No hay alegría sin lucha

No hay alegría sin lucha

¿Pero cómo has podido meterte en semejante lío, muchacha loca? ¿Quién va a querer estar contigo ahora, llevando una criatura en el vientre? ¿Y cómo piensas sacarlo adelante? No cuentes con mi ayuda. Bastante he hecho criándote yo, ¿ahora también voy a criar a tu hijo? No quiero verte aquí. Haz las maletas y fuera de mi casa.

Sofía agachó la cabeza en silencio, apenas escuchando los gritos de su tía Carmen. Toda esperanza de que la dejaran quedarse aunque fuera un tiempo hasta encontrar un trabajo desapareció de golpe.

Si al menos mi madre siguiera viva…

Sofía nunca conoció a su padre. A su madre la atropelló un conductor borracho en un paso de cebra hacía ya quince años. Casi la enviaron a un orfanato, pero entonces apareció Carmen, prima segunda de su madre. Carmen tenía trabajo estable y una casa en la periferia de un pequeño pueblo de Castilla-La Mancha, donde el calor del verano era sofocante y en invierno los fríos calaban hasta el alma. La tutela se resolvió rápido.

Allí Sofía nunca pasó hambre, ni le faltó ropa o trabajo. Había que cuidar el gallinero, regar el pequeño huerto, barrer el patio y mantener todo en orden. Quizá le faltó cariño materno, pero ¿a quién le importa eso?

Se aplicó en los estudios, y tras terminar el bachillerato, entró en la Escuela de Magisterio de Toledo. Los años de estudiante pasaron fugaces. Exámenes aprobados, titulada, Sofía volvió al pueblo que ya sentía suyo. Solo que el regreso fue más amargo de lo que pudo imaginar.

Tras el estallido inicial, tía Carmen se calmó un poco.

Basta. No quiero verte más. Coge tus cosas y lárgate ya.

Tía Carmen, ¿puedo al menos…

¡He dicho que no!

Cerrando el viejo maletón, Sofía salió a la calle sin mirar atrás. Jamás pensó que volvería en estas circunstancias: humillada, rechazada y, para colmo, embarazada. El embarazo aún era reciente, pero no pensaba esconderlo más.

Le urgía buscar techo. Caminaba abstraída; el pueblo, ajeno a su drama, seguía con su vida tranquila.

Era pleno verano manchego. Los manzanos y perales ya daban fruto, los albaricoques brillaban bajo el sol, los viñedos colgaban pesados de uvas, y entre hojas oscuras se escondían ciruelas moradas. El aire olía a pan recién horneado, a puchero y a mermelada. El calor era sofocante y Sofía tenía la boca seca. Se acercó titubeante a una verja, donde una mujer ordenaba cacharros.

¿Me daría un poco de agua? preguntó con timidez.

La mujer, robusta y de unos cincuenta, se giró.

Pasa, hija. Si eres de bien, aquí siempre hay agua.

Le dio una jarra y Sofía se sentó bajo la parra.

¿Te importa si descanso un poco? Con este bochorno…

Claro, mujer. ¿De dónde vienes con una maleta así?

He terminado Magisterio y buscaba trabajo de maestra… Pero no tengo donde dormir. ¿Sabe usted de alguien que alquile una habitación?

María, que así se llamaba la señora, la miró bien: sencilla, pero con la mirada cansada de quien lleva un peso encima.

Puedes quedarte aquí. Me harás compañía, y a casa le vendrá bien tener vida. No te cobraré mucho, solo te pido orden y respeto. Si quieres, te enseño tu cuarto.

A María no le iban mal unos euros extra, y con el hijo lejos, la soledad pesaba en las tardes de invierno. Sofía, incrédula ante su pequeña buena suerte, la siguió hasta un cuartito modesto con ventana al jardín, una cama, una mesa, dos sillas y un armario viejo. Ajustaron un precio justo, y tras asearse, Sofía salió hacia la Delegación de Educación.

Comenzaron días de trabajo y humildad; la rutina la absorbía, pero la vida en casa de María fue llenando un hueco. Se complementaban bien, Sofía ayudaba en las tareas y por las tardes compartían café y charla bajo la parra. El otoño, tardo en llegar al sur de Castilla.

El embarazo fue sereno: sin mareos, la cara limpia aunque algo más redonda. Por fin, Sofía le contó a María su historia, sencilla como tantas.

En segundo de carrera se enamoró de Jaime, hijo de una familia acomodada, ambos padres catedráticos de universidad. Inteligente, buen conversador y muy querido por todos, pero eligió a la tímida Sofía. ¿Fue su dulzura? ¿Sus ojos sinceros? Quizá reconoció en ella esa fortaleza de quien conoce las dificultades. Nadie lo sabía. Formaron una pareja inseparable, y Sofía solo quería un futuro a su lado.

