Life Lessons
Mis familiares se ofendieron porque no les dejé quedarse a dormir en mi nuevo piso — ¡Natacha, hija! ¿Te has quedado muda? ¡Que te digo que ya hemos comprado los billetes! El tren llega el sábado a las seis de la mañana. No te duermas, ven a buscarnos, que venimos con bolsas y con los niños de Svetlana —que sabes cómo son— y además el taxi hoy en día sale carísimo, y tú tienes un coche bien grande, que cabemos todos —la voz de la tía Carmen atronaba por el teléfono, casi tapando el sonido del agua mientras Natalia preparaba un baño. Natalia se quedó congelada, sujetando el móvil entre el hombro y la oreja, justo en el recibidor recién pintado de su flamante nuevo piso. Las llaves de ese piso las había recibido apenas un mes antes. Veinte años de hipoteca, tres años de una austeridad feroz en los que se privó incluso de un café de más o de un vestido nuevo, seis meses de obras donde aprendió a enlucir paredes como el mejor albañil, y elegir tarimas con más criterio que un jefe de obra. Ese piso era su fortaleza. Su paraíso blanco y sufrido, donde todo estaba en su sitio, ni una mota de polvo, y en el que planeaba pasar su primer fin de semana en total silencio, disfrutando de la soledad y de las vistas desde su ventanal. — Espera, tía Carmen —se atrevió al fin a decir Natalia, cerrando el grifo y yendo a la cocina, junto a su taza de infusión a medio terminar—. ¿Qué billetes? ¿De qué tren me hablas? Yo no he invitado a nadie. Al otro lado del teléfono, un silencio denso como una manta. Después, tía Carmen cogió aire con ese suspiro característico de las tormentas antes de venir. — ¿Cómo que “no has invitado”? Natalia, ¿estás bien de la cabeza? Tenemos un motivo. Es el cumpleaños de tu tío Miguel, setenta años, ¡y vive en tu ciudad! ¡Ya te olvidaste! Toda la familia va a reunirse. Pensamos: ¿para qué gastar dinero en un hotel, si nuestra sobrina vive en una casa de lujo? Tu madre dice que has comprado un tres habitaciones, que te ha quedado un piso precioso. Así que vamos: yo, el tío Paco, Svetlana con su marido y los gemelos. Solo somos seis, apretaditos, tiramos unos colchones y ya está. No necesitamos mucho —las personas humildes—, tú ya sabes. Natalia se dejó caer en el taburete alto, sintiendo cómo le latía la sien. Seis personas. Tía Carmen, que siempre ronca y da órdenes en cocinas ajenas. El tío Paco, que no le hace ascos a un vaso de vino y luego se pone a fumar en el balcón (y el balcón de Natalia era parte del salón, decorado con una butaca carísima). Svetlana, la prima, que cree que sus mellizos “huracanados” de cinco años pueden hacer cualquier cosa, desde pintar las paredes hasta saltar en los sofás. Y su marido, Valeriano, siempre con mala cara y que devora todo lo que se encuentra. — Tía Carmen —dijo Natalia, cerrando los ojos y mirando su cocina color marfil—. No puedo daros alojamiento. El piso acaba de terminarse, ni siquiera tengo todos los muebles aún. No hay sitio. Y encima trabajo; el finde tengo un informe urgente. — ¡Ay, anda ya! —se ofendió la tía—. ¿Qué informe ni informe? ¡Si el sábado y el domingo son días de descanso! Y por los muebles, que ya traemos mantas. Dormimos en el suelo, no somos pijos. ¿Vas a negar la entrada a tu tía? Que te he cuidado de niña y hasta una muñeca alemana te regalé cuando cumpliste cinco, ¿te has olvidado? Ese argumento de la muñeca lo había oído Natalia mil veces. Por cierto, estaba a una pierna y mal comprada, pero, en las leyendas familiares, era un tesoro. — Tía Carmen, lo entiendo. Pero no, de verdad. El piso es nuevo, no estoy preparada para invitados, mucho menos tantos. Además, el tío Miguel vive en la otra punta, tardaríais hora y media desde aquí. Es más lógico coger un apartamento turístico cerca de allí. Te ayudo a buscar y te mando enlaces. — ¡Mírala, la señorita! —la voz de la tía subió hasta el chillido—. ¡Ahora te ha dado por mandar enlaces! ¡Qué sabionda! ¿Te crees mejor que la familia por comprarte un piso y hacer obra? Si no fuera por nosotros, tú ni… — Tía Carmen —la cortó Natalia, notando hielo interior, la decisión aflorando—. No me las quiero dar de nada. Solo digo que no puedo acogeros. Es mi decisión. Por favor, no compréis billetes pensando en quedaros en mi casa. No os voy a abrir. Colgó antes de escuchar otra ráfaga de reproches. Le temblaban las manos. Sabía que esto era solo el principio. Venía “la artillería pesada”. Efectivamente, diez minutos después la llamó su madre. — Natalia, ¿te has vuelto loca? —entró, sin filtro—. Carmen está al borde de un ataque, ya le ha subido la tensión. ¿Les has echado tú? — Mamá, no. Solamente he dicho que no puedo