No te lo has ganado

Life Lessons

Querido diario,

A veces pienso en todo lo que me ha ocurrido estos últimos años y me parece casi irreal cómo me fui olvidando poco a poco de mí misma. Cuando me separé de Miguel, pensé que jamás volvería a confiar en nadie. Tenía esa sensación, como si algo dentro de mí se hubiera roto para siempre. Me repetía que había sufrido una herida emocional de la que era imposible recuperarse, que no podría volver a fiarme de otro hombre, que me quedaría atrapada para siempre en ese dolor.

Miguel solía contarme, con la voz entrecortada, cómo su exmujer no le había valorado nunca, cómo la vida con ella le había dejado lleno de miedo y vacío. Sus palabras me pesaban como piedras calientes en el pecho; sin darme cuenta, quise ser yo la mujer que le devolviera la fe en el amor. Imaginaba cómo juntos curaríamos sus cicatrices y demostraríamos que la felicidad sí era posible, pero solo conmigo.

No fue hasta la segunda cita, entre los churros y el café, cuando mencionó a Sergio.

Tengo un hijo, Sergio, de siete años me dijo. Vive con su madre aquí en Sevilla, pero cada fin de semana está conmigo. Lo decidió el juez.

¡Eso es maravilloso! Los niños son una bendición le contesté, sonriendo con sinceridad.

En mi cabeza ya me veía preparando desayunos de sábado para tres, yendo todos juntos al parque María Luisa, compartiendo noches de películas y risas en el sofá. Pensé cuánto podía necesitar ese chico una figura maternal, un refugio tierno, y me prometí darle todo el cariño posible. No sería su madre, claro, pero sí alguien en quien confiar, alguien del alma.

¿Seguro que no te importa? Miguel me miró con una expresión entre irónica y cauta, que yo interpreté como recelo.

No soy como las demás sentencié, orgullosa.

El primer fin de semana con Sergio fue como una fiesta. Hice tortitas de arándanos, sus favoritas. Me senté a repasar con él los ejercicios de matemáticas, lavé su camiseta de dinosaurios, le planché el uniforme y me aseguré de que estuviera en la cama a las nueve. Cuando vi a Miguel medio dormido en el sofá, le dije:

Descansa, yo me ocupo.

Me pareció que me agradecía de corazón, pero ahora veo que era más bien la aceptación natural de que yo hacía lo que, por su parte, consideraba lo mínimo esperable.

Fueron pasando los meses, y después los años. Trabajaba como responsable en una empresa de logística; salía de casa a las ocho de la mañana y no regresaba hasta pasadas las siete. El sueldo, para ser Sevilla, no estaba mal. Pero de pronto, en vez de dos, éramos tres.

Otra vez se ha parado la obra me decía Miguel, como si me estuviera hablando de un desastre natural. El cliente ha dejado tirado al jefe, pero pronto llega un gran contrato, te lo prometo.

Ese contrato prometido apareció y desapareció durante año y medio, pero las facturas sí tenían puntualidad suiza: alquiler, luz, internet, comida, la pensión para Clara, los zapatos nuevos de Sergio, los pagos del colegio. Pagaba todo sin rechistar. Ahorraba en mis almuerzos, me llevaba la fiambrera con pasta, ni me planteaba coger un taxi aunque lloviera a cántaros. Ya hacía un año que me limaba las uñas yo sola porque no quedaba nada para la manicura del salón.

En tres años, Miguel me regaló flores en tres ocasiones. Los ramos eran siempre unas rosas bastante mustias y baratas del quiosco de la esquina, medio marchitas y con las espinas partidas. Imagino que estaban de oferta

El primero fue cuando me llamó histérica delante de Sergio. El segundo, tras discutir porque mi amiga Elena vino a casa sin avisar. La tercera vez, me lo trajo después de olvidarse de mi cumpleaños por haberse quedado en el bar de sus amigos.

Miguel, de verdad, no necesito regalos caros intenté sonar suave, buscando las palabras, porque me dolía el alma. Pero a veces me gustaría sentir que piensas en mí, aunque sea con una nota

Su expresión cambió al instante.

¡Claro, solo te importan las perras, ¿verdad?! Solo piensas en regalos y en lo que te doy, pero no te importa el amor ni lo que yo he sufrido.

No es eso

¡No te lo has ganado! soltó esas palabras como si escupiera una ofensa. Después de todo lo que hago por ti, ¿todavía te atreves a exigirme algo?

Guardé silencio. Siempre lo hacía, era más fácil fingir que no pasaba nada, más fácil vivir sin abrir la boca ni pedir explicaciones.

