Notificación inesperada

Life Lessons

Notificación inesperada

El móvil reposaba boca abajo, como siempre, sobre la mesilla de noche. Victoria no tenía intención de cogerlo. Sólo alargó la mano hacia el vaso de agua, rozó el borde liso de plástico y la pantalla resplandeció sola, por accidente, como a veces brillan cosas que sería mejor que permanecieran en la oscuridad.

Vio una sola línea. Apenas una, en la notificación del chat.

«También te echo de menos. Qué bien hoy. Tu Isa.»

Victoria tardó en entender. Miró aquellas palabras durante un segundo, luego otro, un tercero, como si estuvieran escritas en otro idioma y necesitase traducirlas. Luego observó a su marido dormido. Jesús yacía de lado, de espaldas a ella, un hombro un poco alzado, respirando pausado y profundo, como quien duerme con la conciencia tranquila.

«Tu Isa.»

Isabel. Isabel Córdoba. La amiga. Aquella que hacía tres meses les había ayudado a elegir los colores para la habitación del niño. Aquella que había tomado café en esa cocina quizás un centenar de veces. Aquella que la semana pasada llamó a Victoria, lamentándose de que no encontraba un hombre que mereciera la pena, que todos eran iguales, que estaba harta de la soledad.

Victoria cogió el vaso de agua con cuidado. Bebió. Lo volvió a dejar. Se levantó de la cama sin hacer el más mínimo ruido, ni siquiera el parqué crujió. Cerró tras de sí la puerta del dormitorio, atravesó el pasillo, entró en la cocina, encendió la luz pequeña de encima de la vitro, no la principal, para que no hiriera a los ojosaunque el dolor venía, seguramente, de otro lado.

Se sentó a la mesa y se quedó mirando la encimera vacía.

Fuera era noche de octubre, común, con las luces difusas de otros pisos en la acera de enfrente. El hervidor seguía allí con agua de días anteriores. No lo puso a funcionar. Simplemente se quedó sentada.

«Qué bien hoy.»

¿Hoy? El miércoles Jesús llegó a casa a las ocho y media, dijo que se había retrasado con unos clientes, que cenaron juntos en un restaurante, que estaba agotado. Ella calentó la cena, que él apenas tocó. Luego vieron algo en la tele y él se quedó dormido en el sofá; fue Victoria quien lo tapó con la manta. Ella. Con sus manos.

Apretó los dedos contra el borde de la mesa.

Sergio dormía en la habitación de al lado. Ocho años. Dormía profundamente, a veces hablaba dormido, cosas entre coches y el colegio. Mañana tenía que llevarlo a fútbol a las nueve. Comprar pan. Llamar a su madre, a la que no le había llamado en cuatro días y que seguro estaría disgustada.

La vida, cotidiana y nítida, estaba allí, en esos detalles. Pero debajo, resultaba, había otra vida. Paralela. Con otros mensajes, otras cenas, otra mujer que firmaba «tuya».

Victoria se levantó, fue hacia la ventana. En el alféizar, el geranio, que no le gustaba, pero regaba fielmente porque se lo regaló la vecina. El geranio sobrevivía, algo polvoriento, terca esa planta. Pensó largo en el geranio, sin saber por qué. Luego regresó a la mesa.

Había que decidir. O dejarlo estar, por ahora. No sabía qué era más correcto. Por dentro todo era silencio, ese silencio afilado que precede a lo estruendoso. Ni llanto, ni rabia, sólo un filo de tranquilidad cortante.

Estuvo sentada en la cocina hasta las cuatro, sin hacer nada. Mirando cómo, al otro lado del patio interior, se apagaba una luz tras otra. Al final encendió el hervidor. Preparó un té que no se terminó. Lavó la taza. Regresó al dormitorio. Se tumbó junto a Jesús sin rozarle, mirando al techo.

Él dormía.

Escuchó su respiración y pensó que hasta ayer ese aliento era sólo parte de la noche, como el zumbido del frigorífico. Ahora cada inspiración sonaba diferente, como si, de pronto, lo escuchara de verdad, por primera vez en años, y fuese insoportable.

