¡No quiero vivir con la familia de mi hija! Os contaré por qué.

Life Lessons

No quiero vivir con la familia de mi hija. Os contaré el motivo.

Mi hija y su familia se quedaron sin hogar de la noche a la mañana. Tras unas lluvias torrenciales, su piso de Madrid quedó inhabitable y necesitaba una reforma a fondo. Así pues, y como era de esperar, mi hija y su familia vinieron a instalarse en mi casa.

No tenían a dónde más acudir, así que, por supuesto, les abrí mi puerta. Sin embargo, tras hablar abiertamente con mi hija, Lucía, y mi yerno, Javier, acordamos que esta situación era provisional y que, en cuanto pudieran, volverían a su casa.

Tengo una hija maravillosa y mi yerno desde luego no es tonto, por lo que ambos comprendieron perfectamente mi postura: la familia es un núcleo autónomo, y cualquier otra presencia resulta ajena. Yo esto lo tengo muy claro, y os lo explico para que se entienda mi forma de pensar.

Tengo mis propias costumbres y ritmos de vida completamente distintos a los de Lucía y Javier. Mientras que la convivencia con mi hija, al ser de mi sangre y de mi entorno, me es más sencilla, con mi yerno no existe esa confianza y, por mucho cariño que le tenga, necesita también su intimidad. Por ejemplo, ¿qué sentido tiene discutir si me gusta quedarme dormido frente a la televisión, o si mi hija y yerno deciden invitar gente a casa? Cada uno tiene un grado diferente de tolerancia al desorden o a la rutina, así que no merece la pena entrar en peleas absurdas por no haber recogido los platos de la cena. Este tipo de detalles nimios acaban minando hasta el mejor de los afectos.

Por otro lado, nuestros gustos respecto a la comida son muy distintos. Y qué decir de esas ocasiones en las que aparecen invitados inopinados en casa. Todos sabemos que, ante la tentación, alguno puede asaltar lo que no le pertenece de la despensa ajena. Y, claro está, ponerle un candado a la nevera no es viable.

Los diferentes horarios de descanso pueden convertirse también en una fuente tremenda de problemas. Te ves obligado a andar de puntillas a todas horas, porque nadie es especialmente sensible con el sueño ajeno. La falta de descanso termina generando mal humor y dolores de cabeza y ya se sabe que, a veces, cualquier chispa puede encender la mecha de una bronca.

Tampoco quiero juzgar la vida de mi hija y su marido. La he criado y educado en todo lo que he podido, pero ahora sólo aspiro a conocer lo que ellos quieran mostrarme, sin tener que enterarme de más por la convivencia. Eso sencillamente no es posible si vivimos todos juntos bajo el mismo techo.

Pero, sobre todo, necesito sentir que soy yo quien decide cómo y cuándo ayudarles; quiero hacerlo porque me nace, no por obligación o costumbre. Y desde luego, también necesito seguir reservando tiempo para mí mismo.

Al final, he comprendido algo importante: el amor y la armonía familiar requieren espacios propios, y la distancia, en su justa medida, puede ser la mejor forma de cuidarnos y querernos de verdad.

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