Nunca nos esperaron Nuestro padre, el de Masha y el mío, se marchó por trabajo a algún sitio y desapareció cuando yo estaba en quinto de primaria y mi hermana, en primero. Realmente fue entonces cuando se esfumó sin dejar rastro. Antes de eso, simplemente se iba y estaba meses fuera. Ni siquiera estaban casados, el padre era un espíritu libre. Viajaba por toda España, de aquí para allá. Volvía cuando y como le apetecía, aunque siempre traía dinero y regalos. Mi madre aguantaba porque le amaba con locura. —Vuelve pronto, Volo —le rogaba ella. —Venga, no te pongas así. Espérame con regalos. La besaba fugazmente y desaparecía. Cuando él faltaba, era el hermano de papá, el tío Nico, quien cuidaba de nosotros. Creo que mamá le gustaba, pero jamás lo dijo ni mostró signos evidentes de interés. Simplemente sabíamos que siempre podíamos contar con él. —¿Cómo vais, Taisía? —preguntaba el tío Nico al entrar. —¿Y los peques? —¡Hurra, ha venido el tío Nico! —gritaba, corriendo a abrazarle. —Hola, Denis —me estrechaba con su abrazo breve. A mí, me hubiera gustado que fuera mi padre. Los fines de semana, el tío Nico nos llevaba de paseo a Masha y a mí, mientras mamá descansaba. A veces venía ella, otras prefería quedarse en casa y pensar en su difícil destino de mujer. Cuando crecí un poco, el tío Nico trajo a casa una espaldera y la instaló en el pasillo. Para entonces llevaba el padre fuera casi medio año. Yo le ayudé a montar los aparatos. Masha miraba atentamente cómo el tío fijaba la barra, la cuerda y los anillas. —Oye, Nico, ¿por qué no te casas? Eres muy manitas, cualquiera se quedaría contigo —soltó Masha, con sorprendente sabiduría femenina. Su sabiduría era heredada de las conversaciones que mi madre tenía con sus amigas. —Todavía no me gusta ninguna, María. Cuando me guste, me caso. —¿Y no quieres hijos tuyos? —preguntó Masha, abriendo los brazos. El tío Nico dejó las herramientas y respondió serio: —De momento con vosotros me basta. ¿Acaso quieres echarme? —entornó los ojos. Masha no era tonta. —¿Yo? ¡Qué va, Nico! Siempre me alegro de verte. Esa noche le pregunté a Masha: —¿Por qué le insistes? Se va a enfadar y dejará de venir. —Papá siempre trae regalos… pronto vendrá, seguro —suspiró mi hermana. —Bah, qué ilusa. Te ha comprado con regalos. ¿Sabes cuánto valen esos aparatos que el tío Nico nos trajo? —¿Y a mí qué? Yo quiero vestidos y muñecas, no escalar como una mona en las barras. Esta vez Masha esperó a papá en vano. No vino. Un día Nico llegó y se encerró con mamá en la cocina. Le decía algo, y mamá lloraba desconsolada. —Taisía, no llores. No os voy a abandonar. Ya le conoces… él siempre busca lo que más le conviene. Mamá sollozó fuerte, “Ay, ay, ay”, y estuvo mucho rato llorando. Nico siguió viniendo: ayudaba, arreglaba cosas, paseaba con nosotros. Un día se armó de valor y habló con mamá de sus sentimientos. Yo, lo confieso, escuché por la puerta. —Nico, yo no te merezco. Eres un buen hombre. Mereces ser feliz, auténticamente feliz. —Ya decidiré yo lo que me conviene —insistió Nico. —¿Y si vuelve él? Nico no contestó. —Sigo esperando a Volo… ¡Le