Nunca hay que tomar lo ajeno
La única hija de mis padres, Leonor, siempre fue la consentida de la familia; todo era para ella. Mis padres, gente muy culta, trabajaban en un centro de investigación científica. Mi padre era profesor. Desde que tengo uso de razón, nuestra casa siempre estuvo llena de invitados.
Manuela García, la madre de Leonor, cocinaba como nadie; siempre horneaba grandes empanadas y decoraba la mesa con un gusto exquisito.
Manuela, siempre en tu estilo; belleza y sabor, basta ver tu mesa y el apetito se dispara bromeaban los amigos cada vez que venían de visita.
En el colegio, Leonor era buena estudiante; no la mejor, pero siempre sacaba sobresalientes y notables. Nunca le obligaron a estudiar. Desde pequeña fue responsable y organizada: llegaba a casa, se cambiaba, comía y se ponía a hacer los deberes.
Leonor, ¿has ido a tu clase de música? le preguntaba su madre.
Sí, mamá, he ido; acabo de volver contestaba Leonor.
Leonor estudiaba violín en el conservatorio. Le entusiasmaba tocar; cuando tenía el instrumento en sus manos, se le olvidaba el mundo y jugaba inspirada, tocando y tocando sin parar. Su profesora siempre la ponía como ejemplo.
Los años escolares pasaron rápido: Leonor tenía muchos amigos, era sociable y bondadosa, siempre dispuesta a ayudar. Vivíamos en Madrid, el gran bullicio de la ciudad; ella soñaba con estudiar en la universidad allí mismo, tras terminar el instituto.
Tú no tienes que preocuparte, Leonor; tus padres trabajan en la universidad, de alguna manera te colocarán. Yo, en cambio, apenas me las arreglo en el colegio; lo de la universidad ni lo sueño decía su amiga Mercedes.
¿Y qué vas a hacer entonces?
Pues trabajaré; solo tengo a mi madre y hace todo lo que puede por mí. Así empezaré a ganar dinero, será más fácil para ella contestaba Mercedes. La verdad es que ellas vivían con muchas dificultades y tenían que ahorrar en todo.
Leonor no entendía cómo vivía su amiga; sus padres ganaban bien y ella nunca había pasado necesidad.
Papá, mamá, para la graduación necesito un vestido nuevo y unos zapatos anunció Leonor.
Sí, hija, lo sabemos; mañana tenemos día libre, vamos de compras prometió Manuela García.
Compraron un vestido precioso y zapatos a juego; solo faltaba aprobar los exámenes, celebrar la graduación y dar comienzo a la vida adulta.
Leonor entró en la Politécnica de Madrid. Evidentemente, sus padres movieron hilos, aunque ella podría haberlo conseguido sola; su madre era sociable y tenía amistades por todas partes, así que por si acaso habló donde debía.
Bueno, queridos padres, ahora su hija es universitaria anunció Leonor, feliz al ver su nombre en la lista de admitidos.
Enhorabuena, hija dijo su padre, y le regaló un móvil caro, que todavía era poco común entonces.
Todo le gustaba a Leonor en la universidad: las clases, los profesores, los amigos y la vida estudiantil, las fiestas, los exámenes, los trabajos… Nada que ver con el colegio. Con Mercedes ya apenas se veían; Leonor apenas tenía tiempo libre y su amiga, trabajando en una fábrica, tenía otra vida y otros ambientes.
En verano, Leonor se iba de voluntaria a campamentos. Esa era una vida intensa y emocionante. Era una chica guapa y simpática; muchos chicos se le acercaban, pero aún no había sentido un gran amor. Solo amistades, alguna cita, pero nada serio.
En último curso conoció a Rodrigo. Él había hecho la mili y trabajaba en un taller de electrodomésticos. Se conocieron por casualidad en un cine, donde Leonor fue por fin con Mercedes un sábado cualquiera.
Hola, chicas, ¿puedo sentarme con vosotras? preguntó Rodrigo, educado, mientras ellas tomaban un refresco en la cafetería del cine.
Sí, claro respondió Mercedes, mientras Rodrigo miraba fijamente a Leonor.
Soy Rodrigo. Hay mucha gente hoy aquí dijo, como disculpándose por sentarse.
Yo soy Mercedes, y ella es Leonor dijo su amiga, sonriente.
Decidí ver la película porque un amigo me habló de ella.
Nosotras por fin conseguimos salir juntas; Mercedes trabaja y Leonor estudia explicaba Mercedes. A ella le gustaba Rodrigo, pero él solo tenía ojos para Leonor.
Quedaron en verse otra vez tras la película, pues los asientos eran diferentes y había mucha gente. Los tres pasearon hasta tarde; luego Rodrigo acompañó primero a Mercedes y después a Leonor, pidiéndole el número de móvil.
Rodrigo era guapo y muy entretenido al hablar, cultivado. Así, Leonor se enamoró. A partir de entonces, salieron juntos y al cabo de medio año se casaron. Mis padres, al conocer bien a Rodrigo, no se opusieron; el futuro yerno les cayó bien.
Tras la universidad, Leonor trabajó poco tiempo; enseguida pidió la baja por maternidad y tuvo un hijo, Alejandro. Era feliz con Rodrigo. Él resultó un esposo y padre cariñoso, fiable, protector y siempre ayudando a Leonor.
Mamá, qué suerte he tenido con mi marido decía Leonor a menudo. Con Rodrigo, siento que nada me falta.
Me alegro, hija; es un buen hombre y un gran familiar afirmaba Manuela García. El padre, por su parte, adoraba a Rodrigo; jugaban ajedrez y charlaban sobre muchos temas.
