A su padrastro nunca le faltó motivo para darle la bronca, pero tampoco podía decirse que la tratara mal. Al menos, nunca le negó un trozo de pan ni se desahogaba por sus notas, solo perdía los nervios cuando Inés volvía más tarde de lo acordado.
¡Le prometí a tu madre que te vigilaría! le gritaba cada vez que Inés balbuceaba que, bueno, ya era mayor de edad. ¡Sé mucho mejor que tú lo que puedes y no puedes hacer! ¡Que si mayor de edad! ¿Piensas que porque tienes el título de bachillerato ya puedes hacer lo que te dé la gana? ¡Pues primero búscate un trabajo decente y luego haces el papel de adulta!
Bajaba el tono tras desahogarse.
Ese chico te va a dejar tirada, me lo juego. ¿No veo yo qué tipo te trae? Coche caro, cara de niño bien… ¿Para qué va a querer a una chica tan sencilla como tú, Inés? Vas a terminar llorando, ya lo verás.
Pero Inés no le creía ni un poquito. Vale que Alejandro era guapísimo y estudiaba tercero de carrera, aunque fuera en privado, pero tampoco es que ella hubiera rechazado estudiar así si sus notas hubieran dado la talla. Acabó en un ciclo formativo que no le gustaba. Ahora se pasaba el día repartiendo folletos y periódicos, pero sobre todo estudiando para los exámenes del año siguiente. Así conoció a Alejandro, que cogió un folleto, luego otro, luego otro más y le salió con:
Mira, guapa, te cojo todos los folletos si te vienes con nosotros al bar a tomar algo.
No sabe ni cómo accedió, pero así fue. Aprendida de experiencias previas, no tiró los folletos en esa zona; los metió en la mochila y los echó discretamente en el contenedor cuando salió del bar.
En ese bar Alejandro la presentó a sus amigos, la invitó a pizza y helado. En casa, ella y su hermana Rita solo probaban cosas así en los cumpleaños; la pensión de su madre no se tocaba, porque su padrastro siempre decía: “que se quede para las vacas flacas, si yo faltara”.
El sueldo de él era bastante bueno, pero la mitad se la gastaba en arreglar ese coche que parecía tener más ganas de ir al taller que de circular, y la otra mitad en apuestas. Inés no se quejaba, agradecía que no las hubieran echado a la calle cuando su madre enfermó y la casa tuvo que venderse; la que ahora vivían era de él. Claro que le apetecía comerse una chocolatina o una pizza, y beber una Fanta, pero cuando lo conseguía, se lo daba a Rita. Incluso en el bar preguntó si podía llevarse un trozo de pizza para su hermana. Alejandro la miró como si no entendiera nada, y luego le compró una pizza entera y una tableta gigante de chocolate con almendras para que se la llevara.
El padrastro, equivocado estaba. Alejandro era bueno. Y estar con él daba a Inés ganas de esforzarse más: se puso a preparar los exámenes, consiguió trabajo de cajera en el supermercado, por fin podía comprarse unos vaqueros decentes y pagar un corte de pelo en una peluquería de verdad. Para que Alejandro se sintiera orgulloso de ella.
Cuando él la invitó a pasar un fin de semana en el pueblo de sus abuelos, Inés ya sabía lo que iba a ocurrir, pero no sintió miedo: ya no era una niña. Se querían y punto. Temía que el padrastro no la dejara ir, pero él últimamente volvía tarde a casa o ni aparecía por las noches. Inés sabía dónde dormía: en casa de la señora Lucía, la enfermera del centro de salud. Llevaba años lanzándole miradas tímidas, aunque Lucía no tenía mucho interés en hombres con dos hijas de otro matrimonio y un pasado sentimental más denso que una fabada, pero por algún motivo terminó cayendo en sus torpes encantos.
A Inés le vino fenomenal el asunto, aunque a Rita le costó pasar la noche sola. Inés, para compensarle, le compró chocolate, patatas fritas y refresco, y a Rita se le pasó el disgusto.
Que estaba embarazada, Inés lo descubrió tarde. Siempre había tenido ciclos raros y era un tema que nunca le habían explicado. Una compañera del súper, Verónica Martínez, lo soltó en broma: Chiquilla, te veo contenta y redondita, ¿no irás a estar embarazada?
Lo rieron. Por la noche, Inés se compró el test por si acaso. Dos rayas. No se lo creía. Eso no podía estar pasando.
