¡No quiero seguir viviendo con vosotros! ¡Nunca os parece bien nada! Marina miraba a su madre con rabia y resentimiento. Vale cuando era pequeña: no vayas allí, no hagas esto. Pero ¡mamá, tengo veinte años! Veinte. Hace dos años que soy mayor de edad.
Pues si eres mayor y no quieres vivir con nosotros, búscate un trabajo y paga un piso por tu cuenta. Esa es mi respuesta, hija.
¡Qué fuerte! bufó Marina. Si no es que estudie, es que trabaje. ¿Y la carrera ya no importa? ¿Ayudar un poco a vuestra propia hija, tampoco, verdad?
Tú siempre has sido independiente respaldó el padre a su esposa. Nunca pides nuestro consejo. Pues para que no nos metas en tus asuntos, puedes empezar tu vida desde cero, pero tú sola.
A Marina no le terminaba de gustar aquella situación. Su madre nunca le exigía limpiar ni hacer la comida, y su padre se encargaba de los recibos, de la compra, y hasta le ingresaba algún dinerillo de vez en cuando. Era una vida cómoda, sin complicaciones. Lo único que le molestaba era que sus padres se metieran en todo…
Pero su carácter tozudo no le permitía echarse atrás. En la familia circulaba la leyenda de que una de las tatarabuelas de Marina había sido una revolucionaria de armas tomar. Cada vez que sus padres se quejaban de lo rebelde que era, sacaban aquella historia.
Así que Marina buscó trabajo y alquiló un pequeño estudio cerca de la Universidad Autónoma de Madrid. Solo entonces comprendió qué era aquello de que no llegaba el dinero a fin de mes. Antes, lo oía de pasada, en conversaciones de autobús, en murmullos de conocidos de sus padres, o en debates de televisión en los que siempre salía el clásico no tengo ni para lo más básico.
El alquiler se llevaba casi toda su modesta nómina, y aún tenía que comprar comida, cargar la abono transporte, y pagar otros gastos imprescindibles. Las juergas y fiestas, aquellas con las que soñaba, pasaron a un segundo plano. Sin proponérselo, empezó a valorar el trabajo y a ver con otros ojos esas manías de sus padres, que ya no le parecían tan injustas.
Un día, volvía de trabajar, cansada, cuando delante de ella caminaban dos chavales hablando a voces, soltando bromas groseras y palabras fuera de lugar. Marina negó con la cabeza: ¿tendrían algo en el cerebro aparte de gamberradas?
Al pie de unos escalones, donde antes estuvo una tienda de ultramarinos ahora cerrada, estaba sentada una anciana. Marina la veía ahí a menudo. Murmuraba cosas ininteligibles y a sus pies tenía una latita de conservas donde, de vez en cuando, algún transeúnte dejaba unas cuantas monedas. En un Madrid cada vez más digital, apenas quedaba suelto en los bolsillos para donar. Pero Marina siempre procuraba reservarle a la abuelita unas monedas, sin saber muy bien por qué. Antes, ni se habría fijado.
Aunque, llamarla mendiga sonaba injusto. La dignidad de aquella señora atravesaba la ropa gastada y la lata abollada. Saludaba con la cabeza cada moneda y volvía a sentarse, paciente, en los grises peldaños de granito.
Los chicos, al pasar cerca, bufaron con desprecio. Uno dio una patada a la lata, que rodó ruidosa y las monedas saltaron de aquí para allá. La anciana se levantó con dificultad y, temblorosa, empezó a recogerlas.
¿Pero qué hacéis, insensatos? exclamó Marina, furiosa, y corrió a ayudarle.
Los chicos se largaron riéndose a carcajadas y gritando improperios.
Aquí tiene le ofreció Marina las monedas. Y espere. Sacó del monedero un billete de cinco euros y se lo tendió.
Gracias susurró la anciana, levantando los ojos; sorprendentemente jóvenes, enmarcados en una red de arrugas profundas. Te reconozco; siempre echas algo aquí.
Acarició con los dedos la vieja lata.
Se ha chafado. A ver si encuentro otra…
Las manos le temblaban. Marina notó que respiraba mal.
¿Vive lejos? preguntó.