Tuvo que empezar de nuevo sin su marido
Pero la felicidad no es eterna. Cuando Alejandro tenía cinco años, Leonor y Rodrigo sufrieron un accidente de coche; un motorista salió de repente a gran velocidad Leonor salió despedida del vehículo, quizás eso le salvó la vida; Rodrigo murió. Por suerte, Alejandro estaba con sus abuelos.
Dios mío, ¿por qué? susurraba Leonor al despertar en el hospital, con su madre al lado.
Menos mal, Leonor, has vuelto; aunque con fracturas de pierna y costillas, pero estás viva, hija lloraba Manuela García.
Leonor enterró a Rodrigo en silla de ruedas. Después, tardó mucho en recuperarse; sus padres la ayudaron y vivió con Alejandro en casa de ellos. Pasó mucho tiempo de depresión, añorando al esposo; solo Alejandro la mantenía viva.
Gracias, Dios mío le decía a la Virgen mirando una imagen ¿qué habría sido de mi hijo? Gracias a Alejandro volví a la vida.
Leonor tuvo que comenzar de cero, sola.
Mamá, quiero irme a la costa de Málaga; tenemos allí una casa, quiero instalarme. El clima marino me vendrá bien, y a Alejandro le encanta el mar. Vosotros podéis venir de visita; aquí todo me recuerda a Rodrigo.
Mis padres aceptaron. Tras mudarse, Leonor encontró paz; trabajó como administradora en un pequeño hotel y empezó a tratar con más gente. Alejandro ya iba al cole. Los fines de semana se iban juntos a la playa, a tomar el sol.
Un día, por casualidad, perdió el anillo de su boda en la arena; era un tesoro, recuerdo de Rodrigo. Lloraba y buscaba entre la arena.
¿Por qué lloras? escuchó una voz masculina. ¿Qué te ocurre?
He perdido mi anillo, es muy valioso para mí…
¿Quién va a la playa con anillos?
Yo… ¿Tienes más preguntas?
Bueno, te ayudo respondió el hombre. Me llamo César, ¿y tú?
Leonor contestó, y juntos se pusieron a buscar el anillo entre la ropa y la arena.
Al final encontraron el anillo en el bolsillo de su vestido.
Gracias, César.
¿Vienes de vacaciones? preguntó César. Yo vine con un amigo, pero se quedó en el hotel, ayer bebió demasiado y hoy me toca solo…
Yo vivo aquí respondió Leonor.
Tras charlar un rato, César la invitó a un café.
Mejor dejamos la playa, nos vamos a quemar; hoy hace mucho calor dijo Leonor.
En una cafetería fresca, tomaron un cóctel frío. Leonor no tenía prisa; Alejandro estaba con los abuelos, le había mandado allí por un mes y lo traerían a la escuela después. César le dijo enseguida que estaba casado, y tenía una hija. Trabajaba en el aeropuerto de Sevilla.
Leonor le contó su historia y la pérdida de Rodrigo.
Por eso quise empezar de nuevo; nos mudamos aquí.
Con César, todo era sencillo, simpático y amable. Tras el café, la acompañó a casa y allí se despidieron. Tres días después, César la esperaba con un gran ramo de flores cuando volvía del trabajo.
Hola, te extrañaba dijo César, entregándole las flores.
Hola Leonor se alegró de verle. Y además mañana empiezo mis vacaciones le comentó alegre.
¡Genial! Ahora tendremos más tiempo juntos se alegró César. Te invito a un restaurante para celebrar tus vacaciones, además conocerás a mi amigo.
En el restaurante todo fue alegría; después César la acompañó a casa y se quedó con ella. Entre ambos ocurrió lo que tenía que ocurrir.
Dios mío, me he vuelto a enamorar se confesó Leonor.
Durante años, tras la muerte de Rodrigo, no había tenido a nadie. Esa vez, pasaron casi todas las vacaciones juntos. César llamó a su trabajo para pedir días libres sin sueldo. Pero al final César tuvo que marcharse. Fue una despedida difícil. Una semana después, César llamó.
Leonor, pronto volveré… No puedo vivir sin ti. Se lo he contado todo a mi mujer, ella pidió el divorcio.
La vida decidió volver a ponerla a prueba
Leonor era feliz. No pensó en la mujer ni la hija de César, no se lo planteó.
Yo también soy mujer y quiero mi felicidad.
César vino, se casaron tras el divorcio. Al año, Leonor tuvo una hija. Ambos fueron felices.
Pero parece que el destino quiso probar más la fortaleza de Leonor. La felicidad terminó diez años después; César comenzó a salir con otras mujeres. En un pueblo costero era fácil caer en tentaciones. Empezaron los conflictos; al principio él mentía, pero pronto confesó. Leonor lo veía en la playa rodeado de chicas jóvenes.
Leonor pidió el divorcio. César regresó a Sevilla y se reconcilió con su exmujer. Nunca dejó de pagar una buena pensión a la hija. Los niños crecieron; Alejandro se fue a Madrid con los abuelos, estudió allí y se casó. La hija de Leonor se quedó con ella, terminó casándose y viviendo aparte.
Leonor hoy tiene dos nietos y una nieta. La visitan, también sus padres mayores vienen acompañados de Alejandro. La vida de Leonor está llena de hijos y nietos.
¿Y César? César nunca más apareció en su vida. Leonor decidió para siempre que no habría más hombres; tiene la certeza:
Yo pagué el precio por haber amado a un hombre casado… nunca hay que tomar lo ajeno, ni buscar la felicidad en la desgracia de otros.
Leonor no volvió a desafiar el destino, temía que el boomerang pudiera regresar y causarle daño. Por eso hoy vive sola.
Gracias por leer, por vuestras suscripciones y apoyo. Que os vaya bien y mucha felicidad a todos.





