en la nevera, la tinta un poco corrida y el boli al lado. Pasó el dedo por las firmas, y pensó que el verano próximo quizá reescriban la hoja. Añadirán algo, quitarán otra cosa. Pero lo esencial ya está. Apagó la luz de la cocina. Sintió que la casa respiraba tranquila, recogiendo todo lo que fue el verano y dejando hueco a lo nuevo. Las reglas del verano.
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Reglas para el verano Cuando el tren de cercanías se detiene en el andén diminuto, Carmen Fernández ya aguarda junto al borde, apretando contra el pecho
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לא סתם בייביסיטר: סיפורה של עליסה בדרך לאהבה ומשפחה בבית מורוזוב
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לא סתם בייביסיטר נווה ישבה ליד שולחן בספריית האוניברסיטה בתל אביב, מוקפת במחברות ובספרי לימוד. אצבעותיה רפרפו במהירות על הדפים, ועיניה עברו בשקדנות על
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La suegra nos propone mudarnos a su piso “por nuestro bien”, pero tiene sus propios planes — así reaccionamos mi marido y yo ante su generoso ofrecimiento
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La suegra propone que nos mudemos a su piso claramente con segundas intenciones Muchísimas gracias por la oferta, de verdad. Es muy generosa.
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למרות שלוסיה הייתה כלה ואישה למופת, היא הרסה לא רק את נישואיה – אלא גם את עצמה
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אף על פי שנועה הייתה כלה ואישה למופת, היא לא רק הרסה את נישואיה, אלא גם איבדה את עצמה בדרך. נועה הייתה יתומה וגדלה בפנימייה בדרום תל אביב.
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De vacaciones con la familia más caradura: poner, por fin, los puntos sobre las íes — ¡Llevo dos semanas aguantando, Santi! Dos semanas en este cuchitril que tienen la desfachatez de llamar “hotel”. ¿Por qué aceptamos venir? — Porque mamá lo pidió. “A Nines le viene bien descansar, que la pobre ha tenido mala suerte en la vida”, — imitó su hermano a la madre. Lo de la tía Nines es cierto, su vida no ha sido fácil, pero a Luba no le daba ninguna pena. Ninguna. Nines, la hermana materna de su madre, era la típica “pobre familiar” a la que todos debían algo. La maleta no cerraba. Luba empujó la tapa con la rodilla mientras intentaba encajar la cremallera, pero ésta se abría de nuevo, escupiendo por fuera la toalla de la playa. Detrás del delgado tabique de madera —al que ese cutre hospedaje llamaba “pared”— se oía un chillido: era Timi, el hijo de seis años de la tía Nines. — ¡No quiero puré! ¡No quiero! ¡Quiero nuggets! — gritaba el crío como si le estuvieran matando. Después, un fuerte batacazo, tintineo de platos y la voz ronca, ahumada y holgazana de la propia Nines: — Venga, corazoncito, cómete una cucharadita por mamá. Verita, baja a la tienda, tráele los nuggets al niño, que se ve que lo está pasando fatal. No puedo moverme, las piernas ni me responden. Luba se quedó quieta, agarrada al cierre de la maleta. ¡Verita! ¡Allí que irá mamá! Santi, el hermano de Luba, estaba sentado en la única silla medio rota de su diminuta habitación, mirando el móvil con gesto oscuro. Ni siquiera intentaba recoger sus cosas. La bolsa seguía en el rincón, sin tocar. — ¿Estás escuchando eso? — susurró Luba, señalando la “pared”. — Otra vez mandando a mamá. “Verita, tráeme esto”, “Verita, pásame lo otro”. Y ahí va mamá, que salta a la primera. — No te calientes, — farfulló Santi sin levantar la vista. — Mañana nos vamos a casa. — ¡Llevo dos semanas soportando esto, Santi! ¡Dos semanas en este antro que ellas llaman “hotel”! ¿Por qué vinimos? — Porque mamá lo pidió. “A Nines le vendrá bien descansar, pobrecita mía”, — remató su hermano, imitando a la madre. Luba se sentó al borde de la cama, las muelles chillaron resignados. Lo de la tía Nines era cierto, su historia era triste, pero Luba no conseguía sentir compasión. Ninguna. Nines, la hermana de su madre, era “la pariente pobre”, a la que todo el mundo debía algo. El primer hijo lo perdió de bebé — una tragedia de la que la familia hablaba en voz baja. Luego tuvo un marido que era demasiado amigo del vaso, y que se fue para siempre hace algunos años. La tía criaba dos hijos de dos hombres distintos y vivían todos juntos… en casa de la abuela. También residía allí el último “hombre de sus sueños”, el octavo en la lista. A Nines no le gustaba trabajar, decía