No me digas cómo vivir
Marta, déjame entrar, por favor. Ya no puedo seguir viviendo con ellos. Ese sitio no es un hogar, es una cárcel, sollozaba la hermana pequeña, de pie en el portal.
Parecía como una novia que hubiera escapado del altar. El rímel corría por sus mejillas, los labios temblaban… y en la mano llevaba la asa de una enorme maleta con ruedas.
A ver, espera, espera… Marta bostezó medio dormida y se apartó de la puerta de mala gana. ¿Qué te ha pasado?
¡Es que no me dejan vivir, Marta! No tienes idea de lo que ocurre en casa. Ayer llegué a las diez, y no a las nueve, y papá me hizo un interrogatorio como si fuera la Guardia Civil, ¡hasta olió mi ropa como si fuera un perro! Mamá no aprende a llamar a la puerta. Entra siempre que me estoy cambiando, o cuando estoy con amigos, o cuando grabo audios… ¡No tengo ni un poco de privacidad!
La hermana pequeña Leticia hablaba sin parar, ahogada en indignación. La verdad es que sus quejas tenían peso. A los veinte años, el control extremo se siente como vivir en el infierno. Nadie quiere que le revisen los bolsillos, se metan en su cuarto sin avisar, o que tenga que dar explicaciones cada vez que sale.
“No vayas allí, no comas eso, no te juntes con esa gente”. seguía Leticia. Ya no soy una cría, Marta. Soy adulta, tengo derecho a vivir como quiero y no como les conviene a ellos. Hoy he dicho que me quedo en casa de una amiga para preparar exámenes, y papá me suelta: “Nada de dormir fuera, estudia en casa”. ¿Tú lo ves normal? ¿Qué soy, una niña de primaria?
Marta escuchaba con paciencia, incluso por un segundo sintió pena por ella. Sus padres eran ciertamente bastante anticuados y sobreprotectores.
La verdad es que Marta también había pasado por lo mismo. A sus veinte, también se rebeló. Tampoco le gustaba que papá la esperase en la ventana hasta las once, o que mamá comprobara si llevaba jersey. Pero Marta fue más resolutiva.
Me paso a estudiar en la universidad a distancia, les dijo a sus padres hace siete años. Y me voy de casa.
¿A dónde? ¿Cómo vas a vivir? se alarmó mamá.
Una amiga trabaja en una peluquería, necesitan recepcionista. Alquilaremos una habitación entre tres. Nos apañamos. Y si no, pues regreso.
Y lo consiguió, aunque con esfuerzo. Los primeros seis meses solo comía arroz y dormía en un sofá incómodo, pero nadie le decía cuándo acostarse. Los padres intentaron ayudarle con dinero, comida, pero Marta siempre rechazaba la ayuda.
Todo bien. Puedo hacerlo sola, decía convencida.
Fue entonces cuando le regalaron las llaves del piso de la abuela. No fue tanto un regalo como una forma de reconocer su independencia y responsabilidad.
Pero Leticia tenía otra historia.
Hace dos años, falleció la otra abuela. Leticia heredó su piso, justo al cumplir los dieciocho.
¡Ahora sí! exclamó Leticia nada más recibir la herencia. Soy una prometida con dote, ya puedo vivir sola.
Los padres se miraron sorprendidos.
Bueno, supongamos dijo papá La casa es tuya. Pero la luz en invierno te costará mínimo ciento veinte euros si ahorras. La comida… depende de lo que comas, pero por lo menos doscientos euros al mes. Transporte, ropa, cosméticos, internet… En total, para vivir sola y seguir estudiando, necesitas al menos ochocientos euros al mes. ¿De dónde piensas sacarlos?
Leticia pestañeó sin respuesta. Ella creía que ya hacía un favor al mundo estudiando a costa de sus padres.
Así que las cosas siguieron igual. Leticia tampoco insistió mucho en mudarse, pero lo que sí la molestó fue otra cosa: los padres empezaron a alquilar su piso y usaban el dinero para ellapagando universidad, luz, comida, ropa. A veces le daban algo para gastos, pero igual se daba por molesta. Quería vivir en su propio piso y no hacer nada.
Recordando todo ese drama, Marta estudió a su hermana. Nueva chaqueta, botas de piel, bolso… Leticia no parecía una víctima de carceleros, más bien una princesa a la que le molestaba una pea debajo de diez colchones.
Me han quitado las llaves del coche, añadió Leticia, limpiándose las lágrimas. Hasta que no apruebe todas, tengo que ir en autobús. ¿Te imaginas? ¡En bus! Hay que esperar media hora.
Menudo horror respondió Marta, seca, mirando cómo metía la maleta. ¿Y ahora qué piensas hacer?
La compasión se esfumaba
Me quedaré contigo. Hasta que se calmen y me pidan perdón. En tu piso hay espacio de sobra. No te molestaré, en serio, estaré calladita en una habitación, estudiando
Marta torció la boca. No quería hablar mal de su hermana, pero algo no cuadraba.
Leticia, suspiró vamos a hablar en serio. ¿Quieres vivir como yo? Sin control, sin preguntas, sin toque de queda?
Por supuesto respondió Leticia con los ojos brillando. Quiero decidir cuándo llegar, cómo vestir.
Perfecto. Entonces, ¿por qué has venido aquí y no has alquilado una habitación propia? O en una residencia.
Leticia parpadeó, como si la pregunta fuera absurda.