sigo amando! No puedo evitarlo, Nico. Si quieres a alguien tan vacío… Me fui de puntillas. Sentía rabia hacia mi madre. ¡Menuda tontería! Esperar y amar a alguien así. Seguimos adelante. Masha era igual que papá: buscaba cariño donde le daban de comer. ¿Podía juzgarla? Ella también empezó a entender que no valía la pena esperarle. Nico se volcó en nuestra gran familia. Mamá tuvo un hijo suyo, Vadik. Nico era inmensamente feliz. Se casaron y todo comenzó a estabilizarse. Terminé el instituto con buenas notas y obtuve plaza en la universidad pública. Mi madre brillaba como una cazuela pulida. —Vamos a tener un sabio en la familia, ¿eh, Nico? —Nosotros tampoco somos unos ignorantes. —¡Venga ya! ¿Sabio yo? Mejor brindemos con cava, que quiero probar. —Como si no lo hubieras probado —bufó Masha, y yo le lancé una mirada severa. Vadik trepaba y revolvía por la mesa. Nico le tomó y le sentó en sus piernas. —Vamos, hijo, pórtate bien. Ya no eres un bebé. Vadik tomó la cuchara, la puso en la nariz y bizqueó. Todos reímos. —¿Llaman a la puerta? —Masha aguzó el oído. Mamá abrió y retrocedió. En la puerta estaba papá. Silencio absoluto. Observó y dijo: —Bueno, seguid la fiesta. Guardamos silencio. Vadik descendió de Nico y fue hacia el recién llegado. Papá ni le miró; mamá tomó a Vadik y le usó como escudo. Nico se levantó y vaciló. —¿Dónde vas? —preguntó mamá, con voz temblorosa. —Voy… necesito aire. Se fue, apartando a Nico con el hombro. Me levanté para seguirle. Masha detrás. —Hija, mira qué ropa te he traído —le ofreció papá. Sorprendentemente, Masha ni caso. Salió tras Nico y me susurró: —Deja que yo le siga. Tú escucha lo que pasa aquí dentro. —Pero… —Venga, Denís, eres mejor espía. Tenía razón, así que me quedé en el pasillo, temiendo que mamá finalmente había visto cumplido su sueño: el amor de su vida había vuelto. ¿Y ahora qué? —¿Taisía, te has casado con Nico? —se burló papá. Mamá callaba. —Taisía… ya pasó. Da igual lo que hayamos hecho. Yo he vuelto. Se oyó una bofetada y el grito de Vadik. —Vete, Volo… largo de aquí. —Taisía, ¿qué te pasa? —He dicho que te vayas. Nadie te esperaba aquí. —Mientes. Lo veo en tus ojos. —Pues yo lo tengo claro —zanjó mamá. Papá salió pronto y me vio. —¿Escuchas tras la puerta? Así llegarás lejos. Me daba igual lo que pensara. Entré en el salón esperando a mi madre destrozada, pero allí estaba, consolando a Vadik, arreglando el pelo y la mesa al mismo tiempo, como una emperatriz. —Uff, casi nos fastidia la fiesta —sonrió torcidamente. —¿Dónde están todos? Vadik ya ni recordaba la bronca; seguía moviendo la silla. Salí a la calle. Masha y Nico estaban sentados en el parque. Ella le aferraba del brazo, apoyando la cabeza como si temiera que si soltaba, él se iría para siempre. Me acerqué por detrás, mirándoles. Llevaba tiempo queriendo decirlo. Di la vuelta al banco, miré a Nico a la cara: —Papá, venga, deja de estar aquí. Volvamos a casa, que mamá lo pide. Las manos de Nico temblaron. Masha las cubrió con las suyas y le miró: —Sí, ¿verdad, papá? Nos fuimos juntos. Al fin y al cabo, era nuestro día: yo había acabado el instituto.

