No quiero otra nuera, ¡así que haz lo que quieras! me soltó mi madre mirándome a los ojos.
Hoy, mientras escribo estas líneas, recuerdo aquellos años en la Universidad Complutense de Madrid, cuando todo parecía aún posible. Había conocido a Inés en el instituto, mi primer gran amor. Inés era guapa, sí, pero sobre todo era una joven lista, con un corazón enorme. Por entonces, se encontraba terminando su tesis de máster. Acordamos que, en cuanto ambos finalizásemos nuestros estudios, nos casaríamos.
Con esa ilusión, reuní el valor para contárselo a mi madre. Esperaba nerviosismo o quizás alguna lágrima de emoción, pero lo único que recibí fue una mirada fría. Me dejó claro que, o me casaba con Lucía la hija de unos vecinos bien posicionados del barrio de Salamanca, que llevaba años coladita por mí o con ninguna otra. Y entonces me preguntó: ¿Qué es más importante para ti, una carrera de éxito o el amor?
Mi madre siempre había soñado con que yo fuese alguien de prestigio. Lucía provenía de una familia con dinero, y era la favorita para mi madre desde siempre. Pero yo amaba a Inés, cuya familia tenía mala fama en el barrio. Decían de su madre cosas horribles, y en la comunidad todos sabíamos lo que eso significaba. «¿Qué dirá la gente?», repetía mi madre cada vez que ella surgía en la conversación.
No necesito otra nuera, tú haz lo que quieras sentenció de nuevo, inamovible.
Durante semanas intenté hacerle entrar en razón, pero ella se cerró en banda. Incluso llegó a jurar que si me casaba con Inés, me desheredaría de por vida. Me asusté. Seguí viéndome a escondidas con Inés unos meses, pero nuestro amor fue perdiendo fuerza, consumido por el miedo y las dudas.
Al final me casé con Lucía. Ella, debo admitir, me quería de verdad. Pero ni siquiera celebramos boda; yo no quería que alguna foto llegase a los ojos de Inés. Pronto me instalé en la gran casa de los padres de Lucía, en la zona norte de Madrid, y no faltaron oportunidades de ascender en mi carrera gracias a sus contactos. Pero nunca fui realmente feliz.
No quise tener hijos. Cuando Lucía comprendió que jamás la convencería, fue ella misma quien pidió el divorcio. Yo tenía ya cuarenta años; Lucía, treinta y ocho. Tiempo después, supe que rehizo su vida, tuvo un hijo y sonreía de verdad.
Por mi parte, nunca dejé de soñar con la vida que habría tenido con Inés. Intenté buscarla, pero fue inútil. Pronto me enteré de que ya no estaba entre nosotros. Un viejo amigo me contó que, tras nuestra ruptura, se había casado precipitadamente con el primer hombre que conoció. Aquel hombre resultó ser un desgraciado que acabó con su vida en una brutal paliza.
Ahora habito el antiguo piso de mis padres, en Chamberí, y paso los días ahogando las penas en copas de vino tinto barato. Me quedo horas mirando la única foto que conservo de Inés. Y nunca, nunca, he podido perdonar a mi madre.