que ella había nacido “para embellecer el mundo y sufrir”, y que para costear ese espectáculo tenían que estar los demás. Empezando, claro, por la madre de Luba, Vera, que según la hermana debía de nadar en dinero (“te sobra la pasta, Vera”). Luba se acercó a la ventana. Las vistas eran “fabulosas”: los cubos de basura y la pared del gallinero del vecino. Estas vacaciones fueron idea de mamá. “Venga, todos juntos en familia, así ayudamos a Nines a desconectar”. Ayudar significaba que Vera había pagado la mayor parte del viaje, compraba la comida y cocinaba para toda la tropa, mientras Nines y su nueva amiga —una tal Lari, que había conocido en la piscina, unidas por la pasión de no hacer nada— se tumbaban al sol. — Prepárate, — le dijo Luba a su hermano. — Esta noche cenamos en restaurante. Es la despedida. *** Por supuesto, el sitio no lo eligieron ellas. Nines dijo que quería comer algo caro. El restaurante estaba en el paseo marítimo. Tuvieron que juntar dos mesas para hacer hueco a toda la “pandilla de gorrones”, como pensaba Luba para sí. Nines, con un vestido brillante que amenazaba con romper a cada respiro, presidía la mesa junto a la amiga, Lari, una mujer rotunda de voz sonoro y pelo quemado por el tinte. — ¡Camarero! — gritó Nines sin mirar la carta. — ¡Tráiganos lo mejor! Pinchos, ensaladas… y de ese vinito tinto, una jarra. Vera, la madre de Luba, estaba en un extremo, sonriendo con timidez. Se la veía extenuada. En dos semanas no había descansado un minuto: si no era Timi con una rabieta, era Nines encontrándose mal, o Aina aburrida. — Mamá, pide el pescado, que te apetece, — le susurró Luba inclinándose hacia ella. — Son muy caros, hija. — Vera negó con la mano. — Yo con una ensaladita tengo bastante. Que coma Nines, bastante sufre durante el año. La rabia subió a Luba. Sí, claro, ¡la sufrida! Y mientras tanto, el pequeño tirano Timi daba golpes de cuchara en el plato. — ¡Dale de comer! — exigía sin mirar de la pantalla. Nines, interrumpiendo a Lari, le metió el puré en la boca. — Ay mi rey, — le ñoñó — come, que te tienes que hacer fuerte. — Tiene seis años, — explotó Luba — ¿tampoco sabe comer solo? Silencio incómodo en la mesa. Nines giró la cabeza, lenta: — ¿Y a ti quién te ha preguntado, querida sobrina? — siseó. — Ten tus propios hijos y ya los educarás. El mío tiene un alma sensible. ¡Lo que necesita es cariño! — Lo que necesita son límites y no la tablet en la mesa, — repuso Luba —. Chilla como un poseso si algo no le gusta. Así lo estáis criando: un pequeño egoísta. — ¡Ay, que no puedo! — irrumpió Lari escandalizada. — Nines, mírala, se nos ha vuelto psicóloga. El huevo enseñando a la gallina. Niñata, no has vivido, y ya das lecciones a los mayores. — Luba, cállate, — susurró la madre, tirándole de la manga. — No estropees la noche. Por favor. La cena se hizo interminable: Nines y Lari berreaban sobre hombres, cotilleaban a los del hotel y se lamentaban de la desgracia de ser mujer. Aina, metida en el móvil, lanzaba miradas de reproche a los “carrozas”. Timi berreaba por el postre, y le traían el mayor helado sin rechistar. Llegó la cuenta; aparatosamente, Nines puso cara de tragedia: — Anda, que he dejado el monedero en el cuarto. Vera, ¿la puedes pagar tú? Mañana te la doy. Nada más llegar a casa. “Nunca lo hará”, pensó Luba, viendo a su madre sacar la tarjeta en silencio. Era el cuento de siempre. *** Volvieron al hostal pasada la medianoche. Luba fue directa a la ducha para quitarse de encima la pegajosa noche. El agua salía apenas en hilo, y variaba de frío glacial a ardiente. Salió envuelta en la toalla y fue hacia su cuarto, cuando se detuvo junto a la puerta entreabierta de la cocina. Desde dentro llegaba un cuchicheo fuerte. — …¿Has visto a la tiquismiquis? — chillaba Lari. — Con esa cara de asco sentada ahí. “Que si el crío no sabe comer solo”. ¿A ti qué te importa, mocosa? ¿Te crees que lo sabes todo? Si no fuera por ti, Verita, estaría recogiendo mierda de vaca, y no yendo de restaurantes. Una estirada de manual. Sin novio ni sesera. Solo tiene aires de grandeza. Luba contuvo la respiración. El corazón le latía en la garganta. Esperó. Esperó oír a su madre golpear la mesa. Esperó que dijera: “Lari, basta. No hables así de mi hija”. O al menos se fuera de ahí. Pero solo se oyó el suspiro de Nines y su voz victimista: — No me lo recuerdes, Lari. Es una niña difícil. Toda de la rama de su