No hay nada más nuestro… Varya y su hija bajaron del autobús a las afueras del pueblo. El sol se a…

Life Lessons

No te imaginas lo que te voy a contar, de verdad parece una historia sacada de un libro. Mira, te cuento: Carmen y su hija salieron del autobús en la entrada del pueblo, justo cuando el sol intentaba asomarse por las nubes grises del invierno. El frío les mordía las mejillas, y el brillo de la nieve era tan intenso que Lucía, la niña, tuvo que cerrar los ojos un momento.

Mamá, ¿y por qué en esa casa no vive nadie? preguntó Lucía, mientras pasaban al lado de la que parecía ser la única casa abandonada a las afueras.

Ahí antes vivía una señora mayor respondió Carmen, bajando la voz con un toque misterioso . Nunca vi que fuera su familia por allí. Murió con ciento dos años.

Ella se apañaba para encender la chimenea solita, pero para el pan y el agua le ayudaban los vecinos. Le dejaban la compra o un cubo de agua en la puerta, y al día siguiente la señora recogía el dinero o el cubo vacío. Nosotras también le llevábamos cosas alguna vez.

¿Y nunca le robaban nada? El dinero o la comida se sorprendió Lucía.

Pues no, nadie se atrevía. Decían que era una bruja, y la verdad, la gente le tenía cierto respeto. Un buen día nadie recogió la compra de la puerta y se temieron lo peor. Al final entraron y, sí, había fallecido. Desde entonces la casa sigue vacía. Todavía hay quien le tiene miedo, por si acaso.

¿De verdad era una bruja?

Bah, eso son cuentos se rió Carmen , era simplemente una abuelita muy mayor. Nadie sabía bien su edad, unos decían que doscientos años, otros, trescientos. Luego miraron en el registro del ayuntamiento y era cierto: ciento dos.

Lucía se quedó callada. Siguieron su camino y dejaron atrás la casa. El resto de las casas del pueblo estaban bien cuidadas, los patios limpios y la nieve apartada.

¿Y nadie quiere esa casa por miedo? insistía Lucía, con la historia dándole vueltas.

De repente Carmen vio a su madre en la puerta de casa, saludándolas.

¡Mira, ahí está la abuela esperándonos! Anda, corre, dijo Carmen con alegría, apurando el paso.

¡Abuuu! gritó Lucía, corriendo hacia ella, y la abuela abrió los brazos de par en par para recibirla en un abrazo.

Carmen se había criado en aquel pueblo. Le encantaba volver, el aire era otro, más limpio, sentía que podía respirar de verdad.

¡Mamá! Carmen abrazó a su madre, que la rodeó con un brazo y con el otro apretaba fuerte a la nieta.

Sabía yo que veníais hoy, he hecho empanadas. Os esperaba todos los sábados, a ver si llegabais. Pero, anda, entrad, que con este frío una se queda tiesa.

Dentro, se estaba de maravilla: olía a leña, a empanada recién hecha y a algo más, quizá los años impregnados en las paredes, en los muebles, en las cortinas. Todo seguía como siempre. Carmen miraba alrededor y le volvía la sonrisa. ¡Qué gustazo estar en casa!

Qué bien que hayáis venido. ¿Os quedáis mucho? le preguntó la abuela, algo intranquila.

Hasta el domingo por la tarde. Veníamos para Navidad, pero Lucía cayó mala, y luego Juan, así que nos tocó esperar. El lunes ya hay que volver a la oficina. Juan se ha quedado trabajando.

Fue entonces cuando Carmen se dio cuenta de lo mucho que había envejecido su madre. Se acercó y la abrazó fuerte. Había pasado dos años desde que murió su padre, que era incluso más joven que su madre. Desde entonces la vida en el pueblo se hacía aún más cuesta arriba.

Os voy a poner a comer algo, que seguro venís muertas de hambre dijo la abuela, desapareciendo para preparar la mesa. Lucía iba tras ella como un patito.