La anciana negó con la cabeza.
¿Ves esos bloques de pisos de ladrillo? Allí vivo.
La acompaño, venga. No parece que le sea fácil andar sola.
El corazón me ha dado un vuelco. Me he llevado un susto la mujer apoyó el peso en su brazo. Tranquila, que no te entretengo mucho.
En el pequeño piso, en el tercero sin ascensor, les salieron al encuentro un regimiento de gatos. Marina se quedó pasmada; había montones. Perdió la cuenta.
Doce explicó la anciana, viendo su expresión de asombro. Nunca pensé que llegaría a tener tantos.
¿Pero para qué quiere tantos gatos?
No son para mí, niña. Yo les hago falta a ellos. Sin mí, se habrían muerto. A Capucha y a Lusi las dejaron dentro de una bolsa en un contenedor, en pleno diciembre. Yo iba a tirar la basura y las oí; Lusi maullaba, Capucha apenas respiraba. A Pelusa se la quité a unos chavales, y Romo llegó solo a la puerta. Fena parió en el sótano. No me quedó más remedio que traerla con los cachorros para que no los envenenara el portero… ¿Piensas que estoy loca?
No, señora respondió Marina, incómoda. Sólo… son muchos. Y con el precio del pienso…
Por eso me siento en la callesonrió la anciana con resignación.
Desde aquel día forjaron una extraña amistad. Parecía increíble, pero Marina ya no podía mirar hacia otro lado. Pasaba por casa de la señora Candelaria así se llamaba la anciana cada cierto tiempo. Habló de ella en sus redes. Y para su sorpresa, entre tanto venenillo, empezaron a colarse mensajes amables, incluso ofrecimientos de ayuda.
Hija preguntó su padre, preocupado, ¿para qué te metes en eso? Nunca te han interesado mucho los animales…
Papá, no es amor por los animales, o no solo eso. Es que en casa nunca hablamos de tener perro o gato, jamás se me ocurrió que me iríais a dejar. Ahora me lo pregunto, ¿por qué?
Marina dudó y añadió:
Candelaria dice que no son los gatos los que la necesitan a ella, sino ella a ellos. Es cierto, papá. Sin ella, habrían muerto todos.
¿Entonces vas a empezar a llenar tu piso de gatos y convertirte en una solterona de las de antes? ironizó su padre. Las que no se casaban y se quedaban rodeadas de gatos por no estar solas.
No pienso llenar nada saltó Marina. Solo quería adoptar uno, para ayudarle a ella, pero mi casera no quiere. Al fin y al cabo, hay muchos puntos de vista. No me tratéis como a una cría por tener el mío propio.
Tú nada malo haces suspiró su padre. Pero gastar tu vida en eso, hija, nos da pena.
No tengáis pena, papá. Estoy bien.
A través de internet, Marina logró buscar adoptantes para cuatro de los cachorros de Fena, la gata que trajeron del sótano. Ocho gatos seguían en casa de Candelaria, ya muy mayores, los pocos interesados en adoptarlos rechazaban a los ancianos felinos.
Marina, si me pasa algo, no los dejes solos, ¿vale? A ti te lo puedo pedir, sé que es mucho… pero no tengo a nadie más.
Marina nunca se había atrevido a preguntar por la familia de Candelaria, hasta que ella, con amargura, un día le confesó:
Yo también habría podido tener una nieta como tú, pero la vida no quiso. Mi hijo único se separó, resultó que no podía tener hijos, y poco después murió en acto de servicio. Me quedé sola. La vida a veces no deja de sacudirte.
Un día fue a buscarla y no contestaba el timbre. Preocupada, llamó a la vecina.
¿Ha visto a Candelaria? ¿Quizá ha salido?
Marina, no, hoy no. Esta mañana ya no se encontraba bien. A ver… tengo llave.
Encontraron a la señora Candelaria acostada, en paz, dormida para siempre. Sus arrugas habían cedido dejando una expresión serena. Los gatos la rodeaban, maullando bajos e inquietos.
Ay, que se nos ha ido la pobre Candelaria la vecina se santiguó. Marina rompió a llorar, sin saber qué hacer.