meter en mi casa a seis personas. ¿Tú sabes cómo son los hijos de Svetlana? Que la última vez le pintaron el gato con rotulador a la abuela y tiraron la tele al suelo, y Svetlana tan tranquila: “Está bien, ellos exploran el mundo”. Yo no quiero que lo exploren en mi casa. — Hija, pero ¡es familia! —le hablaba como a una niña—. Aguanta dos días y protege el piso con plástico. Así mantienes la paz. Carmen irá diciendo que eres una desalmada. A mí me va a dar vergüenza, hija. — Mamá, pues a mí no. ¿Por qué tengo que sacrificar mi tranquilidad y mis cosas para que Carmen se ahorre cinco mil euros en un hotel? Si pueden venir a un cumpleaños, pagar billetes y regalos, también pueden buscar alojamiento. — Eres una egoísta —suspiró su madre—. Igualita que tu padre. Así te quedarás sola, con tus paredes blancas, y nadie te traerá ni un vaso de agua. — Mejor me lo sirvo yo que andar lavando la casa del “amor familiar” —musitó Natalia antes de colgar. Pasó la semana sobre ascuas. La familia, callada. Carmen no volvió a llamar, Svetlana no mandó mensajes furiosos. Natalia pensó que tal vez habían entrado en razón, o incluso renunciado al viaje. Se tranquilizaba repitiéndose: “he puesto los límites”, no es no. El sábado amaneció perfecto. Natalia durmió a pierna suelta, se hizo un café, se puso la bata de seda preferida, y fue al salón bañado de sol. Paz absoluta. Su idea era leer, pedir sushi y, quizá, darse un baño de espuma al anochecer. El portero automático sonó a las nueve, implacable y exigente. Natalia se sobresaltó, derramando el café en la alfombra beige. Fue hasta el telefonillo, aunque ya intuía quién era. En la pantalla, un grupo: gigantescas bolsas, la cara roja de tía Carmen, el tío Paco en gorra y los críos ya apretando todos los botones. — ¡Natalia, abre! ¡Sorpresa! —gritó la tía Carmen a la cámara—. Venimos del tren, muertos, déjanos pasar al menos a beber un vaso de agua. Natalia se apoyó contra la pared. Al final habían venido. Ignoraron su negativa, confiando en que, cara a cara, no se atrevería a dejarles fuera. Táctica de manual: ponerte en un compromiso. Respiró hondo, contó hasta cinco, y descolgó. — Ya os dije que no vengáis a mi piso. — Uy, quita ya, qué drama: nos pasamos y ya está, ¡no somos extraños! Abre, que los críos se hacen pis, no seas así. — Tenéis un bar en el bloque de al lado, allí hay baño público —respondió Natalia con calma—. No os abro. — ¿Pero tú estás hablando en serio? ¡Con bolsas y todo! ¡Tu madre sabe que hemos venido! ¡Abre ahora o armo un lío todo el portal! — Puedes armar el lío que quieras. Yo mandé por sms las direcciones de hoteles. Adiós. Colgó y apagó el interfono. Al poco, empezaron a llamar al timbre de la puerta. Algún vecino les había abierto el portal. Natalia se congeló: ya no estaban fuera, sino pegados tras el fino metal de su entrada. El timbre sonaba y sonaba. Luego, golpes. — ¡Natalia! ¡Abre ya, sinvergüenza! —gritaba Svetlana—. ¿No te da vergüenza? ¿No ves que los niños están agotados? — ¡Abre, desagradecida! —retumba la voz del tío Paco—. Llevamos embutido y pepinillos de casa, ¡anda ya! Natalia, abrazándose a sí misma, sentía miedo, rabia y humillación. Le daban ganas de abrir, solo para parar la escena. “Qué dirán los vecinos”, cruzó por su cabeza. Pero imaginó el desastre: seis personas con zapatos sucios, bolsas arañando las paredes, el olor a tabaco y perfume barato impregnándolo todo. ¿Acaso no sería peor sentirse violada en tu propio hogar? No. Se acercó a la puerta y habló con firmeza: — Voy a llamar a la policía. Si no os vais, pongo denuncia por altercado y por intentar entrar por la fuerza. Silencio. — ¡Vas a matar a tu madre del disgusto! —berreó tía Carmen—. ¿Cómo te atreves, traidora? ¡Ojalá se te caiga la lengua! — Cuento hasta tres —dijo Natalia, sacando el móvil—. Una… — Está loca, vámonos de aquí, que de verdad llama a la poli y nos montan un numerito —se oyó la voz de Svetlana, menos gallita. — Dos. — ¡Que te den! —rugió el tío Paco y, al sonido, pateó la puerta—. ¡Que te atragantes con tu piso lujoso! — Tres. Ruidos, peleas, bolsas cayendo, zapatazos y algún llanto infantil. — ¡Nos vamos ya! —mascullaba tía Carmen—. ¡No vuelvo a poner un pie aquí! ¡A todo el mundo le contaré la bruja que tienes por sobrina! ¡A todo el mundo! Pasos alejándose por la escalera. Natalia, temblando, se dejó deslizar hasta el suelo de gres aún caliente y se tapó la cara. Lloró de pura tensión, no de pena. Lo había conseguido: había defendido su territorio. El móvil sonó una y otra vez (madre, tía Carmen, números desconocidos, seguramente otros familiares, ya al tanto del “escándalo”). Lo apagó