Por la mañana madrugó más que él. Despertó a Sergio, le preparó gachas que él se comió a regañadientesquería bocadillo de chorizo. Victoria se lo hizo. Ató las deportivas porque él aún era torpe y tenían prisa. Le dio la mano y salieron a la calle.

Hacía frío, olía a asfalto mojado y hojas. Sergio caminaba a su lado, contando entre indignado y divertido la injusticia de la profe de mates, que él hizo bien los problemas, pero ella dijo que no. Victoria le escuchaba y respondía, asentía en los momentos adecuados. Sabía hacerlo. Llevaba años haciéndolo.

Llegaron puntuales al entrenamiento. Lo entregó al entrenador, miró un minuto cómo el niño se reunía con sus amigos, reía, empujones, una mochila colgando. Luego salió de la instalación.

En un banco, sacó el móvil. Buscó el contacto de «Isa C.». Miró el nombre. Guardó el móvil.

No ahora.

Aún no.

Los primeros días pensó mucho en cuándo empezó todo. Repasó mentalmente los últimos meses como quien hojea viejas fotos buscando una grieta inesperada. Los tres juntos en el cumpleaños de Isa en mayo; Jesús riendo una broma suya y Victoria pensando en su suerte de que marido y amiga se llevaran bien, que no siempre pasa. Ahí Isa un sábado ayudando con las cortinas, ella y Jesús hablando largo en la cocina, mientras Victoria acostaba a Sergio. Luego preguntó: ¿de qué hablábais? De trabajo, respondió Jesúsella es arquitecta, le pregunté por la oficina. Victoria asintió. Por supuesto.

Por supuesto.

No lloró. Eso le asombró. Esperaba el llanto, pero no llegaba; solo una sequedad en la garganta y un peso frío en el pecho. Comía, dormía, cocinaba, atendía el teléfono. Jesús no notaba nada. Era tan atento como siempre, ni más ni menos. Preguntaba por su día. A veces le daba un beso en la mejilla al salir de casa; ella le ofrecía la mejilla mecánicamente.

Al cuarto día llamó Isa.

El teléfono vibró en el bolsillo. Victoria vio el nombre y tuvo un instante de vértigo. Luego contestó, voz normal.

Hola, Isa.

¡Vicky! ¿Dónde te metes? Te escribí el lunes y nada…

Tono cálido. Solo un poco apenado, el de quien piensa que ha molestado sin querer. Aquella calidez resultaba insoportable.

Perdona, he estado liada. Sergio cogió frío, está un poco pachucho mintió Victoria sin esfuerzo, y se sorprendió de lo fácil que era.

¡Vaya! ¿Le ha subido la fiebre?

No, solo mocos, ya mejor.

Menos mal. Oye, ¿el sábado estáis libres? Pensé en salir juntos, hace mil que no quedamos.

Victoria miró a la pared. En ella colgaba una foto suya y de Jesús en La Manga, seis años atrás, antes de tener a Sergio, ambos riendo, el viento en el pelo. Buena foto.

El sábado va a ser difícil, creo. Pero te llamo a final de semana, ¿vale?

Vale, claro. ¿Estás bien? Tienes voz como

Cansada, solo es eso. Todo bien.

¿Segura? Ya sabes que aquí estoy, Vicky.

Lo sé. Gracias. Hasta pronto.

Colgó. Se acercó a la foto de la pared. Miró su cara sonriente. Descolgó la foto, la metió en un cajón y cerró.

Esa noche, por fin, lloró en silencio en el baño, con el agua de la ducha abierta para tapar el sonido. Lloró mucho, feo, con los ojos y la garganta hinchadas. Lloró no por el hombre que perdía, ni por lo equivocado que estuvo Jesús, sino por otra cosa: los años, la confianza, esa versión de sí misma que creyó de verdad. Por la ingenuidad de esa fe. Por Sergio, que crecería en un hogar en el que su padre mentía, sabiendo o sin saber.

Tras enjuagarse, se miró al espejo. Treinta y ocho años, ni joven ni vieja, un rostro corriente con los ojos rojos. Pensó que debe aparentar energía al llegar al trabajo.