Carmen y Lucía apenas probaron bocado y ya estaban con sueño, Lucía bostezaba y se apoyaba en su abuela.

Te veo cansada, mi niña. ¡Y qué mayor estás! dijo la abuela. Anda, vamos a echarte una siestecita.

La llevó al rinconcito que antes había sido la cama de Carmen. En aquella casa solía haber un solo cuarto grande, y cuando hacía falta lo dividían con un armario o una sábana.

Que duerma un poco, dijo la abuela volviendo junto a Carmen. Cuéntame, ¿cómo os van las cosas?

Todo bien, mamá. ¿Sabes lo que me ha pasado? Al llegar a la estación me crucé con Rosa, la de la aldea de al lado. Me llamó María todo el rato. Le dije que era Carmen, la hija de Teresa, pero seguía diciéndome María. ¿De verdad me parezco tanto a tu hermana? ¿Tienes alguna foto suya?

Lo has visto mil veces murmuró su madre, desviando la mirada.

Sí, pero quiero mirar otra vez.

Vale, luego te la enseño, déjame recoger.

Sacó una caja de zapatos llena de fotos antiguas, muchas en blanco y negro y con las esquinas dobladas, pero también unas cuantas más recientes, en color.

Mira, aquí tú de pequeña. Aquí en quinto de primaria. Lucía se parece muchísimo. Y esta la abuela frunció el ceño, ¿quién crees que es?

¿Yo? No tengo esa foto dijo Carmen sonriendo.

Es tu tía María, mi hermana pequeña la corrigió su madre.

Vaya, sí que nos parecemos. ¡Igualitas!

Y esta es la última foto de María, la de la graduación. Le dio una foto en color de una chica guapa, rubia. Toda una muñeca.

Carmen miró largo rato el retrato.

Es raro, porque a ti no te parezco tanto dijo al fin, mirándola.

Mira, ya está bien. Supongo que me toca contarte todo No iba a llevármelo a la tumba se detuvo un instante.

María María era tu madre biológica. Perdóname que nunca te lo dijera. Pero lo hacíamos por ti.

Se quedó callada un momento y luego empezó a contarle:

Nuestra madre se quedó embarazada mayor, no quería tener otro hijo. Hacía de todo, levantaba cubos, sacos de patatas, iba a la sauna esperaba perder al bebé. Pero María nació igual. Y era preciosa. Yo ya tenía quince años y me convertí en su segunda madre.

Todos los jóvenes se iban a la ciudad, nadie quería quedarse en el campo. Pero yo no podía dejar sola a mi madre con María. No había hombres con quienes casarse, los chicos se habían marchado, y yo no quería juntarme con viudos o borrachos. Me quedé en el pueblo.

María siempre soñó con irse. Y al acabar el instituto se fue. Dos años después volvió, pero no venía sola: traía a una niña contigo en brazos. Tan chiquitina que daba miedo sostenerte. Y María era como si toda su belleza se hubiese ido contigo. Flaca, nerviosa, a veces no hablaba en todo el día y otras estaba eufórica Al poco, se marchó. Te dejó conmigo y se fue a la ciudad. Necesitaba drogas. Luego supimos lo que pasaba. Pronto murió por sobredosis. Tuve que ir yo a enterrarla, la abuela ya estaba muy enferma y no pudo ir.

La abuela quería que te llevásemos a un orfanato, pero yo me negué. Pensé, total, ya estoy sola, al menos tendría una niña, y tú eras de mi sangre. En el pueblo nadie se enteró, y los que sospecharon no dijeron nada. María estuvo solo un par de días antes de irse. Yo hablé con el hospital y te inscribieron como hija mía, como si te hubiera tenido yo.

Eso sí, hubo que pagar. Así fue como te convertiste en mi hija. Te cambié el nombre. María te llamó Bárbara, Bárbi ¿qué nombre es ese? Te puse Carmen, como corresponde.