Pero aquel día cambió todo. Por la mañana notó que no podía comer, los olores la mareaban y, sobre todo, llevaba días de retraso. Compró un test, volvió a la residencia, esperó con ansiedad: dos rayas. Se quedó mirando, atónita: dos. Pronto eran los exámenes… ¿Qué diría Jaime? De niños aún no hablaban.

Y de pronto, la ternura por la vida diminuta que latía dentro.

Pequeño mío susurró, acariciándose la tripa.

Jaime, tras enterarse, la llevó esa noche a su casa. La reunión fue dura; los padres le exigieron un aborto y, tras acabar la carrera, irse sola. Jaime debía centrarse en su porvenir, ella no era su igual.

Lo que se dijeron entre padre e hijo solo lo intuyó. Al día siguiente, Jaime le dejó un sobre lleno de billetes y se marchó. Ni una palabra.

Sofía jamás pensó en abortar. Aquel hijo ya era suyo, solo suyo. Agradecida, tomó el dinero. Sabía que le haría falta.

María la abrazó tras escuchar su relato:

Hay cosas peores, hija. Hiciste bien. Un hijo es bendición. Tiempo al tiempo.

Cualquier intento de reconciliación con Jaime provocaba un rechazo en Sofía. Jamás le perdonaría el desprecio y la cobardía.

Pasaron los meses. Sofía dejó de trabajar, moviéndose torpemente, deseando tener en brazos a su bebé. No supieron en la última ecografía si sería niño o niña. Qué más daba, pensaba: solo quería que naciera sano.

A finales de febrero, un sábado, se pusieron de parto. María la llevó al hospital provincial. Todo salió bien, nació un niño fuerte.

Ivancito susurró, acariciando su carita redonda.

En la habitación hizo amistad con otras madres. Una contó que hacía dos días la mujer de un guardia civil había tenido allí una niña; no estaban casados, solo vivían juntos.

¿Sabes? Él le trajo flores, bombones, hasta mantecados para las enfermeras, venía cada día en su coche nuevo. Pero entre ellos había problemas. Ella decía que no quería hijos, dejó una nota y se fue. Dijo que no estaba preparada.

¿Y la niña?

La alimentan con biberón, pero la enfermera dice que ojalá alguien le diera pecho. Pero todas tenemos los nuestros…

Cuando trajeron a la pequeña para alimentarla, la enfermera preguntó:

¿Alguien podría darle pecho? Está muy débil…

Yo, pobrecita susurró Sofía, depositando a Iván en la cuna y tomando a la niña.

¡Qué chiquitina! Tan rubita… La llamaré Mariluz.

Frente al robusto Iván, la niña era apenas un pajarillo.

Sofía la amamantó, y la pequeña se agarró con ansia y en seguida se durmió.

Ya lo dije, es muy flojita comentó la enfermera.

Así, Sofía comenzó a alimentar a los dos.

Dos días después, la enfermera le avisó de que el padre de la niña estaba allí y quería dar las gracias a la que alimentaba a su hija. Así fue como Sofía conoció al guardia civil, el capitán Álvaro Rodríguez: hombre de trato firme, mirada azul clara, voz serena.

Lo que ocurrió luego fue tema de conversación durante días en el hospital y el pueblo.

El día del alta, se congregaron médicos, enfermeras, limpiadoras. Frente a la entrada aguardaba un coche adornado con lazos azules y rosas. Álvaro, vestido de gala, ayudó a Sofía a subir al coche, donde esperaba María, y le entregó un atadito azul y otro rosa.

Con bocinazos de despedida, el coche se alejó por la carretera.

Nunca se sabe a dónde llevan nuestros pasos. Sofía, apretando a ambos pequeños con ternura, miraba el paisaje; María la sonreía con orgullo. El coche olía a flores frescas y colonia infantil. Álvaro, que la víspera se arrodilló ante su cama pidiéndole la mano y el corazón, guiaba en silencio, mirando el espejo donde Mariluz dormía, su dedito aferrado al meñique de Sofía.

En casa no esperaban solo paredes: aguardaba el amor, tardes de mantecados y té, el viejo armario donde ahora pondrían juguetes, y una nueva vida, imprevisible, pero colmada al fin de sentido.

Hoy, repasando mi propio camino, entiendo que nada tiene verdadero valor si no se ha ganado con lucha. La verdadera alegría, al final, está tejida siempre de prueba y coraje.

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