Diario de Lucía, 12 de noviembre
A veces me pesa el recuerdo de cómo terminó mi matrimonio. Fui yo quien rompió la familia al enamorarme de otro hombre, y fui también quien, por decisión propia, se marchó de casa. Alfonso, mi exmarido, creyó que tenía la obligación de compensarle por haberle hecho sufrir, que debía enmendar de algún modo aquel daño. No me dejó llevarme a nuestro hijo, Sergio, que además quiso quedarse con él. Aunque eso me rompía por dentro, no logré convencerle ni quise arrastrarle a la fuerza. Todo se resolvió rápido, más de lo que hubiera imaginado, me dejaron marcharme y acordamos que les enviaría dinero una o dos veces al mes.
Por aquel entonces, Alfonso tenía trabajo y traía su propio sueldo a casa, pero en cuanto notó que yo disponía de buenos ingresos, y sobre todo, que mi nueva pareja, Javier, sumaba también algo para que a Sergio no le faltara de nada, decidió dejar de trabajar y vivir de lo que nosotros enviábamos.
A medida que Sergio crecía, su padre le colmaba de caprichos: comidas fuera, faltar a clase cuando le apetecía, veranos en la costa y electrodomésticos caros que no hacían ninguna falta. Poco a poco, Sergio empezó a mostrar un desdén hacia mí, cada vez quería verme menos. Fuesen regalos o detalles, papá siempre lo superaba, y para colmo, casi todo a costa de mi propio dinero. A sus once años, ni siquiera se preguntaba cómo era posible que Alfonso, siempre en casa, tuviera tanto dinero disponible.
Fue Javier, mi actual marido, quien me hizo ver que quizá les daba demasiado. Además, empezamos a pensar en el futuro universitario de Sergio y llegamos a la conclusión de que sería mucho mejor ahorrar para sus estudios, en vez de que Alfonso malgastase el dinero en caprichos sin sentido. Decidí entonces comunicárselo a Alfonso en persona: les había apoyado bastante tiempo y ahora le tocaba a él hacerse cargo de los gastos diarios, porque yo prefería ocuparme del porvenir de nuestro hijo.
Él no tardó en echarme en cara lo mala madre y peor esposa que había sido, me amenazó con llevarme a juicio para exigirme la pensión, alegando que en realidad nunca les había dado nada. Consulté el tema con abogados y me aseguraron que no debía temer ni hacerles caso, porque él lleva años sin trabajar y su vida depende de mi dinero.
A pesar de todo, sigo sintiéndome la perdedora. Mi hijo me detesta aún más, convencido de que no quiero ayudar a su padre. El nudo que tengo no se disuelve y me pregunto si alguna vez podré reparar el vínculo con Sergio y redimirme ante mí misma.





