¿No os gusta? Pues podéis largaros anunció Inés a los huéspedes inesperados
Treinta años llevaba Inés viviendo en silencio. Si su marido hablaba, ella asentía. Si la suegra aparecía sin avisar, ella ponía el té. Si la cuñada llegaba con maletas, la acomodaba en el cuarto del fondo. Solo un par de días, prometía la cuñada, pero se quedaba tres meses.
¿Y qué iba a hacer? Montar una escena pensarían que era mala esposa. Negarse decidirían que era una desalmada. Inés se había acostumbrado a soportar. Incluso había aprendido a no ver cómo su vida se iba deshaciendo en la satisfacción de los deseos ajenos.
Su marido, Manuel Fernández, era hombre sencillo. Capataz de obras, le gustaban las reuniones de amigos con brindis por la camaradería y maldiciones al jefe. Llamaba a Inés mi ama de casa y genuinamente no entendía por qué ella lloraba a veces por las noches. ¿Cansada? Descansa. ¿Que tu familia ha venido? Pues dales de comer. Todo sencillo.
Cuando él murió, Inés se quedó sola en el piso de tres habitaciones por Madrid, en plena calle de Alcalá. El velatorio se hizo como mandan los cánones: mesa, vino, recuerdos de era buen hombre. La familia se reunió, lloraron un rato, se dispersaron. Inés pensó: Ahora, por fin, podré descansar.
Pero no fue así.
A la semana llamó la cuñada, Carmen:
Inés, mañana voy a pasar. Llevo unas compras.
No hace falta nada, Carmen.
Anda, mujer, ¿qué dices? No voy con las manos vacías.
Apareció con dos bolsas de legumbres y una exigencia: dejar alojar al sobrino Diego, que empieza la universidad en Madrid. Inés intentó negarse con tacto:
¿Pero no va a tener residencia?
¡Eso será algún día! ¿Y mientras dónde? ¿En la estación?
Al final, Inés cedió. Diego ocupó el cuarto del fondo. Era un desastre: calcetines por el pasillo, platos en el fregadero, música alta hasta medianoche. Y, por cierto, tampoco llegó a empezar la universidad. Eso sí, encontró trabajo de repartidor y usaba el piso de Inés como almacén improvisado.
Diego, ¿no crees que deberías buscarte otro sitio? sugirió Inés, con cuidado, al mes.
Tía Inés, ¿dónde voy a ir? ¡No tengo ni un euro para un alquiler!
Dos semanas después, apareció Lucía, la hija del difunto Manuel de su primer matrimonio. Traía los resentimientos de treinta años y las reclamaciones:
Papá te dejó el piso, ¿y a mí? ¡También soy hija!
Inés se quedó muda. El piso estaba a nombre de su marido, y le correspondía de herencia, legalmente. Pero Lucía la miraba como si se lo hubiera robado.
¿Sabes lo difícil que es todo esto para mí? seguía Lucía. Estoy sola con mi hijo, pagando alquiler.
Inés intentó explicar que solo tenía ese piso, que no tenía más dinero, que tampoco sabía cómo seguir. Pero Lucía no escuchaba. No buscaba comprensión; buscaba justicia.
Y entonces empezó el desfile.
Familia que venía una y otra vez. La suegra caía con consejos de vende el piso, compra algo más pequeño. La cuñada con otro sobrino. Lucía con nuevas quejas.
Cada vez que venían, Inés preparaba la mesa, hervía el té y escuchaba reproches.
Hasta que hablaron del piso sin tapujos.
Inés, ¿para qué quieres tú sola tres habitaciones? dijo la cuñada, sorbiendo el té. Vende, cómprate un estudio y con lo que sobre ayudas a los chavales.
¿Qué chavales? preguntó Inés.
A Lucía, a Diego Les vendría bien.
Inés miró a sus huéspedes. Y de repente entendió: no venían a consolarla. Venían a repartirse.
¿No os gusta? dijo bajito. Pues podéis iros.
El silencio llenó la habitación.
¿Qué has dicho? preguntó la cuñada, incrédula.
He dicho que podéis largaros repitió Inés, más alto. De mi casa.
Todos la miraron como si hablara en arameo. O como si soltara un taco.
¿Pero tú quién te crees? la cuñada fue la primera en reaccionar. ¡Que somos familia!
¿Familia? replicó Inés, quedamente. ¿Esa familia que solo viene a comer o a ver la tele?
¡Madre, ¿oyes lo que dice?! llamó la cuñada a la suegra. ¡Te dije que era una orgullosa!
La suegra no decía nada. Miraba. Suspiro tras suspiro, y todos entendían: la ingrata de Inés, otra vez equivocada.