Alejandro no se alegró, faltaba más. Dijo que era mal momento y le metió dinero en la mano para el médico. Inés lloró toda la noche y luego fue. Pero ya era tarde, dieciséis semanas. Resulta que fue en el pueblo, cuando pensaba que en la primera vez eso no pasaba nunca.
Un tiempo logró esconderle la barriga al padrastro, pero crecía como pan en horno. Tocó sincerarse.
Menudo grito se llevó:
¿Y dónde está tu muchacho? ¿Va a casarse contigo?
Inés bajó la mirada. Hace un mes que Alejandro desapareció al enterarse de que no se podía abortar.
Ya te lo dije, Inés dijo el padrastro. Seguramente consultó todo con Lucía antes.
Mira, ya que no hay remedio, da a luz, pero tendrás que dejarlo en el hospital. Otro niño más no cabe en casa. Verás Me voy a casar, Inés. Lucía también está embarazada. ¡Gemelos! Entiende, tres bebés en un piso es de locos.
¿Va a vivir aquí Lucía? preguntó Inés.
Pues claro, ahora será mi mujer, ¿dónde si no?
Parecía una broma. Resultó que no. Cada día lo repetía, amenazando con echarlas si aparecía con la niña. Inés sabía que él solo repetía lo que Lucía le metía en la cabeza. Pero daba igual: no podía dejar sola a su bebé.
No te preocupes decía Lucía, los bebés recién nacidos los adoptan enseguida, y les darán mucho amor.
Inés lloraba, llamaba a Alejandro, intentaba idear dónde vivir con Rita y la bebé, todo en vano. Hasta que, un día, Verónica Martínez señaló a una pareja que entraba al súper, siempre vestida de negro:
Años y siguen de luto. ¿Toda la vida dedicados al dolor? ¿Por qué no tienen otro hijo? O uno adoptado.
Inés los veía a menudo; gente educada, amable, algo tristones, pero nunca se imaginó qué les había pasado. Verónica se lo explicó:
Su hija murió en aquel accidente con el autocar escolar Se hizo muy famoso, conductor dormido, el autobús se salió y la niña murió. Él es médico y ella profesora de inglés, buena gente. En mi antiguo barrio vivían. Llevábamos figuritas de ángel cuando fue la desgracia; resulta que la niña tenía una en la mano cuando pasó todo. Después, todos les regalaban angelitos. Al principio temía que tanto ángel les hiciera peor, pero parece que les ayuda.
Inés había visto en una película cómo una chica daba a su bebé a una pareja que no podía tener hijos. Sabía que aquellos sí podían y quizá no lo querrían, pero no podía apartarlos de la cabeza. Ya de ocho meses, seguía trabajando, sin perder el puesto. Un día, la pareja pagó en su caja. Él, el médico, le dijo:
Muchacha, ¿no deberías estar de baja ya? Como sigas, vas a tener la niña aquí mismo.
Inés nunca se quejaba, pero estaba hecha polvo: dolor de espalda, ardores, piernas hinchadas. Nadie la preguntaba cómo lo llevaba, salvo la médica en el centro, y eso por costumbre. Aquella preocupación le tocó el alma y las lágrimas aparecieron como por arte de magia. Últimamente le pasaba mucho.
Unos días más tarde, cuando salía del súper con la compra, el médico la adelantó y se ofreció a ayudarle. A Inés le dio vergüenza, pero la atención le resultó reconfortante. Pensó: Este hombre es buena gente.
Vio el angelito en la vitrina de la tienda. Estaba rebajado, plena ola de calor y los angelitos, al parecer, no tenían mucha venta. Se dejó llevar y lo compró. Le pidió a Verónica Martínez la dirección y fue.
Cuando tocó el timbre, le entró miedo. ¿No sería algo fuera de lugar, tantos años después? ¿Ya nadie les llevaría ángeles?
La mujer abrió la puerta y la reconoció en seguida, alzó la ceja sorprendida. Inés, con el sonrojo disparado, le tendió la figura, encogiendo el cuello como si fuera un caracol. Creía que la iban a echar o, peor, que le gritarían.
Pero no. La mujer tomó el angelito, sonrió y dijo:
Pasa. ¿Te apetece un té?
Durante el té, le contó su historia, mucho más dura y dolorosa contada por ella misma. Inés se animó a susurrar:
¿Por qué no tuvisteis más hijos?
El parto fue fatal. Hubieron de quitarme el útero. Ya no pude tener más.