por completo. Fue a la cocina, se sirvió agua y, desde la ventana, vio a las figuras en la calle cargando maletas mientras la señalaban con el dedo. Recordó una historia de cinco años atrás: estudiante sin cama en un nuevo destino, Natalia pidió posada a tía Carmen, que le soltó: “Con las obras que tenemos, hija, te vas a sentir fatal. Además Svetlana no quiere problemas con su novio. Búscate la vida.” Tres noches durmiendo en la estación hasta que encontró renta con una anciana, por ayudarle en casa. Entonces la “sangre familiar” no le ardió a Carmen. Ahora que la sobrina tiene un pisazo, sí. — Pues por aquí no paso, no —susurró Natalia. Puso música baja, olor a café recién hecho, y se sentó en su sillón. El día estaba perdido, pero su casa seguía intacta. Por la noche, al encender el móvil, llovieron mensajes: “No eres ya hija, ni hermana, ni sobrina” —Carmen. “¿Cómo puedes hacerle esto a mamá, con lo delicada del corazón?” —Svetlana. “Me avergüenzo de tenerte como hija” —su madre. Ese dolía más. Natalia leyó largo rato. Tentada estuvo de justificar, de recordar aquella estación, del desinterés de entonces, de su derecho a tener espacio propio. Pero entendió que nunca lo entenderían; para ellos solo era un recurso insumiso. A su madre solo le contestó: “Mamá, te quiero. Pero soy adulta y mi casa, mis normas. Si quieres venir sola y avisas con tiempo, siempre serás bienvenida. Pero no me chantajees más con la familia. Carmen me dejó en la calle hace cinco años. Solo he devuelto la cuenta.” No hubo respuesta. Pasó una semana. Natalia seguía en su hogar perfecto. Los vecinos apenas cuchicheaban; la escandalera de Carmen no había hecho el efecto deseado. Una chica con perro le dijo en el ascensor: “¡Felicidades por el piso! Y vaya puerta robusta, ¿eh?” Un mes después, la madre llamó. Voz seca pero sin tragedias. Un par de preguntas sobre el trabajo y la hipoteca, ni palabra de Carmen. Natalia tampoco. Congeladas las relaciones familiares. Ya no la invitaron a cumpleaños, fue expulsada del chat de WhatsApp. Pero Natalia se dio cuenta de que su vida no se había empobrecido. Al contrario. No más regalos absurdos para primos lejanos, no más consejos de “ya va siendo hora de casarse”, no más preguntas indiscretas sobre su sueldo. Medio año más tarde, Navidad. Suena el timbre. Natalia mira por la mirilla: Svetlana, sola, demacrada y llorosa. Abrió. — Hola —murmuró Svetlana—. ¿Puedo pasar? Natalia dudó, luego se hizo a un lado. — Adelante. Déjate los zapatos en la alfombrilla. Svetlana fue a la cocina, temblorosa. — Me he separado de Valentín —soltó llorando—. Bebía, y me pegó. He dejado a los niños con mi madre, yo no puedo más. Mi madre solo me culpa, dice que es mi culpa. Carmen ni me habla. No sé a dónde ir. Levantó and la mirada, deshecha. — Natalia, ¿puedo quedarme a dormir? Unos días. En lo que encuentro habitación. No molestaré, duermo por el suelo. Natalia recordó su cara semanas atrás, desafiante por el portero automático. “¿No tienes vergüenza?”. Ahora era solo una mujer derrotada. Y comprendió la diferencia: antes era exigencia descarada, hoy era una petición de ayuda. — No duermes en el suelo —suspiró—. Tengo sofá cama. Svetlana, incrédula. — ¿De verdad me dejas entrar después del numerito que montamos? — Sí. Pero hay normas —Natalia puso el té—. Una: aquí no vienen niños, no es un piso adaptado. Dos: máximo una semana para que consigas habitación; yo te ayudo. Tres: nada de darme lecciones ni de chismorrear con Carmen. Si me entero, a la calle. — Gracias —susurró—. Gracias, Natalia. Fuimos unos estúpidos. Solo te envidiábamos… por haberte escapado, por tener tu vida. Y nosotros atrapados… — La envidia es mala, Svetlana. Destruye —Natalia le preparó la cama. Svetlana se quedó cinco días, fue un fantasma. Limpiaba, apenas respiraba. Encontró piso y se fue. Fue un punto de inflexión. Supo lo que era otra vida: tranquila, limpia, respetuosa. Pidió el divorcio, encontró trabajo, se apartó de Carmen y de su madre, y empezó a llamar de vez en cuando a Natalia e ir al cine juntas. Tía Carmen nunca perdonó. Pero ya le daba igual a Natalia. Con su libro y su copa de vino, mirando las luces de Madrid desde el sofá, pensaba: “Mi casa es mi castillo” no es solo una frase bonita. Es supervivencia. Y, a veces, el puente levadizo hay que dejarlo arriba, aunque del otro lado haya gente con tu mismo apellido.
011
Rocío, ¿te has quedado muda o qué? Escucha, ya hemos comprado los billetes, el tren llega a Atocha el sábado a las seis de la mañana. Espabila y recógenos
Life Lessons
אהבה ראשונה לא שוכחים – סיפורו של פרחור, החזרה הביתה, זיכרונות הילדות, וגם הפגישה המחודשת עם מריאנה, הילדה המיוחדת מהכיתה, שהפכה למרפאת בעשבים ובלב.