¿Cómo? No tengo dinero. Soy estudiante.
Exactamente. Eres estudiante, y tus padres te mantienen. Comida, ropa, coche de papá, Marta contaba con los dedos La libertad, Leticia, cuesta mucho. Yo tu edad ya trabajaba y estudiaba. Tú quieres todo: libertad y que te mantengan.
¿Entonces… no me dejas quedarme?
Marta suspiró. No quería meterse, pero la situación lo requería.
Antes llamaré a mamá dijo Marta quiero oír su versión.
Leticia dudó, pero no pudo impedirlo.
Era tarde, pero mamá aún estaba despierta. La conversación fue emocional y dura, al final Marta puso el altavoz. Resultó que le habían quitado las llaves y restringido salidas porque Leticia no tenía solo un par de asignaturas pendientes: ya estaba cerca de ser expulsada.
Son los profesores, conmigo tienen manía. Odian a las chicas se defendía Leticia, ruborizada.
Pero las demás han aprobado… y tú no replicó papá ¿Te crees más lista? ¿Pensabas quedarte en casa de Marta y seguir de vacaciones?
Papá tiene razón apoyó Marta No cuido a morosas ni hago de niñera.
Leticia miró con rabia.
¿Así que todos contra mí? Pues muy bien, viviré sola en mi piso. Quitad a los inquilinos. Nadie me dirá nada.
Hubo silencio. Leticia pensaba que había ganado.
Vale respondió mamá, tranquila sin problema.
Leticia saltó en la silla.
¿En serio? ¿Les echáis? ¿Mañana?
No mañana, cuando toque según contrato dijo papá les damos dos semanas para irse. Tú mientras estudias, pero Leticia ahora vivirás sola.
Sí la hermana dudaba.
Ya no habrá dinero del alquiler, así que papá hizo pausa pagas tú todo: universidad, luz, comida, ropa, internet… Ni un céntimo de nosotros. Eres adulta, vive como adulta.
La cara de Leticia se alargó de sorpresa. Pensaba que sus padres evitarían conflictos y le ayudarían.
Pero estudio, no puedo trabajar, es presencial.
Marta también estudió recordó mamá Se pasó a distancia y trabajaba. Tú decides. Quieres vivir sola, bien, todos los gastos a tu cuenta. O vives aquí bajo nuestras normas y te mantenemos. No hay tercera opción.
Leticia buscó apoyo en Marta, pero solo vio ironía.
Bueno, hermana sonrió Marta Bienvenida a la vida adulta. La pea tiene espinas, eh?
…Pasaron seis meses. El contacto con Leticia quedó en preguntas de cortesía y respuestas igual de frías: todo bien. Marta solo sabía que Leticia ya no vivía con los padres y no se metía más. Temía que intentara despertar lástima y volver a acomodarse.
Un día, Marta escapaba de la lluvia y entró en una cafetería junto al parque principal. Detrás de la barra estaba Leticia.
¿Querías un café mediano sin azúcar? preguntó cansada pero educada.
Se notaba el cambio. Ni pestañas postizas, ni uñas de brillantes. Los tenía cortísimos por normas higiénicas. En vez de sudadera de marca, llevaba el delantal verde con chapa. Tenía ojeras, ni el maquillaje las disimulaba.
Hola sonrió Marta, sintiendo mezcla de pena y respeto Sí, y un croissant si está tierno.
Leticia asintió sin sonreír y trabajó rápido.
Es del día, lo trajeron esta mañana.
Ya no iba con el aire prepotente de antes. Ahora se adaptaba, tenía que esforzarse como todos.
¿Y los exámenes? preguntó Marta mientras Leticia espumaba la leche.
Ya los cerré murmuró Leticia Me pasé a distancia, es más fácil. Por cierto, mamá llamó para ayudarme con comida, dije que no. Me las arreglo sola.
Marta levantó las cejas sorprendida.
¿Desde cuándo tan orgullosa?
No es orgullo, es inteligencia. Si acepto comida, vuelven a repasarme los suelos, la limpieza, la ropa Paso. Mejor me como avena con agua y nadie manda.
Marta soltó una risa. Leticia puso la taza en la mesa.
Son tres euros cincuenta.
Marta pagó con la tarjeta. Se oyó el pitido.
¿Se te hace duro? preguntó en voz baja Marta.
Leticia se quedó helada un segundo. En sus ojos pasó la misma ingenuidad que tenía medio año atrás al llegar con la maleta. Pero enseguida se recuperó.
Normal. Al menos aquí nadie me manda. Y vendí el coche, con el metro voy mejor. Más rápido y más barato.
Bien hecho, Leticia. De verdad.
Leticia esbozó una sonrisa torcida.
Sí, bien hecho. Solo que a veces me duermo aquí mismo. Anda, vete ya antes de que me multen por hablar.
Marta se sentó en una mesa junto a la ventana. Miraba cómo Leticia frotaba la barra con fuerza.
Bueno, su hermana había conseguido lo que quería: una vida adulta sin control parental. Y no estaba tan mal. Solo que la pea suele tener espinas, y ahora toca masticar cada trozo con cuidado.
Marta terminó el café, sacó un billete de veinte euros y lo dejó bajo la servilleta, llevó la taza a la barra, se giró y salió.
No era caridad. Era la propina de una buena barista, que por fin empieza a equilibrarse entre lo que espera y lo que la vida ofrece.