Se sintió fatal por ser tan indiscreta; quería preguntar por la adopción, pero no le salían las palabras.
Lo pensamos dijo la mujer. Pasamos el curso de adopciones. Al final, pedí a mi hija una señal. Nada. Nada cambió.
Justo entonces, se oyó un golpe, como de vaso contra el suelo. La mujer se sobresaltó; Inés miró hacia allí, pensando que estaban solas. Fueron al salón. Inés se temía un mausoleo oscurísimo, lleno de velas y fotos. Pues no, solo una foto, mucha luz y ángeles de porcelana por todas partes. Uno estaba en el suelo, roto. La mujer recogió los trocitos y la miró fijamente.
Es la figurita de mi hija.
Las mejillas de Inés ardieron. ¿Eso no era la señal?
La niña nació bien y a tiempo. Lucía llevaba ya un tiempo viviendo allí y había parido a los gemelos algo prematuros. Las cunas blancas con colchones de coco ya estaban listas pero Inés, nada, debía dejar a su niña en el hospital. Por las noches, Rita le preguntaba casi en secreto:
¿No podemos esconderla? Para que no sepan que es tu hija. Yo te ayudo
A esas palabras, Inés se contenía por no llorar delante de ella.
El contenido de la nota que dejaría lo repensó mil veces. Escribió que no podía quedarse con la niña, que estaba sana y que no se preocuparan. Y mencionó la señal: el ángel roto. Metió todo el dinero que tenía de la pensión en el sobre, para ayudar; eran buena gente.
La dieron de alta por la mañana, pero no se atrevía a dejar a la niña en pleno día. Pasó el día entero en el centro comercial, aunque estaba agotada y mareada. Lo importante era encontrarle unos padres cariñosos.
Esperó hasta el anochecer en un banco, por suerte hacía calor. Cuando oscureció, se coló en el portal justo detrás de un vecino con su perro.
La niña iba en el portabebés, comprado con su propio dinero y que Verónica Martínez le llevó al hospital el día del alta. Nadie preguntó nada. Lo colocó bien para que la puerta no le diera, metió el sobre de la nota y del dinero bajo la mantita; se preparó para tocar el timbre y salir corriendo Justo entonces, antes de pulsar, la puerta se abrió. Era el padre de la niña fallecida.
¿Qué haces aquí parada?
Inés pegó un salto de susto.
Vio el portabebés, se asomó.
¿Qué es esto?
Las lágrimas surgieron sin quererlo. Inés lo soltó todo: Alejandro, el abandono, el padrastro, la boda con Lucía, los gemelos, el plan de que firmara en el hospital y todo eso. El hombre la escuchó con atención. Finalmente dijo:
Gema ya duerme, mejor no despertarla. Mañana hablamos. Ven, te preparo una cama en el salón.
Dormir en aquella sala llena de ángeles fue raro, pero Inés cayó rendida, abrazando a su hija.
Despertó con un vacío extraño: la niña no estaba. Y en ese instante, comprendió que nunca podría separarse de ella. Corrió para buscarla, no llegó a dar un paso cuando entró Gema, la madre, con la niña en brazos.
Toma dijo sonriendo. Hay que darle de comer. La acuné para que descansaras, pero no aguanta mucho.
Mientras Inés alimentaba a la niña, no podía mirar a Gema. ¿Le habría contado su marido todo? ¿Y si ya pensaban adoptar? ¿Cómo decirles que había cambiado de idea?
¿Cuántos años tiene tu hermana? preguntó de repente Gema.
Doce respondió sorprendida Inés.
¿Crees que querría venirse a vivir con nosotras?
Esa pregunta fue tan desconcertante que Inés alzó la vista.
¿Cómo? no entendía nada.
Sí. Santi me lo contó todo. No tenéis dónde estar, el padrastro quiere echaros, y si tu hermana se queda allí, seguro acaba de criada. Que venga también.
¿Cómo que “también”? balbuceó Inés.
Gema señaló la figurita junto a la foto, pegada torpemente pero reconocible.
Creo que fue una señal. Tenemos que ayudarte dijo sencillamente. Aquí hay sitio, venid las dos. Yo te ayudo con la niña. Y esa locura de separarse de una hija, olvídala. Eso no se hace.
Inés sintió tanta alegría y tanta vergüenza que se le encendieron las mejillas.
Entonces ¿aceptas?
Inés asintió, escondiendo la cara en la manta de la niña para que Gema no viera sus lágrimas.







