No se apresuran a amar porque el amor ya está siempre presente.
En la biblioteca municipal de Madrid reina el silencio, aun cuando entran lectores. AnaMaría nunca les hace comentarios; al cruzar el salón donde se alinean majestuosos estantes repletos de libros, los visitantes se detienen, miran a su alrededor y luego se acercan a ella con calma.
Buenos días saludan siempre con cortesía, y después preguntan por el libro que buscan.
Buenos días responde ella, con una sonrisa, escuchando atentamente al siguiente lector.
AnaMaría es amable y educada; el trabajo en la biblioteca le resulta natural. A veces piensa: «Qué suerte que el destino me haya guiado por este camino; no me imagino dónde podría trabajar con tanta tranquilidad y pasión. Es un placer que el empleo sea una alegría. La mayoría de los lectores también son corteses».
A veces llega algún lector impaciente, que exige algo urgentemente y mira con ansiedad mientras AnaMaría busca el libro, rellena la ficha y, pese a la presión, mantiene la paciencia sin alzar la voz.
Lee desde niña, por eso la elección profesional nunca fue un dilema; sabe que los libros son su elemento. Entre ellos se siente segura, bien leída, ha devorado innumerables obras.
Mientras sus amigas y conocidos corren a citas, se agitan entre trabajo y casa, engendran hijos, se mudan, discuten y reconcilian, AnaMaría simplemente vive, tranquila y pausada.
Con voz serena y la costumbre de ajustarse los gafas cada vez que algo le falla, sus ojos grises observan con calidez; su pelo rubio siempre está recogido en un moño en la nuca, viste de forma ordenada y recatada.
Tiene veintisiete años y, dos días después de su cumpleaños, entra en la biblioteca un joven atractivo con gafas. Al observarlo, piensa: «Un hombre agradable, debe tener unos treinta años, no menos».
Se sorprende al notar que antes no valoraba a los hombres que venían a la biblioteca, y ahora su atención se centra en él.
Buenas tardes saluda el nuevo lector, con voz suave.
Buenas tardes contesta AnaMaría, igualmente cortés.
Necesito un libro dice después de una breve pausa, como recordando al autor o el título, ¿lo tendrán? mira los imponentes estantes y se ajusta las gafas.
Debe esperar un momento; está en el estante superior responde ella, y se dirige a los anaqueles mientras el visitante observa la sala de lectura.
Ese visitante es Tomás, ingeniero tímido que trabaja en el departamento de arquitectura, repasando planos antiguos y diseñando nuevos. Cuando AnaMaría vuelve con el libro, él le dirige una cálida sonrisa.
AnaMaría se sienta en una mesa y comienza a rellenar la ficha; al leer su nombre, Tomás se queda indeciso, tembloroso, con el libro en la mano.
Gracias se da cuenta de que no ha agradecido antes.
De nada responde ella.
En ese instante algo ocurre en la sala: los dos se miran en silencio, él no quiere marcharse, ella no encuentra palabras. El tiempo se dilata; finalmente, AnaMaría rompe el silencio.
Tomás, ¿le falta algún otro libro?
Sí bueno, no titubea, pero luego se anima. ¿Conoce mi nombre, pero ¿y usted, no es un secreto?
AnaMaría contesta modestamente.
Mmm, AnaMaría nombre muy bonito, bastante común, auténtico español. Eso pensé se queda callado, mientras ella percibe su timidez y lo comprende, pues ella también es algo así.
Gracias repite Tomás, devolveré el libro en perfecto estado. Hasta luego.
Yo tampoco lo dudo, hasta luego le responde ella con cortesía.
AnaMaría percibe que él cuida los libros con esmero; lleva pantalones planchados, camisa impecable y corbata, el traje le queda como anillo al dedo, los zapatos relucen.
Tomás se marcha, y ella sigue pensando en él.
Somos como almas gemelas reflexiona de repente, lo entiendo y lo siento
Luego, sonriendo, se corrige:
¡Qué va! Nunca he prestado tanta atención a un lector.
Tomás sale de la biblioteca con una sensación extraña.
Qué simpática, AnaMaría, debería estar aquí, en la biblioteca, es su sitio. Y esa mirada no sé por qué me cuesta halagarla mis palabras bonitas se quedan atrapadas se reprocha. ¿Por qué tan tímido? Mi modestia solo me estorba. Tal vez ya no pueda trabajar tranquilo, su imagen no me sale de la cabeza
Después del almuerzo le cuesta concentrarse en su sección; su mente vuelve a la biblioteca y a AnaMaría.