Y también pensó: no se puede huir simplemente de esto. No permitiría que ellos creyeran que todo seguirá igual, sus dos mundos clandestinos y ellay el niñocomo simple trasfondo. No.

Regresó al dormitorio. Jesús dormía. Ella se acostó junto a él.

Había que pensar.

Las dos semanas siguientes Victoria vivió en dos niveles. Por fuera, todo como siempre: cocinaba, trabajaba, llevaba a Sergio a entrenar, hablaba con Jesús, a veces se reía de sus bromas, que seguían siendo buenas, le pesara o no. Por dentro, vigilancia: empezó a notar lo que antes no veía. Jesús sacaba el móvil y salía a otra habitación. A veces sonreía al mirar la pantalla, y al verla a ella, guardaba el móvil. Otra vez un miércoles llegó tarde, otra vez «cena de empresa», otra vez apenas probó la cena.

Un día, mientras él se duchaba, Victoria cogió el móvil. Sabía el código, nunca lo cambiaba: el año de nacimiento de Sergio. Abrió la aplicación de chat. Buscó la conversación con Isabel.

Leyó deprisa, por encima, sólo para calibrar. Bastaron cinco minutos. Había comenzado en julio. Tres meses. Mientras pintaban la habitación del niño; mientras Sergio empezaba tercero; mientras Victoria fue a Córdoba por el cumpleaños de su madre y Jesús dijo que no podía acompañarla, que tenía trabajo, y ella, claro, lo entendió.

Devolvió el móvil. Salió a la cocina. Encendió la vitro. Troceó cebolla minuciosamente para la sopa.

Jesús entró en toalla.

¿Sopa? ¡Buena idea, muero de hambre!

En media hora está respondió.

Su voz era calmada. La cebolla se cortaba en cubos perfectos. Todo encajaba.

Aquella noche decidió que invitaría a cenar.

No de inmediato, no al día siguiente. Necesitaba tiempo para prepararse. No venganza, no. No pensaba en castigar. Quería verlos juntos, en SU mesa, para decir lo que tenía que decir. Sin gritos, sin perder los nervios. Sabíapor añosque los gritos siempre la dejaban a ella peor, ellos huirían y luego dirían está loca.

El viernes, Victoria llamó a Isa.

Isa, te llamo por lo del sábado. ¿Te acuerdas que querías vernos?

¡Claro! ¿Sigue en pie?

Sí, vente a casa. Hago algo decente de cenar, se une Jesús, nos echamos unas risas que hace mucho.

Pausa corta. Muy corta.

Fenomenal. ¿A qué hora?

A las siete. ¿Te viene bien?

Perfecto. ¿Llevo algo?

No hace falta.

Colgó. Fue donde Jesús, que veía la tele.

He invitado a Isa el sábado. Por fin una cenita como dios manda.

Jesús la miró fugazmente. Algo se le cruzó por el rostro; un destello veloz.

Vale. Buena idea dijo.

Eso pensé cerró ella, y fue a la cocina.

Sabía que, seguramente, si no ya en ese momento, ambos se mandarían mensajes para coordinarse. Decidirían comportarse como amigos de toda la vida. Eso no la asustaba. No iba a montar un numerito. Sergio iría el sábado a casa de su abuela, ya estaba hablado. La cena sería tranquila.

Toda la semana pensó qué menú preparar. Era importante. No para impresionarles; para mantener las manos ocupadas. Optó por pollo asado al romero y patatas, ensalada de rúcula y pera, que a Isa le encantaba, y su tarta de manzana, que le salía mejor que a nadie. Que todo estuviera bien puesto. Que la mesa luciera.

El sábado a las dos llevó a Sergio a casa de su madre. Ella, como siempre, quiso sonsacar¿por qué tan cansada, todo bien? Victoria dijo que sí, sólo trasnocho un poco. Besó a Sergio, que ya se había ido con los dibujos, y volvió a casa.

En casa reinaba el silencio. Jesús había salido por la mañana, volvió a las tres con bolsas. Trajo un vino bueno, caro, se fijó Victoria.