padre, ahí todo el mundo… muy suyo. No como las mías. Aina será carácter, pero es buena chica, con corazón grande. Pero esta… nos mira como si fuéramos basura. Se me cierra el estómago cuando la tengo delante. — Verita, la has malcriado, — añadió Lari —. Una azotaina a tiempo y se le quitan las tonterías. Ahora mírala: una princesita que no te respeta como madre. Yo en tu lugar, la echaba de casa… para que aprendiera. Luba pegó la frente al marco. Su madre callaba. Allí estaba, con esas dos mujeres, bebiendo té (o algo más, por el tufo), y escuchando cómo destrozaban a su única hija. Luba se irguió. La puerta se abrió de golpe y golpeó la pared. En la cocina, silencio de sepulcro. Las tres sentadas ante la mesa de plástico, cubierta de platos sucios y envoltorios vacíos. Nines con el vestido reventado de la axila, Lari roja y sudorosa, y mamá… Mamá, encogida en sí misma. — Así que soy una estúpida, ¿verdad? — la voz de Luba era de piedra. — ¿Y tú, tía Nines, eres el ejemplo de bondad? Nines se atragantó y abrió los ojos. Lari se levantó del asiento, una mole amenazante. — ¿Vienes a espiar, niñata? — gruñó — ¿Crees que tienes derecho a esto? — Ni espiar. Si gritáis tanto que os oye todo el piso, — replicó Luba —. ¿Qué pasa, tía Nines? ¿No te entra el bocado, pero cuando mamá pagaba en el restaurante sí se traga todo, eh? — ¡Malcriada! — berreó la tía, roja de ira — Te hemos tratado con cariño y así nos pagas. Te podría ser tu madre, y tú me restregando lo del dinero. ¡Cómete la pasta y atragántate! — No me molestan tus deudas, me molesta tu jeta — estalló Luba —. Te llevas toda la vida a costa de mamá. Que si un marido, que si otro, que si los niños, las enfermedades inventadas… Mamá trabaja como una mula para pagarte el veraneo, y tú despotricando a sus espaldas. Tu hija es una descarada sin modales, habla como una camionera y te desprecia, y ¿tú me das lecciones a mí? Y tu hijo, un manipulador en miniatura al que nunca dices “no”. Nines se quedó muda, no tenía respuesta. — ¡Luba! — chilló Vera, saltando del asiento — ¡Para ya! ¡Vete a tu cuarto! — No, mamá, — Luba la miró con tanto dolor que Vera se quedó sin habla —. Aquí sentada, escuchas cómo esa mujer —a la que conocemos de hace dos días— me insulta. Y tú, callas. Se lo permites. Lari empujó la silla y se giró hacia Luba con los puños en alto. — Ahora sí que vas a aprender a respetar a tus mayores… Levantó la mano. Una mole de carne directo al rostro. Luba ni se inmutó. Pero Santi apareció y paró en seco el movimiento. — Tócalos y te arrepientes — dijo, seco —. ¿Os habéis vuelto locas? Tía Nines, haz las maletas. Nosotros nos vamos. — ¿Cómo “nosotros”? — chilló Nines, viendo cómo perdía el control — ¡Yo no me muevo! ¡Nos quedan dos días! ¡Vera! ¡Tus hijos están locos, se comportan como bestias! Entonces, por fin, Vera habló. Se acercó a Luba, la agarró por los hombros y comenzó a sacudirla. — ¿¡Por qué has empezado esto!? — gritó, entre lágrimas — ¡¿Por qué saliste de tu cuarto!? ¡Ya lo has estropeado todo! ¡Somos familia! ¿No te da vergüenza hacer el ridículo delante de todos? Luba apartó con suavidad las manos de su madre. Algo, dentro, se rompió sin remedio. — No me da vergüenza, mamá, — pronunció muy bajo —. La vergüenza deberías sentirla tú, por dejar que nos traten así… Se dio media vuelta y salió. Santi detrás. Recogieron sus cosas en silencio. Al fondo, Nines lloraba a gritos por su desdichada vida, y Lari murmuraba insultos hacia Luba y Santi. Aina, desvelada por el escándalo, protestaba porque no la dejaban dormir. — No podremos irnos ahora, — murmuró Santi —. No hay bus hasta la mañana. Nos tocará esperar en la estación. — Me da igual, — Luba metía el maquillaje en una bolsa —. Prefiero la estación a este agujero. Ni un minuto más aquí. — ¿Y mamá? Luba se detuvo, la camiseta en el aire. — Mamá ha elegido. Se ha quedado en la cocina. Con su hermana. *** Luba no habla con su madre, Santi tampoco — nunca la perdonaron. Vera llamó varias veces, diciendo que les perdona si le piden disculpas a Nines, pero ni Luba ni Santi quieren ese tipo de perdón. Ya está bien, han tenido suficiente. Si a su madre le gusta vivir pendiente de la hermana, allá ella. A ellos les va mucho mejor sin la familia caradura.
03
Durante las vacaciones con la familia descarada: poner cada uno en su sitio ¡Llevo dos semanas aguantando, Pablo! ¡Dos semanas en este cuchitril al que llaman hostal!