0131
לגמרי לשכוח לא הצלחתי כל יום אני חוזר הביתה מירושלים בתחבורה הציבורית קודם הרכבת הקלה, אחר כך אוטובוס, ובסוף אני בסוף סוף בבית. הדרך הלוך ושוב לוקחת לי יותר משעה.
Life Lessons
La familia política de mi marido se autoinvitó a nuestra casa de campo para las vacaciones, pero yo me negué a darles las llaves
02
Pues hemos pensado, y mira tú, hemos decidido que para qué va a estar vuestro chalet muerto de risa, ¿no? Que vamos nosotros con los críos en las vacaciones de Reyes.
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ריבת שן-ארי החורף המושלג נגמר, השנה לא היו ממש קרים, חורף רך ומושלג, אבל גם הוא כבר נמאס, וכבר מתחשק לראות עלים ירוקים, צבעוניות ושלהוריד סוף סוף את בגדי החורף החמים. לעיר הקטנה בגליל הגיע האביב. תאסיה אוהבת את האביב, מחכה להתעוררות הטבע, והיא חיכתה בסבלנות. כשצפתה מהחלון שבקומה השלישית, חשבה: – עם הימים האביביים החמים, העיר כאילו התעוררה משנת החורף הארוכה. אפילו המכוניות הגדולות נשמעות אחרת והשוק התעורר. אנשים במעילים צבעוניים צועדים לכל עבר, בבוקר הציפורים מעירות אותנו לפני השעון. אה, טוב באביב, ובקיץ עוד יותר טוב… תאסיה גרה בבניין הזה כבר שנים, עכשיו היא גרה עם נכדתה ורד, שלומדת בכיתה ד’. לפני שנה ההורים של ורד נסעו לעבוד בהסכם לאפריקה – שניהם רופאים, והשאירו את הבת אצל הסבתא. – אמא, אנחנו מפקידים אצלך את ורד שלנו, אי אפשר לקחת אותה איתנו, אנחנו יודעים שתשגיחי עליה טוב, – אמרה בתה של תאסיה. – ברור שאשגיח, יהיה לי יותר שמח איתה, מה יש לי לעשות בפנסיה? תיסעו, אנחנו כבר נסתדר אני וורד, – ענתה האם. – ישש, סבתוש, איזה חיים יהיו לנו, נלך הרבה לפארק, ההורים תמיד עסוקים. לא פנויים אליי, – שמחה הנכדה. תאסיה האכילה את הנכדה בבוקר ושלחה אותה לבית הספר, ואז עשתה את ענייני הבית. הזמן עבר מהר. – אלך לסופר, ואז ורד תחזור מבית הספר, – חשבה כשהתארגנה לצאת. יצאה מהבניין, ועל הספסל ליד הבית כבר ישבו שתי שכנות, עם כריות חמות מתחתיהן – הספסל עדיין קר. שולה – אישה בודדה ללא גיל – אולי שבעים, אולי יותר, אף פעם לא מגלה את גילה, גרה בקומת קרקע בדירת חדר. ולנטינה, גם היא מבוגרת ובודדה, בת שבעים וחמש, אוהבת לקרוא, מכירה הרבה סיפורים מעניינים, שמחה וצוחקת בקול; ממש ההפך הגמור משולה שתמיד לא מרוצה. ברגע שיורד השלג והשמש זורחת, הספסל הזה אף פעם לא פנוי. שולה וולנטינה הן קבועות שם, משש בבוקר עד הערב, רק לארוחת צהריים חוזרות הביתה. הן יודעות הכל על כולם, אפילו זבוב לא עובר בלי שישימו לב. תאסיה לפעמים מצטרפת אליהן, משתפות אחת את השנייה במה חדש, מי קרא מה במגזין או ראה בתוכנית טלוויזיה, ושולה אוהבת לקטר על לחץ הדם שלה. – שלום, בנות, – חייכה תאסיה, – משמרת כבר התחילה. – שלום תאסיה, ברור, אחרת יקבלו עלינו תלונה. את בטח בדרך לסופר, – אמרה שולה, כאשר ראתה את השקית ביד של תאסיה. – נכון, קופצת לסופר לפני שוורד שלי תחזור; הבטחתי לה משהו מתוק על ציונים טובים, – אמרה תאסיה ונכנסה פנימה. היום עבר כרגיל, חיכתה לוורד, האכילה אותה, זו ישבה לעשות שיעורים, תאסיה טיפלה בענייניה ואחר כך צפתה בטלוויזיה. – סבתוש, אני הולכת לחוג ריקוד, – אמרה ורד. ורד כבר עמדה מוכנה עם תיק הגב והטלפון. היא רוקדת כבר שש שנים, אוהבת להשתתף בכל ההופעות העירוניות, ותאסיה גאה בנכדתה היפה. – בטח ורדוש, רוצי, – אמרה הסבתא בחיבה וליוותה אותה לדלת. תאסיה ישבה אחרי הצהריים לבד על הספסל ליד הבניין וחיכתה שוורד תחזור מהחוג. – משתעממת? – הצטרף אליה השכן מהקומה השנייה, יגאל אליהו. – איך אפשר להשתעמם ביום כזה? אביב, מזג אוויר נפלא, – ענתה תאסיה. – כן, השמש מחממת, הציפורים שרות, הכל נהיה ירוק, הכל צהוב מתרמילים של חרצית – נראים כמו שמשות קטנות, – אמר השכן בחיוך, ותאסיה הסכימה. באותו רגע ורד התפרצה מאחור וקפצה לסבתא בצעקה: – הב הב… – שובבה, הפחדת אותי, עוד רגע הייתי מתה, – צחקה תאסיה. – היי, בואי נרגע, – חייך יגאל אליהו וטפח לה קלות על הכתף. – יאללה, שובבה שלי, גיררתי לך גזר עם סוכר, בטח היית צריכה כוחות אחרי הריקוד, וגם את הקציצות האהובות עלייך הכנתי, – אמרה לה בחיוך. גם יגאל קם מהספסל והלך אחריהן. – למה אתם עוזבים את הרחוב? – שאלה תאסיה. – גרמת לי תיאבון עם הקציצות, בא לי לאכול משהו. אולי ניפגש בערב על הספסל או נטייל בפארק, – אמר השכן. – לא מבטיחה, מלא עבודה, נראה… ובסוף באמת יצאה בערב לספסל. נפרדה בשקט מהשכן וחייכה לעצמה, נכנסו הביתה היא ווורד, והוא אחריה. – סבתוש, יגאל אליהו עושה לך עיניים, – צחקה ורד כשנכנסו. – איזה שטויות, – ענתה תאסיה, מוחה בידה. – תאמיני לי, אני רואה איך הוא מסתכל עלייך, לא פעם ראשונה שמתי לב, – המשיכה לצחוק ורד והוסיפה בחלום, – אם מרק מהכיתה המקביל היה מסתכל עליי ככה, כל הילדות היו מקנאות. – בואי תאכלי, חכמולוגית שלי. גם מרק עוד יסתכל, – חייכה הסבתא. בערב שוב יצאה תאסיה, ויגאל חיכה לה על הספסל. פלא – השכנות נעלמו. – שולה ולנטינה רק עכשיו הלכו, לארוחת ערב, – שמח יגאל אליהו. מאותו ערב תאסיה ויגאל נפגשו לעיתים קרובות, לפעמים טיילו בפארק שממול. קראו יחד עיתון, דיברו על מתכונים, סיפורים, ושיתפו חוויות. יגאל אליהו לא זכה ליחס מיוחד מהחיים. הייתה לו אישה, בת ונכד, נשאר מוקדם אלמן וגידל לבד את בתו ככל שיכול. עבד בשתי עבודות