Para la cena dijo él. ¿Te parece bien?

Me parece estupendo dijo.

Él estaba algo tenso, se notaba en los gestos acelerados. Consultó el móvil varias veces junto a la nevera. Luego lo ignoró, fingió leer el periódico. Nunca leía el periódico.

Victoria cocinó. Lavó el pollo, preparó las especias, cortó patatas, montó la ensalada. El aroma de romero y ajo se extendió por el piso, cálido, familiar. Abrió la ventana, entró el aire de octubre.

A las seis, puso la mesa. Tres platos, tres copas. No encendió velas, eso sería burla. Sólo un mantel bonito, flores frescas del día anterior.

A las siete en punto, sonó el timbre.

Isabel venía con abrigo nuevo azul marino, el pelo arreglado. Perfume conocido, ese que Victoria le recomendó hace años. Traía bombones, pese a que ella dijo que no hacía falta.

Vicky, ¡cómo tienes siempre la casa! Huele de maravilla.

Pasa, me alegro de verte contestó Victoria. Era verdad. Retorcido, pero cierto: le alegraba verla.

Jesús salió al recibidor. Se saludaron con dos besos, naturalidad estudiada. Sabían fingir.

Se sentaron a la mesa.

La primera media hora, charla insulsa. Isabel contaba una reforma absurda en un despacho, clientes extravagantes; Jesús replicaba con anécdotas de su trabajo. Victoria escuchaba, añadía algún comentario. Sirvió el vino.

Fuera ya había oscurecido. Encendió la lámpara. Se sentía acogedor y, a la vez, doloroso.

Esperó al segundo vino. Cuando la charla se volvió más lenta e Isabel sirvió más ensalada, Victoria habló, serena.

Quiero decir algo. A los dos. Escuchadme, por favor.

La miraron. Isa con el tenedor en el aire, Jesús con la copa en la mano sin acercarla a los labios.

Sé lo vuestro. Desde julio. Leí vuestros mensajes, Jesús. Sé lo suficiente.

Silencio. Los segundos goteaban con el reloj de la cocina.

Jesús fue el primero en romperlo, voz reducida, vacilante:

Vicky…

Espera replicó ella. No pienso gritar. Digo esto porque los dos estáis aquí y debéis escucharlo. Sé la verdad. Eso es todo.

Miró a Isabel. Ella seguía mirando la mantelería, las mejillas coloradas, los dedos crispados en el tenedor.

Isa, esta casa es tuya desde hace años. Sabías todo de nosotros; cuando lo pasaba mal, eras tú quien me consolaba, quien veló conmigo cuando tuve a Sergio, esperaste horas en el hospital, ¿te acuerdas? No te lo digo para que te sientas peor. Te lo digo porque yo no olvido. No he olvidado.

Isa levantó por fin los ojos. Había humedad, un brillo desesperado.

Vicky, yo…

No hace falta la cortó Victoria, casi susurrando. No ahora.

Se giró hacia su marido.

Jesús. Doce años juntos. No voy a repasar los fallos ni cuándo decidiste que podías hacerlo. Eso será otro día. Hoy quería sentarme con vosotros, decirlo en alto. Porque creíais que no me enteraba. Pero sí. Eso es lo diferente.

Jesús dejó su copa en la mesa, con cuidado, como si temiera romperla.

Vicky, esto no es tan simple. Habrá que hablar, a solas…

Ya, lo sé. Hablaremos. Pero hoy no.

Se levantó. Acabó su copa de vino.

Comed el pollo. Está rico, me esforcé. Luego os podéis marchar, los dos. Sergio está en casa de mi madre, dormiré sola. Tengo cosas que hacer.

Nadie se movía.

Jesús la miraba con un gesto que ella no logró descifrar: ni culpa, ni reproche; una confusión como de quien esperaba escándalo y desconcierto y no sabía qué hacer con tanto silencio.

Isa rompió ese mutismo, con voz rota.

Perdóname, Vicky.

Victoria la miró. Ese rostro tan suyo durante quince años. El rímel borroso en los ojos, ese perfume que ella misma recomendó alguna vez.