Life Lessons

Nunca lo esperamos

Nuestro padre, el de Marisol y mío, se marchó en busca de trabajo hace ya muchísimos años, cuando yo estaba en quinto de primaria y mi hermana en primero. Mejor dicho, se esfumó por completo. Antes ya solía desaparecer durante meses, viajando de un rincón a otro sin ataduras. Mis padres nunca estuvieron casados; papá era un espíritu libre, un halcón solitario. Recorría España de norte a sur. Volvía cuando le apetecía, siempre con algún dinerillo y regalos. Mamá aguantaba, enamorada hasta la médula.

Vuelve pronto, Luisito, anda le suplicaba ella.
Bueno, mujer, no te pongas así. Espérame con los presentes.

Le plantaba un beso rápido y desaparecía. Mientras tanto, el hermano de papá, el tío Javier, era quien nos cuidaba. A mamá, seguro que le gustaba, aunque él nunca lo decía ni hacía gestos especiales. Pero siempre estaba allí, cuando más lo necesitábamos.

¿Qué tal estás, Ascensión? preguntaba tío Javier entrando en casa. ¿Y los peques?
¡Ya está aquí el tío Javier! gritaba yo, corriendo a abrazarlo.
Buenas, Íñigo me apretaba él contra su pecho con fuerza.

Para mí, ojalá él hubiera sido mi padre. Los fines de semana nos llevaba de paseo, a mí y a Marisol, mientras mamá descansaba. A veces nos acompañaba, otras prefería quedarse en casa, pensando, seguramente, en su sufrida vida de mujer.

Al crecer, tío Javier trajo a casa una espaldera y la montó en el pasillo. Mi padre ya llevaba medio año sin aparecer. Yo le ayudé a fijar los aparatos. Marisol miraba desde un rincón, observando cómo el tío instalaba la barra, el lazo y los aros con habilidad.

Tío Javier, ¿y cómo es que no te casas? Con lo manitas que eres. Cualquiera con tus manos de oro te querría comentó Marisol, más sabia de lo que su edad permitía.

Mucho había aprendido de las charlas de mamá con sus amigas.
No hay nadie que me guste, Marisol. Cuando encuentre a alguien, me casaré.
¿Y no te gustaría tener hijos propios?
Marisol levantó las manos, haciéndose la graciosa.
Tío Javier apartó las herramientas y dijo muy serio:
Por ahora me bastáis vosotros. ¿O es que quieres que me vayas?
¿Yo? abrió los ojos con fingida sorpresa. Qué va, tío, estoy feliz contigo.

Esa noche le pregunté a Marisol:
¿Por qué le pinchas tanto? Igual se molesta y deja de venir.
Papá siempre trae regalos respondió ella con nostalgia. Igual pronto vuelve.

Ay, boba. Te compra con regalos. ¿Sabes cuánto vale todo lo que trajo tío Javier?
¿Y a mí qué? Yo quiero vestidos y muñecas. No voy a estar trepando por esas barras como un mono.

Esta vez Marisol esperó en vano a papá. Nunca apareció. Un día, tío Javier entró y se encerró con mamá en la cocina. Habló, la intentó consolar, y mamá lloró como nunca.

Ascensión, no llores más. Yo no os dejaré. Ya conoces a Luis, siempre buscando lo fácil, lo dulce
Mamá se echó a llorar como una niña, ay, ay, ay, luego siguió sollozando mucho rato.

Tío Javier seguía viniendo, como siempre, para ayudar, arreglar cosas, pasear con nosotros. Hasta que un día se atrevió a hablarle a mamá de lo que sentía. Yo, con toda la intención, espié la conversación.

Javier, no soy lo que necesitas. Mereces ser feliz de verdad.
Bueno, será que yo sabré mejor lo que necesito respondió él con terquedad.
¿Y si él vuelve?
Javier guardó silencio.
De todos modos le esperaré. Le quiero, Javier. No sé evitarlo, si tú quieres a alguien así, sin corazón

Me aparté de puntillas de la puerta, pensando en cómo podía mamá ser tan tonta, esperando y queriendo así a papá. En fin.