כדי שלא יחסר לה דבר. לא השקיע הרבה זמן בבית, הייתה קמה והולכת כשהוא חוזר. הבת גדלה, התחתנה, עברה לעיר אחרת, ילדה בן. כמה פעמים ביקרה – ומאז ניתק הקשר ביניהם. גם בביקורים שלה לא הייתה שמחה משפחתית אמיתית. אחרי חמש עשרה שנות נישואין התגרשה, גידלה את הבן לבד. – תאסי, הבת שלי הודיעה שתגיע אליי עוד יומיים, התקשרה בבוקר. מה קרה פתאום, אחרי שנים? – אמר יגאל, הם כבר מדברים על הכל בגוף ראשון. – כנראה התגעגעה, בגיל מסוים רוצים להיות קרובים למשפחה, – ניחשה תאסיה. – לא בטוח, לא יודע… הבת, ורד, באה. עדיין קשה, לא מחייכת, עם ראש בראש. יגאל חש המתנה כבדה לשיחה רצינית, והיא הגיעה. – אבא, אני פה בעיקר בעניינים. בוא נמכור את הדירה שלך, תעבור לגור אצלנו, עם הנכד, יהיה יותר שמח, – אמרה בתקיפות, כבר רואים שהחליטה. אבל יגאל לא הרגיש נוח ולא רצה לעזוב ביתו אל עיר זרה ו”מעקב” של בת לא חמה. סירב, אמר שהתרגל להיות לבד. ורד לא ויתרה, שמעה שאביה בקשר טוב עם השכנה והלכה לבקר את תאסיה. ברכה בנימוס, התיישבה, תאסיה מזגה לה תה, שמו עוגיות וריבת שן-ארי על השולחן. – אני שומעת, ורד, – ענתה בידידות. – שמתי לב שאת מאוד קרובה לאבא שלי, – פתחה. – תוכלי לשכנע אותו במשהו חשוב. – ומה זה? – תעזרי לי לשכנע אותו למכור את הדירה… למה שאיש זקן ישאר בדירה גדולה? אפשר לחשוב על אחרים, לא? – סיימה ברשעות. תאסיה הופתעה מהציניות והספקולציה של ורד וענתה בשלילה. ורד השתנתה – אידומה מאד כעגבנייה, צעקה וכעסה: – אהה, ברור… בטח את בעצמך רוצה את הדירה, מצאת זקן בודד ועושה נדוניה לנכדה שלך… מתרפקים לכם יחד על הספסל, מטיילים בערב, מדברים על החרצית… זוג שני חרציות זקנות, וחושבת שתתפוס משהו… כבר הגשתם בקשה לחתונה? שתדעי – לא תצליחי, ואת עוד תקבלי איום ישיר – לא יצליח לך, מכשפה זקנה, – וצעקה וסגרה את הדלת. לתאסיה לא היה נעים, קיוותה שהשכנים לא שמעו את הצעקות. בסוף ורד נסעה. תאסיה התחמקה מיגאל, כל פעם שרואה אותו ממהרת הביתה. ושותים תה עם ריבת שן-ארי אבל איך שלא תברח, החיים מסדרים את העניינים. פעם חזרה מהסופר, ויגאל חיכה לה עם חרציות צהובות, כבר התחיל לקלוע מהם זר. – תאסיה, אל תברחי, – ביקש, – שבו לרגע. תסלחי לי על הבת שלי. אני יודע… מה אמרה לך ומה יכולה להגיד. דיברתי איתה, לנכד אני עוזר ואמשיך לעזור. אבל היא… אי אפשר ככה… בסוף נסעה והודיעה שאין לה יותר אבא… ואני… – הוא השתתק, הושיט לה זר חרציות, – קחי, ודרך אגב, עשיתי ריבת שן-ארי – בריאה וטעימה, חובה לטעום! ובסלט גם כדאי, – צחק השכן. אחריך דיברו יחד על חרציות, הכינו סלט, ותאסיה שתתה תה עם ריבת שן-ארי – מצאה חן בעיניה מאד. בערב שוב הלכו לפארק: – יש לי את הגיליון החדש של העיתון האהוב שלנו, – אמר יגאל אליהו, נקרא יחד על הספסל מתחת לעץ הליבנה שלנו, – הצביע על הספסל. תאסיה התיישבה לידו וצחקה, והשיחה זרמה והם שכחו מהכל. היה להם טוב ביחד. תודה שקראתם, שנרשמתם ותמכתם בי. בהצלחה בחיים!
028
ריבת שן הארי החורף הלבן והשלו נגמר, והשנה לא היו כפור חזק מין חורף רך ורטוב כזה. אבל גם חורף כזה נמאס, והלב משתוקק כבר לעלים ירוקים, צבעים חיים, ולהשליך
Life Lessons
Las casualidades no existen: La historia de Agata, una joven castellana que, tras la muerte de su madre, lucha por conservar el hogar familiar frente a los chantajes de su madrastra, la apatía de su padre y una traición inesperada—lazos rotos y segundas oportunidades en el corazón de un pueblo español.
010
Las casualidades no existen Han pasado cerca de cuatro años desde que falleció mi madre, pero Lucía no ha podido olvidar la amargura y la pena insoportable.
Life Lessons
לא רציתי, אבל בכל זאת עשיתי זאת וָסיליסה לא ידעה לעשן, אך הייתה משוכנעת שזה מרגיע לה את העצבים. היא עמדה בחצר ביתה וצפתה ברחוב השכונתי, והמחשבות שלה היו קודרות, מטרידות וסוערות. לאחרונה חייה התמלאו בדאגות לא פשוטות. וָסיליסה גרה לבד בבית סבתה שנפטרה, הוריה במושב כשלושים דקות מכאן. היא רצתה להיות עצמאית, לגור לבד – בכל זאת בת 23. עובדת בדואר המקומית. וָסיליסה לא הצליחה לסיים את הסיגריה, כיבתה וזרקה: – לא אוהבת לעשן, כמו שוֵרָה מעשנת אחת אחרי השנייה, היא זו שהמליצה לי, אמרה שזה מרגיע, אבל בקושי… – חשבה לעצמה. באותו רגע עבר ליד ביתה במכונית השוטר החדש בשכונה, אנטון, שעבר אלינו ממועצה סמוכה. וָסיליסה כבר שמעה עליו מפי החברות בדואר. לאחר שהיא שלחה מבט במכונית, נכנסה הביתה, החל להחשיך, ויש לה היום משימה חשובה ומסוכנת… יום קודם בדואר לא היה עומס חריג, אבל מדי פעם נכנסו תושבים מהמושב. – מחר יהיה פה בלגן, – אמרה אנה פדרובנה, – היום לפני החלוקת קצבאות. אנה פדרובנה עובדת בדואר עוד מצעירותה, התושבים כבר לא זוכרים אחרת, והיא תמיד מספרת: – כבר שלושים שנה אני כאן בדואר, כולם מכירים אותי, אין לי מושג איפה הייתי עובדת אחרת. – נכון, דודה אנה, – צחקה ורוניקה הצעירה, – אמא שלי אומרת בלעדייך הדואר לא היה פועל. עלייך הכול כאן מחזיק. – טוב, לא הייתי אומרת עד כדי כך, מקום קדוש לא נשאר ריק, אפשר למצוא לי מחליפה, כבר בקרוב אצא לפנסיה… – שלום – אמרה מרינה, אישה גדולה בת 42 שנכנסה. – אוף, חם היום. באתי בשביל השכנה שלי – סבתא גלאפירה, ביקשה לעשות מנוי למגזין, אוהבת לקרוא. ומחר מוקדם אנחנו טסים לחופשה בים – עד טורקיה… אז היא ביקשה כי המנוי שלה נגמר, ואינה רוצה להישאר בלי מגזינים… חבל