¿Qué ilusión es esta? se pregunta, intentando distraerse con los planos, pero
Al día siguiente, durante el recreo, vuelve a la biblioteca bajo el pretexto de buscar otro libro.
Buenos días, AnaMaría ella levanta la vista y él se sorprende al ver cuánto la mira.
Buenos días le sonríe como a un viejo conocido, ¿necesita otro libro?
Tomás, sonrojado, se arma de valor y dice:
No, la verdad vine bajo ese pretexto, pero ahora quiero ser sincero Me gustas mucho perdón
Los ojos de AnaMaría brillan, sus mejillas se sonrojan.
¿Por qué pedir perdón? A mí también me gustaste ayer; la verdad, dormí mal anoche.
Él se alegra y contesta:
Yo también. No he cerrado los ojos desde entonces.
Se produce una pausa incómoda; ambos callan. AnaMaría espera alguna palabra, él busca y finalmente dice:
AnaMaría, ¿puedo acompañarte a casa después del trabajo?
Puedo responde modestamente, esbozando una leve sonrisa.
Desde ese momento sus encuentros se convierten en paseos por el Parque del Retiro, donde él habla entusiasmado de su trabajo y ella comenta sus lecturas.
Tomás, los libros son como la gente, cada uno tiene su alma dice ella. Él no se sorprende de la analogía; comprende lo importante que es su labor, pasa los días entre los volúmenes y vive esa vida.
El otoño frío llega, y ya pasan horas juntos tomando té en la cocina de ella, a veces mirándose en silencio y acordando:
Nos va bien incluso sin hablar
Comparten sueños y alegrías. AnaMaría siempre ha querido visitar Venecia; ha leído mucho al respecto y le cuenta a Tomás, quien la imagina navegando en góndola por los estrechos canales.
Un día, Tomás llega a casa en su día libre con un ramo de rosas rojas.
Esto es para ti, Ana, vayamos a casarnos, llevo tiempo soñando con esto ¿Aceptas?
Acepto responde ella, sin timidez, feliz.
La boda es sencilla, no por falta de ganas de ruido sino porque no había prisa. Su vida transcurre despacio, sin sobresaltos, y ambos son felices por haberse encontrado. La única sombra es que, tras muchos años, no logran tener hijos.
No se desesperan ni culpan al destino; adoptan un gato negro llamado Berto, compran una casa de campo y la vida sigue: trabajo, la casa, lecturas nocturnas, conversaciones al calor del té, el ronroneo de Berto. En la finca Tomás fabrica nidos para pájaros, ella teje calcetines y cuida los macizos de flores. Los vecinos rara vez los visitan y murmuran a sus espaldas:
Viven aburridos, siempre lo mismo.
Ellos no se aburren. Cada mañana Tomás prepara café en una vieja cafetera de cobre, lo sirve en tazas bonitas; AnaMaría reparte pan a los jilgueros desde la ventana. En verano pasan más tiempo en la finca, plantando rosas; en invierno vuelven a la casa y escuchan crujir la leña en la chimenea. No dicen mucho, porque las palabras son innecesarias.
Los años pasan y se vuelven mayores. No se apresuran a amar porque el amor siempre está allí. Llega la jubilación y pasan más tiempo en la casa del campo, disfrutando del silencio, del canto de los pájaros, de los setas en el bosque. Los vecinos los respetan por su vida tranquila.
Un día, Tomás vuelve del mercado con una botella de vino español y frutas. AnaMaría se sorprende, pues nunca beben alcohol. Saca dos copas del aparador, las limpia con el paño de cocina que siempre usa cuando ella lava los platos, y la invita a sentarse.
Levanta su copa y AnaMaría sonríe:
¿Por nosotros?
No contesta Tomás sacando dos billetes de avión de su bolsillo, por Venecia.
AnaMaría se queda inmóvil. Siempre han soñado con ese viaje, pero siempre lo posponían por el trabajo, la finca, la enfermedad de Berto.
Pero ya somos viejos dice ella.
No viejos, sino mayores, por eso vamos
Tomás y AnaMaría embarcan. Disfrutan de los estrechos canales, navegan en góndola bajo los puentes y ríen como adolescentes. Pasean; ella lleva un sombrero de paja y él una cámara en mano. Una tarde, al caer el sol sobre la laguna, él le declara:
Qué feliz soy contigo, Ana, cuánto te amo
Yo agradezco el día en que me pediste matrimonio; sabía lo difícil que fue para ti y gracias por cumplir mi sueño. No necesito nada más, sólo estar siempre juntos.
Ríen alegremente, porque es su deseo mutuo. Así continúan, sin prisas, viviendo su amor.







