Los vecinos decidieron dejarnos bien clarito quién mandaba en el bloque. ¿La razón? Pues ninguna, puro instinto de jefazo.
Todo comenzó hace cinco años. Mi marido y yo teníamos ya dos criaturas, y los cuatro nos apretujábamos en una minúscula habitación individual, digna de una novela de posguerra. Vamos, que hacía falta más espacio sí o sí. Pero hasta ese momento, el tema apenas salía de la sobremesa y el ya lo veremos.
La cosa cambió y de qué manera cuando supimos que venía en camino una tercera pequeña revolucionaria. Ahí ya no había escapatoria: ampliarse o morir. Nuestra única opción era vender el pisillo y añadir algo de dinero para poder aspirar a un piso de tres habitaciones, aunque fuera allá a las afueras de Madrid y con vistas a la M-30.
Dicho y hecho. Vendimos nuestro agujero y nos hicimos con la ansiada trinidad de habitaciones en una vieja finca de Lavapiés. El piso estaba de revista: recién reformadito, pra poner los muebles y empezar la vida nueva.
Al principio todo era paz y gloria hasta que los vecinos del piso de arriba con el ansia viva de la cofradía del cotilleo montaron un sindicato anti-nuevos y se propusieron aclararnos que ahí los que mandaban eran ellos.
Y empezó el rosario de quejas, todas de lo más ingeniosas:
¿Por qué dejaron la puerta del portal tanto rato abierta?
Pues mire, señora, estábamos metiendo muebles. ¿Cómo se hace sin abrir por lo menos un poco, eh?
¿Por qué aparcas tu coche debajo de mis ventanas?
Porque vivo en el primero y tus ventanas están encima; a ver si ahora voy a aprender a desafiar la gravedad.
Otra joyita:
Tus niños vuelven del cole y corren como galgos, ¡me perturban el zen!
Pero si tú vives arriba, ¿qué hacen, brincan hasta tu salón como Spiderman?
El colmo llegó cierto jueves de lluvia, cuando las matriarcas del bloque pillaron sola a mi mujer, la pobre, redonda y a punto de dar a luz, y se presentaron como agentes del orden vecinal.
Venimos a hablar muy seriamente.
¿Y ahora qué pasa?
Su marido, al salir a fumar, dejó entrar a un desconocido al portal. Y ese hombre fue ofreciéndoles a todos hacerles copias de la llave del telefonillo.
Pero si mi marido no fuma. Ni nunca lo ha hecho, palabra de madrileña.
Y ya para rematar: Como ese señor haga copias, va a entrar aquí cualquiera.
¡Hombre, qué película se han montado!
Cuando volví y me enteré del jaleo, me presenté yo mismo en su casa y les aclaré, con mi mejor acento de castizo cabreado, que se buscaran otro entretenimiento y nos dejaran vivir en paz.
Desde aquel momentazo, la guerra fría vecinal quedó más o menos aparcada. Ahora, ni nos saludan en el ascensor. Pero oye, mejor la diplomacia del silencio que el culebrón diario.