עליה, בקושי יוצאת החוצה, אז היא קוראת הרבה, אומרת שככה הזמן עובר יותר מהר. – וואו, מרינה, לא מפחיד לטוס רחוק, ועוד בטיסה, – שאלה אנה פדרובנה, – טורקיה זה טוב, תתחממו בשמש, – אמרה בטון כאילו היא עצמה חזרה משם. – מה פתאום, לא מפחדת. כבר ביום הראשון אעלה תמונות לרשת, קניתי בגד ים חדש, אז תראו! – הבטיחה מרינה ויצאה. – כמה כסף צריך בשביל חופשה כזו עם כל המשפחה? – גלגלה עיניים ורוניקה, – יש להם כסף, הבעל שלה – חקלאי מצליח, – אמרה אנה פדרובנה. רק וָסיליסה הייתה שקטה, ישבה ליד הקיר, הסתכלה במסך מחשב והקשיבה. חשבה… כעבור זמן קצר נכנס שוטר אנטון לדואר וניגש לשלום: – שלום, חיכיתי להודעה שצריכה להגיע אלי, לבדוק אצל ורוניקה – ופתאום ראה את וָסיליסה, והשתהה מולה. – לא ידעתי שיש כאן כאלה בחורות יפות שעובדות… רק מאוד עצובה. אנה פדרובנה הבחינה במבטו. – אהה, זו וָסיליסה. לא מזמן קברה את ארוסה. – ברור, – אמר אנטון, וורוניקה הודיעה שאין לו דואר. שלושה שבועות לפני כן נהרג ארוסה של וָסיליסה, דניס, נמצאה גופתו ברמלה, אומרים שהיה מהמר בסתר במועדון לא חוקי. היא לא ידעה על כך. המשטרה לא מצאה את הרוצחים, אבל מאוחר בלילה הגיעו אליה עשרים שניידים מהעיר. היא ראתה אותם יחד עם דניס בעבר. – ארוסך חייב לנו סכום רציני. – אבל הוא מת, – אמרה וָסיליסה בפחד. – חה, אבל חובות לא מתים. את צריכה לסגור את החוב, תצטרכי לשלם, – אמר לֵחַ, וציין סכום ענק: שלוש מאות אלף שקל. – אין לי סכום כזה! – זה כבר בעיה שלך, ויש אצלכם במושב אנשים עשירים, אז תחשבי. – אני בכלל לא יודעת מי אצלנו עשיר… – אל תשקרי, עובדת בדואר – את יודעת הכול על כולם, – פסק לֵחַ, – אנחנו צריכים את הכסף. עוד שבועיים נחזור, אם תלכי למשטרה – לא נשאיר אותך בחיים, שתדעי. הנה לך כלי פריצה. תפתחי כל מנעול, – אמר לֵחַ בגסות. כשהלכו נעלה וָסיליסה את הדלת במהירות. הדם דפק ברקות, בבית היה שקט, חושך בחוץ. בלילה, החליטה וָסיליסה לפרוץ לבית מרינה. המשפחה בנסיעה, והיא ידעה שאין שם כלב בחצר, רק שער נעול. זה לא בעיה, עברה מעל הגדר. היא לא ידעה איך תיכנס – אבל כמו שאמר לֵחַ, הצליחה לפתוח את המנעול עם כלי הפריצה. הלב שלה רץ, היא פועלת נגד החוק, כמו אותם פושעים שדחפו אותה למעשה. וָסיליסה חיפשה כסף, בחדר היה אור מהפנס שליד הגדר. – אלוהים, מה אני עושה, – חשבה לעצמה, – ברור שאני רוצה לחיות… מה עשית דניס, למה ככה? שוכב שם ואני צריכה להסתבך ולהיות פושעת. הבינה שצריכה ללכת למשטרה, אבל פוחדת – לֵחַ יכול למצוא אותה בכל מקום… מצאה רק חמש עשרה אלף שקל, בתיבה טבעת זהב של מרינה ויד, וראתה על השולחן גם מחשב נייד, הכניסה הכול לתיק. יצאה מהדואר והלכה ל”קפיטריה” בשקט יצאה מבית מרינה, עם תיק על הכתף, זמן מה הסתכלה סביב – לא היה אור באף חלון, רק פה ושם כלבים נבחו. אף אחד לא ראה אותה. רעדה, פחדה. בבית החביאה את התיק עמוק בארגז סבתא, מתחת לבגדים ישנים. לא ישנה כל הלילה, הלכה לעבודה עם כאב ראש. בצהריים יצאה בדואר והלכה למסעדה המקומית. – שלום, – הופיע מולה השוטר אנטון. היא קפצה, והוא חייך – אל תדאגי, אני גם בדרך למסעדה. – שלום… – ענתה בשקט, חושבת במתח – אולי הוא כבר יודע מה עשיתי? חיכיתם לי? – כן, בדיוק לך חיכיתי, – חייך השוטר. היא הביטה בעיניו המחייכות ונרגעה, הבינה שהוא מתלוצץ. מאז החלו להיפגש לצהריים, לפעמים ליוו אותה אחרי העבודה. בסוף גם נשאר אצלה בבית. הועברה השמועה במהירות בשכונה: – וָסיליסה תפסה את השוטר, נו, הצליחה… – עיצבנה את תמרה, – אנטון דווקא מוצא חן בעיני הבת שלי, טניה, אבל זו ישר קפצה… – יאללה, תראי איך הוא אוהב את וָסיליסה, מאוהב. באמת הייתה אהבה, הדדית, אך היו תושבים שפטו אותה. – רק לפני כמה זמן קברה את הארוס, כבר עם אחר. – מה, שתסבול כל החיים? – הגנו אחרים. וָסיליסה לא מצאה מנוחה, התקרב היום בו אמורים לחזור אליה מהעיר ולדרוש את הכסף. פחדה – ומה אם ימצאו את אנטון בבית? מאוד רצתה להודות לו על המעשים שלה, והשעות רצו. עם יומיים לסוף, לא החזיקה: – אנטון, אני חייבת לספר לך משהו, – התחילה, והוא צחק. – כן, אני יודע, גם אני מאוד אוהב אותך… – לא, לא לזה התכוונתי… אנטון הקשיב ברצינות, לא האמין שחברה שלו, עדינה ויפה, מסוגלת למשהו כזה. אך מיד הצדיקה – הפחידו אותה. – וואו, וָסיליסה. תצטרכי לתת על זה דין. איפה הדברים הגנובים? היית צריכה מיד לבוא אלי… היא הביאה לו את התיק. הוא דיבר איתה ארוכות, הבטיח. יומיים אחר כך, בלילה, דפקו בדלת שלה. וָסיליסה פתחה בפחד – שם עמדו לֵחַ עם חברו, דרשו את הכסף. – לא הצלחתי למצוא כסף, אבל אנסה… – אמרה בפחד. – תנו לי עוד זמן. לֵחַ אחז בה חזק, – רוצה עוד זמן? לא יקרה, תני עכשיו כסף או ש… – משך בחולצתה וקרע אותה. באותו רגע ראתה שחברו של לֵחַ נפל מאחוריו, ואז גם הוא. שניהם על הרצפה, אנטון כבר סוגר עליהם אזיקים, שוטר נוסף מרים את החבר. – הכול נגמר – אמר אנטון, – הם יקבלו את עונשם. תבואי מחר לתחנה, מבררים הכול. וָסיליסה נחקרה, סיפרה הכול. מרינה שבה מחופשה עם משפחתה, קיבלה הכול חזרה לפי רשימה. אנטון ביקש מהמפקח לא לחשוף את מעורבותה של וָסיליסה. איך ומה היה – הסתדר. איש לא תיאר שוָסיליסה, הבחורה השקטה, תעשה דבר כזה. כולם החליטו שזה לֵחַ וחברו – אגב הם גם רצחו את דניס. נשלחו להרבה שנים לכלא. אנטון הציע נישואין לוָסיליסה, נערכה חתונה. אהבתו של אנטון מחקה את כל החטאים של וָסיליסה וריפאה לה את הפצעים הישנים. היום הם כבר מגדלים את בתם הקטנה עולֶה.