¿Y ahora? ¿Qué tengo que hacer?
Mira, niña, ahí en la mesa hay una nota para ti.
Entre lágrimas, Marina leyó lo que aquella mano trémula había escrito con cuidado. Candelaria le dejaba en herencia su piso y le pedía que no abandonara a los gatos.
«Solo a ti puedo pedirte esto, mi niña…»
Marina jamás pensó que descubriría tantas gestiones legales en tan poco tiempo. Lo habría tenido muy difícil si no hubiese sido por Iñaki.
Iñaki fue el primero en escribirle un mensaje de apoyo cuando publicó sobre los gatos. Comenzaron a hablar y después a salir juntos. Su familia, al contrario que la de Marina, siempre había tenido animales en casa y él era un apasionado de ayudar en refugios y en redes sociales. Juntos encontraron hogar para cuatro gatos de Fena.
Iñaki estudiaba Derecho y su ayuda fue vital.
¡Marina, qué pasada! exclamó su amiga Teresa. ¡Un piso para ti sola! Dile a Iñaki que lleve los gatos a una protectora y asunto arreglado.
No puedo hacer eso, Tere se sobresaltó Marina. Le prometí a Candelaria que no los dejaría.
¡Pero si ya ha muerto! No lo va a saber nunca. El piso es tuyo. ¿Cómo vas a quedarte con esa jauría? ¡Y si viven quince años más!
Mira, Tere, lo que vivan, lo vivirán. No puedo. Ella confió en mí. Y me dan pena. Son buenísimos.
Hablas como una vieja se rió Teresa. Hasta tu padre te ha insinuado lo de solterona. Ya te digo, mientras sigan ahí, nadie te visitará, los chicos saldrán corriendo…
Nunca he tenido novio, lo sabes… replicó Marina.
¡Y tampoco lo tendrás! sentenció Teresa. No lo entiendo, perdóname.
Tampoco recibió el apoyo de sus padres.
El piso no está mal admitió la madre, angustiada. Pero esto no es normal, Marina. Que te herede una desconocida…
¿Por qué te extraña? intervino el padre. La señora no estaba bien de la cabeza. Le comió el coco a la niña y ahora le ha complicado la vida.
No la ha complicado nada se defendió ella. Hizo lo que pudo.
Por sus gatos, hija, no por ti. Quiso limpiar su conciencia, ni lo pensó cuando los recogíareplicó la madre.
Marina salió de allí abatida; todos le ofrecían lo mismo: abandonar los gatos.
Iñaki, espera lo alcanzó a la altura de la manzana de Candelaria. ¿Tú también piensas que estoy loca?
¿Por qué? preguntó él sorprendido.
Por los gatos. Todos lo piensan. Quizá debería renunciar al piso…
¿Renunciar? él la miró grave, sin burla. Candelaria te lo dejó porque vio que tienes buen corazón. Si no, esos gatos ya estarían en la calle o peor…
¿Entonces no me juzgas?
No. Es difícil encontrar a alguien sincero hoy en día. Me alegro de haberte conocido. Por cierto, puse en redes la historia de Candelaria y una señora se ha ofrecido a adoptar dos gatos. Venía a enseñártelo.
¿De verdad? Pero, Iñaki, ¿será buena con ellos?
Vendrá, hablamos, y si no, nada… Descuida.
Cuando se casaron, cuatro gatos Capucha, Lusi, Pelusa y Fena seguían viviendo con ellos. Romo lo adoptó la vecina.
Me tenía conquistada. Es muy mimoso. Y os tengo cerca si pasa algo dijo la señora.
Otro más fue a casa de los padres de Iñaki.
A los míos les encantan se reía él. De pequeño los traía a casa todos los días del parque.
Cuando Marina regresó de la maternidad con su pequeño Mateo en brazos, en el pasillo la esperaban en fila Capucha, Lusi, Pelusa y Fena.
¡Las niñeras están en posición! rió Iñaki. O, ¿cómo las llamamos? ¿Abuelagatas?
Hola, pequeñas Marina les sonrió con ternura. ¿Me habéis echado de menos? Ahora acuesto a Mateo y os daré mimos, mi peludo legado.





