O mi madre o nadie: una historia sobre Elena, su esposo y la omnipresente suegra que nunca entendió …

Life Lessons

O madre, o nadie

Clara, deberíamos comprar otra entrada para el teatro.

Clara levantó la vista del plato. La cena ni siquiera se había enfriado y ya estaba Jaime sentado con el móvil en la mano, absorto en la pantalla, como si resolviese un asunto de Estado.

¿Otra entrada? ¿Es que alguien más viene con nosotros?

Jaime ni siquiera alzó la cabeza.

Mi madre tiene muchas ganas de ir. Ayer le conté que vamos y se ha entusiasmado.

Clara dejó el tenedor junto al plato, se levantó y se giró hacia la encimera, fingiendo que iba a por un vaso de agua. El gesto de su rostro se torció sin remedio; no podía controlarlo y tampoco lo intentó. Lo importante era que Jaime no lo notase, porque le faltaban fuerza y ganas de explicar lo que sentía.

Por supuesto. Su madre quiere. Por supuesto que quiere. Carmen Sánchez siempre había querido.

Clara se quedó junto al grifo, llenando el vaso lentamente, y ante sus ojos pasaron las fotos de su boda. Las doscientas cuarenta que el fotógrafo entregó en una memoria USB envuelta en un lazo bonito. Después Clara estuvo tres noches seguidas repasándolas, buscando alguna en la que estuviesen solo Jaime y ella. Solos, sin invitados, sin familia, sin nadie más. No encontró ni una.

En todas salía Carmen Sánchez: arreglándole el nudo de la corbata a su hijo, abrazándolo por los hombros, colocándose justo entre los recién casados y sonriendo a la cámara como si la celebración fuera en su honor. Clara entonces pensó que era una simple coincidencia, una elección desafortunada del fotógrafo. Ahora ya no lo creía así.

Desde el primer día, la suegra se comportó como si Clara no fuese la esposa de Jaime, sino una inquilina temporal a la que habían asignado habitación. El piso, dicho sea de paso, era propiedad de Clara, comprado con su propio dinero. Pero Carmen Sánchez venía cuando le apetecía, sin avisar, con su opinión formada sobre todo. Que si las cortinas no pegan, que si las ollas son incómodas, que si la carne está salada, que si Jaime ha adelgazado, que si está pálido, que si apenas come.

Clara bebió un poco de agua y volvió a dejar el vaso.

Cualquier salida se convertía en lo mismo. ¿El cine del mes pasado? Los tres. ¿El patinaje de Reyes? Los tres. Hasta en aquella pequeña cafetería de la Gran Vía, donde Clara quería ir a solas, para charlar tranquilos, Jaime se las arregló para invitar a su madre. Y allí se plantó, sentándose en medio de los dos, pidiendo un té con limón y contando durante cuarenta minutos historias sobre su tensión y la vecina del quinto que siempre le gotea el techo.

El teatro. Habían elegido esa obra cuidadosamente. Clara llevaba mes y medio esperándola, consiguió entradas en buenas butacas, tercer fila de platea. Debería haber sido su noche. Solo la de ellos.

Clara, ¿por qué no dices nada?

Por fin Jaime dejó de mirar el móvil y posó los ojos en ella.

Entiéndelo, está muy sola añadió, con ese tono rutinario, casi aprendido de memoria, que hizo a Clara preguntarse si él mismo notaba lo mucho que lo repetía.

Clara le miró y asintió.

De acuerdo. Comprala.

¿Qué más podía decir? Ya había intentado explicar cómo se sentía, más de una vez. Siempre terminaba igual: Jaime se ofendía, se encerraba toda la tarde y al día siguiente Carmen Sánchez llamaba fingiendo preocupación, con voz de mártir. Un círculo vicioso del que Clara había dejado de buscar salida.

Jaime sonrió agradecido y volvió a perderse en la pantalla del móvil.

La tercera fila de platea resultó excelente; Clara no había reparado en detalles con las entradas. Desde ahí se veía cada gesto, cada sombra en los rostros de los actores, cada rincón del escenario aunque Clara tuvo que disfrutarlo en soledad, porque desde el primer minuto Jaime se giró hacia su madre y no se volvió ni una sola vez.

Carmen Sánchez se sentó a la derecha de su hijo, y ambos se pusieron a comentar el programa, después el vestíbulo, después un conocido de la madre al que según ella había visto junto al guardarropa. Clara permanecía a la izquierda, mirando el escenario aunque ni siquiera hubiese empezado la función. En el descanso, Jaime llevó a su madre al bar, y ella se quedó sola, pues nadie la invitó y tampoco tenía ganas de forzar la situación. Cuando volvieron, Carmen le describía a su hijo el primer acto como si él se lo hubiera perdido. Clara hojeaba el programa en silencio y pensaba que quizás la tercera fila no valía lo que costó en euros.

El regreso fue, una vez más, de tres. Primero llevaron a Carmen Sánchez hasta su casa y Clara se quedó en el coche diez minutos viendo cómo Jaime ayudaba a su madre con la cerradura, escuchando algún consejo en el rellano. Cuando por fin volvió, se sentó al volante con gesto satisfecho y relajado:

Ha salido todo perfecto, ¿verdad?