No lo sé, Isa. Quizá algún día. Ahora no.

Salió de la habitación. Fue al dormitorio, cerró la puerta. Se sentó en la cama. Oía cómo en la cocina cuchicheaban, recogían sillas. Luego, un portazo. Y después, otro.

Silencio.

Se quedó escuchando la nada, entre el aroma del pollo y el perfume de Isabel, que se diluía. Tres platos en la mesa, uno casi intacto.

¿Minutos? ¿Horas? No supo. Recogió la mesa, guardó las sobras en la nevera, lavó los platos, pasó el trapo. Barría las migas como quien barre años.

Luego se sentó en el centro de la cocina vacía.

Eso era todo. Tan pequeño y tan grande: lo que quedaba de doce años y una amistad. Una mesa limpia y ese olor a jabón.

Llamó a su madre.

Mamá, ¿puede quedarse Sergio contigo hasta el domingo?

Por supuesto, ya está dormido. Vicky, ¿pasa algo?

Sí. Ya te lo contaré. No ahora.

Ven si quieres, no estoy dormida.

No, mamá. Me quedo en casa. Lo necesito.

Su madre no insistió. Sabía bien cuándo no hay que preguntar.

¿Has cenado, hija?

Sí. Cociné bien hoy. El pollo salió bueno.

Me alegro dijo su madre. Y ese «me alegro» dolió más que todo lo anterior.

Victoria colgó y rompió a llorar. Sin esconderse, sin agua de grifo que tape el llanto; esa vez fuerte, abierta, hasta vaciarse. Después, se sonó y se lavó la cara allí mismo, en la pila de la cocina.

Fuera, la ciudad Madrid, noviembre, un sábado como tantos. Allí estarían Jesús e Isabel, ¿qué se dirían? Extrañamente, ya no necesitaba saberlo.

No pensó en el futuro. No esa noche. Esa noche bastaba con haber sobrevivido, no haberse roto, no haber gritado ni dicho de más. Dijo lo que tenía que decir.

Jesús volvió a casa a la una de la mañana.

Ella seguía despierta, en la penumbra, y oyó la puerta, los pasos, el vaso de agua en la cocina. Luego, la pausa ante la puerta del dormitorio.

Abrió despacio.

No duermes dijo, no preguntó.

No.

Él se sentó al borde de la cama. Largo rato en silencio.

Vicky, no sé ni por dónde empezar.

Entonces hoy no empieces. Duerme. Mañana hablamos.

¿No quieres…?

Jesús. Es de noche. Estoy cansada. Mañana.

Jesús se tumbó. Ella cerró los ojos. No se tocaron. Ni una palabra más. Rígidos en la misma cama, dos desconocidos compartiendo techo por inercia.

Por la mañana, Victoria se levantó pronto. Mientras Jesús dormía, preparó una pequeña bolsa. No para irse del todotodavía no, solo lo necesario. DNI, papeles, tarjeta bancaria, algo de ropa, una foto de Sergio.

Dejó la bolsa en la entrada.

Hizo café. Esperó a que Jesús saliera.

Él vio la bolsa. Se detuvo.

¿Te vas?

A casa de mi madre. Con Sergio. Tenemos que hablar, Jesús, pero antes necesito estar aparte. Unos días.

La miró. Después, la bolsa.

Vicky, quiero explicarte.

Te escucho.

Guardó silencio. Victoria tomó un sorbo de café, lo miró por encima de la taza.

No sé cómo ha pasado. No lo planeé

Nadie lo planea, Jesús. No funciona así.

¿Quieres separarte?

La palabra entre los dos. Victoria sostuvo la mirada.

Aún no lo sé. Necesito entender lo que quiero. Lo que sí sé es que no puedo quedarme aquí fingiendo que todo sigue igual. ¿Lo entiendes?

Él asintió, grave: comprendía, pero no le era más llevadero.

¿Y Sergio…?

Sergio estará bien. Es nuestro asunto, no el suyo. Eso, Jesús, te lo garantizo.

Victoria acabó el café, dejó la taza, cogió la bolsa.