La vida siguió. Marisol tenía mucho de papá, arrimándose siempre donde le daban cariño. ¿Podía reprochárselo? Ella finalmente entendió que ya no valía la pena esperar los regalos de un padre ausente. Tío Javier hacía todo lo posible. Trabajaba para esta familia numerosa. Y al final, mamá le dio un hijo, Álvaro. Nunca vi a tío Javier tan feliz. Se casaron y todo empezó a estar en orden.

Yo acabé el bachillerato con buenos resultados, y entré a la universidad con beca. Mamá brillaba de alegría.
¡En esta casa vamos a tener un estudioso, Javier!
Bueno, tampoco es que nosotros no hayamos hecho lo nuestro respondía tío Javier.
¡Venga ya! Qué estudioso ni qué niño muerto me sonrojé y reí. Echadme un poco de cava, que quiero probarlo.
¡Anda, como si no hubieras probado antes! bufó Marisol, y yo le puse cara de ogro.

Álvaro se subía por todos lados, intentando tumbar la mesa. Javier lo cogió y se lo puso en las rodillas.
A ver, chaval, compórtate. Que ya no eres un bebé.

Álvaro agarró una cuchara y se la puso en la nariz, mirando bizco y haciendo el payaso. Todos reímos.

Llaman al timbre aguzó el oído Marisol.

Mamá abrió y se echó atrás. En el marco de la puerta apareció papá. El silencio se hizo. Miró alrededor y dijo:
¿Y qué? Seguid con lo vuestro.

Nadie dijo nada. Álvaro se bajó de Javier y se acercó al extraño. Papá ni caso. Mamá atrapó a Álvaro y lo abrazó fuerte, escondiéndose tras él. Tío Javier se levantó, titubeante.

¿A dónde vas? preguntó mamá con voz desconocida.
Necesito aire.
Y salió, apartando suavemente a su hermano. Me levanté para ir tras él; Marisol vino conmigo.
Mira, hija, qué ropa chula te he traído ofreció papá.

Para mi sorpresa, Marisol ni lo miró. Se fue conmigo al pasillo y me susurró:
Déjame a mí, tú escucha lo que pase aquí.
Pero
Venga, Íñigo, tú eres mejor espiando.

Tenía razón, me escondí en el corredor, temiendo que mamá finalmente había esperado demasiado a ese amor de su vida. ¿Ahora qué sería de nosotros?

Ascensión, ¿qué pasa? ¿Te has casado con Javier? soltó papá con malicia.
Mamá callaba.
Ascensión, ya está. Da igual lo que haya pasado. He vuelto.
Se oyó un forcejeo, una bofetada y el lloro asustado de Álvaro.
Vete de aquí, Luis, márchate.
Ascensión, ¿pero qué te pasa?
Te lo he dicho, vete. Nadie te esperaba.
Mientes. Tus ojos no pueden mentir.
Bueno, lo he dicho todo sentenció ella.

Papá salió enseguida, me vio en el pasillo.
¿Escuchas detrás de la puerta? Así llegarás lejos.
Pero a mí me daba igual lo que pensara. Entré al salón creyendo que mamá estaría destrozada, pero estaba peinando a Álvaro y arreglando la mesa, como si nada, como César en sus mejores días.

Uf, casi nos estropea la fiesta, ¿eh? sonrió mamá, un poco torcida. ¿Dónde se han metido?

Álvaro, ya olvidado del enfado, movía la silla contento.
Salí al parque. Marisol y tío Javier estaban sentados en un banco, ella agarrada a su brazo, reposando la cabeza junto a él, como si temiera que si lo soltaba, desaparecería. Me acerqué por detrás, observé un rato, y me atreví por fin a decir lo que llevaba tanto tiempo pensando. Me puse delante, miré la cara perdida de Javier:
Papá, deja de estar aquí sentado. Vámonos a casa. Mamá nos llama.

A Javier le temblaban las manos. Marisol las cubrió con las suyas. Levantó la cabeza y le miró:
De verdad, ¿vamos, papaíto?
Volvimos juntos. Al fin y al cabo, era nuestro día especial. Había logrado graduarme.

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