Clara asintió y miró por la ventanilla. No tenía ninguna gana de hablar y fingió estar cansada, aunque tampoco tenía sueño. Simplemente, hablar con Jaime aquella noche le pareció inútil; cualquier palabra suya flotaría en el aire y no llegaría a ninguna parte.

Los meses siguientes transcurrieron tal como Clara sospechaba. Carmen Sánchez seguía viniendo con asiduidad, Jaime cada vez pasaba más tiempo con ella, y Clara terminaba pasando las noches sola en su propio piso, oyendo cómo charlaban y reían en la cocina. Las cenas íntimas se volvían menos frecuentes, los fines de semana en pareja fueron sustituidos por reuniones con la suegra o salidas en grupo. Clara se acostaba la primera y se despertaba con una rara pesadumbre que, con el tiempo, se volvió habitual.

A mediados de marzo, en el trabajo le dieron una bonificación considerable y Clara estuvo tres días pensándolo antes de decidirse. Quince días en las Islas Canarias, todo incluido. Mar, sol, hotel con buenas críticas. Estuvo una semana eligiendo el viaje, comparando habitaciones, leyendo opiniones, revisando la distancia a la playa. Aquello debía ser una renovación para los dos, una forma de recordar lo que significaba ser pareja.

Jaime, compré un viaje para nosotros dijo al sentarse a cenar, poniendo la reserva impresay sobre la mesa. Canarias, quince días, en junio. Sol, playa, todo incluido. Me gasté la bonificación, pero merece la pena.

Jaime tomó la hoja, la leyó y la miró con una mueca que se parecía a la alegría y asintió.

Oh, estupendo, Clara. Muy bien.

Clara suspiró. Quizá aún no estuviese todo perdido. Tal vez solo necesitaban alejarse, estar juntos, y todo volvería a su cauce. Aquella noche durmió más tranquila que en varias semanas.

Pero al día siguiente Jaime volvió, se sentó a la mesa, esperó a que Clara sirviera la cena, y, de forma casi mecánica, entre bocado y bocado de tortilla de patatas, soltó:

Clara, le he contado a mi madre lo del viaje. Quiere venir. ¿Puedes coger otra plaza?

El tenedor se detuvo a medio camino. Clara lo depositó lentamente y miró a Jaime, dudando de si era una broma o él mismo no entendía lo que acababa de decir.

Esta vez ya no guardó silencio.

No, Jaime. Yo no me voy de vacaciones con tu madre.

Jaime dejó de masticar y la miró como si hubiese dicho una grosería en plena misa.

Pero, Clara, ¿qué más te da? Está sola, hace tres años que no ve el mar. ¿Te importa tanto?

Clara se levantó y se fue a la ventana, apoyando las manos en la encimera tan fuerte que los nudillos se le pusieron blancos. Dentro de ella algo caliente y largamente acumulado asomaba a la superficie.

Que se vaya con sus amigas, Jaime, que tiene cinco, ¡cinco amigas que van a su casa a tomar café cada semana! Que se vayan todas a la playa, y nos dejen a nosotros en paz.

¡Es mi madre, Clara!… protestó él.

Ya lo sé, Jaime, Clara se giró, rompiendo de golpe toda la contención de meses. ¡Lo sé perfectamente porque está siempre con nosotros! Cine con ella, patinaje con ella, teatro con ella, cenas con ella Estoy cansada de ser la segunda esposa en esta relación, Jaime, ¿acaso lo entiendes?

Jaime empujó el plato molesto, se levantó y cruzó los brazos.

Estás siendo cruel, Clara. No te imaginas lo que es estar sola.

No, no lo imagino, ¡ni tengo por qué! Eres mi marido, Jaime. ¡Mi marido! Quiero un viaje romántico, a solas, un tiempo para los dos, no ver cómo debatís sobre su tensión arterial mientras yo me tuesto sola en una toalla, como una extraña.

Jaime entornó los ojos e hizo ademán de alejarse.

Eres injusta. ¿Sabes qué? O mi madre viene, o yo no voy.

Clara se quedó inmóvil, mirándole fijamente, dándose cuenta, tranquila y definitivamente, de que algo esencial acababa de decidirse en su interior.

Está bien. Pues yo me iré sin vosotros.

Pasó al dormitorio, sacó la maleta de debajo de la cama y la lanzó sobre la colcha. Jaime apareció en la puerta en seguida.

Clara, ¿qué haces? Para un poco, que podemos hablarlo.

Llevamos mucho tiempo hablando, Jaime, y siempre acaba en tu madre. Clara cogió un vestido del perchero y lo dobló despacio en la maleta. Voy a pedir el divorcio. Ya no puedo seguir en una relación en la que sobra gente, y siempre soy yo.

Jaime se quedó callado, apoyado en el marco, y por su cara supo que entendía, por fin, que Clara no discutía, que había decidido.

Dos meses después, Clara estaba tumbada en una hamaca junto a la piscina del hotel canario que había descubierto entre comentarios y fotos. El sol calentaba sus hombros, la brisa traía olor salobre y el cóctel helado sudaba entre sus dedos. Nadie a su lado hablaba de tensiones ni de corrientes de aire, ni de la portera. Nadie a su lado, y eso era perfecto. Clara dio un sorbo, cerró los ojos y pensó que debería haber puesto fin a todo mucho antes, en vez de aguantar dos años junto a un hombre que jamás aprendió a ser adulto.

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