Te llamaré.

Y salió.

En la escalera refrescaba. Olía a madera antigua y a tostadas ajenas. Bajó, peldaño a peldaño, doce tramos, sexta planta, los contaba como quien se anima en la cuenta atrás.

Al salir a la calle, el aire era húmedo y frío; las hojas formaban charcos ocres; el barrendero echaba montones al borde de la acera, chaleco reflectante. Cielo insoportablemente gris, típico de noviembre en Madrid. Pero Victoria respiró hondo, de pie bajo el portal, y notó un alivio incomprensible: por el aire, por estar ahí, sola, sin esconderse.

Pensó en Sergio, en su despertar en casa de la abuela, en los churros del desayuno, en ese universo ajeno al dolor de los mayores. Tenía ocho años. Debía poder seguir con sus churros, su entrenamiento, su idea de que la profe es injusta. El resto ya lo resolvería ella.

No sabía qué sería de ahora en adelante. Si habría divorcio, si pasaría otra cosa. Si un día podría perdonar a Isa. Eso era lo más difícil, más aún que Jesús: con el marido se puede entender, a veces pasa, la gente se desencanta y se va, duele pero se asume. Con la amiga, la de las confidencias, era distinto. Eso requería digerirlo, y necesitaba tiempo.

Pero ahora estaba en la calle, con bolsa en mano, mañana gris, y en dos manzanas le esperaba su hijo, y dio el primer paso.

Simplemente caminó.

Su madre la recibió sin una sola pregunta. Abrió, miró la bolsa, a su hija, lo entendió sin palabras y sólo dijo:

Ve a lavarte la cara, pongo el agua para el té.

Sergio salió descalzo de la habitación, los pelos revueltos.

¡Mamá! ¿Qué haces aquí? ¿No venías hoy?

Te echaba de menos dijo Victoria, abrazándole fuerte, olfateando el incienso infantil de su pelo.

Haces cosquillas replicó él, escabulléndose para volver al salón a ver los dibujos.

Victoria lo miró marcharse.

Fue a la cocina, donde su madre preparaba tazas. Pequeña cocina, cortinas de flores que la madre no cambiaría jamás, imán de la nevera hecho por Sergio en Infantil, torcido y querido. Todo tan conocido que casi dolía.

Contuvo las lágrimas.

Su madre dejó una taza delante, se sentó enfrente.

¿Me contarás?

Te contaré. No ahora. Dame tiempo.

¿Ha sido él?

Sí.

La madre asintió. No dijo más. Tomó la taza entre las manos. Estuvieron allí un rato, tomando té. Tras la pared se oía al personaje animado y la risa de Sergio.

¿Te puedo acoger unos días, mamá?

Todo lo que haga falta. La habitación sigue tuya.

Eso bastaba.

Después empezó una vida que no supo nombrar. No provisional, aunque lo pareciera. No nueva, aunque lentamente lo era. Sólo vivir, día a día.

Habló varias veces con Jesús. Conversaciones tensas, sin gritos; cumplió su promesa de no levantar la voz, aunque a veces costaba. Él argumentaba, se desculpaba, confesaba que se sentía perdido. Decía que pensaba en Sergio, que no sabía cuál era el camino correcto.

Victoria escuchaba. Contestaba. Ni perdonaba ni maldecía.

El divorcio se resolvió despacio: papeles, abogada, acuerdos sobre piso y sobre Sergio. Fue agotador y sucio, como todo reparto de lo compartido. Pero lo afrontó.

Isa no llamó durante semanas. Luego envió un mensaje: Aquí estoy, si me necesitas. Victoria lo leyó y no contestó. No por rencor; aún no sabía qué decir. Requería tiempo, más del que tenía.

Un día de finales de noviembre fue a recoger a Sergio tras entrenamiento de fútbol. Caía la primera nevada, pequeña, indecisa, se derretía al tocar el suelo. Sergio se lanzó fuera del polideportivo, la cara en alto, cazando copos con la lengua.

¡Nieve, mamá! ¡Mira!