Doña Margarita se dirigió Inés a la suegra, treinta años me estuvo enseñando cómo vivir, cómo agradar al marido, poner la mesa Y cuando lloraba de noche, ¿sabe qué me respondía? Aguanta. Todas las mujeres aguantan. ¿Recuerda?
Doña Margarita enmudeció y apretó los labios.
Eso mismo hice. Aguanté. Pero ya se acabó la paciencia. Como aceite en la garrafa: hasta que se agota.
La cuñada cogió la bolsa.
¡Se lo contaré todo a Diego! amenazó. ¡Para que sepa cómo eres!
Hazlo. Pero mañana lo recoges. Si no, le tiro las cosas al descansillo yo misma.
Salieron dando un portazo que hizo temblar la lámpara. Inés se quedó en medio de la cocina, con las manos temblorosas y el corazón desbocado. Se sirvió un vaso de agua del grifo y lo bebió de un trago.
Pensó: ¿Madre mía, qué he hecho?.
Luego: ¿Pero qué he hecho, en realidad? ¿Echar no invitados de mi propia casa?.
Esa noche no pudo dormir. Daba vueltas, mirando el techo. Los pensamientos giraban en su cabeza como la ropa en una lavadora vieja, siempre lo mismo. ¿Y si tenían razón? ¿Y si era cruel? ¿Debería haber seguido aguantando?
Pero por la mañana todo era nítido. Tan claro y frío como la primera helada del año en Madrid. Aguantar es algo temporal. Treinta años ya no es aguantar; es claudicar.
Diego se fue dos días después. Carmen vino a por él seria, sin dirigir palabra. El chico recogía sus cosas murmurando algo de vieja arpía. Inés, antes tan propensa a las lágrimas, ahora solo callaba.
Una semana más tarde, sonó el teléfono. Era Lucía:
Hemos estado pensando mamá y yo empezó, cautelosa.
¿Qué mamá? inquirió Inés. Si la tuya falleció en el noventa y dos. Doña Margarita es mi suegra, ex suegra en realidad.
Silencio al otro lado. Lucía no esperaba esa respuesta.
Bueno, bueno acertó a decir. Que no queremos malos rollos. Sabes que papá te quería.
A su manera, sí admitió Inés. Pero el piso está a mi nombre. Legal. No debo nada a nadie.
Pero, por justicia
¿Justicia? se rio Inés. Lucía, justicia sería que alguna vez me hubierais felicitado el cumpleaños. O llamado sin pedir dinero. Eso sería justo.
Te has vuelto dura soltó Lucía, fría. La soledad te está amargando.
No. Solo he dejado de hacer teatro.
Las semanas pasaron lentas, casi pegajosas. Inés iba a su trabajo como auxiliar en el hospital, volvía a casa, cenaba sola. A veces la vecina, doña Clotilde, entraba con empanadillas.
Inés, ¿cómo estás? ¿No te sientes triste?
No, no me siento.
¿Y tu familia, ya no viene?
No.
Bien hecho asintió doña Clotilde. Siempre lo pensé: ¿cuándo va a despertar esta mujer? Has hecho bien, hija.
Inés sonrió. Por primera vez en mucho tiempo, la sonrisa salió de verdad.
Pero el mayor miedo no fue la familia ofendida. Fue el silencio. Llegó la noche y no había a quién decir buenas noches, ni con quién compartir el té. Inés entendió de pronto: toda la vida no había sido para sí.
Ahora tocaba algo nuevo: aprender a vivir en primera persona. Y eso asustaba más que cualquier reproche de Carmen.
Pero un mes después, Carmen regresó. Sin avisar. Traía a Diego, a la suegra, a Lucía. A todo el batallón.
Inés abrió la puerta, y ahí estaban: alineados en el rellano como una comitiva. Carmen delante, los demás detrás.
Bueno, Inés dijo la cuñada, ¿ya has reflexionado?
¿El qué? no entendía Inés.
Lo del piso. ¿Lo vendes o no?
Inés paseó la mirada por cada cara. Sabía que venían de verdad. Pensaban que un mes sola y caería. Que les llamaría suplicando su vuelta.
Pasad dijo, por cortesía.
Entraron, se instalaron en la cocina. La suegra fue directa al frigorífico a cotillear. Lucía trasteaba en el móvil. Carmen se sentó, cruzó los brazos.
Inés, no puedes gestionar esto sola. Ni los recibos, ni las averías. ¿Para qué tanta casa?
A mí me gusta el espacio respondió ella, serena.