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לא רצתה, אבל עשתה לעשן, יערה לא ידעה, אבל בכל זאת השתכנעה שזה עוזר לה להירגע. היא עמדה בחצר הבניין שלה בשכונת מגורים קטנה בצפון, והתבוננה ברחוב השקט, הראש
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Eché a mi cuñado de la mesa en plena celebración por sus bromas groseras: una cena de aniversario, mucha paciencia y el día en que dijimos basta al típico faltón de la familia
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Luis, ¿has sacado la vajilla buena? La de la cenefa dorada, no la de diario. Y mira que las servilletas estén bien tiesas, que las he almidonado para que
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שקט של ערב השנה החדשה
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שקט של ערב ראש השנה נובמבר היה עכור, רטוב, כמו תמיד מדכא. הימים זחלו לאט כאילו מישהו מושך אותם בחוט ואין להם שום כוונה לשמח אף אחד. את דצמבר שירי שמריהו
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Mi marido invitó a su exmujer con los niños a la cena de Nochevieja, así que hice la maleta y me fui a casa de mi amiga
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Dime que no vas en serio, Olegario. Dímelo, por favor, que esto es una de esas bromas tuyas de mal gusto. O quizá el ruido del grifo me ha hecho oír cosas.
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Al final de este verano: Trabajando en la biblioteca, Dana siempre había considerado su vida aburrida, ahora que apenas tenía visitantes y todo el mundo estaba en internet. De vez en cuando reorganizaba los libros en las estanterías, quitándoles el polvo. La única ventaja de su empleo era que había leído infinidad de libros de todo tipo: románticos, filosóficos… Y, de repente, al llegar a los treinta, se dio cuenta de que el amor había pasado de largo por su propia vida. Con una edad respetable, sin una apariencia llamativa y un trabajo poco remunerado, nunca se le había pasado por la cabeza cambiar su empleo porque, a pesar de todo, le satisfacía. A la biblioteca solo acudían estudiantes, algún que otro escolar o pensionista. Recientemente, Dana ganó inesperadamente el primer premio en un concurso profesional a nivel regional: un viaje de dos semanas con todos los gastos pagados a la costa. —Qué suerte, ¡por supuesto que iré! —comentó feliz a su madre y a su mejor amiga—, con mi sueldo no podría permitírmelo, pero la vida a veces te sorprende. El verano llegaba a su fin. Dana paseaba por la orilla de una playa desierta; los pocos veraneantes se resguardaban en las cafeterías porque el mar estaba especialmente bravo ese día. Era su tercer día junto al mar y le apetecía andar sola, reflexionar y soñar despierta. De pronto vio cómo una ola arrastraba desde el espigón a un chico al agua. Sin pensarlo ni un segundo, se lanzó a ayudarle, aunque no era la mejor nadadora, desde pequeña había sabido mantenerse a flote. Las olas parecían ayudar a arrastrar al chico hacia la orilla, aunque de repente volvían a empujarle mar adentro. Pero Dana consiguió mantenerse en pie y, por fin, llegar juntos a terreno seguro. Empapada y con su bonito vestido pegado al cuerpo, Dana miró al joven y se sorprendió. —Pero, si es un adolescente, tendrá catorce años como mucho, solo que parece mayor y hasta es más alto que yo —pensó, y le preguntó—: ¿Cómo se te ocurre bañarte con este tiempo? El chico, tambaleándose, le dio las gracias y se alejó. Dana, encogiéndose de hombros, le vio marchar. A la mañana siguiente, al despertar en su habitación, sonrió: hacía un día espectacular, el mar brillaba como nunca, con una calma casi culpable tras las olas del día anterior. Después de desayunar, Dana se tumbó en la arena al sol. Al atardecer fue a dar una vuelta por el parque y entró en una galería de tiro. En el colegio y la universidad era buena disparando, aunque el primer tiro fue fallido, el segundo dio en el blanco. —Hijo, así es como hay que apuntar —escuchó decir tras ella una voz masculina. Al volver la cabeza, vio al mismo chico del día anterior. En la mirada del joven apareció el miedo al reconocerla, pero Dana entendió enseguida que el padre no sabía nada de lo ocurrido. Sonrió levemente. —¿Nos das una lección? —le pidió un hombre alto y simpático—. Mi hijo, Jenaro, no acierta ni a propósito y, para mi vergüenza, yo tampoco. Después de practicar juntos, pasearon por el parque, tomaron un helado y subieron a la noria. Dana creyó que pronto se reuniría con la madre del chico, pero ni padre ni hijo la mencionaron. El padre, que se presentó como Antonio, era un conversador fascinante y a Dana le gustaba cada vez más. —¿Llevas mucho tiempo de vacaciones aquí? —le preguntó él. —No, solo una semana, aún me queda otra por delante. —¿Y de dónde eres, si se puede saber? Para su sorpresa, Antonio y Jenaro vivían en la misma ciudad que ella. Rieron los tres de la coincidencia. —Hay cosas que solo pasan fuera de casa. En la ciudad nunca coincidimos y aquí, en la playa, sí —Antonio le sonrió amigablemente. Jenaro también participaba en la conversación y parecía