Victoria miró al cielo. Los copos caían de la oscuridad, pequeños y frescos, uno le rozó la mejilla y desapareció.

Lo veo.

¿Vamos a hacer muñeco de nieve?

Cuando cuaje lo suficiente. Hoy no vale.

Maaamá…

Vamos, que te hielas.

Le cogió la mano. Él llevaba manoplas de cochecito, cálidas. Caminaron calle abajo, con las farolas volviendo anaranjada la nieve, y Sergio parloteó sobre el muñeco o algo del cole; Victoria no recordaba qué exactamente.

Caminaba junto a él.

Dolía. Esa punzada no se curaría rápido. Doce años no se olvidan en un noviembre. Pero junto al dolor asomaba algo nuevo, aún sin nombre exacto. Algo similar a respirar por primera vez; o a andar uno mismo, decidir a dónde.

No sabía si hacía bien. Sabía que era lo correcto, pero no que fuera sencillo. Son cosas diferentes: correcto y fácil. Lo aprendió, treinta y ocho años después, bajo la primera nevada del año.

La semana siguiente vio un anuncio: se alquilaba piso pequeño en Chamberí. Dos habitaciones, cuarta planta, daba a un patio interior. Los caseros, pareja mayor, nada curiosos. Victoria visitó la casa, escuchó el silencio de lo vacío, la luz clara en la cocina, la ventana del cuarto de Sergio con vistas a árboles.

¿Lo alquila? preguntó el casero.

Sí, lo alquilo respondió.

La mudanza duró un día. Vecinos de su madre ayudaron con muebles. Jesús trajo las cosas de Sergio, las dejó en el recibidor, miró alrededor:

Buen piso.

Sí replicó ella.

Él, ya bajando, volvió la cara.

Vicky. Me sabe mal.

Lo miró: el hombre al que había conocido años. Cansado, un poco más viejo, tan normal.

Lo sé. Vete, Jesús.

Él obedeció.

Victoria cerró. Se apoyó en la puerta un minuto.

Después, deshizo cajas.

Sergio llegó por la tarde, corrió a mirar su cuarto, vio los árboles, proclamó que quería tumbarse en el alféizar a mirar gatos. Victoria le advirtió que era estrecho; él replicó que cabía perfectamente. Ella soltó una carcajada.

Rió sin prepararse, como si algo se liberara. Sergio la miró atónito.

¿Y tú ahora de qué te ríes?

Nada. Vamos a cenar, he comprado empanadillas.

¡Empanadillas!

Ella encendió la luz pequeña de la cocina, puso agua a hervir. Encontró la sal. Nueva cocina: olía a piso ajeno y a paredes antiguas; ese olor desaparecería con el tiempo, cuando se cocinara.

El agua hirvió. Echó las empanadillas.

Sergio, en la mesa, dibujaba, porque mañana había que llevar tarea de plástica y se acordaba justo ahora.

Mamá, ¿al final haremos muñeco de nieve?

Claro. Cuando nieve en condiciones, lo haremos.

¿Lo prometes?

Lo prometo.

Él asintió, volvió a sus crayones.

Fuera la nevada ya era seria, de diciembre. Cubría árboles, alféizares, el techo del bloque de enfrente. La ciudad debajo callaba, blanca, casi amable.

Victoria removía las empanadillas en la olla. No pensaba nada concreto, sólo removía, escuchando a Sergio tararear mientras dibujaba, mirando cómo la nieve se posaba tras el cristal.

No sabía qué vendría. Solo que mañana madrugaría, acompañaría a Sergio al cole, compraría pan, llamaría a su madre, porque llevaba tres días sin hacerlo. Al llegar a casa, quizá abriría una caja más. Quizá no. No importaba.

Dolor habría. Lo sabía. Llegaría por la noche, a veces durante el día, desde el recuerdo: un perfume, una voz en la radio, un momento feliz pero robado por el tiempo. Eso tardaría en curarse y no le ponía plazo.

Pero las empanadillas estaban listas. Sergio ya había dejado el cuaderno y la miraba, esperando.

Voy, ya te sirvo dijo ella.

Rate article
Add a comment

seven + eleven =