¡Pero si estás sola! saltó Lucía, dejando el móvil. Mira, he encontrado un piso: vendes este, compras un estudio en Vallecas y sobran ciento cincuenta mil euros. Cincuenta mil para mí, que tengo un hijo. Cincuenta mil para Diego, para estudiar. Y tú, tus cincuenta mil para la vejez.
Inés la miró. Miró sus manos cuidadas, el bolso caro.
¿O sea que yo me voy a una periferia para daros el dinero?
¡Es justo! exclamó Lucía. ¡Papá trabajó toda la vida por este piso!
No dijo Inés, suave. Lo obtuvo del ayuntamiento en el ochenta y cuatro, por joven licenciado. Las reformas las puse yo, de mis ahorros.
Inés, no seas egoísta intervino Carmen. Lo pedimos bien, somos familia.
Algo en Inés hizo clic. Como apagar la luz.
Familia ¿Dónde estaba esta familia cuando me operaron hace tres años? ¿Quién vino? Carmen, ¿tú viniste?
Carmen se removió, incómoda.
Bueno, tenía mis cosas.
¿Y usted, doña Margarita? ¿Llamó siquiera?
La suegra callaba, mirando a la ventana.
¿Y tú, Lucía? ¿Sabías que estuve ingresada?
A mí nadie me dijo nada balbuceó ella.
Nadie porque os dio igual. Vuestra visita no es para mí. Es por el piso.
Inés, ¿te has vuelto loca? empezó Carmen.
No le cortó ella. Solo se acabó. Ya no aguanto más.
Fue a la puerta, la abrió.
Fuera. Ahora mismo. No volváis.
¿Se puede saber cómo te atreves? gritó Lucía. ¡Tú aquí eres extraña!
Sí asintió Inés. Y bendito sea.
Carmen se levantó roja de rabia.
¡Si Manuel lo viera!
Si lo viera, me habría hecho ceder, como siempre. Pero ya no está. Así que ahora decido yo.
¡Te vas a arrepentir! siseó Lucía. Cuando seas vieja y te veas sola, ya verás si no nos buscas.
Inés sonrió, con melancolía.
Mira, Lucía, tengo cincuenta y ocho años. Treinta de ellos pensando que si era buena, me querríais. Que si cedía, me valoraríais. Y resulta que cuanto más cedía, más me exigíais. Así que no. No volveré. Nunca.
Se fueron en silencio. Carmen con la cara inflamada, la suegra con la boca apretada, Lucía dando un portazo.
Inés se quedó de pie en el pasillo. Manos temblando, un tambor en la sien. Se sentó en la cocina y lloró. No de pena, sino de alivio.
Una semana después, llamó doña Clotilde:
Inés, dicen que has roto con todos.
No. Solo he dicho la verdad.
Bien hecho. Oye, tengo una nieta, Elena. Treinta años, acaba de dejar al marido. Está sola, no encuentra sentido a nada. ¿Queréis que os presente? Es buena niña, trabajadora.
Y así se conocieron. Elena era tímida y modesta, contable, alquilaba una habitación en Ciudad Universitaria. Empezó a tomar té con Inés, largas charlas.
¿No quieres venir a vivir aquí? propuso Inés de pronto. Me sobra un cuarto. Solo paga parte de los gastos y ya está.
Elena aceptó al mes. Resultó mucho más fácil compartir con una desconocida que respetaba el espacio, que ni daba lecciones, ni criticaba.
Inés se apuntó a la biblioteca de barrio la misma donde un tiempo fue bibliotecaria. Ahora iba exclusivamente como lectora. Revivía libros para los que nunca tuvo tiempo.
A veces pensaba en la familia. ¿Cómo estarían? ¿Carmen y Diego? ¿Lucía y la niña? ¿Margarita?
Pero ya no tenía ningún deseo de llamar.
Medio año después, contó doña Clotilde:
¿Has oído? Tu cuñada se fue con el hijo a la residencia estudiantil. Dice que en el pueblo la soledad la mataba.
Pues bien por ella dijo Inés.
Y Lucía, se ha casado con un empresario, vive de lujo, dicen.
Me alegro.
Doña Clotilde miró a Inés con curiosidad:
¿No te da rabia?
¿Rabia de qué?
De que, mira, sigan bien sin ti.
Inés sonrió:
Doña Clotilde, siempre han estado bien sin mí. Yo solo tardé años en verlo.
Por la noche Inés se sentó junto a la ventana. Afuera, atardecía: las farolas, gente apresurada. Elena cocinaba en la cocina, tarareando bajito.
Y pensó: esto es la felicidad. No está en el visto bueno de la familia. Está en poder decir no y seguir viva, sin remordimiento.
¿Y tú, has tenido que poner en su sitio a alguna familia sanguijuela?