relajado; debía de haberse dado cuenta de que Dana no iba a contarle a su padre lo del accidente. Al despedirse esa noche, padre e hijo acompañaron a Dana a su hotel y acordaron encontrarse de nuevo al día siguiente en la playa. Dana fue la primera en llegar a la playa, sus nuevos amigos se retrasaban casi una hora. —Buenos días, Dana —escuchó la voz de Antonio—, discúlpanos, hija, pero nos quedamos dormidos. Ni pusimos la alarma. —Papá, me voy a bañar —dijo Jenaro, y se dirigió al mar. Pero Dana, asustada, gritó: —¡Espera! ¡No sabes nadar! —¿Quién, él? ¡Si nada fenomenal! ¡Hasta participa en campeonatos en el colegio! —contestó sorprendido el padre. Dana se quedó callada, entonces pensó que quizá lo había imaginado mal el día anterior. Vivían en el hotel de al lado. El resto de vacaciones pasaron como un sueño. Se reunían cada mañana en la playa y despedían el día juntos tras excursiones. Dana sentía que tenía que hablar a solas con Jenaro, pues intuía que algo le preocupaba, aunque tal vez era solo una impresión suya. Ya sabía que padre e hijo estaban alojados en el hotel vecino. Por fin, un día Jenaro apareció solo por la playa. —Hola, mi padre está pachucho, tiene fiebre —le explicó—. Pero pedí permiso… le dije que tú cuidarías de mí —sonrió—. Perdona por decidirlo así, pero no me apetecía quedarme solo en la habitación. —Jenaro, ¿puedes darme el número de tu padre? Mejor le llamo —le pidió Dana y él se lo dictó. —Buenos días —respondió Antonio al teléfono—. O tal vez no tanto; me ha cogido un trancazo. ¿Puedes cuidar de mi chico? Prometió portarse bien. —No te preocupes, que yo me encargo. Es casi un adulto, espabilado. Luego te llevo algo de fruta —le prometió Dana. Cuando Jenaro se tumbó a su lado tras salir del agua, le dijo inesperadamente: —¿Sabes? Eres de verdad una amiga. —¿Y eso? —Gracias por no contarle a mi padre el incidente del otro día —respondió Jenaro, algo avergonzado—. Me vi arrastrado por la ola y me asusté. —No hay de qué —le sonrió Dana y, tras un silencio, le preguntó—: Jenaro, ¿dónde está tu madre? ¿Por qué estáis solos? El chico se tomó su tiempo, pero finalmente le contó todo. Por el trabajo de Antonio, a veces tenía que irse de viaje de negocios y Jenaro se quedaba bajo cuidado de su madre, Marina. Su familia parecía feliz, pero en realidad era una fachada, culpa de Marina. Un día Antonio le comunicó a su esposa: —Me han mandado a cursillos en Madrid durante tres semanas. Después puede que me asciendan, me lo ha insinuado el jefe. El sueldo será mucho mejor… Antonio creyó ver un atisbo de alegría en Marina. Sin embargo, unas noches después, la madre le dijo a su hijo: —Esta noche vienen unos compañeros del trabajo, Artemio y su hija Kira. Tengo que trabajar en unos planos con Artemio, así que tú te encargas de Kira, pero cuidado, es un par de años mayor que tú. Kira era espabilada, y tras un rato en la habitación le propuso salir a pasear por el parque. Marina le dio a Jenaro un billete de cincuenta euros y le sonrió. —¡Claro, salid! Invítala a un helado —dijo, algo que no era habitual. Salieron, se divirtieron, aunque a Jenaro no le gustó cómo hablaba Kira de su madre y su padre. Así pasaron las semanas. Antes de que Antonio volviera, Kira le soltó: —Bueno, chaval, mejor que llegue tu padre porque me harte de tener que distraerte. Le prometí a mi padre que no estarías en casa mientras… ya sabes, entre los adultos pasan cosas. Jenaro no quería creerlo, pero todos los indicios apuntaban a que su familia se desmoronaba. Cuando volvió Antonio, llegó a casa justo para oír a su madre en plena discusión con su padre. —Sí, te he sido infiel. Y, ¿qué vas a hacer? —gritaba Marina. —Nada. Me divorcio y el niño se queda conmigo. Está claro que tú ya no le quieres —respondió el padre. —Mejor, así monto mi propia familia —replicó la madre. Jenaro se encerró en su cuarto. Al día siguiente, la madre se fue de casa y el padre intentó explicarle todo, pero él le interrumpió: —Papá, no hace falta que me lo expliques. Ya lo sabía. Te quiero y estaremos bien los dos. —Hijo, eres más maduro de lo que pensaba —le dijo el padre—. Si quieres ver a tu madre, por mí perfecto, pero tú decides. Pero a Jenaro no le apetecía ver a su madre todavía. Ese día, tras la playa, Dana llevó a Jenaro a casa de su padre con algo de fruta y le prometió volver al día siguiente. Tres días después, Antonio y Jenaro volvían a casa y Dana aún se quedaba dos días más. El verano llegaba a su fin. Al final de ese verano se despedían. Antonio le prometió ir a buscarla al aeropuerto. Jenaro sonreía. Dana no hacía planes, solo sonreía como una colegiala, leyendo una y otra vez los dulces mensajes de Antonio, que le confesaba cuánto la echaba ya de menos y cómo esperaba su regreso. Y no pasó demasiado hasta que Dana se instaló en el piso de Antonio y Jenaro, y el más feliz parecía ser el propio Jenaro: por su padre, por sí mismo y por Dana.
01
Al final de este verano Trabajando en una biblioteca de Salamanca, Lucía siempre pensó que su vida era un aburrimiento. Cada vez venía menos gente, todo