Un año después tu padre llegó al pueblo. Era militar. Cuando se fue de misión, María no le contó que estaba embarazada. Cuando volvió y no la encontró, le dijeron que había tenido una hija y que luego había muerto. Lo licenciaron tras una herida, y se quedó en el pueblo. Hasta la abuela le aceptó, aunque no llegó a casarse con María. Aquí sin hombre no se podía vivir. Con el tiempo, nos casamos y fuimos felices. Él nunca supo lo de las drogas de María.

Por eso nunca te dijimos nada. ¿Para qué hacerte cargar con el peso de saber que tu madre se fue así? Pero es mejor que lo sepas de mi boca y no de otros. Al final la verdad siempre sale. Pero yo te crie como hija mía. ¿No dicen que madre no es la que te da la vida, sino la que te cría?

Carmen se quedó atónita. ¡Años de secretos! De repente necesitaba marcharse al aire libre.

¿Adónde vas? se alarmó su madre cuando vio a Carmen a punto de salir.

Necesito estar sola un ratito.

Carmen se abrigó y salió. Su madre, suspirando, volvió a sentarse a la mesa.

¡Qué historia! Mi madre, drogadicta Muerta por sobredosis ¡Nunca habría imaginado algo así! Al menos mi padre sí era mi padre. ¿O tampoco? ¿Y si fue otro? Pero ¿cómo pienso esto? Es mi madre ¿Madre? Me abandonó y se fue por una dosis más. Si no fue capaz de dejar eso por su hija ¿qué clase de madre? Pero, al fin y al cabo, yo nunca estuve sola. Siempre tuve una madre de verdad y un padre que me querían ¿Y la otra? Ya no está y nunca estuvo

Carmen paseó hasta enfriarse. Al volver encontró a su madre sentada como la había dejado.

Perdóname tú, mamá. La única madre eres tú. Te quiero mucho le dijo, abrazándola.

Y yo a ti Perdóname por haber callado.

¿Por qué estáis aquí sin luz? preguntó Lucía, saliendo del cuarto. ¡Uy, una foto de mamá! ¡Qué guapa!

La abuela le quitó la foto de la mano, recogió todo y lo guardó en la caja.

Abu, que no he terminado de ver las fotos protestó Lucía.

Las fotos ya están vistas, cariño. Míranos a nosotras, mientras podamos.

Esa noche, Carmen no podía dormir. Oía a su madre suspirar y moverse en la cama vieja de muelles.

Se levantó y fue a su lado.

¿No duermes?

No, hija. Ven, métete aquí, que el suelo está helado.

Carmen se metió bajo el edredón y se acurrucó junto al cuerpo tibio de su madre, igual que cuando era niña.

¿No puedes dormir? ¿Le das muchas vueltas? susurró su madre.

Ya no. Tú eres mi madre de verdad. No quiero otra. María era tu hermana.

Se quedaron un buen rato charlando en susurros. Al final, Carmen se levantó.

Descansa, mamá. Eres la mejor madre del mundo. Así ha sido y así será y metió el edredón bajo su costado, como hacía su madre de pequeña, regresó a su colchón y se quedó dormida enseguida.

Al día siguiente, la abuela acompañó a Carmen y Lucía hasta el autobús.

¡Abu, no estés triste, que volveremos muy pronto! gritó Lucía.

Carmen le dio un abrazo largo a su madre, respirando ese olor tan suyo.

Anda, vete, que te vas a helar

El autobús ya se iba, y la mujer seguía mirando la carretera con los ojos llenos de lágrimas, por el frío y por la emoción.

Y así, fíjate, con treinta y tres años, Carmen se enteró de que su madre murió siendo ella muy bebé, y que quien la crió fue su tía, la hermana mayor de su madre verdadera.

Al principio dolió el secreto, pero luego pensó: eran hermanas de sangre, así que al final, su madre, la de verdad, siempre fue su familia. Nadie puede ser más madre que ella.

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