Eso sí, para irse de cañas o ver fútbol con los amigos nunca le faltaba dinero. Cada jueves tenía su cita segura en el bar, y volvía oliendo a sudor y tabaco, y se dejaba caer en la cama como si yo ni existiese.

Intentaba convencerme de que el amor era sacrificio, que el amor era paciencia. Que él seguro acabaría cambiando, si yo lograba amarle con todas mis fuerzas, aún más, porque ya había sufrido demasiado

Los años pasaban y hablar de boda era como caminar entre minas.

Si estamos bien así, ¿para qué casarnos? me respondía cuando sacaba el tema. Después de lo que pasé con Clara, dame tiempo.

Tres años, Miguel. Tres años dan para pensar.

Siempre estás encima de mí, ¡siempre presionando! explotaba y se iba cerrando la puerta de golpe. Y la conversación quedaba siempre inconclusa.

Yo deseaba tener hijos, los míos. Tenía veintiocho años, y cada mes sentía el tic-tac de ese reloj que te recuerda que el tiempo no perdona. Pero a Miguel le bastaba ya con ser padre una vez; eso era suficiente para él.

Aquel sábado solo pedí un día. Un simple día.

Las chicas me han invitado a su casa. Hace mucho que no nos vemos. Vuelvo por la noche, no te preocupes.

Miguel me miró como si le estuviera diciendo que me marchaba a América.

¿Y Sergio?

Tú eres su padre, pasa un día con él.

¿Así que ahora nos dejas tirados? ¿Un sábado? ¿Cuando yo esperaba descansar?

Parpadeé varias veces, sin entender cómo, en tres años, nunca le había pedido ni un solo día. Todo ese tiempo cocinando, limpiando, ayudando en deberes, lavando y planchando sin dejar de trabajar.

Solo quiero ver a mis amigas, un rato Y Sergio es tu hijo, Miguel. ¿No puedes estar con él un día sin mí?

¡Estás obligada a querer a mi hijo como si fuera yo! explotó. Vives en mi piso, comes mi comida y encima te pones chulita.

Su piso. Su comida. Cuando era yo quien pagaba el alquiler, y quien iba al supermercado con mi nómina. Tres años manteniendo a un hombre que me gritaba solo porque quería pasar unas horas con mis amigas.

En ese momento, mientras le miraba la cara crispada, la vena hinchada en la sien, los puños cerrados, tuve la claridad de verlo como era en realidad. Ya no el pobre herido, ya no el alma perdida esperando ser salvada, sino un hombre hecho y derecho que había aprendido a aprovecharse del cariño ajeno.

Para Miguel, yo no era ni amada ni futura esposa. Era un cajero automático y una criada gratuita, nada más.

Cuando se fue a llevar a Sergio a casa de Clara, yo saqué la maleta. Las manos me temblaban un poco, pero era un temblor sereno, lleno de determinación. Documentos, móvil, cargador, un par de camisetas, unos vaqueros. Lo demás, ya lo compraría; lo demás, no hacía falta.

No dejé nota. ¿De qué sirve explicarse ante quien nunca ha querido escucharme?

La puerta se cerró tras de mí en un silencio cálido, sin drama.

Las llamadas no tardaron ni una hora. Primero una, luego otra, y de repente una lluvia de timbrazos, mensajes enfurecidos que hacían temblar el móvil entre mis manos.

¿Dónde estás, Paloma? ¿Tú te crees? ¡Vuelvo y no estás! ¿Qué diablos haces? ¿Y la cena? ¿Voy a tener que aguantarme el hambre? ¡Qué vergüenza!

Escuchaba aquella voz colérica, exigente, llena de falsa dignidad y me asombraba. Incluso ahora, que ya me había ido, Miguel solo pensaba en sí mismo, en sus molestias y en quién le iba a preparar la cena. Ni un «perdón», ni un «¿qué ha pasado?». Solo «¿cómo te atreves?».

Bloqueé su número, luego su cuenta de mensajería, después sus redes sociales. Por fin, le puse una barrera en todos lados.

Tres años. Tres años viviendo con alguien que nunca me quiso, que usó mi generosidad hasta dejarla seca, que me convenció de que sacrificarse era amar.

Pero eso no es amor. El amor no humilla, no convierte a una persona en servicio doméstico.

Caminé por las calles iluminadas de Sevilla, y, por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía respirar. Me prometí que nunca volvería a confundir el amor con la renuncia. Nunca más salvar a quien solo sabe dar pena.

Aprendí, al fin, que debo elegir siempre por mí. Solo por mí.

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